viernes, septiembre 18, 2026

7 dias con el pueblo.

 





RAMON LEONARDO Y SIETE DÍAS CON EL PUEBLO: cuando la canción se convirtió en multitud

Por José -chino-Bujosa Mieses
Cuando Ramón Leonardo comenzó a conquistar un lugar preferencial en la radio dominicana, yo me encontraba preso, cumpliendo una condena de cuatro años como consecuencia de mis luchas en mi condición de dirigente estudiantil del Grupo FRAGUA de la Universidad Autónoma de Santo Domingo.
Pero las cárceles no siempre consiguen encerrar las voces.
A través de una pequeña radio portátil que manteníamos clandestinamente, escuchábamos aquellas canciones que comenzaban a circular por el país cargadas de inconformidad, esperanza y rebeldía. Entre aquellas voces sobresalía la de Ramón Leonardo.
Yo lo escuché primero desde detrás de los barrotes.
Sus canciones llegaban hasta nosotros cuando el país vivía todavía bajo el peso de la represión política de los doce años de Joaquín Balaguer. Eran tiempos en que cantar determinadas cosas podía ser también una forma de militancia; una canción podía transformarse en denuncia, en memoria o en desafío.
Por eso, cuando recuperé mi libertad, el 28 de octubre de 1974, y supe que la Central General de Trabajadores (CGT) preparaba un gran encuentro internacional de la Nueva Canción, sentí inmediatamente que aquel acontecimiento también me pertenecía.
Había salido de prisión apenas unas semanas antes.
Me incorporé de inmediato, como colaborador, a los trabajos organizativos de aquel encuentro que llevaría por nombre Primer Encuentro Internacional de la Nueva Canción: Siete Días con el Pueblo, y que terminaría convirtiéndose en uno de los acontecimientos culturales y políticos más trascendentes de la República Dominicana contemporánea.
Balaguer abrió una puerta que después no pudo cerrar
El gobierno de Joaquín Balaguer permitió la realización del Festival procurando probablemente ofrecer una imagen de cierta apertura política.
Pero no pareció prever la extraordinaria dimensión que aquel acontecimiento alcanzaría ni el impacto político y emocional que produciría sobre una sociedad que acumulaba demasiados muertos, demasiadas cárceles, demasiadas ausencias y demasiadas heridas abiertas.
Estaba todavía fresco el fusilamiento del coronel Francisco Alberto Caamaño Deñó, principal figura militar de la Revolución Constitucionalista de Abril de 1965, junto a varios de sus compañeros de la expedición guerrillera de Playa Caracoles.
Permanecía también en la memoria colectiva el cuádruple crimen de Los Palmeros, encabezados por Amaury Germán Aristy, abatidos después de un largo combate frente a un enorme despliegue militar y policial.
A esos acontecimientos se sumaban los presos políticos, los desaparecidos, los asesinatos de dirigentes revolucionarios y populares y la represión contra estudiantes, obreros y campesinos.
Y, pocos días antes de comenzar el Festival, había sido asesinada la dirigente campesina Florinda Soriano, Mamá Tingó, cuyo crimen produjo una profunda indignación nacional.
Sobre ese terreno político y emocional cayó Siete Días con el Pueblo.
El gobierno había autorizado un festival musical.
Lo que recibió fue una multitud cantando.
La idea sindical que se convirtió en acontecimiento nacional
La iniciativa había surgido de la Central General de Trabajadores, con el propósito de recaudar recursos para fortalecer la organización y las luchas del movimiento obrero.
Entre los principales responsables de llevar aquella idea a la realidad estuvieron Enrique de León, quien en aquella ocasión representaba a la Asociación Dominicana de Profesores dentro del movimiento sindical; Nélsida Marmolejos, destacada dirigente vinculada particularmente a los trabajadores azucareros, y Cholo Brenes, reconocido empresario y promotor artístico.
Esa tripleta cargó sobre sus hombros una parte fundamental de la organización.
Enrique de León me contó posteriormente que la inspiración provenía, en parte, de experiencias que había conocido durante viajes por Europa, donde organizaciones sindicales realizaban grandes actividades culturales para obtener recursos destinados a las luchas de los trabajadores.
Había participado en España en eventos de esa naturaleza y, junto al sindicalista Fernando de la Rosa, viajó también a Ginebra, Suiza, donde tuvo oportunidad de conocer a la legendaria dirigente comunista española Dolores Ibárruri, La Pasionaria.
De aquellas experiencias regresó convencido de que en República Dominicana podía hacerse algo semejante.
Y se hizo.
Nuestra casa también fue parte del Festival
Mi compañera Emna Méndez de Bujosa se incorporó conmigo a aquella formidable experiencia de solidaridad.
Vivíamos entonces en el Ensanche Los Prados, en Santo Domingo, y nuestra casa pasó a formar parte de la extensa red de hogares que abrieron sus puertas para recibir a los artistas extranjeros.
Allí hospedamos al cantautor puertorriqueño Antonio Cabán Vale, El Topo, y a uno de los jóvenes músicos del grupo venezolano Los Guaraguao.
A nosotros nos correspondió, además, ir al aeropuerto a recibir a nuestros huéspedes.
