lunes, enero 26, 2026

Hoy más que nunca necesitamos como dijo Duarte escarmentar con rigor a los traidores.

 



Por: Domingo Acevedo 26 de enero de 2026

Hoy, al conmemorarse el natalicio de nuestro patricio Juan Pablo Duarte, los dominicanos de voluntad firme y amor desinteresado por la patria debemos asumir un compromiso histórico: trabajar arduamente en la construcción de un gran frente político y social. El objetivo es claro: salvar a la nación de las garras de la corrupción y de aquellos que, enquistados en las cúpulas de una derecha recalcitrante, destruyen el tejido moral de nuestra sociedad.

Estos sectores no solo se roban el erario, sino que asesinan la esperanza y el futuro del pueblo dominicano. Han convertido nuestra soberanía en una moneda de cambio, entregándola a corporaciones extranjeras a cambio de jugosos beneficios personales, traicionando así el sacrificio de nuestros fundadores.

Como bien sentenció Duarte: «Los traidores deben ser escarmentados con rigor». Sin embargo, para que ese castigo sea efectivo y la justicia prevalezca, hoy más que nunca necesitamos de una gran unidad nacional. Solo unificados podremos rescatar la nación, restaurar nuestra soberanía y devolverle al pueblo la dignidad que le ha sido arrebatada.

¡Por la patria y por la libertad!

La Resistencia Campesina frente a la Intervención Norteamericana de 1916

 




Por Manuel Antonio Vega


​La ocupación militar de los Estados Unidos en la República Dominicana (1916-1924) no fue un proceso aceptado pacíficamente.
Mientras en las ciudades la resistencia era principalmente intelectual y política, en las zonas rurales, especialmente en el Este del país, surgió un movimiento armado que mantuvo en vilo a las tropas extranjeras por años: Los Gavilleros.
​¿Quiénes fueron los Gavilleros?
​Los gavilleros fueron grupos de campesinos y trabajadores que se alzaron en armas contra la autoridad extranjera y por los abusos implementados en los emporios azucareros de la región Este.
A diferencia de un ejército regular, eran guerrilleros rurales sin entrenamiento militar formal, pero con un profundo conocimiento del terreno y una motivación arraigada en la defensa de su soberanía y sus medios de vida.
​Entre las causas del levantamiento se citan el despojo de tierras.
El auge de la industria azucarera y la llegada de gran capital extranjero a finales del siglo XIX provocaron que muchos campesinos perdieran sus tierras mediante mecanismos legales fraudulentos.
Un rechazo instintivo a la presencia de tropas extranjeras que dictaban leyes y controlaban la administración pública.
​Los abusos de la Ocupación, llegaban a la brutalidad de los "Marines" y la creación de la Guardia Nacional Dominicana generaron un clima de persecución y violencia en el campo.
​El origen del mote: ¿Por qué "Gavilleros"?
​El término tiene una carga histórica peyorativa que ha sido reinterpretada con el tiempo.
La etimología despectiva: La palabra proviene de "gavilla", que se usaba desde antes de 1916 para identificar a bandas de ladrones o salteadores de caminos.
Al usar este nombre, los ocupantes buscaban criminalizar estigmatizar la resistencia, tratándolos como delincuentes comunes en lugar de combatientes políticos.
Existe una versión popular que sugiere que los soldados norteamericanos, al no poder pronunciar correctamente la palabra "guerrilleros", terminaron diciendo "gavilleros" debido a su limitado español.
​Otros nombres dados era también "alzados" (para evitar el término más digno de "sublevados") y "bandidos", etiqueta oficial utilizada por el gobierno militar estadounidense para justificar su aniquilación.
​Los insurrectos tenían tácticas de guerra rural y apoyo popular, en la zona urbana y rural.
​El historiador, Manuel Antonio Sosa Jiménez, en su libro "Hato Mayor del Rey", sostiene que los gavilleros operaban bajo la modalidad de guerra de guerrillas.
Se escondían en las zonas montañosas y realizaban ataques sorpresa (emboscadas) contra las patrullas estadounidenses, llegando a diezmar las tropas yankee.
​Su supervivencia dependía de dos factores clave, la colaboración de la población: Los campesinos locales les suministraban información, comida y refugio.
​Los guerrilleros lograron acuerdos de impuestos de guerra: Incluso los administradores de los ingenios azucareros, por temor o por necesidad de protección para sus campos, les entregaban dinero y suministros.
​En la lucha de guerrilla rural, las mujeres no fueron espectadoras, pues muchas acompañaron a sus maridos al "monte", encargándose de la logística, el transporte de municiones, pertrechos, e incluso participando directamente en los combates, armadas con revólveres o sables.
​Líderes y Figuras Destacadas
​El movimiento contó con líderes que se convirtieron en figuras legendarias de la resistencia, siendo recordado por su valía y arrojo.
Vicente Evangelista, fue uno de los líderes más emblemáticos de la zona Este, quien sabia enfrentarse con el Yankee Invasor cuerpo a cuerpo y matarlo con arma blanca.
Ramón Natera, conocido por su valentía y por portar siempre dos revólveres, era pura candela al momento de enfrentar a los invasores.
Gregorio Urbano Gilbert, quien, aunque actuó de forma más individual al inicio en San Pedro de Macorís, representa el espíritu de resistencia armada urbana y rural.
​Otros nombres clave fueron Martín Peguero, José Piña, Luciano Reyes y Cayo Báez (famoso por sobrevivir a atroces torturas con bayonetas).
​El final del movimiento y su legado
​La lucha fue desigual.
Los norteamericanos contaban con ametralladoras, aviones y el apoyo de la Guardia Nacional, cuyos soldados dominicanos a menudo cometían atropellos para culpar a los gavilleros y mermar su apoyo popular.
​Hacia 1922, bajo un plan del Gobierno Provisional, se ofreció una amnistía general.
Muchos líderes guerrilleros claudicaron, y aceptaron deponer las armas bajo la promesa de no ser perseguidos, lo que puso fin a la resistencia armada dos años antes de que las tropas estadounidenses abandonaran definitivamente el suelo dominicano en 1924.
​Hoy, la historia dominicana reivindica a los "Gavilleros" no como los bandidos que pretendió dibujar el invasor, sino como patriotas rústicos que, con escasos recursos, se enfrentaron a una de las potencias más grandes del mundo en defensa de su dignidad.

