sábado, julio 25, 2026

Memoria del olvido IV

 

El conjunto de textos presentados (secciones 13 a 16) constituye una unidad lírica y testimonial profundamente desgarradora, honesta y combativa. En este bloque de Memoria del olvido IV, la voz de Domingo Acevedo (Mario Alegría) transita de lo íntimo y familiar a lo colectivo y militante, fundiendo la elegía, la autobiografía lírica y el manifiesto identitario.

1. Mosaico Temático y Estructural

MEMORIA DEL OLVIDO IV
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[13/ Papo] [14/ Una canción...] [15-16/ Textos del Origen]
Elegía íntima Elegía política/militante Autobiografía y Raza
• El misterio del dolor • Resistencia en la carretera • Nacimiento bajo la dictadura
• Vínculo con la naturaleza • La fuerza de la multitud • Dignificación del origen humilde
• Retorno por el amor • Ramón Almánzar como guía • El destino del poeta

2. Análisis Sección por Sección

13/ PapoEl dolor de la ausencia y el enigma del suicidio/abandono

  • La herida sin respuesta: Este texto aborda la pérdida de Rafael Acevedo (Papo), hermano del autor. El tono no es de reproche, sino de estupefacción amorosa y respeto ante el sufrimiento ajeno. La frase «Papo se dejó morir... no sabemos las razones» coloca la muerte en un espacio de misterio insondable.

  • Simbolismo marino y terrenal: Papo es retratado como un ser orgánico, ligado al monte, al mar, a los arrecifes y al Malecón de Santo Domingo. Hay una belleza lírica notable en metáforas como:

    «...una inmensa luna llena anclada en los arrecifes de cal de sus ojos oceánicos.»

  • El contrapunto de la redención: La muerte no borra el afecto. Frente a las «noches del olvido», el poeta opone la memoria luminosa y la fraternidad: los amigos no lo juzgan; lo esperan para «encender en su alma la llama de la vida que se le extinguió».

14/ Una canción me hizo recordarLa épica de la clandestinidad y la camaradería

  • El paisaje de la resistencia: El relato capta con precisión cinematográfica la atmósfera de los años de represión política en la República Dominicana. La carretera de noche, los faros indiferentes, la radio y el miedo latente a los retenes militares o emboscadas.

  • Ética militante: El compromiso político no es una abstracción ideológica, sino una vivencia donde la vida se pone en juego:

    «...vender nuestras vidas al precio sagrado de la pólvora y el plomo redentor (...) morir de cara al sol, a la aurora, a la luz.»

  • La victoria del pueblo sobre la muerte: La narración del arresto de Ramón Almánzar en Nagua funciona como una parábola sobre el poder popular. La tiranía y los «esbirros» no temblaron ante las armas, sino ante el clamor de la multitud organizada. Almánzar trasciende como un símbolo que guía a los que quedan.

15/ Yo, Domingo Acevedo (Mario Alegría)El manifiesto de la identidad y la herida histórica

  • El desdoblamiento identitario: La explicitación de su nombre civil y su heterónimo/nombre de lucha (Mario Alegría) reafirma el carácter testimonial y fundacional de esta entrega.

  • El contexto del nacimiento: Nacer en «un amanecer de noviembre» bajo una «dictadura omnipotente» (la era de Trujillo) marca la poética de Acevedo. La infancia no fue inocencia pura, sino observación del horror y la violencia selectiva.

  • Propósito del canto: La voz poética define su razón de ser: levantar la voz como homenaje póstumo a los mártires de la patria y del mundo, enlazando la causa dominicana con el internacionalismo.

16/ Nací en La Esperilla...La poética de la cuna humilde y la resistencia cósmica

  • Geografía social y sensorial: La Esperilla de antaño —muy distinta a la zona urbana moderna— se dibuja con elementos esenciales: casas de yagua, piso de tierra, el olor de los hornos de carbón, potreros y conucos.