Pero no fuimos los únicos.
Muchas familias dominicanas cedieron habitaciones, transportaron artistas, compartieron sus alimentos y convirtieron sus hogares en espacios de confraternidad.
El periodista Orlando Martínez, quien sería asesinado pocos meses después, hospedó en su residencia al cantautor español Víctor Manuel y a su esposa Ana Belén.
Como aquellas hubo muchas otras casas.
Eso permite comprender mejor lo que verdaderamente fue Siete Días con el Pueblo.
No fue solamente una sucesión de conciertos.
Fue una gigantesca movilización solidaria.
Ocurrió sobre los escenarios, pero también alrededor de las mesas familiares, en los aeropuertos, en los vehículos particulares que transportaban artistas, en las conversaciones nocturnas y en los hogares que se abrieron espontáneamente para recibir a quienes habían venido a cantarle al pueblo dominicano.
Siete días a casa llena
El Festival comenzó el lunes 25 de noviembre de 1974 y se extendió durante siete intensas jornadas.
Su principal escenario fue el Estadio Olímpico de Santo Domingo, aunque también se realizaron presentaciones en Santiago, San Pedro de Macorís y espacios culturales como Casa de Teatro.
La entrada al Estadio Olímpico costaba apenas un peso, permitiendo la asistencia masiva de sectores populares.
Durante aquellos días desfilaron algunas de las voces más importantes de la Nueva Canción latinoamericana y española.
De Cuba llegaron Silvio Rodríguez y Noel Nicola.
De Puerto Rico, Danny Rivera, Lucecita Benítez, Antonio Cabán Vale —El Topo— y otros intérpretes.
De Argentina llegó la formidable Mercedes Sosa, cuya presencia se convirtió en uno de los grandes acontecimientos del encuentro.
De Venezuela participaron Los Guaraguao, agrupación que ya había conquistado enormes simpatías entre los jóvenes dominicanos por el contenido social de sus canciones.
Desde España llegaron Víctor Manuel, Ana Belén y Pi de la Serra.
Cada artista traía su propio repertorio y su propia historia.
Pero todos terminaron cantando dentro de una misma atmósfera.
Una atmósfera de solidaridad y libertad.
Entre quienes conquistaron mayores aplausos estuvieron Danny Rivera, Silvio Rodríguez, Noel Nicola, Los Guaraguao, Mercedes Sosa, Víctor Manuel, Pi de la Serra, Lucecita Benítez y El Topo.
Mercedes Sosa, con aquella voz continental que parecía contener todos los dolores y esperanzas de América Latina, logró una identificación extraordinaria con el público dominicano.
Víctor Manuel estremeció también a los asistentes con canciones de profundo contenido humano y social.
Pero aquel Festival no perteneció solamente a las grandes figuras internacionales.
La República Dominicana tenía ya sus propias voces.
Y una de ellas ocupaba un lugar muy especial.
Ramón Leonardo: la voz que también conoció la cárcel
Ramón Leonardo Blanco Quesada provenía de una familia en la cual la sensibilidad artística parecía formar parte de la herencia.
Su madre, Aglae Quesada, había sido primera voz del Dueto Apolo; su padre, Leoncio Blanco, además de comerciante, era reconocido como un fino declamador en las tertulias de su época.
También existía una importante tradición musical familiar a través de sus tíos Baby Quesada y Ramón Quesada, vinculados profesionalmente a la música.
Pero la formación de Ramón Leonardo no fue exclusivamente musical.
Su conciencia social comenzó a desarrollarse en la pastoral juvenil de Santiago, primero en los llamados cursillos de vida y posteriormente en actividades de formación relacionadas con la doctrina social de la Iglesia en CEFASA, Centro de Formación Social y Agraria, junto a sacerdotes jesuitas.
Esa combinación entre sensibilidad artística, formación cristiana y conciencia social contribuiría a definir la orientación que tomaría posteriormente su carrera.
Ramón debutó profesionalmente el 5 de abril de 1970, cuando apenas tenía 22 años.
Canciones como “Todos somos iguales” y “Juventud” comenzaron a mostrar que aquel joven cantante poseía inquietudes que iban mucho más allá de la canción romántica.
Y, ciertamente, Ramón Leonardo podía cantarle al amor.
Lo hizo con enorme éxito.
Grabó canciones románticas que conquistaron la radio y el gusto popular.
Pero decidió también cantarle a su tiempo.
Sus primeras canciones sociales contribuyeron al nacimiento del grupo Expresión Joven, uno de los movimientos fundamentales de la canción comprometida dominicana.
En aquella experiencia tuvo igualmente una importancia extraordinaria Francisco Antonio “Chico” González, autor de letras que encontraron música y voz en Ramón Leonardo.
Y cantar aquellas cosas durante los años de Balaguer tenía consecuencias.
Ramón Leonardo fue encarcelado en varias ocasiones y llegó a encontrar obstáculos para entrar en distintas ciudades donde tenía programadas actuaciones.
Su canto había dejado de ser considerado simplemente entretenimiento.
Para determinados sectores del poder se había convertido en protesta.
Por eso sería reconocido posteriormente como una de las figuras fundadoras y emblemáticas de la canción social y de protesta dominicana.
