martes, septiembre 22, 2026

La ciudad subterránea que existió en secreto por miles de años debajo del Valle del Amor de Turquía.

 


El valle del amor de Capadocia, Turquía.

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El Valle del Amor de Capadocia, Turquía.
    • Autor,
      Geena Truman
    • Título del autor,
      BBC Travel *
  • Fecha de publicación
  • Tiempo de lectura: 7 min

Ráfagas violentas azotaban la tierra suelta en el aire mientras caminaba por el Valle del Amor de Capadocia.

Las laderas de tonos rosados ​​y amarillos coloreaban el paisaje ondulado marcado con profundos cañones rojos, y las formaciones rocosas de chimeneas se vislumbraban en la distancia.

Era árido, caliente, ventoso y devastadoramente hermoso.

Hace milenios, este entorno volcánico volátil esculpió naturalmente las torres que me rodeaban en sus formas cónicas de hongos, que ahora atraen a millones de visitantes a caminar o volar en globo aerostático en la región central de Turquía.

Pero debajo de la superficie desmoronada de Capadocia, una maravilla de proporciones igualmente gigantescas estuvo escondida durante siglos; una ciudad subterránea que podía ocultar el paradero de hasta 20.000 habitantes durante meses seguidos.

85 metros bajo tierra

La antigua ciudad de Elengubu, conocida hoy como Derinkuyu, se encuentra a más de 85 metros bajo la superficie de la Tierra, abarcando 18 niveles de túneles.

Es la ciudad subterránea excavada más grande del mundo y estuvo en uso casi constante durante miles de años, cambiando de manos de los frigios a los persas a los cristianos de la era bizantina.

Finalmente fue abandonada en la década de 1920 por los griegos de Capadocia cuando enfrentaron la derrota durante la guerra greco-turca y huyeron abruptamente en masa a Grecia.

Una habitación dentro de la ciudad subterránea

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No solo sus habitaciones con forma de cueva se extienden por cientos de kilómetros, sino que se cree que las más de 200 pequeñas ciudades subterráneas separadas que también se han descubierto en la región pueden estar conectadas a estos túneles, creando una red subterránea masiva.

Según mi guía, Suleman, Derinkuyu solo fue "redescubierto" en 1963 por un lugareño anónimo al que constantemente se le perdían sus pollos.

Mientras renovaba su casa, las aves de corral desaparecían en una pequeña grieta creada durante la remodelación y nunca más se las volvía a ver.

Tras una investigación más detallada y algunas excavaciones, el turco descubrió un pasadizo oscuro.

Fue la primera de más de 600 entradas encontradas dentro de casas particulares que conducen a la ciudad subterránea de Derinkuyu.

Civilización escondida

La excavación comenzó de inmediato, revelando una red enredada de viviendas subterráneas, almacenamiento de alimentos secos, establos de ganado, escuelas, bodegas e incluso una capilla.

Era toda una civilización escondida a salvo bajo tierra.

La ciudad cueva pronto fue visitada por miles de los turistas menos claustrofóbicos de Turquía y, en 1985, la región se agregó a la lista del Patrimonio Mundial de la Unesco.

Vista de túneles bajo tierra

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Derinkuyu se compone de 18 niveles de túneles.

La fecha exacta de construcción de la ciudad sigue siendo discutida, pero "Anabasis", escrita por Jenofonte de Atenas alrededor del 370 a.C., es la obra escrita más antigua que parece hacer referencia a Derinkuyu.

En el libro, menciona a la gente de Anatolia, en o cerca de la región de Capadocia, que vive bajo tierra en casas excavadas en lugar de en las más populares cuevas cavadas en los acantilados también bastante conocidas en la zona.

Idónea

Según Andrea De Giorgi, profesor asociado de estudios clásicos en la Universidad Estatal de Florida, Capadocia es especialmente adecuada para este tipo de construcción subterránea debido a la falta de agua en el suelo y su roca maleable y fácilmente moldeable.

"La geomorfología de la región favorece la excavación de espacios subterráneos", dijo, y explicó que la toba local habría sido bastante fácil de tallar con herramientas simples como palas y picos.

