Naxalitas: ascenso y repliegue de la guerra popular en la India. Claves desde el materialismo histórico
A 59 años de la rebelión de Naxalbari, el movimiento naxalita atraviesa su momento de mayor reflujo militar desde su nacimiento. El Estado indio acaba de declarar el “fin de la violencia naxalita”. Pero, ¿qué lecturas nos permite hacer el materialismo histórico de esta experiencia de guerra popular prolongada? ¿Se ha cerrado la contradicción de clase que le dio origen? Este análisis aborda la base material del levantamiento, las transformaciones económicas en el “corredor rojo” y las lecciones que deja para el movimiento comunista internacional.
1. La semilla de Naxalbari: el campesinado contra la herencia colonial y semifeudal
La insurrección de 1967 en Naxalbari no fue un accidente ideológico. Fue la expresión concentrada del desarrollo desigual y combinado del capitalismo en la India poscolonial. Mientras la burguesía nativa y los remanentes terratenientes —muchos de ellos reciclados por el Estado neocolonial— mantenían formas de explotación semifeudales en el campo, los campesinos sin tierra y las comunidades tribales (adivasis) permanecían sometidos a una triple opresión: de clase, de casta y de desposesión colonial interna.
El alzamiento armado se insertó en esa contradicción principal entre el campesinado pobre y la alianza terrateniente-Estado. La consigna maoísta de “guerra popular prolongada” encontró en las selvas de Bengala, Jharkhand, Chhattisgarh y Odisha una base material concreta: una economía agraria predominantemente de subsistencia, con relaciones de producción precapitalistas y un Estado ausente salvo en su faceta represiva y extractiva.
2. El “corredor rojo” como territorio de doble poder: ¿zona liberada o bolsa de resistencia?
En su punto más alto (2005-2010), el movimiento llegó a influir sobre unos 180 distritos. En regiones como Bastar o Abujhmad se configuraron gérmenes de doble poder: administración paralela, tribunales populares, redistribución de tierras y resolución de conflictos sin recurrir al Estado burgués.
Pero, desde la óptica materialista, hay que señalar una contradicción interna no resuelta: la base productiva de esas zonas seguía siendo minifundista y de subsistencia, sin un desarrollo significativo de las fuerzas productivas que alterara cualitativamente la vida material. El movimiento era militar, político y simbólico, pero carecía de un programa económico capaz de generar acumulación socialista en medio del cerco. Este límite estructural, combinado con la brutal represión estatal (Operación Green Hunt, Operación Kagaar), sentó las bases de su vulnerabilidad.
3. El repliegue táctico y la ofensiva capitalista: la base material del reflujo
El actual declive naxalita —reducido según el gobierno a apenas tres distritos activos— no se puede explicar solo por las bajas en la dirección (muertes y capturas de miembros del Politburó y del Comité Central). El materialismo histórico exige mirar los cambios en la infraestructura económica.
En los últimos quince años, el Estado indio combinó la guerra contrainsurgente con la expansión del capital extractivo en el “corredor rojo”: carreteras que perforaron la selva, concesiones mineras, penetración de las telecomunicaciones y programas asistencialistas que actuaron como válvula de contención social. Estas transformaciones alteraron la relación del campesinado tribal con la tierra y debilitaron la base social que alimentaba la guerra popular. La forma de producción capitalista avanzó allí donde antes había relaciones semifeudales y comunitarias, descomponiendo las condiciones materiales que hacían viable la guerrilla.
En términos dialécticos: la contradicción semifeudalismo vs. campesinado, que originó la lucha armada, ha sido parcialmente desplazada por la penetración del capital monopolista y el despojo “legalizado”. La lucha de clases no desapareció, pero mudó su forma. El sujeto revolucionario se fragmentó entre desplazados, obreros migrantes y pequeñas capas campesinas aisladas, mientras el Estado perfeccionó la cooptación y la rendición masiva como táctica contrainsurgente.
4. Lecciones desde el materialismo histórico: ni triunfalismo estatal, ni derrota definitiva
Las declaraciones oficiales de abril de 2026 (“fin del naxalismo”) deben ser criticadas en tres planos:
· Superestructural: El discurso del “fin de la amenaza” legitima la criminalización de la disidencia bajo el fantasma del “naxalismo urbano” y permite la represión de estudiantes, sindicalistas e intelectuales marxistas.
· Coyuntural: El reflujo no elimina la contradicción fundamental de clase en el campo indio. La acumulación por desposesión, el suicidio de agricultores (más de 300.000 en dos décadas) y el avance del extractivismo condenan a millones a la miseria. La semilla de Naxalbari sigue enterrada en esas contradicciones objetivas.
· Estratégico: Para la izquierda revolucionaria, la experiencia naxalita confirma que la guerra popular no puede sobrevivir sin una transformación simultánea de las relaciones de producción en las zonas liberadas, y que la lucha de casta y etnia debe fundirse dialécticamente con la lucha de clases para no quedar como una rebelión aislada.
5. Cierre: del “corredor rojo” a las nuevas trincheras
Hoy, los naxalitas están replegados, pero no exentos de historicidad. Su experiencia demuestra que en países de desarrollo capitalista tardío y deformado, la contradicción campo-ciudad sigue siendo una de las fricciones revolucionarias centrales. Mientras existan campesinos sin tierra y tierras sin campesinos, las condiciones objetivas para la guerra popular permanecerán latentes.
Como marxistas, no rendimos culto al fracaso ni a la épica guerrillera. Corresponde hacer un análisis materialista, sin dogmas: estudiar el cambio en la formación económico-social india, extraer enseñanzas tácticas y estratégicas, y preparar las condiciones subjetivas para cuando las contradicciones objetivas maduren una nueva fase de lucha.
Desde El Núcleo, seguiremos estudiando el tablero indio. La memoria de Naxalbari no es solo museo: es programa de estudio revolucionario. ✊🔥
