viernes, febrero 13, 2026

Chelsea Manning reveló cómo es la guerra moderna cuando las cámaras no están invitadas.

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Chelsea Manning reveló cómo es la guerra moderna cuando las cámaras no están invitadas. El Ejército la encarceló durante 7 años. ¿Los crímenes de guerra que expuso? Nadie fue acusado. Eso lo dice todo.

En 2010, Chelsea Manning era una analista de inteligencia del Ejército de Estados Unidos, destinada en Irak, cuando tomó una decisión que le costaría su libertad durante siete años.
Filtró archivos militares clasificados a WikiLeaks: cientos de miles de documentos que documentaban muertes de civiles, casos de tortura, patrones de abuso y reglas de enfrentamiento que contradecían directamente lo que el gobierno estadounidense decía al público sobre las guerras en Irak y Afganistán.
El video que más tarde se conoció como “Collateral Murder” mostraba a artilleros de un helicóptero estadounidense disparando y matando a civiles, incluidos dos periodistas de Reuters, en Bagdad, y riéndose por radio. Cuando una furgoneta llegó para auxiliar a los heridos —una furgoneta en la que viajaban niños— los artilleros pidieron autorización para volver a disparar y la obtuvieron.
Los informes posteriores indicaban que no se trataba de un hecho aislado ni de un error trágico. Eran patrones, no accidentes.
La respuesta a la filtración fue rápida y contundente.
Fue arrestada en mayo de 2010 y acusada en virtud de la Ley de Espionaje, una norma de 1917 aprobada durante la Primera Guerra Mundial, utilizada posteriormente contra filtradores y denunciantes.
Permaneció recluida en régimen de aislamiento durante meses antes del juicio, en condiciones severamente restrictivas que fueron ampliamente cuestionadas por organizaciones de derechos humanos.
En 2013 fue condenada a 35 años de prisión militar, la sentencia más larga impuesta hasta entonces en Estados Unidos por filtrar información clasificada a la prensa.
El Estado presentó la rendición de cuentas como traición. La transparencia como una amenaza para la seguridad nacional.
El debate público se centró obsesivamente en Manning como persona —sus motivaciones, su estado mental, su identidad de género— en lugar de en el contenido de los documentos revelados.
Fue deliberadamente tratada con el género incorrecto por algunos medios y funcionarios. Ridiculizada. Deshumanizada. Reducida a polémica en lugar de ser reconocida como una denunciante que obligó a la opinión pública a confrontar realidades ocultas tras el lenguaje militar y las negaciones oficiales.
El mensaje era claro: esto es lo que ocurre cuando cuentas lo que sucede.
Mientras tanto, las conductas irregulares y posibles violaciones del derecho internacional humanitario que expusieron los documentos no derivaron en procesos penales públicos contra los responsables directos.
La persona que reveló los hechos fue a prisión durante años. Quienes aparecían en los informes no enfrentaron consecuencias judiciales equivalentes.
Esa asimetría alimentó un debate global sobre el funcionamiento real del poder y la rendición de cuentas.
Las revelaciones de Manning tuvieron un impacto profundo. Reconfiguraron la relación entre el periodismo y la información clasificada. Impulsaron conversaciones internacionales sobre víctimas civiles, transparencia y la distancia entre los discursos oficiales y la realidad sobre el terreno.
Obligaron a plantear preguntas incómodas: ¿cómo se aplican realmente las reglas de enfrentamiento? ¿Cuántos civiles mueren en los conflictos? ¿Qué ocurre con los detenidos en zonas de guerra?
Pero el costo no fue abstracto. Fue personal.
Chelsea Manning perdió años de libertad, privacidad y estabilidad. En 2017, el entonces presidente Barack Obama conmutó su condena tras cumplir aproximadamente siete años de prisión.
En 2019 volvió a ser encarcelada por negarse a testificar ante un gran jurado en un proceso relacionado con WikiLeaks, permaneciendo detenida varios meses por desacato.
Su caso envió un mensaje contundente a quienes manejan información clasificada: hablar tiene consecuencias severas.
La Ley de Espionaje no distingue entre filtrar información a un gobierno extranjero y entregarla a periodistas, ni contempla una defensa explícita basada en el interés público.
En la práctica, los sistemas de clasificación pueden proteger secretos legítimos de seguridad nacional, pero también ocultar errores, abusos o decisiones controvertidas.
Cuando alguien rompe ese muro de secreto, el peso del aparato estatal puede caer con fuerza.
Para muchos, el caso de Chelsea Manning simboliza la tensión entre seguridad y transparencia, entre poder institucional y derecho a la información.
No es una historia simple ni exenta de controversias. Es un episodio que sigue generando debate sobre cómo deben funcionar las democracias, qué papel cumplen los denunciantes y qué precio tiene revelar información sensible.
Chelsea Manning mostró una cara de la guerra que rara vez se ve. El costo fue alto.
Y las preguntas que planteó siguen abiertas.
Fuente: BBC News (“Who is Chelsea Manning and why was she jailed?”, 9 de marzo de 2020