Ese mismo material piroclástico se forjó naturalmente en las chimeneas que parecen de cuentos de hadas y las agujas fálicas que sobresalen de la tierra sobre el suelo.

Globos de turistas sobre las formaciones fálicas del valle

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La naturaleza esculpió la superficie, el hombre, lo subterráneo.

Pero a quién acreditar la creación de Derinkuyu sigue siendo un misterio parcial.

El trabajo preliminar de la extensa red de cuevas subterráneas a menudo se atribuye a los hititas, "quienes pueden haber excavado los primeros niveles en la roca cuando fueron atacados por los frigios alrededor del 1200 a.C.", según A. Bertini, un experto en viviendas trogloditas del Mediterráneo, en su ensayo sobre la arquitectura rupestre regional.

Agregando peso a esta hipótesis, se encontraron artefactos hititas dentro de Derinkuyu.

Sin embargo, la mayor parte de la ciudad probablemente fue construida por los frigios, arquitectos altamente calificados de la Edad del Hierro que tenían los medios para construir elaboradas instalaciones subterráneas.

"Los frigios fueron uno de los primeros imperios más prominentes de Anatolia", explicó De Giorgi.

"Se desarrollaron en el oeste de Anatolia alrededor de finales del primer milenio a.C. y tenían una inclinación por monumentalizar las formaciones rocosas y crear notables fachadas excavadas en la roca. Aunque escurridizo, su reino se extendió para incluir la mayor parte del oeste y el centro de Anatolia, incluida el área de Derinkuyu".

Escondite

Originalmente, Derinkuyu probablemente se usó para el almacenamiento de bienes, pero su propósito principal era como un refugio temporal de los invasores extranjeras, con Capadocia experimentando un flujo constante de imperios dominantes a lo largo de los siglos.

Roca con hueco.

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Rocas de media tonelada cerraban los túneles en tiempos de invasión.

"La sucesión de imperios y su impacto en los paisajes de Anatolia explican el recurso a refugios subterráneos como Derinkuyu", explica De Giorgi.

"Fue en el momento de las incursiones islámicas [del siglo VII, en el Imperio bizantino predominantemente cristiano], sin embargo, cuando estas viviendas se utilizaron al máximo".

Mientras que los frigios, persas y selyúcidas, entre otros, habitaron la región y se expandieron sobre la ciudad subterránea en los siglos siguientes, la población de Derinkuyu creció hasta su punto máximo durante la era bizantina, con casi 20.000 residentes viviendo bajo tierra.

Hoy, puedes experimentar la desgarradora realidad de la vida bajo tierra por solo 60 liras turcas (unos US$3).

Ingenio claustrofóbico

Mientras descendía a los túneles angostos y mohosos, las paredes ennegrecidas por el hollín de siglos de encender antorchas, la extraña sensación de claustrofobia comenzó a instalarse.

Sin embargo, el ingenio de los diversos imperios que se expandieron sobre Derinkuyu pronto se hizo evidente.

Los pasillos cortos e intencionalmente angostos obligaban a los visitantes a navegar por el laberinto de pasillos y viviendas encorvados y en fila india, obviamente una posición inoportuna para los intrusos.

Pocamente iluminadas por la luz de las lámparas, rocas circulares de media tonelada bloqueaban las puertas entre cada uno de los 18 niveles y solo se podían mover desde el interior.

Profundo pozo

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Pequeños agujeros perfectamente redondos en el centro de estas fuertes puertas habrían permitido a los residentes atacar a los invasores mientras mantenían un perímetro seguro.

"La vida bajo tierra probablemente fue muy difícil", agregó mi guía Suleman.

"Los residentes hacían sus necesidades en vasijas de barro selladas, vivían a la luz de las antorchas y se deshacían de los cadáveres en áreas designadas".

Meses bajo tierra

Cada nivel de la ciudad fue cuidadosamente diseñado para usos específicos.

El ganado se mantenía en los establos más cercanos a la superficie para reducir el olor y los gases tóxicos producidos por el ganado, así como para proporcionar una capa cálida de aislamiento vivo para los meses fríos.

Las capas internas de la ciudad contenían viviendas, sótanos, escuelas y espacios de reunión.

Identificable por sus techos abovedados de cañón únicos, una escuela misionera bizantina tradicional, completa con salas adyacentes para el estudio, se encuentra en el segundo piso.

