A los 24 años convenció a un batallón entero del ejército español de cambiarse de bando. A los 38 vendía dulces en un puerto de pescadores del Perú, desterrada de dos países.
Manuela Sáenz nació en Quito en 1797, hija natural de un funcionario español y una criolla, un estigma que se cargaba de por vida. La internaron en un convento y a los veinte su padre la casó con un comerciante inglés que le doblaba la edad. La dote fueron 800 pesos.
Se fueron a Lima, capital del poder español en Sudamérica. En los salones se hablaba de más, y los patriotas se morían por esa información sin tener cómo entrar. A ninguna mujer se le permitía opinar de política, y por eso mismo a ninguna la vigilaban.
Manuela vio la grieta: la señora de la casa lo escucha todo y nadie sospecha de ella.
Empezó a montar fiestas que por dentro eran juntas de conspiradores. Su red más callada fueron Jonatás y Nathán, dos mujeres que su padre había comprado como esclavas y a las que ella liberó: entraban y salían de mercados y cuarteles sin que nadie las mirara. Con lo que traían trabajó por dentro al batallón Numancia, donde servía su medio hermano, hasta que los oficiales se pasaron al bando patriota. En enero de 1822 el Perú la condecoró con la Orden del Sol.
Ese año dejó a su marido y se fue detrás de Bolívar. Peleó en Junín y en Ayacucho, y Sucre pidió que la hicieran coronela.
Medianoche del 25 de septiembre de 1828, Bogotá, lloviendo. Casi cuarenta hombres al mando de Pedro Carujo tumbaron la puerta del Palacio de San Carlos y acuchillaron a los centinelas. Los perros ladraron y Manuela despertó. Bolívar agarró su pistola y quiso salir a pelear; ella lo obligó a vestirse y lo empujó por la ventana. Después salió al pasillo y mandó a los asesinos al salón del Consejo, jurando que él estaba ahí. La golpearon con el plano de los sables y los moretones le duraron doce días.
Bolívar pasó la noche metido bajo el puente del Carmen, en el agua. Cuando volvió al palacio le dijo:
"¡Tú eres la Libertadora del Libertador!"
Vivió dos años más. Todo lo que hizo después de esa noche existe porque ella aguantó unos minutos en un pasillo.
Y aquí está la parte que casi nadie cuenta. El cerebro señalado de aquel atentado fue Santander, y Santander terminó de presidente. En 1834 la metieron presa y la echaron a Jamaica, y cuando quiso volver a Quito el presidente ecuatoriano también la expulsó. Acabó en Paita, un puerto del norte del Perú, viviendo de los dulces que hacía y de traducir cartas para los marineros. Ahí pasó veintiún años. Murió de difteria en 1856, horas después que Jonatás, y quemaron su casa para frenar el contagio, con las cartas de Bolívar dentro. En 2007 Ecuador la ascendió a Generala. Ciento cincuenta y un años tarde.
Tenía el grado de coronela firmado y sellado, pero lo que la sostenía era un hombre vivo. El poder que se apoya en una sola persona se acaba el día que esa persona se muere.
¿Lo que tienes hoy lo sostiene lo que sabes hacer o alguien que te cubre? 🇪🇨🇻🇪🤝