Ese dato posee para mí una significación muy particular.
Mientras Ramón comenzaba a conquistar un espacio cada vez mayor en la radio nacional, yo me encontraba cumpliendo una condena de cuatro años por mis actividades como dirigente estudiantil de FRAGUA.
Desde la cárcel lo escuchábamos a través de aquella pequeña radio portátil que manteníamos clandestinamente.
Él cantaba afuera.
Nosotros escuchábamos adentro.
Pero pertenecíamos, desde trincheras diferentes, a una misma época de persecución y resistencia.
Y entonces llegó Siete Días con el Pueblo.
Hay un detalle extraordinariamente simbólico: Ramón Leonardo no pudo participar en la apertura del Festival porque se encontraba preso.
¡Qué paradoja!
El más grande acontecimiento de la canción por la libertad que había conocido el país comenzaba mientras una de sus principales voces dominicanas estaba privada de ella.
Eso dice mucho del país en que vivíamos.
Y explica por qué, cuando Ramón pudo integrarse al Festival, sus canciones poseían un significado que trascendía completamente el espectáculo.
No era solamente un cantante interpretando canciones políticas.
Era un hombre que había sufrido personalmente las consecuencias de cantarlas.
Entre aquellas piezas estaban “Abran las rejas”, “Soldado”, “Universidad” y una que alcanzaría una permanencia extraordinaria en la memoria nacional:
“Francisco Alberto, caramba…”
Aquella canción, surgida de la colaboración creadora con Chico González, encontró en la voz de Ramón Leonardo una fuerza formidable.
Caamaño había sido fusilado apenas un año y algunos meses antes.
Todavía su muerte no pertenecía a la historia distante.
Era una herida abierta.
Para quienes habíamos combatido en Abril, Francisco Alberto Caamaño no era un personaje de los libros.
Era nuestro comandante constitucionalista.
Era el hombre que había encabezado la resistencia frente a la intervención militar norteamericana.
Era una memoria demasiado cercana.
Por eso, cuando Ramón Leonardo comenzaba:
“Francisco Alberto, caramba…”
la multitud respondía.
Aquello dejaba de ser una interpretación individual.
El Estadio entero parecía cantar.
Con el paso de los años, la pieza terminaría convertida en una especie de himno popular dedicado a la memoria de Caamaño.
Y allí encuentro uno de los grandes méritos históricos de Ramón Leonardo:
contribuyó mediante la canción a mantener vivos nombres y acontecimientos que determinados sectores hubieran preferido condenar al silencio.
Cantó a Caamaño.
Cantó a los presos.
Cantó a la universidad.
Cantó a los soldados.
Cantó a la juventud.
Y pagó personalmente el precio de hacerlo.
Por eso su presencia dentro de Siete Días con el Pueblo no puede valorarse solamente por la cantidad de aplausos recibidos.
Ramón Leonardo representaba algo mucho mayor:
la canción dominicana que había conocido la censura, la persecución y la cárcel, pero que seguía cantando.
Quizás por eso su historia siempre me ha resultado tan cercana.
Yo lo había escuchado estando preso.
Él también conoció la prisión.
Y terminamos encontrándonos en aquella formidable explosión de libertad que fue Siete Días con el Pueblo.
Dos historias diferentes unidas por una misma época:
la del militante estudiantil encerrado por luchar,
y la del cantor perseguido por cantar.
Expresión Joven, Nueva Forma y Convite
Ramón Leonardo era una figura sobresaliente de Expresión Joven, agrupación en la que participaron también Manuel de Jesús y Chico González, entre otros jóvenes artistas.
Pero la representación dominicana fue mucho más amplia.
Participó también Nueva Forma, con figuras como Sonia Silvestre, Víctor Víctor y Claudio Cohen, además de músicos como el guitarrista José Oviedo.
Sonia comenzaba ya a revelar aquella impresionante presencia escénica y aquella voz que posteriormente la convertirían en una de nuestras mayores intérpretes.
Víctor Víctor aportaba una sensibilidad especial que marcaría posteriormente toda su trayectoria creadora.
Otro de los grandes acontecimientos fue la participación de Convite, agrupación fundada por el sociólogo y folklorista Dagoberto Tejeda.
Allí estuvieron figuras como Luis Días, Ana Marina Guzmán, José Rodríguez, José Castillo Méndez, Iván Domínguez, Miguel Mañaná, Enrique Trinidad y Roldán Mármol, entre otros músicos, investigadores e intérpretes.
Convite realizó algo extraordinario:
volvió los ojos hacia nuestras raíces.
Rescató y proyectó expresiones musicales que permanecían desconocidas o relegadas para buena parte de los dominicanos:
la salve, los palos, el pri-prí, el bambulá, la sarandunga, los congos y el gagá.
Allí comenzaba a revelarse con fuerza la extraordinaria dimensión de Luis Días, músico, compositor, investigador y creador que posteriormente realizaría aportes fundamentales a la música popular dominicana.
Canciones como “Coplas del viento” y otras composiciones vinculadas a aquella experiencia mostraban que la renovación de la música dominicana podía surgir precisamente del reencuentro con nuestras raíces.
Convite no solo cantaba protesta.
Investigaba la identidad.
Johnny Ventura le canta a Mamá Tingó
