viernes, enero 02, 2026

¿Por qué pedirle a un poeta que escriba acerca de salvar el mundo?

 Por: Amir Or

Traductor: Rafael Patiño Góez 

Especial para Prometeo


¿Por qué pedirle a un poeta que escriba acerca de salvar el mundo? Aparentemente es una labor más bien que conviene a un estadista, un filósofo o tal vez a un clérigo. Los estadistas son gente de acción, mientras los filósofos, profetas y poetas son visionarios. ¿Qué es ello entonces, eso que la poesía puede decir acerca de la existencia humana que nosotros no lo poseamos ya en nuestros libros de filosofía, religión o historia? 

Filosofía, la famosa profesional autorizada en lo concerniente a sabiduría en nuestra cultura, llega a ser menos convincente cuando uno considera seriamente la “sabiduría”. La filosofía habla acerca de sabiduría e introspección, pero agarra el pensamiento con densos alicates. Repleta de pesadas palabras lentas que torpemente toman asidero de ideas que la sabiduría agarra en un parpadeo. Solamente escasos filósofos tales como Heráclito, Platón o Nietzsche, quienes tenían talento poético, podían lidiar con esta eléctrica intensidad del pensamiento. Tal parece que solamente la poesía hace a las palabras lo que el pensamiento le hace a ellas, en su alcance y poder completos: las oye, las saborea, las comprende y las malentiende, las combina de extrañas maneras, resulta llevada por ellas, las golpea entre sí, dice. La poesía verdaderamente expresa a través de las palabras todo lo que ellas pueden asir y más. La poesía captura vivas a las palabras en el momento en el que ellas son formadas. 

No lo decimos en voz alta pero a menudo parece que el poeta es el único que puede servir en este mundo moderno como algún mensajero metafísico, un representante del subconsciente, un mártir o como un profeta. Si ustedes entrevistaran personas en nuestra globalizada cultura, difícilmente nadie habría de confesar explícitamente que piensa que los poetas ocupan cualquiera de estos roles en el sentido tradicional, y si les preguntan a los poetas ellos probablemente dejarían claro que en realidad un poeta tiene otras tareas qué atender tales como escribir sus obras, y ganar un sustento. Los roles a los cuales los poetas están asociados – el réprobo profeta social, el “artista maldito” así como el mártir, el bufón entretenido o el trovador – son todos reduccionistas o al menos crean un modelo enfermizo. Pero quizás podamos todavía admitir que existe algo de verdad en estos sentimientos: de algún modo un poeta parece crear con los más primarios materiales, en la multitud mental de la vida y sus realidades posibles. Sus obras sirven para mejorar y rediseñar mentalmente el mundo en el cual vivimos. Una introspección poética puede servir como una percepción renovada de la realidad, y traza nuevos bocetos o planos para su futuro desarrollo. Un escritor en su trabajo parece apenas soñando, pero los suyos no son sueños ordinarios. Él “sueña” el mundo de nuevo, y en esa misma acción él le da validez y significación a esta realidad que vivimos. Bien que esté consciente de ello o no, con su aventura creativa el poeta continúa creando el futuro mental desde el cual nuestra civilización venidera habrá de crecer. 

La poesía reorganiza y recrea la realidad social. Incluso el poeta más discreto es un rebelde y un revolucionario, quien por su misma creatividad amenaza el orden prevalente de la realidad con la cual estamos familiarizados. 

Al final del día, la historia de la evolución humana es la historia de las ideas creativas: cada logro de la humanidad es un logro de la mente humana. La cercanía de una sociedad hacia la creatividad artística es por ello un factor importante para ampliar o reducir sus capacidades espirituales, y para mejorar o debilitar su imaginación creativa y poderes vitales. Es por ello que una sociedad que no tiene éxito en el campo del arte y la literatura es una sociedad que se ha fosilizado mentalmente y dañado su propia capacidad de auto renovarse y rejuvenecerse. 

La poesía es una constante revolución mental. 

El analfabeto, de Cantinflas.




Cuando Cantinflas terminó de filmar El analfabeto en 1961, sabía que acababa de crear algo peligroso. No era una comedia más, era una bomba, una película tan brutal, tan honesta, tan devastadora en su crítica al sistema educativo mexicano que el gobierno hizo todo lo posible por enterrarla.

