martes, marzo 10, 2026

LA HUMANIDAD PREVALECERA SOBRE LA VIOLENCIA


 Dibujo tomado de la red.

Origen los nombres Sudamericanos.

 Para aprender hoy:






Venezuela
"Pequeña Venecia", comparada con los palafitos indígenas del Lago de Maracaibo.
Fue el explorador Américo Vespucio quien popularizó este diminutivo italiano (Veneziola) al documentar sus expediciones en 1499.
Bolivia
Homenaje a Simón Bolívar, primer presidente y libertador del país.
Perú
Deformación de "Birú", nombre de un cacique que los españoles confundieron con el territorio.
Argentina
Del latín "argentum" (plata), por las leyendas de riquezas que buscaban los exploradores. El término pasó de ser un uso poético en la obra "La Argentina" de Martín del Barco Centenera en 1602, a oficializarse en la Constitución de 1860.
Uruguay
Del guaraní, "río de los pájaros pintados", por la fauna de sus orillas.
Etimológicamente, la interpretación más rica desglosa las voces uru (un tipo de ave colorida), gua (lugar o procedencia) e y (agua o río).
Paraguay
Del guaraní, "río de los papagayos" o "río que nace del mar".
En la interpretación históricamente más difundida, paraguá se refiere al papagayo o loro, e y nuevamente denota el agua o río que cruza el territorio.
Brasil
Proviene del palo brasil, árbol cuya madera roja como la brasa se usaba para teñir.
Su explotación económica fue tan intensa en la época colonial que el término comercial terminó sustituyendo al nombre oficial inicial de "Tierra de Santa Cruz".
Colombia
Tributo a Cristóbal Colón, ideado por Francisco de Miranda para el continente.
Miranda utilizó la raíz latina Columbus soñando con una sola gran nación hispanoamericana, nombre que luego adoptó y mantuvo la república actual.
Ecuador
De su ubicación geográfica sobre la línea ecuatorial, consolidado tras misiones científicas. La adopción de este término técnico y astronómico reemplazó el nombre histórico de "Quito" tras la separación de la Gran Colombia en 1830.
Chile
De voces indígenas que significan "el fin de la tierra" o imitan el canto de un pájaro trile. Ya sea por la raíz quechua chiri (frío o confín) o la aymara chilli (canto de ave).
Fuente: "El origen de los nombres de los países" del autor Edgardo Otero.

Portada Anatomía de la sangre.





 

Diez grandes poetas persas

 


Joshua J. Mark
por , traducido por Lorena Sarre
publicado el 
Translations
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La literatura persa proviene de una larga tradición oral de relatos poéticos. El primer ejemplo registrado de esa tradición es la Inscripción de Darius I de Behistún (el Grande, r. 522-486 AEC), tallada en la pendiente de un acantilado ca. 522 AEC durante el período de la dinastía aqueménida (ca. 550-330 AEC). Cualquier otra obra que se pudiera haber escrito durante esa era, se perdió cuando el imperio cayó en manos de Alejandro el Grande en 330 AEC, pero la tradición oral continuó y encontró su más grande expresión en los poetas persas de la Edad Media (476-1500 EC). Entre ellos, los diez poetas considerados como los más influyentes son:

Estos poetas crearon la literatura de su cultura combinando sus tradiciones, mitos y creencias religiosas con las de los árabes musulmanes que habían conquistado la región en 651 EC y que habían impuesto su nueva religión, el islam. Con el tiempo, las dos culturas se combinaron, y la poesía de los persas llegó a expresar los más elevados conceptos de la fe islámica por completo -especialmente sus aspectos místicos-, aún cuando las obras no fueran escritas en persa, o ni siquiera por persas. Estos diez poetas no sólo influyeron en el desarrollo de la llamada literatura musulmana, sino que también influenciaron las artes literarias de otras culturas alrededor del mundo, y hoy en día continúan inspirando a sus lectores.

Persian Poet Nizami
Jacobolus (CC BY-SA)

Religión, destino y amor en la poesía persa

En 651 EC, el Imperio sasánida -quien comenzó el proceso de registrar la tradición oral con escritura- cayó ante los invasores árabes musulmanes que destruyeron muchas obras literarias como parte de sus esfuerzos por subyugar a la gente. Sin embargo, para los tiempos del califato abásida (750-1258 EC) la cultura, la lengua, las costumbres y la literatura persas no sólo habían sido aceptadas, sino también incentivadas por la élite árabe musulmana. Bajo la dinastía samánida (819-999 EC), que gobernó con el favor de los abásidas, el arte, la ciencia y la literatura persas florecieron y sentaron los fundamentos para el futuro de las artes literarias persas.

NO SE PUEDE SEPARAR LA OBRA DE ESTOS POETAS DE SU RELIGIÓN DEL ISLAM; SU FE LE DA FORMA A SU OBRA.

No se puede separar la obra de estos poetas de su religión del islam, aunque algunos traductores y críticos modernos lo hayan intentado, pues su fe le da forma a su obra. Las alusiones a los hadiths (comentarios) y al Corán están presentes en las obras de casi todos estos poetas, e incluso cuando están ausentes (como en Ferdowsi), la fe del poeta en un bien supremo y un sentido de la vida definitivo conforma su poesía.

