Estas tres nuevas entregas de La memoria del olvido II —compuestas por las secciones 6/Desde donde vivo puedo ver el mar distante, 7/Labradores de sueños y 8/La insignificante grandeza— marcan una transición lírica y conceptual profunda en el universo narrativo de Domingo Acevedo.
Aquí la obra trasciende el mero recuerdo familiar para estructurar una geografía poética e histórica del Caribe, donde la memoria individual se entrelaza de forma indisociable con la identidad colectiva, la marginación social y el advenimiento violento de la modernidad.
1. Núcleo Histórico y Geográfico: Haina y la Periferia Dominicana
A diferencia de pasajes más abstractos, en estas secciones la memoria se ancla en coordenadas físicas y geográficas muy precisas del mapa dominicano:
El Muelle y el Río Haina: El río Haina no solo actúa como un límite geográfico que divide el muelle, sino como una frontera simbólica. A un lado se erige la infraestructura iluminada del puerto (el comercio, la presencia militar, las bengalas y los disparos de fusil); al otro, yace la oscuridad y la precariedad de los barrios haineros.
Manganagua y el Camino Real: Referencias a la laguna de Manganagua (espacio de pesca de tilapias y jicoteas) y al «camino real» traen a la luz un paisaje periurbano en transformación. Es la visión de una comunidad rural/suburbana en la periferia de Santo Domingo, subsistiendo a base de la recolección, la caza menor y la elaboración artesanal de carbón.
2. Análisis Semiótico de los Capítulos
Section 6: Desde donde vivo puedo ver el mar distante
Este texto establece una potente atmósfera de aislamiento y contemplación.
La Dualidad del Agua: Existe un mar distante (visto desde la ventana) habitado por marineros «prisioneros del salitre» y sirenas míticas, que contrasta con el río Haina y la agua estancada del lodazal donde los campesinos siembran arroz.
El Sol Inclemente y el Espantapájaros Humano: Una de las imágenes más estremecedoras y crudas de toda la serie es la del trabajador que muere deshidratado bajo el sol inclemente del Caribe. Su cuerpo es colgado en una cruz de guayacán en medio del arrozal como espantapájaros. Es una metáfora feroz sobre la deshumanización del trabajo rural y el nivel extremo de explotación de la tierra.
Resiliencia y Ritualidad: Pese al hambre, la prolongada sequía y la escasez (donde faltan el yambí, el maquey o la guáyiga), la llegada de Felipe y Ñoñó con pescados y jicoteas transforma el hogar. La preparación del caldo de tilapia, el fuego, el calor familiar junto al perro León y la burra Julia, convierten la noche en un espacio sagrado de comunión. La comunidad se dispone a invocar la «danza de la lluvia» en el patio de la abuela Mamá Tita para conjurar la sequía, apelando al saber ancestral.
Section 7: Labradores de sueños
El Padre como Figura Heroica y Mártir: La descripción del padre preparando a la burra Julia y marchando al monte a vigilar la carbonera transmite un respeto sublime por la dignidad del trabajo humilde. El padre amanece a la intemperie sobre sacos de cabuya, cuidando que el horno de troncos no se vuelva cenizas.
La Economía de Subsistencia: La pregonería del día a día («¡Verduuuras, yuuuca, aguaaaaacates... marchanta llevo carbooon!») contrapone la belleza poética del espíritu con la dureza de vender los frutos de la tierra por «miserables monedas» en una ciudad hostil.
Section 8: La insignificante grandeza
Es la climax reflexivo y sociopolítico de este bloque narrativo.
El Choque del Progreso (Tradición vs. Modernidad): Acevedo poetiza la desposesión. La ciudad no es solo un espejismo de luces, cines (en las avenidas Mella, Duarte y la calle El Conde) y casinos; es una fuerza invasora cuyos «monstruos mecánicos trituraban entre sus fauces todo lo que encontraban a su paso». La modernidad sepulta los conucos, desplaza la cultura rural y encierra a la comunidad en «los cubículos del olvido».
