jueves, septiembre 24, 2026

La poesía de Domingo Acevedo debiera ocupar un lugar singular en la literatura dominicana.

 




La poesía de Domingo Acevedo debiera ocupar un lugar singular en la literatura dominicana contemporánea por su capacidad de entrelazar la contemplación lírica, la reflexión existencial y el peso histórico de la identidad antillana.
​Entre los aspectos clave que definen la importancia de su obra destacan:
​1. La poética del asombro y el misterio cotidiano
​A través de entregas como Antología del Asombro y Espejismo de Luna Llena, Acevedo explora la realidad desde una mirada de deslumbramiento. Su lírica trasciende lo aparente para buscar lo sagrado y lo filosófico en la brevedad de los días, convirtiendo la naturaleza, la luz y la memoria en símbolos de una búsqueda existencial constante.
​2. Memoria colectiva y conciencia histórica
​Su obra no evade la profundidad del dolor social ni las raíces del pueblo afrodescendiente y antillano. Poemas emblemáticos como "Barcos negreros" —difundido e internacionalizado en publicaciones como la revista francesa Carabela— muestran una voz comprometida con la dignidad, el rescate del pasado colonial y la denuncia de las cicatrices del desarraigo.
​3. Anatomía de la condición humana
​En libros como Ciudad de Papel, América y Anatomía de la Sangre, su lenguaje evoluciona hacia una disección más íntima de la existencia. Acevedo indaga en las contradicciones urbanas, la corporalidad, la brevedad de la vida y el vínculo indisoluble entre la sangre como herencia biológica, afectiva y espiritual.
​4. Diálogo interdisciplinario y estética integral
​La propuesta poética de Acevedo destaca también por su diálogo vivo con las artes visuales. El cuidado estético en la concepción de sus libros, complementado históricamente con ilustraciones y portadas de artistas plásticos dominicanos (como Wilfrido Velázquez Gómez y José Santos), convierte cada poemario en un objeto de arte total donde la palabra y la imagen se potencian mutuamente.
​En definitiva, la importancia de la obra de Domingo Acevedo radica en la solidez de una voz auténtica que sabe transitar con igual destreza entre el intimismo contemplativo y el vigor de la memoria histórica caribeña.

De aventura por el Conde de Mana, San Cristobal, por alla por los finales de la decada del 1990.

El Conde de Mana de Yaguate, en San Cristóbal

Por Federico Pinales

En la sección de Mana, del municipio de Yaguate, en la provincia de San Cristóbal, hay un arroyo casi con categoría de río, que desemboca en el paraje Boca de Mana; próximo al contraembalse de la presa de Valdesia.

Antes de depositar sus aguas en el río Nizao, cerca de la sección de Semana Santa, el arroyo de Mana tiene tres maravillas, de las cuales gran parte del público sólo conoce una, porque es la más próxima à la carretera y es el balneario de “El Conde”; una pequeña cascada de agua ubicada en el paraje Monte Bonito, justo a la entrada de la Puerta de El Conde.

Lleva ese nombre porque allí se juntan dos montañas rocosas, en cuyas bases forman un arco muy parecido al de la Calle El Conde de Santo Domingo.

Aproximadamente a 500 metros de la entrada de El Conde hay  un salto de agua, (cascada gigante), que muchos turistas desconocen, porque empieza en Monte Bonito y termina en Boca de Mana.

En el trayecto del balneario hacia la cascada gigante  hay  un caminito muy  discreto  a través del cual se llega a la sorpresa de la cueva del Conde, desde cuyo interior se aprecia un hermoso contraste entre la vegetación, la luz solar y la montaña. Allí algunos de sus visitantes hacen fogatas y otras actividades recreativas.

Un poco más retirado, hacia el oeste de Monte Bonito, hay otra cueva gigante, llamada la Cueva de La Mancha o la Cueva de Los Indios, donde los católicos de Valdesia, El Limón, Mucha Agua y otras comunidades rurales de San Cristóbal, solían hacer “penitencias” (romerías), entonando cánticos religiosos, acompañados de toques de panderos, tamboras, güiras, maracas y otros instrumentos típicos. 

Siendo niño, casi adolescente llegué a participar en esas actividades como músico de güira y pandero.

Desde que salí del campo hace mucho más de 60 años, no he vuelto a ese lugar, pero como he leído mucho sobre las Cuevas del Pomier, las de Santo Domingo, La Romana y otros lugares del país, ha llamado mi atención la poca promoción que he observado  hacia estos lugares, regalos de la naturaleza muy cerca de la civilización y de fácil acceso  a bajo costo.

Pertenecen al conjunto de maravillas, turísticamente desaprovechadas de la provincia de San Cristóbal.

 









































































































 

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