Aún así, la antigua religión persa del zoroastrismo es una influencia igualmente fuerte en el trabajo de estos artistas y, especialmente, la llamada “herejía” del zurvanismo que afirmaba que el Tiempo era el Padre de la Existencia y promovía la creencia en la fatalidad. Puesto que el tiempo movía a un individuo por la vida y hacia la muerte, no había nada que uno pudiera hacer para alterar su destino. Yuxtapuesta a este concepto, en toda la obra de los siguientes poetas, está la fe en el poder del amor que trasciende en el tiempo y da significado a la vida de una persona. Ya fuera que el amor estuviera dirigido a otro ser humano o hacia el Divino, sin él, la vida se consideraba carente de sentido.

Dicción poética, simbolismos, metáforas y símiles son usados libremente en todas las formas de literatura persa, desde tratados de medicina hasta relatos, pero la poesía formal fue considerada como la cúspide de la expresión escrita y, aunque hubo muchos otros grandes poetas que contribuyeron a la tradición, los siguientes diez son los más destacados.

Statue of Rudaki
Ninara (CC BY)

Rudakí (ca. 859 - 940 EC)

Abdullah Jafar Ibn Mohammad Rudaki, mejor conocido por su nombre de pluma de Rudakí, era el poeta de la corte del samánida Amir Nasr II (r. 914 – 943 EC) quien lo apreciaba tan hondamente que lo remuneró con generosidad. El escolar Sassan Tabatabai describe cómo, “en la cima de su gloria, se decía que [Rudaki] poseía doscientos esclavos y necesitaba cien camellos sólo para transportar su equipaje” (2). Aunque a menudo se señala que llegó inicialmente a la corte bajo el reinado de Nasr II, las obras que han sobrevivido de él dejan claro que ya era un poeta respetado bajo el mandato del padre de Nasr II, Ahmad Samani (r. 907-914 EC). Este alto nivel de respeto se debía al inmenso talento y habilidad de Rudakí en dominar cada forma poética. Han sobrevivido pocas de sus obras (sólo 52 de entre las más de un millón de las que hacen referencia autores posteriores), pero éstas dejan claro que era un poeta de inmensa habilidad que fue capaz de expresar complejos estados emocionales en imágenes sencillas. Rudakí es considerado por muchos como el “padre de la literatura persa”, puesto que creó el concepto de diwan (una colección de pequeñas obras de un poeta) y desarrolló varias formas literarias de poesía, incluídas el ghazal, la casida y el ruba'i.

Daqiqi (ca. 935-977 EC)

Abu Mansur Daqiqi fue igual de destacado como poeta de la corte de Amir Mansur I (r. 961-976 d.C.). Todo poeta de oficio en esa época dependía del patronazgo de un rico admirador, tal como fue en eras posteriores, pero un poeta de la corte podía esperar mucho más que un ingreso asegurado siempre y cuando complaciera al monarca. Los poetas escribían versos que inmortalizaban el nombre del monarca y sus hazañas, y eran recompensados con abundantes regalos, y así fue el caso de Daqiqi. Dado que en ese tiempo había un creciente interés por la historia y el folklor persa, Mansur I comisionó una obra ambiciosa sobre la historia, el folklor y las leyendas persas desde el principio de los tiempos hasta el presente. Daqiqi comenzó el trabajo, trazando sobre un antiguo manuscrito, el Khodaynamag (también llamado Khwaday-Namag, “El libro de los Señores”) de la dinastía sasánida. Había completado 1000 versos de lo que sería el Shahnameh (“Libro de los Reyes”) cuando fue asesinado por uno de sus esclavos. Al igual que con Rudakí, pocas de sus obras sobreviven, pero los versos que aún existen demuestran que escribía en un estilo altamente formal consistente con las obras épicas. Es conocido sobre todo por haber empezado la obra que inmortalizaría el nombre de Abulqasem Ferdowsi.

Battle of Al-Qadisiyya
British Library (Public Domain)

Ferdowsi (ca. 940-1020 EC)

Abul-Qasem Ferdowsi Tusi fue un miembro del dehqan, un grupo social de terratenientes de clase alta comparable a los Señores feudales europeos. No se sabe casi nada de su vida, salvo que fue desde luego muy bien educado, estaba casado y tenía una hija (aunque una elegía dentro del Shahnameh la dedica a un hijo fallecido). Después de que Daiqiqi fuera asesinado, Ferdowsi continuó con la labor de escribir el Shahnameh para Amir Mansur (presuntamente como dote para su hija) en 977 d.C., pero la dinastía samánida se desmoronó poco tiempo después de eso y fue reemplazada por la dinastía ghaznaví (977-1186 EC), que no tenía el mismo nivel de apreciación por la literatura persa que los samánidas. Aún así, Ferdowsi fue animado a continuar con el trabajo, el cual completó en 1010 EC. No se ha determinado qué tan bien fue recibido el Shahnameh, ni si Ferdowsi fue debidamente recompensado por sus esfuerzos, pues los relatos sobre esos temas son básicamente sólo leyendas. Sin importar cómo haya sido recibida la obra en un principio, ésta ha gozado de una popularidad duradera. Cualquier otra obra que Ferdowsi hubiera podido escribir se ha perdido, pero la épica de Shahnameh, que recolecta las historias, leyendas y folklor de la antigua Persia desde el principio de los tiempos hasta la conquista musulmana, ha sido considerada desde antaño como una de las grandes obras maestras de la literatura, y es el relato épico nacional de Irán en la actualidad.