La Raíz Afrocaribeña e Internacionalista: El relato entronca de forma explícita con la diáspora y la memoria del cimarronaje. Los abuelos danzan alrededor de la hoguera y transmiten la memoria oral: la huella del látigo, las luchas contra el hombre blanco, el dolor irremediable del desarraigo y el «anhelo inútil por volver a África». Aquí, la voz del narrador sitúa la experiencia local dominicana dentro de un contexto caribeño y anticolonial mucho más amplio.
3. Elementos Estilísticos y Poéticos
Lirismo Telúrico: La prosa de Acevedo mantiene una sensorialidad extrema. El aire «huele a bosque seco, a luna llena y a caldo de pescado»; la noche se siente «pegajosa de oscuridad»; las garzas en el arrozal «refulgen como blancos pedazos de papel».
Símbolos Recurrentes:
El Sol: Es a la vez creador y destructor (achicharra el monte, devora la vida, pero marca las horas y el crepúsculo).
Julia y León (Los Animales de la Casa): Representan la lealtad incondicional, la integración orgánica de la naturaleza en la estructura familiar.
La Quimera: La aspiración constante del niño-narrador de «atravesar los límites ancestrales del monte» para atrapar la felicidad y entregársela a sus padres.
Perspectiva del Niño / Memoria Mítica: El narrador contempla la dureza de la pobreza a través de una mirada infantil cargada de asombro y dignidad. No hay autocomprensión desde la miseria, sino desde la insignificante grandeza: una vida humilde revestida de valor espiritual e histórico.
Síntesis
En estas páginas, Domingo Acevedo no solo rescata la estampa bucólica del monte o la tristeza del aislamiento campesino; construye un monumento poético a los marginados. Muestra cómo la llegada del «progreso» y el crecimiento urbano aplastaron un modo de vida arraigado en la tierra y en la memoria africana, dejando únicamente las cenizas de la nostalgia y la permanencia indestructible de la palabra hablada.
6/Desde donde vivo puedo ver el mar distante
Desde donde vivo puedo ver el mar distante levantarse más allá del muelle, lamer con su lengua azul el horizonte.
A veces el viento del sur arremolina en la mirada residuos de olas resecas por el sol, plumas de pelícanos gigantes, huesos de peces invisibles y restos de barcos hundidos por los siglos.
El río Haina divide el muelle en dos partes iguales, el muelle que permanece iluminado más allá de la oscuridad de los barrios haineros.
De vez en cuando una bengala ilumina la noche o un disparo largo de fusil estremece el viento y ahuyenta a los polizones y a los ladrones furtivos de mercancías baratas.
Desde mi ventana puedo ver los barcos anclados tan lejos de los sueños, y siento pena de los marineros prisioneros del salitre y la distancia, que sueñan con hermosas sirenas que les roban el corazón para esclavizarlos en su mundo submarino de calamares fantásticos, caballitos tiernos de mar y peces de colores.
A esta hora el camino real está desierto; una brisa caliente levanta nubes de polvo que se pierden entre los matorrales resecos.
Es mediodía. En julio el verano achicharra todo el monte y la primavera es un vestigio lejano de flores y mariposas, derretido en el recuerdo de los abuelos que, debajo de una mata de mango, dormitan en el efímero esplendor de los sueños.
El sol chorrea su luz sobre los tejados de las casitas del pueblo.
El sol chorrea su luz sobre los tejados de las casitas del pueblo que, más allá de los arrozales y junto a la montaña, parece una acuarela de vivos colores tropicales enmarcada en el horizonte del mediodía.
La vista se pierde en el verde de los arrozales, simétricamente recortados en cuadrados perfectos. Las garzas refulgen al sol como blancos pedazos de papel que el viento zarandea de un lado para otro, mientras los hombres chapalean en el lodazal haciendo sus faenas, entonando antiguas canciones aprendidas de sus abuelos e intentando con ellas aminorar la fatiga producida por el trabajo bajo el sol inclemente del Caribe, que les exprime la piel hasta la última gota de sudor.
Cuando algún trabajador muere deshidratado por los efectos del sol y la sed, se hace una cruz de guayacán: cuelgan de ella al infeliz y lo ponen en medio de los arrozales para que su cadáver espante a los pájaros que vienen de lejos a comerse el arroz.
