Mali, la guerra que viene.
Guadi Calvo.
Desde hace años hemos visto cómo el terrorismo financiado por los regímenes autoritarios del Golfo Pérsico, a cuenta de Washington, está jaqueando a los gobiernos de Burkina Faso, Níger, pero muy particularmente al de Mali, quizás por haber sido el primero en iniciar, a partir de 2021, un nuevo intento de descolonización, que terminó con la expulsión de las tropas francesas y estadounidenses presentes en su territorio, que, bajo la excusa de la lucha contra el terrorismo, funcionaban como una verdadera fuerza de ocupación que intervenía en todas las áreas del gobierno, fundamentalmente en la económica, la de seguridad y en las relaciones exteriores. Aunque su función primordial era custodiar los intereses de las empresas de la metrópoli que operaban libremente en Mali.
La revulsiva experiencia maliense alentó a Burkina Faso y a Níger a formar un bloque conocido como la Alianza Estados del Sahel (AES), que además implicó abrir la puerta a la presencia de efectivos rusos, en un primer momento lo que se conoció como el Grupo Wagner, el que después del fallido motín del 2023 fue reestructurado y pasó a llamarse Cuerpo Africano. Él sigue cumpliendo las mismas funciones de dar entrenamiento en la lucha antisurgente, armamento y apoyo diplomático a los ejércitos de la AES.
El terrorismo wahabita instalado desde 2012 en el norte de Malí, desde entonces se ha ido expandiendo no solo hacia el centro y sur de Malí, sino que también desbordó a Burkina Faso y Níger. Pero, desde mediados del año pasado, la organización terrorista, tributaria de al-Qaeda, conocida como Grupo de Apoyo al Islām y los musulmanes (JNIM, por sus siglas en inglés), que en la actualidad es la khatiba mejor armada de la región y una de las más poderosas a nivel global, aliada con organizaciones separatistas tuaregs y con estrechos vínculos con la inteligencia ucraniana, ha profundizado su ofensiva, llegando a las puertas de Bamako y algunas ciudades y pueblos del interior, impidiendo el suministro de provisiones y combustibles, pero sin conseguir vencer la resistencia de las Fuerzas Armadas de Malí (FAMa), que en más de una oportunidad han conseguido hacer replegar a los muyahidines, liberar pasos y asistir a poblaciones cuyos accesos estuvieron bloqueados por semanas.
Ese constante ida y vuelta de ofensivas y réplicas está generando un gran desgaste en vidas y materiales en la FAMA, aunque “milagrosamente” el grupo fundamentalista no da muestra de ese desgaste, como si algo más que la fe en Allah lo sostuviese.
Es en este contexto que se conoció que Washington está considerando intervenir abiertamente en ese conflicto. Lo que, de concretarse, Malí se convertiría en la octava nación después de Yemen, Somalia, Siria, Irán, Irak, Nigeria y Venezuela en ser atacada por los Estados Unidos desde enero del año pasado, cuando Donald Trump inició su segundo mandato. Esta situación recuerda la actual crisis de seguridad que se vive en Afganistán e invita a sospechar si hay algo más que una casualidad. (Ver: Afganistán, el retorno de los viejos espectros).
Trump y su gavilla se encuentran considerando la posibilidad de iniciar operaciones militares en Mali, un país sin salida al mar y con cerca de 25 millones de habitantes, que ha sido el primero en sufrir ataques terroristas de gran escala en el nuevo contexto continental que se generó tras la caída en 2011 de la Libia del coronel Gaddafi, quien impidió por al menos una década el libre accionar de este tipo de organizaciones.
Ahora Washington con la excusa de neutralizar al JNIM, cuando es obvio que cualquier acción norteamericana en la región apuntaría a desarmar el andamiaje anticolonial que, con tanto esfuerzo, vidas y recursos, está levantado AES.
Algunas versiones confirman que el Consejo de Seguridad Nacional de Washington ya ha comenzado la planificación. Con la excusa de que el grupo, desde sus posiciones en Mali, amenaza con lanzar operaciones contra diversas naciones ribereñas del Golfo de Guinea, algo que sucede desde 2015, dos años antes de la llegada de Trump a su primera presidencia. Se prevén huracanes en el golfo de Guinea.