Sanai (ca. 1080-1131 EC)

Hakim Abul-Majd Majdud ibn Adam Sanai Ghaznavi fue el poeta de la corte ghaznaví del sultán Bahram-shah (r. 1117-1157 EC), quien admiraba tanto su trabajo que arregló el matrimonio de su hija con él. Bahram-shah declaró la guerra a India y pidió a Sanai que lo acompañara. En aquel tiempo, Sanai ya había escrito varias piezas alabando al sultán. De camino a la corte, Sanai pasó por un jardín en el que un hombre ebrio, hablando consigo mismo, criticaba a gritos la tontería que Bahram-shah cometía al querer conquistar sin motivo y a costa de tantas vidas. El hombre también se lamentaba por la vida de Sanai, refiriéndose a él como un poeta talentoso que desperdiciaba su talento en alabanzas para un monarca banal e insensato. Sanai entendió al instante la verdad detrás de lo que decía el hombre, renunció a su puesto en la corte y se volvió aprendiz de un maestro sufí. El misticismo sufí permea toda la extensa obra de Sanai, especialmente su obra maestra, El jardín amurallado de la Verdad, que ha sido llamado una “épica mística” en su exploración de la relación del individuo con Dios. Escritores posteriores (sobre todo Attar y Rumi) fueron influenciados considerablemente por Sanai, quien insistía que “el error comienza con la dualidad”, y que no debe de haber una distancia entre uno mismo y Dios. No hay razón para “buscar a Dios”, pues Dios reside en uno mismo. Por lo tanto, uno debe esforzarse por conocerse a sí mismo para poder conocer a la Divinidad. Este concepto, junto con su uso del vino como símbolo de la naturaleza embriagante del amor de Dios, se siguió tratando por muchos de los poetas que le sucedieron.

Attar (ca. 1145 – 1220 EC)

Abu Hamid bin Abu Bakr Ibrahim era un químico (farmacéutico) que siguió la profesión de su padre y que, basado en referencias dentro de su obra, parece haber tenido una vida holgada. Escribió sobre todo con su nombre de pluma Attar (“el químico”), al parecer por propio gusto, pues no hay evidencias de que haya tenido un mecenas. Durante su vida no fue reconocido como poeta (aunque posteriormente se refirieron a él como tal, como Attar de Nishapur), y despreciaba el esfuerzo de los poetas que recibían pagos por alabar a monarcas que no merecían sus talentos. Se enfocó en hacer versos que acercaran al lector a un entendimiento de la naturaleza de la existencia y la cercanía de Dios. Al igual que Sanai, Attar era un musulmán suní que acogía el misticismo del sufismo, algo que influencia toda su obra. Es más conocido por La conferencia de los pájaros, un poema alegórico en el que todos los pájaros del mundo se reúnen para decidir quién será su rey. La abubilla, conocida por su sabiduría, los guía en un viaje a través de siete valles -perdiendo a muchos en el camino- hasta llegar a la guarida del gran pájaro místico Simorgh, donde aprenden que deben gobernarse y guiarse a sí mismos. Sus otras obras tratan temas similares que desarrollan la perspectiva sufí de la comprensión de Dios y la relación del individuo con la Divinidad. Fue asesinado ca. 1220, cuando los mongoles invadieron su ciudad, Nishapur.

Rumi (ca. 1207-1273 EC)

Jalal ad-Din Muhammad Rumi fue un académico, teólogo y jurista islámico políglota antes de conocer al místico sufí Shams-i-Tabrizi en 1244 EC y convertirse en el poeta místico más conocido de su tiempo. Nació en Afganistán o Tayikistán en una familia culta, y era un erudito, cosmopolita y políglota (escribía en su nativo persa, árabe, griego y turco). Según la leyenda, cuando tenía 18 años conoció en Nishapur a Attar, quien le regaló uno de sus libros al reconocer la gran espiritualidad que ya mostraba el joven. Se dice que ese encuentro sentó la base para su posterior despertar trascendental. Rumi ya era un reconocido académico cuando conoció al derviche sufí Shams, quien se convirtió en su mejor amigo y mentor espiritual. Estuvieron juntos sólo cuatro años, pues Shams desapareció una noche y nunca fue vuelto a ver. Rumi buscó a su amigo hasta darse cuenta de que la conexión espiritual que compartían no podía ser quebrada por la muerte ni por la distancia, y sintió la energía vital de Shams como propia. Después de eso, comenzó a escribir poesía cuyo crédito atribuyó al espíritu de Shams. Su destreza literaria y su entendimiento espiritual eran tan vastos que se referían a él como Mawlawi (“nuestro maestro”). Su más grande obra es el Masnavi, una exploración poética de seis volúmenes de la relación del individuo con Dios que hace referencias al folklor, a la espiritualidad sufí, al Corán, a las leyendas y sabiduría popular musulmanas, y multitud de otras fuentes literarias, históricas y religiosas. Sus trabajos más cortos hacen referencia de manera consistente a los mismos temas, entretejiendo alusiones folclóricas y coránicas con una voz narrativa que habla directamente a su audiencia, a veces esclareciendo, a veces enredando, para así captar por completo la atención del lector hacia el tema tratado. Es visto no sólo como uno de los mejores poetas persas, sino como uno de los más influyentes y más leídos en el mundo.

