Eduardo Diaz Guerra.
Le tocó el turno a Hugo. Hugo, a secas. Un duende, un personaje que bien pudo ser parte de Rayuela. Años, muchos, que no le veía. En Puerto Plata, donde compartimos vidas y vivencias, era uno de los tres corecato (Andrés Molina y yo, los restantes) que salíamos a embellecer, pasada la una de la noche, paredes ajenas con sprays negro y verde, con consignas alusivas al Che, a Camilo Torres y a la madre de Balaguer. Hugo siempre fue el más aguerrido: en una oportunidad eran como las tres de la mañana, y como habíamos escrito muchos letreros, decidimos irnos a acostar. Al otro día, todo el que pasó frente al palacio de la policía (ubicado en el edificio de la gobernación) quedó maravillado con un letrero firmado por el MLN-CORECATO, colocado en una de las paredes de aquel detestable recinto. De inmediato supimos que había sido él, pues vivía cerca de la Gobernación. Cuando Andrés le llamó la atención acerca de lo peligroso de aquel acto, encogiéndose de hombros, nos dijo que él no iba a permitir que el spray que quedaba se tuviera que botar...