He seguido las huellas del sol dibujadas en el rostro del atardecer. Ya oscurece; esperamos a Felipe y a Ñoñó, que fueron a pescar tilapias a la laguna de Manganagua.
Han sido duros todos estos días en el largo trajinar del hambre. La sequía destruyó toda la cosecha; el monte, achicharrado por el sol, resplandece con las primeras estrellas y nuestras miradas se pierden entre las sombras de la noche, esperando ver aparecer a nuestros hermanos por el camino real.
Nos inquieta su tardanza; además, el hambre hace estragos en nuestros estómagos. En la cocina, mamá mantiene el fuego encendido; papá aún no regresa del monte, anda cortando troncos de madera para preparar un horno mañana.
Han sido largos todos estos días de penuria. No hay maquey, ni yambí, ni guáyiga para hacer chola; el monte está desolado. Con esta prolongada sequía, hasta las aves se han ido a otros lugares.
Desde aquí puedo ver el fuego encendido en la cocina de Popó Candela. Negra, su esposa, debe estar haciendo la cena.
Imagino a Juana Ligia y a Miguela jugando con las sombras de la noche más allá de las anacahuitas gemelas, bajo los limoncillos florecidos de eternidad de la tía Tatín.
Inmerso en mi soledad, escucho las canciones tristes de la vellonera de la pulpería de Andrés Longo; cierro los ojos y se me humedecen de estrellas.
No sabemos qué hora es, pero presentimos la presencia cercana de nuestros hermanos. Oteamos el horizonte; el viento nos trae su olor a sudor mezclado con el olor húmedo a
El largo camino de la esperanza.
laguna de los pescados. Suspiramos tranquilos: ya podemos sentir sus pasos certeros en la oscuridad. Silban para decirnos que llegaron; vienen felices, cargados de tilapias y jicoteas.
En medio del patio nos abrazamos bajo el cielo infinito de estrellas. Mamá sale y también los abraza. Nos preparamos debajo de la mata de javey para quitarles las escamas a los pescados y preparar las jicoteas. Ellos apartan un poco para llevar a sus casas; son muchos, no nos los comeremos todos esta noche.
Papá llega sudoroso, con toda la oscuridad de la noche pegada en la piel. Deja a Julia libre, que se acerca hasta donde nosotros estamos; rebuzna y sacude la cabeza: es su manera de decirnos «yo también estoy aquí». León ladra alegre, juguetea, salta, nos lame las piernas y luego se acomoda en el suelo junto a nosotros.
Después de limpiar los pescados, buscamos un lugar en el patio donde encender una fogata y nos sentamos alrededor de ella. Ya mamá hierve los pescados; hace un caldo con sal, ajo, cebolla y orégano. No hay nada más, pero será suficiente por el día de hoy.
Mientras se cocinan los pescados, reímos, contamos historias y entonamos canciones ancestrales. León nos mira con asombro y Julia descansa hasta que mi padre la lleve al lugar donde pasa la noche, cerca de la casa, debajo de la mata de café cimarrón.
Ella y León son parte de la familia. Después de comer, Felipe se irá a dormir con la tía Aurora y Ñoñó se irá donde la tía Amantina; ella lo crió desde muy pequeño.
Más allá de la alambrada, los grillos cantan incesantes a las estrellas; entre mis ojos cabe todo el universo. La noche huele a bosque seco, a luna llena y a caldo de pescado. Busco el calor de mis dos hermanos mayores: me siento entre los dos y los miro con orgullo. Admiro su destreza en el bosque, lo buenos que son cazando y pescando. Un día seré como ellos y podré ir por el monte, llegar más allá de los límites ancestrales y cazar la quimera para entregarles a mis padres la felicidad que anhelan.
Mamá nos llama, es hora de comer. Entramos a la casa; en la sala, la llama de la lámpara danza al compás del viento. Por momentos parece que se apagará, para luego renacer de sus cenizas como un ave fénix. Está sabroso el caldo, solo que las tilapias tienen muchas espinas; hay que comerlas con sumo cuidado para que no se quede una en la garganta. Es una pena que no apareciera un coco para cocinarlas. Nos quedan algunas para mañana y tres jicoteas para los días siguientes, así que podremos invitar a otros vecinos a compartir nuestra comida.