Page from the Masnavi
Walters Art Museum Illuminated Manuscripts (Public Domain)

Saadi (ca.1210 - 1291 EC)

Abu-Muhammed Muslih al-Din bin Abdallah Shirazi provenía de una familia religiosa de la ciudad de Shiraz, Irán, de donde fue desarraigado a temprana edad tras la invasión de los mongoles. Su vida y su filosofía se vieron significativamente afectados por este evento y las continuas guerras que devastaron la región. Es conocido por ser un poeta de gran profundidad y destreza, pero también puede ser considerado un cronista de viajes, pues pasó gran parte de su vida mudándose de un lugar a otro (lugares y experiencias que incluye en su obra); un historiador (pues sus obras hacen referencia a eventos históricos de primera mano); y un existencialista puesto que se enfoca en la importancia de vivir la vida con completa consciencia de la condición humana, y en la responsabilidad que tiene el individuo consigo mismo y con los otros. Era muy culto, y probablemente fue becado por la Universidad de Bagdad antes de viajar a través de Siria, Egipto, la Península Arábiga e India. En sus viajes, evitaba los ambientes de las cortes, de la élite y los académicos, prefiriendo la compañía de la gente común, especialmente aquellos que también habían sido desplazados por la invasión mongola y los conflictos entre cristianos y musulmanes. Saadi volvió a Shiraz ca. 1257 y comenzó a escribir. Es más conocido por su obra poética, el Bustan (“El vergel”), que explora la importancia y la práctica de la virtud en la vida y que se inclina hacia el misticismo de los derviches sufís en el conocimiento del Divino.

Nizami (ca. 1141-1209 EC)

NIZAMI ES CONOCIDO COMO EL POETA ROMÁNTICO MÁS DESTACADO DE SU ÉPOCA, QUE TOMA EL TRABAJO DE SANAÍ Y FERDOWSI COMO FUENTE E INSPIRACIÓN.

Nizami Ganjavi nació en Ganja (en el actual Azerbaiyán), donde quedó huérfano a temprana edad y fue criado por un tío que impulsó sus estudios. Los versos de Nizami son testigos del éxito de su tío en esa labor, puesto que es visto como uno de los más cultos de entre otros poetas persas eruditos. Nizami es conocido como el poeta romántico más destacado de su época, que toma el trabajo de Sanaí, y especialmente el de Ferdowsi, como fuente e inspiración. Los escolares han especulado que quizá Nizami haya memorizado el Shahnameh, pues la obra de Ferdowsi influye en la suya significativamente. Nizami continúa la tradición de sus predecesores de enfocarse en el amor -ya sea entre dos individuos o entre el individuo y Dios- como el aspecto más importante de la existencia humana. El escolar Husayn Ilahi-Ghomshei señala que “Nizami enseña que el único papel para el que estamos hechos para representar en todo el teatro de la Existencia, es el del amante” (Lewisohn, 78). Es mejor conocido por su Khamsa (“Quinteto”), un conjunto de cinco poemas interrelacionados que toman tanto de Sanaí como de Ferdowsi, que tratan el tema de las relaciones humanas y contienen la famosa historia de Khosrau y Shirin. Nizami creía que, sin amor, la vida no tenía sentido, y que la vida de un individuo sólo tenía valor en tanto que se dedicara a amar a los demás.

Omar Khayyam (ca. 1048-1131 EC)

Abu'l Fath Omar ibn Ibrahim al-Khayyam nació en Nishapur en una familia de clase alta que se aseguró de darle la mejor educación con eruditos prominentes de la época. Está incluido en esta lista no porque fuera considerado un gran poeta, sino porque su poesía -traducida al inglés por Edward Fitzgerald (1809-1883)- se popularizó en el siglo XX e incentivó el interés de occidente por la literatura persa. En su época, Khayyam fue tan exclusivamente conocido como astrólogo y matemático que los académicos de la actualidad se han cuestionado que el famoso Rubaiyat de Omar Khayyam sea una obra original suya. Khayyam era mejor conocido por sus contribuciones al calendario Jalali, un innovador mapa solar que corregía imprecisiones del calendario islámico. Su vida, como fue sabido por sus contemporáneos y por aquéllos que escribieron poco después de su muerte, la dedicó a la ciencia y la investigación astrológicas. Su fama como poeta radica por completo en los esfuerzos de Fitzgerald, cuyo Rubaiyat no es una traducción de poesía original persa, sino que es una especie de “imitación”, una traducción libre, algo que el mismo Fitzgerald llamó una “transformación” (Lewisohn, xiii). La “traducción” de Fitzgerald, inicialmente no captó mucho la atención tras su publicación en 1859, sin embargo posteriormente se volvió una de las obras más populares de finales del siglo XIX y el siglo XX, y actualmente continúa siendo una de las obras literarias más citadas y recompiladas.