Según De Giorgi, "la evidencia de la elaboración del vino se basa en la presencia de bodegas, cubas para prensar uvas y ánforas [tinajas altas de dos asas y cuello estrecho]".

Estas habitaciones especializadas indican que los habitantes de Derinkuyu estaban preparados para pasar meses bajo la superficie.

Entradas

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Derinkuyu tenía muchas entradas, incluidas más de 600 que se encuentran dentro de casas privadas.

Pero lo más impresionante es un complejo sistema de ventilación y un pozo protegido que habría abastecido a toda la ciudad con aire fresco y agua limpia.

De hecho, se cree que la construcción temprana de Derinkuyu se centró en estos dos elementos esenciales.

Más de 50 pozos de ventilación, que permitían el flujo de aire natural entre las muchas viviendas y pasillos de la ciudad, se distribuyeron por toda la ciudad para evitar un ataque potencialmente fatal a su suministro de aire.

El pozo fue excavado a más de 55 metros de profundidad y los habitantes de la ciudad podían cortarlo acceder a él fácilmente desde abajo.

Más secretos por excavar

Si bien la construcción de Derinkuyu fue realmente ingeniosa, no es la única ciudad subterránea en Capadocia.

Con 445 kilómetros cuadrados, es simplemente la más grande de las al menos 200 ciudades subterráneas debajo de las llanuras de Anatolia.

Más de 40 de estas ciudades más pequeñas se encuentran a tres o más niveles de profundidad bajo la superficie.

Muchas están conectadas a Derinkuyu a través de túneles excavados cuidadosamente, algunos de los cuales se extienden hasta 9 kms.

Todos ellos están equipados con vías de escape de emergencia en caso de que fuera necesario un retorno inmediato a la superficie.

Pero no todos los secretos subterráneos de Capadocia han sido excavados.

En 2014, se descubrió una ciudad subterránea nueva y potencialmente incluso más grande debajo de la región de Nevsehir.

La historia viviente de Derinkuyu llegó a su fin en 1923 cuando los griegos de Capadocia evacuaron.

Más de 2.000 años después de la probable creación de la ciudad, Derinkuyu fue abandonada por última vez.

Su existencia fue casi olvidada en el mundo moderno hasta que unos pollos errantes trajeron la ciudad subterránea de vuelta a la luz.

* Si quieres leer la historia original en BBC Travel.

Kim Jong-un.




Este Coreano gordito (Kim Jong-un, Pdte. de Corea del Norte) no incendió Siria.. No destruyó Irak.. No hambreó a África , no tiene intenciones de saquear América. No amenaza a los países débiles, No lanzó bombas sobre sus vecinos , No utilizó Fósforo sobre los niños palestinos.. No lanzó bombas atómicas contra Japón.. No inició la guerra sectaria en Rwanda.. No destruyó las montañas de Torra Bora.. No destruyó el estado de Libia y a Gaddafi. 

No dividió a Somalia.


No hizo bloqueos criminales.

No golpeó a Guatemala. No hace golpes de estado a Latinoamérica.

No asesinó, torturó, ni cambió gobiernos por la fuerza.

No exterminó indígenas...ni oprimió ni se enriqueció con colonias y esclavos... No atacó a Irán. 

Sin embargo, insertaron en nuestras mentes, que él es el primer enemigo de la humanidad. En cuanto a sus adversarios, que mataron, destruyeron, desplazaron y saquearon patrias, son demócratas y humanistas!!

Así lavan el cerebro de los medios de comunicación..

lunes, septiembre 21, 2026

Los amos, Cuento de Juan Bosch.

 Los amos

Los amos
[Cuento – Texto completo.]

Juan Bosch

Cuando ya Cristino no servía ni para ordeñar una vaca, don Pío lo llamó y le dijo que iba a hacerle un regalo.

-Le voy a dar medio peso para el camino. Usté esta muy mal y no puede seguir trabajando. Si se mejora, vuelva.

Cristino extendió una mano amarilla, que le temblaba.

-Mucha gracia, don. Quisiera coger el camino ya, pero tengo calentura.