Manuel, mi pequeño y solitario amigo, hace rato que se fue, tal vez con hambre. Imagino que vive allá, muy lejos, donde se ve aquella lucecita distante; él nunca ha querido llevarme a su casa.
Ya comimos, es hora de dormir. Felipe y Ñoñó se despiden entre abrazos y sueños, y me dicen que mañana temprano me llevarán con ellos a las distantes regiones del norte a cazar, que me prepare, que pasarán a las seis de la mañana por mí. Me voy a la cama feliz, el corazón no me cabe en el pecho: mañana por fin podré ir a cazar.
Nosotros conocemos y amamos cada palmo de nuestra tierra; amamos el viento, las nubes, los animales, las aves, los árboles, las mariposas, la lluvia y la primavera que hace florecer al bosque. Cada camino tiene un horizonte que termina en nuestros sueños y, en definitiva, nuestro amor por la madre tierra es el amor por la vida, es el amor a Dios que lo ha creado todo tan perfecto.
Para mí lo más importante es que se acerca el día en que podré atravesar los límites ancestrales del monte e intentar atrapar la quimera para entregarles a mis padres la felicidad que siempre hemos soñado.
Mientras cierro los ojos, escucho los tambores lejanos que invitan para mañana en la noche a ir a bailar en el patio de la abuela Mamá Tita la danza de la lluvia, para conjurar la sequía.
7/Labradores de sueños
Son las seis de la tarde. El sol en la distancia toma de la mano a la tarde y empiezan a descender lentamente por las escalinatas del tiempo, dejando encendido el fuego celeste del crepúsculo para que, cuando la noche llegue, encienda las estrellas.
Detrás de la casa, papá prepara su montura. Julia es una burra que nos ha acompañado en este largo trayecto de nuestras vidas; ha estado ahí, en las buenas y en las malas. Sobre su lomo nos ha llevado por todos los confines de esta tierra y más allá: a la ciudad donde no hay espacio para los humildes labradores que, vestidos con harapos por sus calles inhóspitas, vendemos nuestros sueños perdidos en los conucos y pregonamos a viva voz: «¡Verduuuras, yuuuca, aguaaaaacates, maaaaangos, marchanta llevo carbooon! ¡Venga marchanta, que llevo huevos criollos!», para después de vender nuestros productos por miserables monedas, perdernos nuevamente en el monte con todos nuestros sueños a cuestas.
Ya la montura está lista. León juguetea entre nuestras piernas alegre: salta, ladra; mientras Julia nos mira con toda su ternura resumida en sus ojos redondos y tristes. No me acuerdo de cuándo llegó a casa, pero la recuerdo de toda la vida, desde siempre, desde que tengo uso de razón.
Estamos detrás de la casa, bajo la mata de capá: mi madre, Juana María, Juancito, Papo y yo. Felipe y Ñoñó no sé por dónde andan. Ya mi padre está preparado al lado de Julia; se despide con un gesto de la mano y se monta en ella. Yo corro y me aferro con ternura a una de sus piernas, y luego me alejo para ver cómo él, mi padre, se marcha por el camino en sombras a un lugar perdido en el monte. León va tras él, ladrando y saltando alegre; nosotros nos quedamos parados en medio de la noche hasta que ellos se pierden en la oscura sinuosidad del camino.
Allá, lejos, en un claro del monte, mi padre tiene un horno hecho de troncos secos para hacer carbón vegetal y luego venderlo en la ciudad. Tiene que cuidarlo; por eso es que amanece todas las noches vigilándolo para que no se incendie, porque si no, en vez de carbón, solo encontrará cenizas.
En un lado de la carbonera, junto a una fogata, dormirá a la intemperie sobre algunos sacos de cabuya que lo cubrirán del frío de la noche y de los mosquitos, acompañado por los grillos, las estrellas, las lechuzas y los murciélagos. A su lado, León gruñirá a los fantasmas que rondan la soledad de la noche en el monte. Él y Julia no desampararán a mi padre por nada del mundo; estarán siempre a su lado protegiéndolo de toda maldad escondida entre el silencio nocturno y la oscuridad.