Hafez Shiraz (1315-1390 EC)

Khwaja Shams-ud-Din Muhammed Hafez-e Shiraz nació en Shiraz, Irán, presuntamente en una familia de eruditos, aunque se sabe poco sobre su vida fuera de las referencias que hace en sus obras. Es considerado como el más grande poeta persa, visto casi como un santo, por la sabiduría y elevación espiritual de su obra. Muy probablemente fue influenciado por todos los autores antes mencionados, pero más seguramente por Sanai, Attar, Rumi y Nizami, en su exploración del amor como el valor central de la existencia humana. Se dice que memorizó el Corán y que acogió completamente el misticismo sufí como el medio para conocer al Amado -Dios- a quien consideraba como el objeto final de todo deseo terrenal de cada individuo. Todo lo que uno anhela en su vida es ser recompensado por la unión con Dios, lo que se podía lograr en vida renunciando a lo que es socialmente aceptado para seguir un camino propio. Es sabido que aprovechó el símbolo empleado por Sanai del vino como efecto elevador que tiene Dios en el Amante de la Verdad, y rechazó las restricciones de la religión legalista a favor de la unión individual y mística con el Divino mediante el autoconocimiento, la autodisciplina y la paciencia con el aparente silencio de Dios ante la suplicación sincera. Fue reconocido como la mejor voz de su generación en su tiempo, y se erigió un gran mausoleo sobre su tumba poco después de su muerte. Dicho mausoleo fue expandido y ornamentado en los años 30s y hoy en día es un sitio de peregrinación para admiradores tanto seculares como religiosos de este poeta.

Tomb of Hafez
Sasha India (CC BY)

Conclusión

Las obras de estos poetas y muchos más, formaron las bases para la continuación de la cultura y los valores persas, y le permitieron florecer e influenciar el mundo que ahora conocemos. La genialidad de estos poetas para expresar los fundamentos de la condición humana y el poder transformador del amor ha resonado a través del tiempo y continúa incentivando la fe en un propósito y sentido de la vida más elevados.

La literatura de cualquier cultura es un reflejo de los valores comunes de su gente, la expresión individual de la respuesta colectiva a lo que significa ser humano. El poeta expresa lo que otros sienten -a menudo sin saber que lo hacen- y sus deseos, aunque no tengan idea de su necesidad hasta leer las palabras del poeta. Toda la literatura del mundo resuena con ese mismo valor del descubrimiento personal y cultural, pero la literatura persa, en su poesía, ofrece una experiencia única donde el mundo de la vida cotidiana se entremezcla inadvertidamente con la trascendencia de la eternidad; no sólo en una época o en la obra de un único poeta, sino de manera continua desde sus comienzos hasta aquellas obras que continúan la tradición hoy en día.

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WORLD HOSTRY ENCYCLOPEDIA.

Cómo fue el legendario Imperio persa.

 

Cómo fue el legendario Imperio persa, la primera superpotencia de la historia que sólo pudo derrotar Alejandro Magno

Detalle de un friso que representa arqueros. Procedente del palacio aqueménida de Darío I en Susa, Irán.

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Lo que se ha ido descubriendo es espectacular. (Detalle de un friso que representa arqueros, del palacio aqueménida de Darío I en Susa, Irán).
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      Redacción
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      BBC News Mundo
  • Tiempo de lectura: 12 min

A mediados del siglo VI a.C., los persas eran una desconocida tribu de las montañas de la región de Persis, en el suroeste de la meseta iraní.

Pero surgió un fabuloso líder y, en cuestión de una sola generación, arrasó Medio Oriente, conquistando antiguos reinos, asaltando ciudades famosas y construyendo un imperio que llegaría a ser el más grande que se había visto jamás.

Gobernaba más del 44% de la población mundial, abarcando desde los Balcanes y Egipto en el oeste, la mayor parte de Asia occidental y de Asia central en el noreste, y el valle del Indo en el sur de Asia en el sureste.

Los gobernantes de su dinastía serían los más poderosos del planeta. Sus recursos, tan asombrosos que parecerían ilimitados.

La velocidad y la escala sin precedentes de sus conquistas les otorgarían un aura de invencibilidad.

Hasta que llegó otro líder fabuloso que conquistó a los conquistadores y se quedó con sus conquistas.

Esta es una historia que comenzó en 559 a.C., con el ascenso de Ciro el Grande, una de las figuras más notables del mundo antiguo, y terminó 230 años después, a manos del gigante macedonio Alejandro Magno.

Como suele suceder, en ella se mezclan lo fidedigno con lo fantasioso, pero el primer triunfo notable de quien se consagraría como el fundador del primer imperio de los persas fue vencer al rey de los vecinos medos.

Habiendo extendido su dominio por la meseta central de Irán y gran parte de Mesopotamia, se enfrentó al poderoso reino de Lidia en Asia Menor, capturando su rica capital, Sardis, y abriendo el camino para apoderarse de otras ciudades importantes a lo largo de la costa jónica.

Pero su gran victoria llegó cuando Ciro lanzó un ataque contra el imperio neobabilónico, centrado en Mesopotamia, y entró en la culturalmente sofisticada y fabulosamente rica Babilonia.