''MEDIO MILLÓN PARA LA UASD Y A LOS PRESOS LIBERTAD ....... Y ESTA LUCHA NO SE PARA NI CON PICO NI CON BALA'

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Desde inicios del mes de febrero de 1968, el gobierno estaba hostigando la UASD. Entre otras acciones, la Policía Nacional cumpliendo “ALTAS ÓRDENES SUPERIORES” comenzó a confiscar los autobuses que transportaban los estudiantes universitarios, con el propósito de boicotear el semestre académico.
Estas actividades represivas perseguían que la inasistencia de la mayoría de los estudiantes, provocara el cierre de la institución. Esta medida policial afectaba los estudiantes de menos recursos económicos, los cuales debían recorrer largos trayectos para recibir sus clases y para retornar a sus hogares en horas nocturnas en una ciudad altamente insegura.
El primero de Febrero el Rector Castaños Espaillat en una concentración de la familia universitaria, destacaba la insensibilidad del gobierno, el cual redujo sensiblemente la asignación de recursos a la academia. Destacó el nuevo carácter plural y la política de puertas abiertas de la universidad, a todo aquel que quisiera estudiar y superarse.
En 1966 un importante grupo de profesores, estudiantes y empleados agrupados en el MOVIMIENTO RENOVADOR había desplazado las autoridades ultraderechistas y elitistas que todavía en esa época, levantaban doctrinas académicas retrógadas y autoritarias. Los sectores cívico-militares que apoyaban los conservadores expulsados de la UASD, arreciaron sus ataques, que se conjugaban con restricciones en los recursos financieros.
Para ese momento el gobierno entregaba mensualmente 300 mil pesos, los cuales eran insuficientes para atender adecuadamente a 8 mil estudiantes que cursaban 40 carreras.. Para enfrentar la situación, la Universidad reclamaba una asignación mensual de medio millón de pesos.
El 9 de febrero de ese 1968 la UASD tenía programado realizar un mitin en el parque Rosa Duarte en apoyo a sus reclamos, para lo cual solicitó al a la Secretaría de Estado de Interior y Policía, el permiso correspondiente, amparándose en el Artículo 7 de la Constitución, relativo a las libertades públicas y de expresión, los cuales-argumentaba la Universidad-debían ser garantizados por el Estado. La respuesta fue la prohibición del acto, militarización del parque y fuerte patrullaje en toda la capital, además de continuar la incautación ilegal de autobuses universitarios.
La actividad del parque Rosa Duarte, era una especie de “calentamiento”, previo a la gran “marcha del pueblo” al palacio nacional, programada para el 14 de Febrero de ese año. Estos acontecimientos ocurrían en un clima de creciente efervescencia política dentro de los cuales pueden citarse la desaparición del Coronel Caamaño en Londres, ocupación de locales sindicales, la desaparición del abogado Guido Gil, las torturas a presos políticos, persecución y muerte de opositores, sumado al anuncio del Partido Revolucionario Dominicano de no participar en las elecciones de mayo próximo.
El gobierno diseminó el rumor de un supuesto Golpe de Estado “de la derecha” y movilizó miles de efectivos militares en todo el país. El Presidente Balaguer al ser cuestionado en La Vega el 10 de febrero sobre la retención de los 5 autobuses de la UASD, declaró: “un mes basta para que la policía termine esa investigación”. Apuntó que en menor tiempo posible deben ser devueltas. También planteó excusas que imposibilitaban cumplir las demandas financieras de la universidad.
El día 12 una comisión de la UASD integrada por el Vice-rector Fernando Morbán Laucer y los profesores Alberto Rincón y Tirso Mejía Ricart, se reúnen en el palacio nacional con un alto funcionario del gobierno, el cual-en nombre del Presidente Balaguer-les comunica que la situación financiera de la UASD se resolverá luego de las elecciones universitarias. El Presidente señalaba que la marcha era una medida de presión, que contravenía el clima de paz.
En la tarde del lunes en una extensa comunicación el Secretario de Estado de Interior y Policía, Carlos Rafael Goico Morales, expone las razones por las cuales se prohíbe la marcha de la familia universitaria al palacio nacional.
En respuesta a la negación del permiso, el Consejo Universitario de la UASD decide el martes 13 de febrero posponer la caminata para una fecha posterior al 15 de febrero, luego de las elecciones de las nuevas autoridades de la institución.
Estudiantes, empleados y numerosos profesores protestan esta decisión. Se producen manifestaciones dentro del recinto y una asamblea decide realizar la marcha al día siguiente y permanecer en el recinto para evitar sorpresas. Los grupos estudiantiles y la FED reclaman el apoyo de la marcha a todas las organizaciones democráticas de la nación.
Ese mismo día, la universidad es rodeada por varias decenas de policías, pero sin incidentes de importancia. Los editoriales de la prensa conservadora-con subterfugios-se alinearon y apoyaron la inflexible postura del régimen.

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