Pero lo que nadie esperaba era que Cantinflas hubiera filmado una segunda versión, una versión secreta. una versión tan explosiva que permaneció oculta durante 32 años y cuando finalmente se descubrió. Bueno, eso cambió la historia del cine mexicano para siempre. Enero de 1961, Cantinflas estaba en su estudio casero, rodeado de papeles, guiones rechazados, cigarrillos a medio fumar.
Llevaba tres semanas intentando escribir su próxima película. Su productor, Santiago Reachi, entró con dos cafés. Mario, los estudios están presionando. Necesitan el guion. Necesitan saber de qué va a tratar la próxima. Cantinflas no levantó la vista. Ya sé de qué va a tratar. Y del analfabetismo en México.
Santiago casi escupe el café. ¿Qué? Lo que escuchaste, una película sobre un hombre que no sabe leer ni escribir. Sobre cómo el sistema educativo mexicano ha fallado a millones. Sobre cómo el gobierno presume de progreso mientras el 60% del país es analfabeta. Santiago se sentó lentamente. Mario, eso es político, muy político.
Los estudios no van a aprobar eso. El gobierno no va a permitirlo. Por eso lo vamos a hacer. ¿Estás loco? ¿Te van a censurar o peor? Cantinflas finalmente levantó la vista. Sus ojos tenían esa mirada. Esa mirada que Santiago conocía bien, la mirada que significaba que no había manera de hacerlo cambiar de opinión.
Santiago, ¿sabes cuántas cartas recibo cada semana? No sé, cientos. Mailes. ¿Y sabes qué dicen la mayoría? Cantinflas. Mi padre nunca aprendió a leer. Se avergüenza. Se siente menos que humano. Oh, Cantinflas. Mi madre tiene 50 años y no sabe escribir su nombre. Llora cuando tiene que firmar con una X. Se levantó, caminó hacia la ventana.
Tenemos un país donde millones de personas viven en la sombra del analfabetismo, donde no pueden conseguir trabajo porque no saben leer, donde los estafan porque no pueden leer contratos, donde viven con vergüenza, con humillación, con el sentimiento de ser invisibles. Se volteó hacia Santiago y el gobierno hace como que no existe.
Construyen monumentos, hacen desfiles, presumen el milagro mexicano, mientras millones de mexicanos no pueden leer un periódico. Entiendo tu pasión, Mario, pero esto puede destruir tu carrera. Mi carrera no vale nada si no la uso para algo que importa. Santiago suspiró. Conocía esa terquedad. Había trabajado con Cantinflas suficientes años para saber que cuando tomaba una decisión no había vuelta atrás.
Está bien, hagámoslo. Pero tiene que ser inteligente, tiene que ser cantinflas, comedia con mensaje, no sermón. Exacto. Vamos a hacerlos reír tanto que no se den cuenta de que estamos llorando por dentro. Pasaron dos meses escribiendo el guion. La historia era simple, pero devastadora. Inocencio, un hombre adulto que nunca aprendió a leer, llega a la ciudad buscando trabajo.
Enfrenta humillación tras humillación. Es engañado, robado, ridiculizado, todo porque no puede leer. Pero en lugar de ser deprimente, el guion era hilarante. Las situaciones absurdas del analfabetismo se convertían en comedia física brillante. Cantinflas haría lo que mejor sabía hacer, hacer reír mientras partía corazones.
Presentaron el guion a los estudios en marzo. La respuesta fue inmediata. No, no. preguntó Santiago incrédulo. Ni siquiera van a leerlo completo. El ejecutivo del estudio, un hombre llamado Ernesto Alonso, cerró el guion. No necesito leerlo completo. Ya sé de qué va. Y les voy a decir algo, esto no se va a hacer.
No en este estudio, no en ningún estudio en México. ¿Por qué? Exigió Cantinflas. Porque el gobierno nos llamó. Nos dijeron muy claramente que cualquier película que difame el progreso educativo de México no recibirá permisos de filmación y sin permisos no hay película. Eso es censura. Llámalo como quieras. Es la realidad. Cantinfla separó.
Y si lo hacemos independientes, sin estudio, con mi propio dinero. Alonso sonríó con condescendencia. con tu propio dinero. Mario, una película cuesta medio millón de pesos. Tienes medio millón de pesos guardados. Los conseguiré bien, pero te advierto, aunque la hagas, ningún cine la exhibirá.
El gobierno controla las licencias de exhibición. Una palabra de ellos y tu película se queda en una lata oxidándose. Salieron del estudio derrotados, pero no rendidos. En el coche de vuelta, Santiago preguntó, “¿Realmente tienes medio millón de pesos?” No, entonces voy a conseguirlos. Aunque tenga que vender mi casa, aunque tenga que hipotecar todo, esta película se va a hacer. https://news1.metacorepc.com/cantinflas-hizo-pelicula.../

Sonrió al hombre que le disparó… y dijo: «Yo disparo mejor que tú».