Conquistó la ciudad en el año 539 a.C., y lo sabemos porque los arqueólogos hallaron uno de los primeros ejemplos de propaganda política de la historia que tenemos.

Se lo conoce como el Cilindro de Ciro y tiene, inscrito en diminutas líneas de escritura cuneiforme, una descripción sobre cómo "el rey del mundo" había vencido, no por medio de la violencia, sino de la tolerancia.

El Cilindro de Ciro

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Encontrado en Babilonia en 1879, el Cilindro de Ciro es uno de los descubrimientos más célebres del mundo antiguo.

Una liberación de los pueblos

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Episodios

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El cilindro fue escrito por orden de Ciro para ser enterrado en los cimientos de la muralla de la ciudad de Babilonia, cumpliendo con una tradición de la región para asegurar el favor divino y registrar los logros de un gobernante para la posteridad.

Relata que el anterior rey, Nabonido, había pervertido los cultos de los dioses babilónicos, incluyendo a Marduk, el dios de la ciudad de Babilonia, e impuesto el trabajo forzoso a su población libre, que se quejó a los dioses.

Marduk buscó a un paladín que restaurara las antiguas costumbres, detalla el Museo Británico de Londres, que alberga el antiguo documento.

El dios eligió a Ciro, lo declaró rey del mundo y le ordenó marchar sobre Babilonia, donde el pueblo aceptó con alegría su reinado.

Luego la voz cambia a primera persona:

"Soy Ciro, rey del mundo, el gran rey, el poderoso rey, rey de Babilonia, rey de Sumer y Acad, rey de los cuatro puntos cardinales (del mundo)...

"Mi vasto ejército marchó a Babilonia en paz. No permití que nadie asustara a la gente y procuré el bienestar de Babilonia y todos sus lugares sagrados".

Ciro se presenta como un adorador de Marduk que luchó por la paz en la ciudad y, además de restaurar las tradiciones religiosas, permitió que quienes habían sido deportados regresaran a sus asentamientos.

"Todo el pueblo de Babilonia bendijo con insistencia mi reinado, y me aseguré de que todos los países vivieran en paz".

El texto fue también reproducido en tabletas, que los expertos piensan eran leídas en público.

Lo que había sido una conquista, se presentó como una liberación de los pueblos.

La reina Tomiris con la cabeza de Ciro el Grande, de Luca Ferrari

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La reina Tomiris con la cabeza de Ciro el Grande, de Luca Ferrari.

La campaña publicitaria parece que funcionó.

Desde tiempos antiguos, Ciro ha sido considerado un gobernante benévolo y noble, incluso por sus enemigos.

Quizás haya sido cierto, pero lo importante es que, como dice el dicho, no basta con ser, hay que parecer.

Y el Cilindro de Ciro sirvió para diseminar esa imagen, consiguiendo afectar la opinión sobre el forjador del Imperio persa durante generaciones.

El historiador griego Jenofonte (~430–354 a.C.) lo presentó como un líder ideal en su "Ciropedia", mientras que textos del Antiguo Testamento elogiaban a Ciro por poner fin al exilio judío en Babilonia y permitir su regreso a casa en Jerusalén para reconstruir su templo.

Así, a lo largo de los siglos ha sido admirado como el epítome de las grandes cualidades que se esperaban de un gobernante en la antigüedad, y asumió rasgos heroicos como un conquistador tolerante y magnánimo, además de valiente y audaz.

Y, en tiempos modernos, su cilindro hasta ha sido referenciado como la primera declaración de derechos humanos, ya que parece fomentar la libertad de culto y la tolerancia.

No obstante, los expertos advierten que esos conceptos necesariamente resonarían en el siglo VI a.C., cuando el ambiente era politeísta y a los conquistadores -antes y después de Ciro- les convenía no pasar por alto a los dioses de los lugares que tomaban bajo control.

Como le dijo a la BBC Mateen Arghandehpour, investigador del Proyecto Invisible East de la Universidad de Oxford, "cuando hablamos del mundo antiguo, la religión no era como la entendemos ahora, una entidad organizada".

"Alguien de Babilonia que adoraba a Marduk, tal vez también adoraba a otros dioses. Entonces, ¿libertad religiosa? Sí. Ciro no obligó a nadie a ir contra la religión, pero no mucha gente lo hacía en ese entonces".

Alejandro, quien derrocó al Imperio Persa, llega a la tumba de su fundador, Ciro el Grande (590/580–c. 529 a. C.), solo para descubrir que ha sido profanada.

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Alejandro en la tumba de Ciro el Grande (Artista: Pierre Henri de Valenciennes, 1796).

"Yo, el rey Ciro, un aqueménida"

Poco se sabe poco sobre los últimos años de la vida de Ciro, y existen varias versiones contradictorias sobre su muerte.

Falleció mientras hacía campaña en la frontera oriental de su imperio.

Heródoto ofrece un relato de su caída en el que muere intentado conquistar a un grupo nómada, y la reina, a cuyo hijo Ciro había asesinado, ordenó que le cortaran la cabeza.

Sin embargo, el mismo Heródoto aclara que esa es solo una de las varias versiones de los hechos que escuchó.

La tumba, en cualquier caso, estaba en Pasargada, el lugar donde Ciro hizo su capital.