Si bien ningún vocero de la Casa Blanca admitió esta información, sí se conoció que desde el Pentágono se instó a las naciones del norte y oeste del continente africano a incorporar armamento, equipos y dispositivos militares estadounidenses para contener con mayor efectividad a los terroristas. Incluso por primera vez Washington llama a sus naciones aliadas del continente, sin que hayan sucedido cambios objetivos, a apoyar a la AES en su guerra tanto contra el JNIM como contra la franquicia del Daesh en la región Estado Islámico para el Gran Sahara, que también se expande a toda carrera por Chad y Nigeria.
No deja de ser al menos llamativo que los mismos ejércitos que Washington estaba impulsando contra Níger, tras el golpe militar contra el presidente pro norteamericano Mohamed Bazoum, hace ahora exactamente tres años, con la cobertura de la CEDEAO (Comunidad Económica de Estados de África Occidental) para invadir Níger y reponer a Bazoum. (Ver: Sahel, la contraofensiva imperial), con la excusa de que Moscú ha sido ineficiente para contener el terrorismo. Mientras se estaba blanqueando la pretensión norteamericana de reingresar al Sahel, un comunicado de la Casa Blanca dijo: “Esperamos que otras naciones africanas tomen nota del pésimo desempeño de Rusia en la lucha contra el terrorismo”.
Genocidio y medios.
Mientras el genocidio sionista que se ejecuta en Gaza, Cisjordania y Líbano campea por la libre, sin que nadie se dé por enterado. Desde hace años, la prensa occidental ensaya instalar que las FAMa, junto al Cuerpo Africano, están llevando a cabo un genocidio en Malí.
Diversas ONGs, con financiación occidental, en procura de instalar esta idea, dan por hecho que el ejército de Malí y sus aliados rusos fueron responsables de la muerte de más civiles que las franquicias de al-Qaeda y el Daesh. Según esos informes, en 2025, año en que se desborda el avance terrorista en Mali, junto a las milicias separatistas tuareg e inteligencia y mercenarios ucranianos, las FAMa junto a los rusos asesinaron a 925 civiles, principalmente aldeanos, mientras los muyahidines causaron 232.
Estas mismas organizaciones que denuncian estos hechos acusan a Washington y sus socios occidentales de prestar apoyo a estos regímenes, por los miembros de la AES. Que además son “increíblemente frágiles y represivos”.
Algunas versiones aseguran que, desde el año pasado, el gobierno de Trump, intentando retomar el diálogo con Bamako, “intensificó el intercambio de inteligencia con el gobierno maliense”. La que las FAMA habrían utilizado para ataques aéreos, supuestamente contra poblaciones civiles.
Por cierto, de confirmarse esa versión, estas ONGs no se espantan por la pornográfica relación de Trump con Benjamín Netanyahu, a quien se le permite el genocidio en Medio Oriente y el que pretenden cometer en Irán, pero bueno, como siempre, hay muertos más oportunos que otros.
Dada la imprevisibilidad que ha demostrado Trump desde su entrada a la Casa Blanca, la posibilidad de generar más frentes de conflicto y particularmente en África, región de la que los Estados Unidos han estado bastante ausentes en los últimos años, no es algo que pueda resultar extraño. Más si entendemos que el Pentágono ha establecido en el océano Índico y su zona de influencia, como el mar Arábigo, el mar Rojo y los golfos Pérsico y de Adén, que en las actuales circunstancias, la guerra contra Irán y la cada vez más áspera relación con China, ha tomado un valor estratégico como el que quizás nunca antes en la historia moderna ha tenido.
Es en este marco que cualquier intervención directa de los Estados Unidos en Mali y otras regiones del continente corre el riesgo de una reacción a gran escala de Rusia, para lo que tendrá que acelerar el fin del régimen de Kiev.
Marco Rubio, el secretario de Estado norteamericano, cuando se le preguntó por la posibilidad de una acción militar en Mali, solo se limitó a condenar la actividad terrorista en la región.
Llevamos muchos años observando cómo en muchos lugares del mundo, los intereses de los Estados Unidos y la crápula que los siguen se confunden con los de muchos emires y mullahs como si fueran exactamente lo mismo, en Yemen, Afganistán, Siria, Líbano, Irán, Somalia y tantos otros, por lo que la guerra que viene, si es en Mali, será una más, pero nunca la última.
