El escritor francés Christian Salmon acuñó en 2020 un concepto que hoy resulta inquietantemente profético para entender lo que ocurrió en Colombia: "La tiranía de los bufones". En su libro homónimo, Salmon desmenuza los rasgos de un nuevo tipo de gobernante que no llega al poder a pesar de su incompetencia, sino gracias a ella. No es un estadista disfrazado de payaso. Es un payaso que se ha convertido en tirano.
Abelardo de la Espriella encaja a la perfección en esta categoría.
No fue elegido por su destreza. No fue elegido por sus propuestas —su propio estratega, Carlos Suárez, lo admitió: "Las campañas no se ganan con las propuestas"—. Fue elegido porque supo convertir la política en un espectáculo grotesco donde la emoción anula la razón, donde el insulto reemplaza al debate, y donde la incompetencia misma se convierte en virtud.
Salmon explica que estos nuevos tiranos-bufones —Trump, Bolsonaro, Johnson, Erdoğan— operan bajo una lógica carnavalesca de inversión de valores. Su poder no busca instituir, sino desinstituir. No construyen, destruyen. No gobiernan, espectacularizan. Y su credibilidad no reside en la coherencia, sino en el descrédito generalizado que ellos mismos alimentan contra el sistema.
De la Espriella hizo exactamente eso. Llegó prometiendo "destripar" a sus opositores, extraditar a Petro, encarcelar a Cepeda y "arreglar el platanal en ocho meses". No presentó un plan económico. No explicó cómo bajaría la inflación. No dijo cómo crearía empleo. Pero no necesitaba hacerlo. Su estratega ya había descubierto la fórmula: mover emociones, no ideas. Pantallas gigantes, pólvora, drones, videos con inteligencia artificial, y un candidato que tocaba su bíceps en tarima como si fuera a lanzar un golpe.
Eso no es política. Es poder grotesco.
Salmon advierte que esta soberanía grotesca ya funcionó en la Roma imperial bajo Calígula o Heliogábalo: emperadores que pasaron a la historia por sus excentricidades y abusos, cuyo poder operaba no a pesar de su incompetencia, sino debido a ella. Lejos de ser una aberración, lo grotesco es —según el ensayista francés— "uno de los engranajes que forman parte inherente de los mecanismos del poder de las nuevas derechas autoritarias".
De la Espriella no es un estadista torpe que intenta aprender. Es un bufón que ha descubierto que la torpeza misma es su capital político. Su riqueza ostentosa, sus trajes Louis Vuitton, sus carros de lujo, su lenguaje de "corroncho" contra "cachacos" —todo eso no es vulgaridad, es performance. Es la inversión carnavalesca de valores: lo que antes era vergüenza, ahora es orgullo. Lo que antes era incompetencia, ahora es autenticidad.
Y la gente aplaude. No porque crea en un proyecto, sino porque el bufón le permite sentirse parte del espectáculo. Como explica Salmon, estos líderes "excitan el rechazo" y "utilizan los resortes de lo grotesco para orquestar el resentimiento de las multitudes". Despiertan "los viejos demonios sexistas, racistas y xenófobos" no con programas, sino con exabruptos.
De la Espriella prometió una "contrarrevolución cultural" para sacar "la ideología de género" de los salones y "regresar a Dios". Prometió megacárceles como las de Bukele. Prometió "todo el peso de la ley" contra quienes odiaban. Y 13 millones de colombianos le creyeron. No porque fueran ciertas sus promesas, sino porque el bufón no necesita que sus promesas sean ciertas. Necesita solo que la rabia sea real.
El precio del espectáculo
El problema de la tiranía de los bufones, advierte Salmon, es que su poder "no busca instituir, sino desinstituir". De la Espriella no llega a la Casa de Nariño para fortalecer las instituciones. Llega para espectacularizarlas, degradarlas, convertirlas en extensiones de su show personal. Ya empezó: nombró ministros diciendo que estaba "tocado por el espíritu santo" y les regaló biblias. No rindió cuentas ante el Congreso, sino ante su propia interpretación divina.
Eso es lo grotesco instituido: un presidente que confunde la fe con el gobierno, el espectáculo con la política, y su propio ego con el interés nacional.
Christian Salmon lo vio venir. En 2020 ya advertía que vivíamos en una "era del enfrentamiento" donde "no vence el que construye la versión narrativa más coherente, sino quien hace más ruido y actúa con más violencia". Trump no contaba historias, señalaba Salmon, se limitaba a "publicar tuits rebosantes de cólera". Era "el germen de todos los resentimientos, no un storyteller. Es un especulador, un maestro de la inestabilidad".
De la Espriella es el mismo germen, con acento costeño y patrocinio de Milei. No es un narrador de país. Es un especulador de emociones, un maestro de la inestabilidad que vendió odio como esperanza y show como proyecto.
Colombia no eligió un presidente. Elegió un bufón. Y como en toda tiranía grotesca, la risa pronto se convertirá en silencio incómodo, y el espectáculo, en tragedia.