Yacía en el centro de un enorme jardín amurallado formal, rodeado de exuberante vegetación y aguas que fluían, una declaración del poder civilizador de Ciro contra el desierto salvaje más allá.

Ahora todo lo que sobrevive es su tumba, aparentemente modesta para el fundador no solo del Imperio Persa, sino también del sentido de identidad nacional de su pueblo.

Una simple inscripción tallada en escritura persa antigua, elamita y acadia proclama: "Yo, el rey Ciro, un aqueménida".

Es una declaración de que el nuevo y vasto imperio de Ciro el Grande estaba bajo el dominio de los aqueménidas, una dinastía real persa.

Otro grande

Ciro el Grande pudo haber forjado el primer Imperio persa, que sus dos siguientes sucesores expandieron, pero fue Dario I quien lo consolidó.

El ascenso de quien rivalizaría con Ciro como el más consumado de todos los gobernantes persas y presidiría el imperio en su cenit se dio por medio de la fuerza bruta.

Le arrebató el poder al hijo de Ciro, Bardiya, en un sangriento golpe de Estado, y fue despiadado cuando el imperio fue sacudido por una ola de revueltas.

En poco más de un año, derrotó, capturó y ejecutó a los líderes rebeldes, y durante el resto de su reinado de 36 años nunca más fue amenazado con un levantamiento.

Pero su formidable reputación no se basó sólo en el poderío militar.

Darío, en pocas palabras, organizó el imperio.

Creó un sistema postal, introdujo pesos y medidas estandarizados, y también la acuñación de monedas.

Para lidiar con el enorme desafío logístico de presidir tan vasto imperio, dividió los territorios en provincias o satrapías, e introdujo impuestos.

En los cargos más altos, nombraba a un pequeño grupo salido exclusivamente de los escalones más altos de la aristocracia persa.

Además, se aseguró de que se implementaran proyectos de ingeniería y construcción en todo el imperio, entre ellos un canal en Egipto entre el Nilo y el mar Rojo.

Con dominios tan extensos, se requerían vías que conectaran los principales centros con el núcleo imperial.

Y las tenían: las carreteras eran excelentes y dotadas de estaciones de servicio para facilitar los largos viajes.

Según estudiosos, la calidad de la infraestructura del Imperio persa fue un factor que le dio una ventaja competitiva crítica.

Fue ese genio administrativo el que le valió el título de Darío el Grande.

Y otra genialidad lo hizo resplandecer: la fundación de la joya de la corona del Imperio: la legendaria ciudad de Persépolis.

Apadana en Persépolis: Procesión de las delegaciones de las naciones vasallas del Imperio aqueménida con ofrendas.

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Apadana en Persépolis: procesión de las delegaciones de las naciones vasallas del Imperio aqueménida con ofrendas.

Persépolis

Incluso hoy en día, las ruinas del monumental complejo no dejan lugar a dudas sobre el esplendor del lugar que reflejaba la grandiosidad del Imperio.

Las magníficas terrazas con edificios y columnas de hasta de 20 metros, algunas de ellas con sus capiteles en la parte superior en los que aún se ven pájaros, leones y toros.

En los muros exquisitos relieves muestran escenas y personajes de ese mundo perdido.

En los de las escaleras que conducen a la plataforma donde se encuentra el gran salón del trono o Apadana, quedaron inmortalizadas delegaciones de los 23 pueblos súbditos llevándole tributos al rey.

Por el increíble detalle en sus rostros y trajes nacionales, se puede ver que vienen de todas partes, desde el sureste de Europa hasta India, trayendo polvo de oro, especias, textiles, joyas, colmillos de elefante, animales y hachas de batalla.

Ingresarían por la imponente Puerta de Todas las Naciones que estaba protegida por toro y criaturas mitológicas llamadas lamassus, unos hombres-toro originarios de Babilonia y Asiria que los persas habían adoptado, para ahuyentar el mal.

Y es que, en la arquitectura y en el arte aqueménida también se refleja la inmensidad del imperio.

Era esencialmente una mezcla ecléctica de estilos y motivos extraídos de diferentes partes, pero fusionados para producir una apariencia distintiva y armoniosa que era claramente persa.

Persépolis fue una obra maestra de la arquitectura imperial.

Y se podría suponer que se construyó explotando a un vasto ejército de esclavos.

Pero los arqueólogos hicieron un descubrimiento sorprendente.

Encontraron las Tablillas de la Fortaleza y las del Tesoro de Persépolis, un conjunto de documentos administrativos escritos en arcilla, que muestran un cuidadoso mantenimiento de registros y tasas de cambio para pagos en especie.

Incluyen numerosos datos de transacciones, relacionadas principalmente con la distribución de víveres, la gestión de rebaños y el aprovisionamiento de trabajadores y viajeros.

Entre otras cosas, hablan de grandes operaciones para el transporte de diversos productos básicos de un lugar a otro según las necesidades económicas, y de la emisión de plata y alimentos a los trabajadores de la economía real en Persépolis y sus alrededores.

Así, revelan quiénes eran los habitantes de la ciudad, dónde vivían, qué hacían y hasta qué comían.

Venían de todas partes del Imperio aqueménida a trabajar en la ciudad, y recibían salarios.