-Puede quedarse aquí esta noche, si quiere, y hasta hacerse una tisana de cabrita. Eso es bueno.

Cristino se había quitado el sombrero, y el pelo abundante, largo y negro le caía sobre el pescuezo. La barba escasa parecía ensuciarle el rostro, de pómulos salientes.

-Ta bien, don Pío -dijo-; que Dio se lo pague.

Bajó lentamente los escalones, mientras se cubría de nuevo la cabeza con el viejo sombrero de fieltro negro. Al llegar al último escalón se detuvo un rato y se puso a mirar las vacas y los críos.

-Que animao ta el becerrito -comentó en voz baja.

Se trataba de uno que él había curado días antes. Había tenido gusanos en el ombligo y ahora correteaba y saltaba alegremente.

Don Pío salió a la galería y también se detuvo a ver las reses. Don Pío era bajo, rechoncho, de ojos pequeños y rápidos. Cristino tenía tres años trabajando con él. Le pagaba un peso semanal por el ordeño, que se hacía de madrugada, las atenciones de la casa y el cuido de los terneros. Le había salido trabajador y tranquilo aquel hombre, pero había enfermado y don Pío no quería mantener gente enferma en su casa.

Don Pío tendió la vista. A la distancia estaban los matorrales que cubrían el paso del arroyo, y sobre los matorrales, las nubes de mosquitos. Don Pío había mandado poner tela metálica en todas las puertas y ventanas de la casa, pero el rancho de los peones no tenía ni puertas ni ventanas; no tenía ni siquiera setos. Cristino se movió allá abajo, en el primer escalón, y don Pío quiso hacerle una última recomendación.

-Cuando llegue a su casa póngase en cura, Cristino.

-Ah, sí, cómo no, don. Mucha gracia -oyó responder.

El sol hervía en cada diminuta hoja de la sabana. Desde las lomas de Terrero hasta las de San Francisco, perdidas hacia el norte, todo fulgía bajo el sol. Al borde de los potreros, bien lejos, había dos vacas. Apenas se las distinguía, pero Cristino conocía una por una todas las reses.

-Vea, don -dijo- aquella pinta que se aguaita allá debe haber parío anoche o por la mañana, porque no le veo barriga.

Don Pío caminó arriba.

-¿Usté cree, Cristino? Yo no la veo bien.

-Arrímese pa aquel lao y la verá.

Cristino tenía frío y la cabeza empezaba a dolerle, pero siguió con la vista al animal.

-Dese una caminata y me la arrea, Cristino -oyó decir a don Pío.

-Yo fuera a buscarla, pero me toy sintiendo mal.

-¿La calentura?

-Unjú, me ta subiendo.

-Eso no hace. Ya usté está acostumbrado, Cristino. Vaya y tráigamela.

Cristino se sujetaba el pecho con los dos brazos descarnados. Sentía que el frío iba dominándolo. Levantaba la frente. Todo aquel sol, el becerrito…

-¿Va a traérmela? -insistió la voz.

Con todo ese sol y las piernas temblándole, y los pies descalzos llenos de polvo.

-¿Va a buscármela, Cristino?

Tenía que responder, pero la lengua le pesaba. Se apretaba más los brazos sobre el pecho. Vestía una camisa de listado sucia y de tela tan delgada que no le abrigaba.

Resonaron pisadas arriba y Cristino pensó que don Pío iba a bajar. Eso asustó a Cristino.

-Ello sí, don -dijo-: voy a dir. Deje que se me pase el frío.

-Con el sol se le quita. Hágame el favor, Cristino. Mire que esa vaca se me va y puedo perder el becerro.

Cristino seguía temblando, pero comenzó a ponerse de pie.

-Si: ya voy, don -dijo.

-Cogió ahora por la vuelta del arroyo -explicó desde la galería don Pío.

Paso a paso, con los brazos sobre el pecho, encorvado para no perder calor, el peón empezó a cruzar la sabana. Don Pío lo veía de espaldas. Una mujer se deslizó por la galería y se puso junto a don Pío.

-¡Qué día tan bonito, Pío! -comentó con voz cantarina.

El hombre no contestó. Señaló hacia Cristino, que se alejaba con paso torpe como si fuera tropezando.