  • La figura de Belén: La partera o matrona adquiere estatura mítica. Sus «manos luminosas» no solo traen al niño al mundo, sino que lo protegen proféticamente para que «el frío de los inviernos remotos no salpicara de escarcha mi alma».

  • La estirpe afrocaribeña y la memoria:

    • Acevedo vincula su nacimiento humilde con la resistencia histórica de América Latina y el Caribe frente a la conquista española.

    • El «tam-tam» de los tambores representa la pervivencia cultural afrodescendiente que los cascos de los conquistadores no pudieron incinerar.

  • El cierre profético y melancólico: El texto concluye con una meditación sobre la vejez, la fragilidad corporal y el destino del creador:

    «El destino de cada poeta está escrito en los pergaminos de su voz (...) muchos terminan laureados en la profunda fosa de la indiferencia y el olvido.» Este cierre le da sentido al título general de la obra (Memoria del olvido): escribir es precisamente la lucha contra esa fosa de indiferencia.

3. Síntesis Estilística y Valor Literario

  1. Dualidad de la voz: Acevedo equilibra con maestría el rigor del denunciante político y la ternura familiar/humana.

  2. Prosa poética de alta densidad sensorial: Abundan las referencias táctiles, olfativas y cromáticas («hoguera anaranjada», «escarcha», «olor a cielo y salitre», «piso de tierra»).

  3. Dimensión Ética: El dolor personal (la pérdida de Papo, la partida de Ramón, la vejez inevitable) no deviene en nihilismo o desesperanza, sino en reafirmación del orgullo de clase, de raza y de lucha.


13/Papo

Papo se dejó morir; no sabemos las razones por las cuales no quiso luchar por vivir, por qué se dejó morir, por qué se abandonó al oscuro destino de la muerte, dejándonos con una profunda pena en el corazón.

Siempre lo recordaremos como era: enamorado del monte, de los animales, del mar y de las noches solitarias del malecón de Santo Domingo; lo imaginaremos sin saber qué dolor escondía en el alcohol y la soledad.

Lo imaginaremos debajo del viejo almendro contándonos historias inventadas de viejo pescador con olor a cielo y salitre, salpicado de estrellas y con una inmensa luna llena anclada en los arrecifes de cal de sus ojos oceánicos.

Lo recordaremos siempre atravesando las noches del olvido, tratando de escapar del dolor y la soledad en que inexplicablemente se sumergió; lo recordaremos caminando erguido hacia donde ya no llegará y donde sus amigos que lo adoran lo esperan con los brazos abiertos para encender en su alma la llama de la vida que se le extinguió.

Siempre lo recordaremos, siempre.

A Rafael Acevedo (Papo), mi hermano.


14/Una canción me hizo recordar. 


Una canción me hizo recordar esas noches en que Ramón Almánzar y yo regresábamos del interior del país, los dos solos, en el más absoluto desamparo.

Recuerdo que muchas veces los compañeros nos acompañaban hasta la salida de los pueblos que visitábamos; de ahí en adelante, solo teníamos como compañía la oscuridad de la noche, las estrellas que brillaban en lo alto del cielo, una canción triste en la radio y las luces de los carros fugaces que, a alta velocidad e indiferentes, iban y venían.

Muchas veces me asaltó el temor de encontrar, en la soledad oscura de las carreteras, un retén militar o, en alguna curva, una emboscada traidora. Eran los riesgos de esa época de turbulencia política en que tú, camarada, resumías en tu figura la resistencia de todo un pueblo.

Si eso hubiese ocurrido, no habría quedado otra opción que vender nuestras vidas al precio sagrado de la pólvora y el plomo redentor. Teníamos la certeza de que, si había que morir, había que hacerlo de cara al sol, a la aurora, a la luz.

Recuerdo aquella vez en que te apresaron antes de llegar a donde yo te esperaba e intentaron por todos los medios intimidarte, doblegarte, desaparecerte, asesinarte... y no pudieron. Tu valor y tu dignidad se multiplicaron en el pecho de todo el pueblo que, en las calles, pedía a gritos tu libertad.