Uno de los momentos más estremecedores correspondió a Johnny Ventura.
La dirigente campesina Mamá Tingó acababa de ser asesinada.
Su muerte había producido indignación nacional.
Johnny Ventura presentó en el Festival un merengue dedicado a aquella mujer que había entregado su vida defendiendo el derecho de los campesinos a la tierra.
El impacto fue enorme.
Porque el público comprobó que incluso el merengue, nuestra música popular por excelencia, podía convertirse en vehículo de denuncia social.
Mamá Tingó entraba así en la memoria musical del pueblo dominicano.
Cuco Valoy y “Página Gloriosa”
Otra de las actuaciones dominicanas que provocó una respuesta extraordinaria fue la de Cuco Valoy, particularmente con “Página Gloriosa”.
Su interpretación conectó profundamente con el sentimiento patriótico que atravesaba aquellas jornadas.
Así, desde géneros y sensibilidades diferentes, Ramón Leonardo, Johnny Ventura, Cuco Valoy, Sonia Silvestre, Víctor Víctor, Luis Días y las agrupaciones dominicanas demostraron que nuestra música no llegaba al Festival como acompañante menor de las grandes figuras extranjeras.
Llegaba con personalidad propia.
Y llegaba cargada de historia.
Mucho más que música
El Festival tuvo también una extraordinaria dimensión plástica, universitaria y cultural.
Antes de que comenzaran los grandes conciertos se había desarrollado una intensa actividad de promoción mediante exposiciones itinerantes que recorrieron diversos lugares del país.
En ellas participaron importantes artistas plásticos dominicanos que exhibían sus obras y ofrecían conferencias y conversatorios.
La organización de esas actividades estuvo vinculada a integrantes del Movimiento Cultural Universitario, entre ellos Pipo Peña, Domingo y Rosalía.
Participaron artistas de la dimensión de Ada Balcácer, Silvano Lora, Domingo de la Cruz, Rafael Peralta, Daniel Henríquez, Vicente Pimentel, Ramón Oviedo, Gaspar Cruz, Alberto Bass, Euclides Solano, Cándido Bidó, Elsa Núñez, José Ramón Rotellini, Rosalina Arias y Antonio Rodríguez, entre otros.
Ramón Oviedo fue, además, creador del histórico logotipo de Siete Días con el Pueblo.
También participaron la Poesía Coreada de la UASD, la Rondalla Universitaria, el Coro de la Universidad Autónoma de Santo Domingo y otras expresiones artísticas.
Aquello terminó convirtiéndose prácticamente en una movilización general de la cultura dominicana.
Las viudas se lanzan al terreno
Pero quizás uno de los episodios que mejor demostró hasta qué punto el Festival había desbordado los límites de un espectáculo musical ocurrió cuando varios artistas dominicanos y extranjeros se lanzaron al terreno del Estadio Olímpico detrás de un cruzacalle que reclamaba:
Libertad para los presos políticos.
La acción sorprendió incluso a algunos de los propios organizadores.
Según me relató Enrique de León, entre las principales impulsoras estuvieron varias mujeres directamente golpeadas por la represión política de aquellos años:
Sagrada Bujosa Mieses, Carmen Mazara, Gladys Gutiérrez y Mirna Santos.
Ellas consiguieron el respaldo de la extraordinaria cantante argentina Mercedes Sosa.
Aquella imagen posee para mí una fuerza enorme.
Mercedes Sosa, una de las voces mayores de América Latina, marchando junto a mujeres dominicanas que habían perdido a sus compañeros, reclamando la libertad de quienes todavía permanecían detrás de los barrotes.
Para mí el momento tenía, además, una significación profundamente personal.
Yo acababa de salir de prisión.
Había pasado años escuchando clandestinamente algunas de aquellas voces.
Y ahora estaba libre, viendo cómo aquellos mismos artistas reclamaban públicamente la libertad de quienes continuaban encarcelados.
La historia parecía cerrar un círculo.
Los frutos económicos del Festival
Siete Días con el Pueblo no solamente consiguió un éxito artístico, cultural y político.
También cumplió el objetivo económico que había motivado inicialmente a la Central General de Trabajadores.
Los ingresos obtenidos fueron importantes.
Con parte de aquellos recursos, la CGT pudo adquirir una prensa plana destinada a imprimir un periódico de los trabajadores.
También pudo comprar un vehículo y otros equipos necesarios para el funcionamiento de la organización, además de disponer de recursos que permitieron cumplir con los salarios de los trabajadores que laboraban en la Central.
Aquello tenía un enorme simbolismo.
Las canciones se habían convertido en una imprenta.
Los aplausos se habían convertido en un vehículo.
Las entradas de un peso se habían transformado en instrumentos concretos para continuar organizando a los trabajadores.
La cultura había financiado la lucha sindical.
La prensa adquirida con aquellos fondos significaba, además, la posibilidad de contar con un instrumento propio para difundir las reivindicaciones, denuncias y posiciones del movimiento obrero.
De esa manera, Siete Días con el Pueblo continuó produciendo frutos incluso después de desmontados los escenarios.
Después del Festival nacieron nuevas canciones