-No quería ir a buscarme la vaca pinta, que parió anoche. Y ahorita mismo le di medio peso para el camino.

Calló medio minuto y miró a la mujer, que parecía demandar una explicación.

-Malagradecidos que son, Herminia -dijo-. De nada vale tratarlos bien.

Ella asintió con la mirada.

-Te lo he dicho mil veces, Pío -comentó. Y ambos se quedaron mirando a Cristino, que ya era apenas una mancha sobre el verde de la sabana.

FIN

Eugenio María de Hostos

 


(Eugenio María de Hostos y Bonilla; Mayagüez, Puerto Rico, 1839 - Santo Domingo, 1903) Político, pedagogo y escritor puertorriqueño. Hombre austero y de ideas liberales, cuyo pensamiento recibió influencias del krausismo y del positivismo, Eugenio María de Hostos consagró su vida a un doble ideal: la independencia de su patria y la educación de los pueblos.


Eugenio María de Hostos

Hostos soñó con una confederación antillana libre como base de una América libre y unida, y a ello se dedicó con ahínco desde sus tiempos de estudiante en España; vio en la mejora de la educación popular el fundamento de un futuro de libertad y justicia, y, a lo largo de una vida itinerante que lo llevó a recorrer toda el continente, prodigó por doquier su labor de renovación pedagógica.

Biografía

Tras haber cursado estudios primarios en la capital de su país natal, Eugenio María de Hostos viajó en 1852 a España para completar su formación académica. Estudió en Bilbao y en Madrid, donde se licenció en leyes y tomó contacto con los diversos grupos de discípulos de Karl Krause que en la segunda mitad del siglo XIX animaban la vida cultural madrileña.

El krausismo determinó, a partir de entonces, los derroteros filosóficos, pedagógicos y políticos por los que habría de discurrir su actividad intelectual; y así, partidario de la independencia de las colonias antillanas, creyó posible una gran federación ultramarina que instaurase la república en aquellos lares. Convertido en adalid del independentismo antillano, Eugenio María de Hostos pronunció en el Ateneo de Madrid varias sonadas conferencias que quedarían plasmadas por Benito Pérez Galdós en la novela histórica Prim (1906), perteneciente a la cuarta serie de sus Episodios nacionales. Confió en que la Primera República española (1873-1874) daría la libertad a su país, y abandonó España cuando vio frustradas sus esperanzas.

Empezó entonces para el ilustre puertorriqueño una vida de peregrinación, de propaganda, de lucha por sus ideales. Vuelto a Hispanoamérica, formó parte de la Junta Revolucionaria Cubana creada en Nueva York y dirigió su órgano periodístico, La Revolución. Posteriormente, Eugenio María de Hostos recorrió América del Sur propagando sus ideas liberales, dirigió en Venezuela el Colegio Nacional de Asunción y fundó en Santo Domingo la llamada Escuela Normal, para volcarse de lleno en una incesante actividad pedagógica (1879-1888) que luego extendió por Chile entre los años 1889 y 1899.

Fruto, en parte, de esta abnegada labor, fueron los dos tratados de sociología que publicó en 1883 y 1901. Hostos proponía una educación liberal que llevara a un progreso moral e hiciera posible el desarrollo de la democracia y las instituciones representativas en Hispanoamérica. De regreso a su patria, fue nombrado jefe de la comisión encargada de reclamar en Estados Unidos la independencia de Puerto Rico dentro de una confederación de las tres grandes islas antillanas. Pero la dominación española había sido sustituida por la norteamericana, y, rota la ilusión de ver a su país libre, emigró de nuevo a Santo Domingo, donde consagró el resto de sus días a su obra pedagógica y cultural.


Eugenio de Hostos

La preocupación de Eugenio María de Hostos por la ética quedó plasmada en el ensayo Moral social (1888), y su temprana vocación legalista, en Lecciones de Derecho Constitucional (1887). También es autor de tres ensayos: Biografía de Plácido (1872), Cartas públicas acerca de Cuba (1895) y Meditando (1909), obra póstuma que recoge su célebre ensayo sobre Hamlet. En el terreno de la creación literaria, Hostos dio a la imprenta en 1863 la novela simbólica titulada La peregrinación de Bayoán, donde dejó plasmados sus postulados independentistas. En 1939 se publicó su obra completa (20 volúmenes).

