En 1952, Charlie Chaplin salió de Estados Unidos pensando que volvería pronto.
Iba rumbo a Europa para promocionar Limelight, una película atravesada por la nostalgia, el cansancio y el final de una época.
Pero mientras viajaba en barco, recibió la noticia: el gobierno estadounidense había revocado su permiso de reingreso.
El hombre que había hecho reír al mundo con un bastón, un sombrero y unos zapatos enormes ya no podía volver al país donde había construido su imperio cinematográfico.
No era un criminal condenado.
Era una víctima del miedo político de la Guerra Fría.
Chaplin nunca se hizo ciudadano estadounidense, aunque vivió décadas en Hollywood. Eso lo volvió más vulnerable en una época marcada por el macartismo, las listas negras y la obsesión por encontrar comunistas dentro del cine, la literatura, la música y la prensa.
El FBI de J. Edgar Hoover acumuló miles de páginas sobre él. Lo vigilaban por sus ideas, por sus amistades, por sus discursos, por sus películas y por una sospecha que en aquellos años podía destruir carreras enteras: simpatizar con la izquierda.
Chaplin lo negó.
Pero poco importó.
Para una parte de Estados Unidos, el creador de El gran dictador, el artista que se burló de Hitler antes de que fuera cómodo hacerlo, el hombre que había convertido al vagabundo en símbolo universal de ternura y resistencia, se había vuelto “sospechoso”.
Así comenzó su exilio.
Se instaló con Oona, su esposa, en Suiza, en el Manoir de Ban, frente al lago Lemán. Allí criaron a sus hijos, lejos del ruido de Hollywood y de la maquinaria política que lo había expulsado.
Pasaron veinte años antes de que Chaplin regresara a Estados Unidos.
Volvió en 1972 para recibir un Óscar honorífico. Ya era un anciano. Caminaba con dificultad. El mundo había cambiado. Muchos de los que lo habían condenado ahora lo aplaudían de pie.
La ovación fue larguísima.
Hollywood parecía pedir perdón sin decirlo.
Chaplin murió en Suiza en 1977, lejos del país que lo convirtió en leyenda y luego le cerró la puerta.
Su historia recuerda algo incómodo: a veces una nación puede amar el arte de un hombre mientras teme sus ideas.
Y también puede tardar veinte años en entender que había expulsado a uno de los suyos.
Tomado de la red.