El impacto tampoco terminó cuando se apagaron las luces del Estadio Olímpico.
Después de Siete Días con el Pueblo surgieron o se fortalecieron nuevas expresiones de la canción social, la protesta musical y la investigación de nuestras raíces folklóricas.
Nuevos grupos y jóvenes creadores comprendieron que la música podía abordar directamente los grandes problemas nacionales.
Experiencias como las de Convite, el trabajo de Luis Días, José Castillo Méndez, Roldán Mármol y otros investigadores y músicos contribuyeron a abrir nuevos caminos.
Surgieron también otras agrupaciones de canción popular y protesta, entre ellas Lodo, como parte de aquella efervescencia cultural que el Festival ayudó a estimular.
Siete Días con el Pueblo no creó de la nada la canción comprometida dominicana.
Pero le proporcionó un escenario gigantesco.
La legitimó ante multitudes.
Y demostró a centenares de jóvenes que la canción podía convertirse en una forma de participación social.
Las consecuencias políticas
Desde el punto de vista político considero que Siete Días con el Pueblo produjo consecuencias mucho mayores de las que el gobierno había previsto.
Fortaleció la campaña por la libertad de los presos políticos.
Dio mayor visibilidad al reclamo por la aparición de los desaparecidos.
Volvió a colocar en la conciencia colectiva los nombres de Caamaño, Amaury Germán, Los Palmeros, Mamá Tingó y tantos otros asesinados.
Además, permitió comprobar que existía en el país una enorme reserva de sentimientos democráticos y de rechazo a la represión.
Durante siete días aquellas multitudes descubrieron que no estaban solas.
Miles de personas cantaban las mismas canciones.
Recordaban a los mismos muertos.
Reclamaban las mismas libertades.
Y soñaban con un país diferente.
Tal vez ese fue el resultado político más profundo del Festival.
El gobierno permitió un espectáculo tratando de ofrecer una señal de apertura.
Pero aquella apertura temporal permitió que miles de dominicanos se encontraran unos con otros.
Y cuando un pueblo se descubre a sí mismo formando parte de una multitud, algo cambia en su conciencia.
Siete días que duraron mucho más
Por eso no puedo recordar Siete Días con el Pueblo sin recordar de manera particular a Ramón Leonardo.
Existe para mí una razón profundamente personal.
Primero lo escuché estando preso.
Su voz llegó hasta mi celda por medio de una pequeña radio clandestina.
Después recuperé mi libertad y, apenas unas semanas más tarde, estaba colaborando en aquel histórico encuentro en el que Ramón Leonardo ocupaba un lugar destacado entre las voces dominicanas comprometidas con las luchas de nuestro pueblo.
Y descubrí además que aquel cantor cuya voz me había acompañado desde la prisión también conocía personalmente las cárceles de Balaguer.
Ese tránsito resume para mí toda una época:
la cárcel, la canción, la persecución, la libertad y la memoria.
Ramón Leonardo perteneció a una generaciónde artistas dominicanos que comprendió que cantar podía ser mucho más que entretener.
Podía ser tomar posición.
Podía ser denunciar.
Podía acompañar a los presos.
Podía defender una universidad.
Podía recordar a un combatiente asesinado.
Podía impedir el olvido.
Y podía hacer que miles de personas, reunidas bajo las luces de un estadio, sintieran durante unas horas que otro país era posible.
Siete Días con el Pueblo duró apenas siete días en el calendario.
Pero no terminó allí.
Continuó en Ramón Leonardo.
Continuó en Sonia Silvestre y Víctor Víctor.
Continuó en Luis Días y Convite.
Continuó en Johnny Ventura cantándole a Mamá Tingó.
Continuó en Cuco Valoy y su “Página Gloriosa”.
Continuó en Mercedes Sosa, Danny Rivera, Silvio Rodríguez, Noel Nicola, Víctor Manuel, Ana Belén, Pi de la Serra, Los Guaraguao, Lucecita Benítez, El Topo y todos aquellos artistas extranjeros que hicieron suya, por una semana, la esperanza del pueblo dominicano.
Continuó en los pintores que recorrieron el país anunciándolo.
Continuó en Ramón Oviedo y su logotipo.
Continuó en las viudas que bajaron al terreno del Estadio reclamando la libertad de los presos políticos.
Continuó en las familias que abrieron las puertas de sus hogares.
En Orlando Martínez recibiendo a Víctor Manuel y Ana Belén.
En Emna y en nuestra familia hospedando a Antonio Cabán Vale, El Topo, y a uno de los músicos de Los Guaraguao.
Continuó en aquella prensa plana adquirida por la CGT.
En el vehículo comprado para servir a la organización sindical.
En el periódico de los trabajadores que aquella prensa permitiría imprimir.
Continuó en los nuevos grupos musicales que aparecieron después.
Continuó en la exigencia de libertad para los presos políticos y en el reclamo por los desaparecidos.
Y continúa todavía cuando vuelve a escucharse aquella voz que invoca a Caamaño:
“Francisco Alberto, caramba…”
Porque cuando una canción consigue atravesar los barrotes de una cárcel, llenar un estadio, desafiar el silencio y sobrevivir durante décadas en la memoria de un pueblo, ha dejado de ser solamente una canción.
Se ha convertido en historia.
Y Ramón Leonardo forma parte inseparable de esa historia.