Obras de Eugenio María de Hostos

La producción de Hostos, extensísima y variada, comprende muchos más títulos que los anteriormente destacados, y, pese a tal diversidad, se halla presidida en su mayor parte por aquellos mismos ideales de libertad en el terreno político y de humanismo en el educativo que siempre guiaron su trayectoria vital. Ello puede afirmarse incluso de las obras que, dentro de su amplísima bibliografía, podemos calificar de literarias.

Si alguna vez se ha considerado su obra literaria como de interés secundario, ello no se debe a falta de aptitudes ni de calidad: su primer trabajo en prosa, la singular novela titulada La peregrinación de Bayoán, escrita en 1863 en España, tiene un interesante contenido simbólico y poemático que anunciaba a un escritor de gran porvenir literario, dentro de la corriente romántica. El relato representa la unión de las Antillas, personificadas en distintos personajes que llevan nombres indígenas: Bayoán es Puerto Rico; Marién es Cuba; Guarionex es Santo Domingo. La hondura del pensamiento y la exposición de ideas revelan ya en este texto primerizo el acendrado amor de Hostos a América y su preocupación por el porvenir de las Antillas.

Este primer grupo de obras literarias incluye otras dos novelas inéditas: La novela de la vida y La tela de araña. Eugenio de Hostos escribió asimismo algunas composiciones poéticas y un poema neoclásico titulado El nacimiento del Nuevo Mundo. Después redactó algunos cuentos y comedias para sus hijos (Cuentos a mi hijo, 1878), pero no pasó de ahí: sus ilusiones literarias de juventud serían pronto consideradas por el propio autor como ocios impropios del hombre llamado a más altos menesteres patrióticos y humanos.

El grueso de la obra de Hostos lo conforman ensayos de diversa temática: ética, sociología, derecho o literatura. En este ámbito su libro de mayor alcance se titula Moral social (1888), fruto de las clases que dictó durante su permanencia en Santo Domingo, de 1879 a 1888. Hostos siguió las tendencias filosóficas del momento en que se formó su pensamiento (el positivismo de Comte), pero en ocasiones recuerda la corriente krausista, introducida en España por Julián Sanz del Río. En Moral social, Hostos expone, de todos modos, una concepción propia y original de la ética en las relaciones del hombre con la sociedad.

Otras ensayos de tipo didáctico de Hostos, como el Tratado de Sociología (1901), tuvieron el mismo origen, pues provienen de su labor docente en Santo Domingo; son asimismo dignos de mención títulos como En la exposición y La cuna de América. Por su sólida estructura científica sobresalen sus Lecciones de Derecho Constitucional (1887), obra premiada en la Exposición Nacional de Guatemala en 1897; su Geografía Evolutiva (1895) y el ya citado Tratado de Sociología (1901).

Todo ello da una idea de la importancia del polígrafo puertorriqueño, pero su actividad abarca todavía más aspectos: recogió las impresiones de su largo viaje por Sudamérica en Mi viaje al Sur; es autor de una biografía del cubano Francisco Vicente Aguilera, que publicó en Caracas; de una Biografía de Plácido, publicada en Chile en 1872; de las Cartas públicas acerca de Cuba (1895), de la letra y la música de un Himno a Borinquen y de otros muchos trabajos.

Entre sus estudios de crítica literaria, por último, sobresalen el dedicado a Romeo y Julieta (Barcelona, 1867), la inmortal tragedia de Shakespeare, y el ya citado sobre Hamlet (Santiago de Chile, 1872), uno de sus ensayos de mayor interés. La Confederación de Estados Americanos, reunida en Lima en 1938, proclamó póstumamente "Ciudadano de América" a Hostos, apreciado todavía hoy como ilustre polígrafo y como el más brillante de los educadores de Hispanoamérica.

Cómo citar este artículo:
Tomás Fernández y Elena Tamaro. «Biografia de Eugenio María de Hostos» [Internet]. Barcelona, España: Editorial Biografías y Vidas, 2004. Disponible en https://www.biografiasyvidas.com/biografia/h/hostos.htm [página consultada el 21 de septiembre de 2026].

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