Mañana tempranito, antes de que salga el sol, mi madre, Juana María, Juancito, Papo y yo iremos a encontrarnos con mi padre. Le llevaremos un poco de café y algo de comer; ya a esa hora el carbón estará listo para llenar cuatro o cinco sacos, acomodarlos en el lomo de Julia y regresar a la casa, para de inmediato tomar el camino hacia la ciudad y venderlo a algún comerciante para traernos algo de comer.
8/La insignificante grandeza
Quiero dejar testimonio de la insignificante grandeza de nuestras vidas; decir que, sobre la primavera que nuestros abuelos hicieron florecer con sus manos fecundas, construyeron una gran ciudad.
De esa tierra que en mi corazón es un canto no queda nada, solo recuerdos: recuerdos edificados sobre las cenizas de nuestra nostalgia, recuerdos tan enraizados en mis palabras que en mi voz anidan los pájaros fabulosos de mis sueños, los cuales, más allá de la polvorienta geografía de mi memoria, iluminan los cubículos del olvido donde la civilización enterró toda nuestra alegría.
Nosotros, en nuestra inocencia, nunca advertimos que el mundo de más allá de la alborada ambicionaba nuestras tierras, que la modernidad avanzaba inexorable hacia nosotros y que sus monstruos mecánicos trituraban entre sus fauces todo lo que encontraban a su paso.
Que por el camino real, a menos de una hora de distancia a pie, la ciudad todas las tardes resplandecía como un espejismo en las luces de sus avenidas románticas —que herían el corazón tierno de las sombras con sus dagas luminosamente crepusculares—; en sus edificios preñados de sueños, con sus amplios ventanales que daban al mar; en sus hermosas mujeres que hacían hasta lo imposible para no morir de pena, atrapadas por los fantasmas de la soledad en la que sus maridos, ebrios de lujuria, las dejaban para ir a buscar placeres entre los recovecos de las noches mágicas de la Ciudad Colonial; en sus ruidosos y veloces automóviles y, sobre todo, en sus noches bulliciosas con sus casinos, donde el azar y la ambición atrapaban a los hombres en sus tentáculos imposibles; en sus cines de melancolía de la avenida Duarte, la avenida Mella y la calle El Conde, donde la quimera llevaba a los espectadores en un viaje sin retorno por los túneles inéditos de la fantasía; en el mar Caribe con sus barcos piratas anclados en el horizonte nocturno de la distancia; en las vidrieras de las tiendas, que atrapaban nuestros sueños en el bucólico encanto de la fantasía y la desilusión, donde nos mirábamos hacia adentro de nosotros mismos y terminábamos parados frente al espejo de la vida, harapientos y descalzos, en un mundo ajeno y extraño.
Y de nuevo volvíamos a nuestras tierras, en donde la vida transcurría sin más prisa que ir a los conucos, andar por los montes maroteando alguna fruta de lástima, arreando vacas hacia las distantes regiones del rocío o cazando pajaritos endebles para mitigar el hambre de toda la vida.
Para luego, en las noches, juntarnos alrededor de la hoguera, donde los abuelos en una danza nos hablaban de sus hazañas remotas, de su largo viaje sin retorno hasta llegar aquí, de la crueldad del látigo en sus espaldas, de cuando lucharon contra el hombre blanco por su libertad, de sus anhelos inútiles por volver a África y de sus raíces enterradas en estas tierras que abonaron con sudor y sangre; tierra en donde, a pesar de todo, siempre serían unos extraños.
Al final de la jornada, sin más luces que la de la luna y las estrellas, nos íbamos a nuestros bohíos por los caminos en penumbra que los grillos iluminaban con su canto, gritando a viva voz la alegría de compartir la vida en una danza.
Al llegar a la casa, con la piel pegajosa de oscuridad, daba un beso a mis padres, pedía su bendición y me acostaba en mi hamaca, hasta que el sol de un nuevo siglo nos trajera la esperanza que perdimos en el duro batallar contra la modernidad.