La Noche de los Lápices. Historia y memoria.



A modo de contextualizar se podría decir que el gobierno popular elegido democráticamente en 1973 no logró canalizar la intensa movilización popular que pretendía recuperar derechos políticos, sociales y económicos que les habían arrebatado el poder económico concentrado.

Este poder no se rindió ante las demandas populares y utilizo como instrumento armado la que fue conocida como la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina). Esta última compuesta por fracciones de la derecha y miembros de las fuerzas de seguridad y de las Fuerzas Armadas, conformando grupos paramilitares que operaban secuestrando y asesinando a militantes políticos y sociales.

Estas fuerzas reaccionarias tenían como principales enemigos a las fuerzas políticas, sindicales y estudiantiles que bregaban por una sociedad más justa e igualitaria por eso sus ataques a los locales partidarios, sindicales y a los espacios educativos los tenían entre sus objetivos privilegiados. Al asumir, el entonces Ministro de Cultura y Educación Ivanissevich decretó la intervención de las Universidades.

En enero de 1975 prohibió las actividades de los centros de estudiantes secundarios. Esto no significó un reflujo de las luchas políticas reinvindicativas de los estudiantes sino una ampliación de la mirada hacia otros sectores en lucha, de ahí que la consigna retomada de las jornadas del Cordobazo: ¡¡¡obreros y estudiantes, unidos y adelante!!! Sonara tan fuerte en las movilizaciones de los trabajadores para derrotar el plan de ajuste liberal que había impuesto el ministro Celestino Rodrigo (Rodrigazo). Ese mismo verano un decreto del gobierno nacional puso en marcha el llamado “Operativo Independencia” que tuvo como objetivo el “aniquilamiento de elementos subversivos” en Tucumán que dio inicio al modus operandi propio del terrorismo de Estado: los secuestros, los centros clandestinos de detención y la desaparición forzada de personas a través de la conducción del Ejército.

Las marchas por el Boleto Escolar Secundario se dieron en este contexto de alta conflictividad social y política. Durante septiembre de 1975, en La Plata y otras ciudades, se realizaron movilizaciones donde participó gran cantidad de jóvenes. Fue en la capital de la provincia de Buenos Aires donde a partir del reclamo se logró una tarifa diferencial. Sin embargo, esta no fue la única actividad que realizaban los secundarios ni la única movilización a pesar de que la fuerte represión se hacía sentir con dramatismo como el asesinato en manos de la tripe A de un dirigente de la UES, en Diciembre de 1975.