No fue un santo de estampita ni un busto para discursos: Juan Pablo Duarte y Díez fue una incomodidad viva… y sigue siéndolo.





Juan Pablo Duarte y Díez nació en Santo Domingo el 26 de enero de 1813. Pensador, conspirador, organizador y, cuando hizo falta, hombre de acción. Fundó La Trinitaria con una idea radical para su tiempo: una República Dominicana libre e independiente de toda potencia extranjera, sin atajos, sin protectorados, sin “bajaderos”.
Formado en ideas liberales, creyó en la soberanía popular, en la ética pública y en la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Esa coherencia fue su mayor virtud… y su mayor condena.
Duarte no fue un teórico cómodo. Financió la causa con recursos familiares, rindió cuentas con una honestidad que hoy todavía incomoda y se negó a negociar principios por poder. Por eso fue marginado, exiliado y borrado de las decisiones cuando su presencia estorbaba a los intereses de turno.
Duarte nos quedó grande. No porque fuera perfecto, sino porque fue consecuente. En un país donde muchas veces se confunde astucia con virtud, él apostó por la rectitud. Y eso, históricamente, se paga caro.
Su grandeza no está en frases sueltas, sino en una vida donde pensamiento y acción caminaron juntos. Hoy sigue siendo incómodo porque nos recuerda lo que no somos… todavía.
Reconocimiento, al día de hoy
Se le honra en fechas patrias, monumentos y discursos. Pero el reconocimiento real —el que se expresa en instituciones decentes, en transparencia, en soberanía sin disfraces— sigue pendiente. Duarte es citado, pero poco imitado.
Orgullo nacional
Sí, Duarte es orgullo nacional. No como consigna, sino como estándar moral. Es el espejo donde la nación se mira cuando quiere recordar que pudo ser mejor y aún puede serlo.
La deuda con Venezuela
El exilio de Duarte en Venezuela no fue turístico ni voluntario: fue refugio. Allí vivió con dignidad austera, lejos de la patria que ayudó a fundar. Venezuela fue tierra de acogida para un dominicano que nunca dejó de pensar en su país. Esa hospitalidad histórica merece memoria y gratitud.
Duarte no sirve para adornar el pasado si no interpela el presente. Su legado no es repetir su nombre, sino preguntarnos:
¿qué haría Duarte frente a la corrupción normalizada?
¿qué diría ante la soberanía negociada?
¿cómo juzgaría la política sin ética?
Fuentes y referencias confirmadas
– Escritos y cartas de Juan Pablo Duarte
– Archivo General de la Nación (República Dominicana)
– Roberto Cassá
Cierre que invita a pensar
Duarte no necesita defensores: necesita lectores honestos y ciudadanos valientes.

Tomado de la red.

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