En Nagua, los esbirros, acorralados por la multitud enardecida que gritaba «¡Libertad, libertad, libertad!», temblaron y no pudieron consumar el propósito de tu muerte. No pudieron llevarte a ningún otro lado sino a la libertad pura y simple; victorioso, el pueblo te acompañó en caravana por todas las calles de Nagua hasta tu casa en la capital.

La unidad y la resistencia del pueblo vencieron las pretensiones del gobierno de matarte. Hoy no estás entre nosotros, Ramón; la muerte traidora te llevó lejos, pero seguimos tu ejemplo. Eres nuestro guía, eres la luz que ilumina nuestro sendero.

A Ramón Almánzar.


15/Yo, Domingo Acevedo (Mario Alegría


Yo, Domingo Acevedo (Mario Alegría), nací en el continente americano, en una isla del mar Caribe llamada Santo Domingo, hijo legítimo del amor proletario de mis padres.

Nací en la remota soledad de un amanecer de noviembre, en una época marcada por la crueldad de una dictadura omnipotente y omnipresente que llenó de sangre y luto los inverosímiles espacios del tiempo; una época donde las personas, prisioneras del miedo, vivían desterradas de todo sosiego.

En ese tiempo turbulento, de mordaza y espanto, quedaron atrapados mis sueños tras los cristales temblorosos de esos días aciagos de terror y muerte. En mis ojos infantiles quedó grabado para siempre el horror al ver cómo eran asesinados, de manera selectiva, hombres y mujeres cuyo único delito fue amar a su patria por encima de todas las cosas.

Por eso, hoy levanto mi voz como un homenaje póstumo a quienes, en mi país y en el mundo, han sacrificado sus vidas en pos de construir una patria justa, solidaria y libre.



16/Nací en La Esperilla.


Nací en La Esperilla, junto al camino real, en una casita de yagua con piso de tierra, bajo el cielo parpadeante de un amanecer salpicado por el rocío del otoño e impregnado por el olor reciente y vegetal de los hornos que ardían a fuego lento más allá de los límites de la aurora.

Fueron las manos luminosas de Belén las que, con asombro, me sacaron del vientre tibio y florecido de mi madre; las que lavaron mi piel recién hecha; las que me vistieron de ternura y me depositaron junto a la hoguera anaranjada del amanecer, para que el frío de los inviernos remotos no salpicara de escarcha mi alma, para que mi piel —siempre tibia— no se derritiera en las noches dejando un rastro invisible de mariposas muertas en la dermis arrugada del tiempo.




Nací junto al camino real entre carboneras, conucos y potreros



Yo, Domingo Acevedo (Mario Alegría), nací junto al camino real, entre carboneras, conucos y potreros, un amanecer esplendoroso de noviembre, envuelto en la melancolía del otoño tropical. Nací lejos del mar y la primavera, lejos de las mariposas de junio, entre la alegría y la esperanza de los de mi raza.

Una raza que, junto a la hoguera milenaria de los sueños, todavía danza alegre al compás rítmico del tam-tam de los viejos tambores, evocadores de un tiempo diluido entre las cenizas de los siglos. Cenizas que, todavía en el horizonte ensangrentado de nuestra historia, arden bajo los cascos de los caballos de los conquistadores que en vano intentan incinerar nuestra memoria. Y hoy, aquí nosotros, en América, orgullosos de nuestra estirpe, evocamos en una danza nuestro pasado.


Pronto mis manos no podrán agarrar con firmeza la vida que se me escapa, ni mis piernas podrán sostener este armazón de carne, sangre y huesos que porta mi espíritu y que el tiempo desploma.


El destino de cada poeta está escrito en los pergaminos de su voz, sus palabras lapidan su destino, muchos terminan laureados en la profunda fosa de la indiferencia y el olvido. 





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