El golpe del 24 de marzo de 1976 significó la agudización de esta tendencia. El plan se extendió a todo el territorio y los secuestros y desapariciones se multiplicaron al compás de la proliferación de centros clandestinos de detención. Hasta el momento se han denunciado y registrado 498 en todo el país.

Lo que hoy se conoce como “La noche de los lápices” fue parte de este plan represivo puesto en marcha durante la dictadura. El 16 de setiembre de 1976, grupos de tareas conducidos por el Gral. Ramón Camps secuestraron a Claudia Falcone (16 años), Francisco López Montaner (16 años) -alumnos del Colegio de Bellas Artes-, María Clara Ciocchini (18 años) -ex alumna de la Escuela Normal Superior de Bahía Blanca-, Horacio Ungaro (17 años), Daniel Racero (18 años)- de la Escuela Normal Nº 3- y Claudio de Acha (18 años) -del Colegio Nacional de la UNLP-. Pero no fueron ni los primeros ni los últimos: Gustavo Calotti, del Colegio Nacional (UNLP), fue llevado el 8 de septiembre. Víctor Triviño, alumno de la Escuela Media N°2 (“La legión”), el 10 de ese mismo mes. A su vez, el 17 de setiembre fueron víctimas de la represión Emilce Moler y Patricia Miranda, ambas de Bellas Artes (UNLP). Lo mismo sucedió con Pablo Díaz –otro estudiante de “La legión”– el 21 de septiembre. Y hubo otros: la extensa lista está integrada por alrededor de 340 adolescentes desaparecidos de todo el país.

La dictadura tuvo como objetivo desarticular la actividad política, reprimir y exterminar a quienes cuestionaban los “fundamentos esenciales de la Nación”. Bajo la palabra subversivo” se denominaba a todos aquellos considerados enemigos de la Patria.

El resguardo de un orden sujeto a los principios de la “civilización occidental y cristiana” y del capitalismo constituyó la justificación para la implantación de un régimen basado en el terror. Los militantes políticos y sociales, la mayoría de ellos jóvenes, fueron sus principales víctimas.

La escuela, antes espacio atravesado por el activismo político y la movilización, se transformó en un blanco prioritario de la represión.

Hoy a partir de los testimonios en la causa Brusa y en particular de Teresita Cherry es como nos enteramos de la historia de la represión contra los estudiantes secundarios en Santa Fe durante la última dictadura cívico-militar. Una noche de los lápices santafecina.

En sus declaraciones en los tribunales de la capital santafesina a los fines de esclarecer los crímenes de lesa humanidad cometidos en la zona por la última dictadura , relató la persecución sufrida por los estudiantes del Colegio Industrial de Santa Fe, desatada luego de la intervención del Ministro de Educación , Ivanisevich.

Teresita enumeró ante los jueces las torturas, las desapariciones y las tareas de inteligencia desarrolladas dentro de dicha escuela. Se escuchó el largo testimonio en el que comentó su militancia estudiantil en épocas previas al golpe de Estado y la represión desatada contra su colegio, la que tomó un aspecto demasiado parecido a la Noche de los Lápices platense. Además comentó su amistad con Patricia Isasa, quien también fue víctima de los represores y testigo en el juicio. “La conocí en 1974, éramos delegadas de nuestros cursos en la escuela y estábamos viviendo un proyecto educativo superador, innovador”, dijo de su compañera y de sus actividades. “Mi hermano también cursaba en el mismo colegio, él estaba en el séptimo año, era uno de los militantes más viejos”, señaló también en referencia a Néstor Hugo Cherry, desaparecido.

Narró que en 1974, una lista que integraba, formada por militantes de la UES, comunistas e independientes, ganó las elecciones, pero no llegó a asumir debido a la intervención del ministro Ivanisevich. “Había mucha resistencia a la intervención”, dijo, para agregar: “los guardaespaldas del interventor estaban portando armas en todo momento”. Luego denunció: “en el tercer año mío me llamaron del gabinete sicopedagógico y un señor me interrogó sobre la actividad de mi hermano”.

El 19 de junio de 1976, ya instalada la dictadura, su casa fue allanada por fuerzas del Área 212 por ese motivo se trasladó hasta la casa de una tía en la localidad de Alta Gracia.