Una pista de cómo llegaban allá está en una inscripción de Susa, una de las ciudades más importantes del antiguo Medio Oriente, donde Darío habla de su deseo de construir un salón del trono.

Les asigna a los pueblos del Imperio la tarea de reunir diferentes bienes necesarios.

Así, por ejemplo, a los asirios se les dice que traigan madera de cedro, y a los afganos, turquesas y lapislázuli; a los babilonios les pide que vayan a producir ladrillos; de Egipto se requerían orfebres y trabajadores del marfil.

De esa manera, además de los tributos e impuestos, llegaban las riquezas de esos "cuatro puntos cardinales" que regían los aqueménidas al corazón del imperio.

La Copa de Oro de Jerjes, rey del Imperio persa aqueménida

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La Copa de Oro de Jerjes, rey del Imperio persa aqueménida.

Persépolis floreció durante casi dos siglos y era conocida como la ciudad más rica bajo el Sol.

Y no era solo la arquitectura la que proyectaba la riqueza y la cultura aqueménida.

Hermosos objetos decorativos y joyas, hechas de oro macizo y plata, con piedras preciosas y semipreciosas, la confirmaba lujosamente.

Persépolis se convirtió en objeto de deseo, particularmente para un lugar que los persas nunca lograron conquistar: Grecia.

Un rey con el imperio en la mira

El intento de subyugar a Grecia de Darío el Grande había terminado sangrientamente en la batalla de Maratón en 490 a.C.

Darío murió cuatro años después y la tarea de expandir el imperio quedó en manos de su hijo Jerjes.

Aunque capturó Atenas en el 480 a.C., sus fuerzas sufrieron serias derrotas ante los griegos tanto en el mar (Salamina) como en tierra (Platea y Micale).

Ante la realidad de que Grecia nunca se incorporaría a su imperio, Jerjes desistió.

Durante el siguiente siglo y medio hubo rebeliones internas, se perdió y reconquistó Egipto y se sofocó una revuelta en Sidón (en el actual Líbano).

A pesar de todas esas crisis, la primacía de Persia continuó sin ser cuestionada, hasta que, en la antigua Macedonia, surgió un rey que desde su ascenso al trono, tenía en su mira al Imperio persa.

Había crecido con esa idea. Además, necesitaba la riqueza del enemigo de Grecia para mantener su ejercito y continuar con sus conquistas.

Pasaría a la historia como Alejandro Magno, y derribaría todo el edificio aqueménida en unos pocos años.

En el año 330 a.C., invadió Persia.

A Persépolis la saqueó, y se dice que se llevó 200 vagones de oro y plata.

En lo que aún se considera uno de los mayores actos de vandalismo de la historia, luego la incendió.

No se sabe a ciencia cierta por qué.

Alejandro luchando contra los persas, de Las hazañas de Alejandro Magno, 1608. Artista Antonio Tempesta.

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Alejandro Magno construiría un imperio que eclipsaría incluso al de los persas.

La razón de la destrucción

El destacado intelectual iraní Al-Biruni, en su "Cronología de las naciones antiguas", del año 1000, dio una razón con la que varias fuentes concuerdan.

"[Alejandro] quemó toda Persépolis como venganza contra los persas, pues al parecer el rey persa Jerjes había incendiado la ciudad griega de Atenas hacía unos 150 años. Se dice que, incluso en la actualidad, se pueden ver rastros del fuego en algunos lugares".

Otros, creen que fue para anunciarle a Oriente el fin del Imperio aqueménida.

O porque quería borrar la cultura y la identidad persa, y hacer desaparecer la memoria de los reyes que una vez vivieron allá.

De ser así, de cierta forma lo consiguió: mucho desapareció por completo de la historia.

Siglos más tarde, cuando los visitantes deambulaban por las ruinas y se encontraban con estatuas de extrañas bestias fantásticas, imaginaban que reyes míticos, no los aqueménidas, habían gobernado el Imperio persa.

En el siglo X, el poeta persa Abul-Qasem Ferdousí recopiló esas fábulas y las incluyó en su gran obra Shāhnāmé o "El libro de los Reyes".

Ni Ciro, ni Darío, ni Jerjes eran mencionados en ese épico libro, que ocupa un lugar central en el sentido de identidad iraní.

En Occidente, sus historias se contaban desde el punto de vista de los antiguos griegos y romanos.

Las ruinas de Persépolis permanecieron sin identificar hasta 1620.

Numerosos viajeros y académicos europeos visitaron y describieron el lugar en los siglos XVIII y XIX.

Pero no fue sino hasta 1924, cuando el gobierno iraní le encargó al erudito alemán Ernst Herzfeld (1879-1948), especialista en arqueología, historia y lenguas de Irán, que fuera a explorar el inmenso complejo palaciego aqueménida que su historia empezó a desenterrarse.

Desde entonces, cada vez es más posible contarla con las voces de esos antiguos persas, y los hallazgos arqueológicos continúna afinándola.

Así, esta historia que empezó y terminó con dos "grandes" conquistadores se sigue escribiendo.

Principales fuentes: BBC serie "In Our Own Time", episodios "Cyrus the Great" y "Persepolis"; BBC serie "Art of Persia".

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