Tenía 24 años cuando la ejecutaron.
Menos de tres semanas antes de que su país fuera liberado.
conocida por la policía nazi como «la chica del pelo rojo».
Sus últimas palabras no fueron una oración.
Ni una súplica.
Fueron una sentencia:
«Ik schiet beter dan jij».
Yo disparo mejor que tú.
Haarlem, 1920 — Una mente que no se doblegaba
Hannie nació en 1920 en Haarlem, una chica de clase media que amaba los libros, las ideas y la justicia. Estudió en la Universidad de Ámsterdam, convencida—quizá con ingenuidad—de que el derecho existía para proteger a los más vulnerables.
Luego llegaron los alemanes.
En mayo de 1940, los Países Bajos cayeron en pocos días.
Para 1941, la ocupación significaba estrellas amarillas, negocios robados, juramentos de lealtad, miedo tejido en la vida cotidiana.
A los estudiantes se les ordenó firmar una declaración de lealtad al régimen nazi.
Hannie se negó.
Le costó sus estudios.
Su futuro.
Todo por lo que había trabajado.
Y no dudó.
Del rechazo a la resistencia
Al principio, su resistencia fue silenciosa.
Consiguió documentos y cartillas de racionamiento para que amigos judíos sobrevivieran ocultos. Llevó papeles a falsificadores. Mintió con calma en los controles. Era peligroso—pero aún no era violencia abierta.
Entonces conoció a Truus Oversteegen y Freddie Oversteegen—dos hermanas adolescentes que ya estaban en la lucha armada.
Le enseñaron la verdad que una ocupación te obliga a aprender:
La resistencia no es una teoría.
Es acción.
Para 1943, Hannie se había incorporado a la Raad van Verzet. Aprendió a disparar. Aprendió a planear. Aprendió a matar.
Una estudiante se convirtió en combatiente.
El trabajo que a nadie le gusta recordar
Esta es la parte que la historia suele suavizar.
Hannie Schaft no solo resistió.
Hizo la guerra.
Según relatos de posguerra, participó en acciones armadas y atentados selectivos contra nazis y colaboradores: oficiales, delatores, hombres que perseguían a judíos y a la resistencia.
Su manera de actuar era fría y calculada.
Joven. Pelirroja. Inteligente.
A veces se acercaba con un pretexto. Proponía una caminata. Elegía un lugar discreto.
Y entonces sacaba una pistola y disparaba.
A veces Truus o Freddie estaban cerca. A veces actuaba sola. Siempre era deliberado. Estratégico. Implacable.
Esto no era martirio.
Esto era combate.
Convertida en la mujer más buscada de los Países Bajos
La policía nazi difundió avisos sobre «la chica del pelo rojo».
Recompensas. Controles. Redadas.
Hannie se tiñó el pelo de negro.
Se puso gafas gruesas.
Cambió la ropa, el paso, el rostro.
Durante un tiempo funcionó.
Hizo llegar armas.
Transportó información.
Ayudó a llevar a judíos a lugares seguros.
Distribuyó periódicos clandestinos.
Se movía con seguridad en los controles. Usó cada ventaja—juventud, apariencia, inteligencia, rabia.
En 1945 el país se moría de hambre. El Invierno del Hambre mató a unas 20.000 personas. Las fuerzas alemanas se retiraban—pero seguían matando.
La liberación estaba cerca.
Hannie siguió luchando.
Capturada: tres semanas demasiado pronto
El 21 de marzo de 1945, la detuvieron en un control en Haarlem.
Algo rutinario. Casi casual.
Luego encontraron un arma en su bolsa de bicicleta.
Dio un nombre falso. Habló con calma. Casi los convenció.
Pero la identificaron más tarde por las raíces de su pelo rojo.
Tenía 24 años.
La encarcelaron durante semanas. La interrogaron. La torturaron. Le exigieron nombres.
No les dio nada.
Dunas de Overveen — 17 de abril de 1945
La llevaron a las dunas cerca de Overveen, junto a Bloemendaal—arena, viento, aislamiento. Un lugar para ocultar cuerpos.
Quien la ejecutó no fue un alemán.
Fue un holandés.
Le dispararon una vez. La bala no la mató.
Sangrando, herida, aún erguida, Hannie lo miró y dijo:
«Yo disparo mejor que tú».
Dispararon de nuevo.
Murió al instante.
Pocas semanas después, los Países Bajos fueron liberados.
Demasiado radical para recordarla—al principio
Tras la guerra, la enterraron con honores. Pero el reconocimiento fue incómodo.
Había estado vinculada a grupos de resistencia con afinidad comunista. Con la Guerra Fría, eso la volvió inconveniente. Y sus acciones armadas eran demasiado violentas para el mito preferido de una resistencia silenciosa y pacífica.
Así que su nombre quedó ahí—conocido, pero no celebrado.
Solo más tarde el país la reclamó del todo.
Hoy, calles, escuelas y monumentos llevan su nombre. Se la enseña como una de las grandes figuras de la resistencia neerlandesa.
Lo que su vida nos deja
Hannie Schaft luchó de los 21 a los 24.
Tres años de peligro constante.
Casi capturas. Amigos muertos. Sangre en las manos.
Podía haber firmado.
Podía haber esperado.
Eligió la guerra.
La historia puede discutir tácticas. Puede discutir moral. Puede contar víctimas y pelearse por cifras.
Pero no puede negar esto:
Cuando el fascismo exigió obediencia,
Hannie Schaft respondió con un no—y luego con balas.
Sus últimas palabras no fueron teatro.
Fueron desafío.
Jannetje Johanna «Hannie» Schaft (1920–1945)
Estudiante. Resistente. Ejecutada.
La chica del pelo rojo que se lo tiñó de negro, peleó una guerra y murió desafiante.
Fuente: Nationaal Comité 4 en 5 mei ("Haarlem, 'Vrouw in het Verzet'", sin fecha)

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