Sabía que varios militantes de la UES estaban siendo detenidos y no quiso volver por un tiempo hasta que al final regresó para vivir en casa de otra tía. Su hermano Néstor fue secuestrado el 19 de agosto de 1977 en la ciudad de Santa Fe. Ya habían sido detenidos entonces Patricia Isasa, Froilán Aguirre, Viviana Cazoll y el Mono Verón, todos chicos del industrial. Su testimonio finalizó con este comentario: “de esa época quedaron desaparecidos Aldo Partida, Luis Verdú, Carlos Miguel Pepe Núñez, Angel Fiocchi, Alberto Solé y Néstor Hugo Cherry”, todos ellos estudiantes del secundario.

El día anterior a su testimonio otros dos testigos recorrieron un centro de detención policial. Se trató de Mariano Millán y Patricia Isasa, quienes volvieron a la seccional Primera de la Policía de Santa Fe, en el centro de la ciudad, para reconocer ante el Tribunal el sitio en el que permanecieron cautivos durante la década de 1970.

La medida se adoptó como correlato de las declaraciones de dos de las víctimas, que en sus testimoniales dieron cuenta de las penurias enfrentadas durante su detención en ese lugar.

Los dos testigos, víctimas de la represión durante la década de 1970, declararon ante el TOF, que juzga a cinco ex policías: Eduardo Ramos, Mario José Facino, María Eva Aebi, Juan Calixto Perizzotti y Héctor Colombini y al ex juez federal Víctor Hermes Brusa, por los delitos cometidos por estos en esa época.

Hoy gracias a todos los sobrevivientes que dieron testimonio de este capítulo negro de nuestra historia reciente y que reproducimos a modo de resumen en este texto es que conocemos en su real magnitud los horrores cometidos sobre ¡¡¡ jóvenes entre 16 y 20 años!!!

Por eso decir hoy: NO OLVIDAMOS, NO PERDONAMOS, tiene su fundamento ético.

Por estos motivos es que Invitamos a toda la docencia santafecina a reflexionar con sus alumnos y participar de los actos y marchas que se realizaran este 16 de Setiembre a 40 años de “la noche de los lápices”. Como así también a apropiarse de los seguramente muy buenos materiales que las distintas delegaciones de AMSAFE escribirán a tal efecto, con el lema de: ¡¡¡docente y estudiantes unidos y adelante!!! ¡¡¡Que la verdad sea dicha!!!, ¡¡¡que los responsables paguen!!! y ¡¡¡las nuevas generaciones no lo olviden!!! es que convocamos:

-El viernes 16/09 a las 16hs. en la explanada de la municipalidad de Santa Fe para marchar hasta la Plaza 25 de Mayo para luego realizar un festival de bandas y expresiones artísticas festejando el Día Nacional de la Juventud.

-Y en la ciudad de Rosario concentración en la plaza San Martin a las 16 hs y movilizarnos hasta el monumento a la bandera donde se desarrollara un festival artístico, a partir de las 18 hs.

SECRETARÍA DE DERECHOS HUMANOS AMSAFE PROVINCIAL


Foto y texto tomado de red.

Padre a cinco años de tu partida te recordamos como el primer día.

 Ese hombre analfabeto y simple

 

Ese hombre analfabeto y simple

que nació un día después

cuando ya nadie lo esperaba

es mi padre

labriego empedernido

que descifró la nomenclatura silvestre del bosque

hijo de la noche y el rocío

enamorado eterno de la luna

jinete invisible

cazador de quimeras

guardián de los charcos sagrados

cimarrón herido por el tiempo

Fantasma que sobrevive al olvido

en los brazos de una ciguapa

transeúnte solitario que deja sobre el asfalto

sus huellas de mar y salitre

centauro que se pierde más allá del paisaje horizontal

de la imaginación

que recrea memorables batallas

del hombre contra sus sueños

Domingo Acevedo.

 

A mi padre: Sergio Bautista Marte






















 

jueves, septiembre 17, 2026

Como generacion nos negamos a dejar de resistir





Como generacion nos negamos a dejar de resistir, por Palestina y por todos los pueblos que en el mundo luchan contra el imperialismo Occidental, por todos ellos, seguiremos resistiendo, dejando bien claro que ni el olvido, ni la muerte, nos podrán vencer, nuestras voces y nuestro ejemplo serán el camino que seguirán los que han de venir con su amor a construir un mundo diferente, justo, solidario y pacifico.

Domingo Acevedo.
Sept/2026

Que las artes marciales nos unan en un abrazo fraterno y solidario.





Yo me uno a los que piensan y sueñan que el karate, las artes marciales en sentido general, con sus principios de honor y lealtad, deben servir para unir a los seres humanos en un abrazo solidario y fraterno que propicie la construcción de una humanidad ética, moral, equitativa, justa, pacífica y solidaria, donde el amor al prójimo y a la vida nos aleje por siempre de los conflictos y las guerras entre los seres humanos.

Domingo Acevedo
Julio/2024

Archivo del blog