domingo, septiembre 20, 2026

Moscú arde

 



"El fin se acerca ya..."

Moscú arde, dos mil drones ucranianos llegaron a la capital de la Federación Rusa como Pancho por su casa.
La principal refinería rusa en llamas.
Esta interminable "guerra blanda" propuesta por Vladimir Putin contra Estados Unidos y la OTAN en suelo ucraniano fracasó hace rato.
La Unión Europea y Estados Unidos jamás va a aceptar la derrota del régimen nazi ucraniano.
Han invertido demasiado para que está guerra no tenga fin... 500 mil millones de dólares, de ahí para arriba.
Ahora los caniches rusofóbicos de Europa, Alemania, Francia, España, Inglaterra, Polonia y los pigméos bálticos babean eufóricos por sacudirse a corchazos con Rusia.
El primer ministro polaco de nombre "Donald Tusk" anda sacándose fotos con las tropas de élite polacas.
Dice el Donald de bolsillo, con baba bélica cayéndole de la boca, que en dos semanas tendrá a Rusia de rodillas, que en una semana sus tropas avanzarán 500 kilómetros en suelo ruso, sin despeinarse siquiera.
En Europa, los políticos "progres y democráticos" quieren la guerra con Rusia a cualquier precio.
Y los "malvados ultraderechistas" quieren la paz. Prosperar en paz y armonía con sus vecinos rusos.
¿Que ironía, no?
Moscú arde... Esto de la guerra blanda y bien educada no resultó Vladimir Putin.
Los caniches rusofóbicos de Europa quieren sangre.

"Los algarrobos también sueñan", de Virgilio Díaz Grullón.

 




Cinco años de histéricas arengas en el patio del cuartel, doscientos sermones apocalípticos del capellán militar durante las obligadas misas dominicales, sesenta meses de diatribas anticomunistas repetidas hasta la náusea en la radio y la prensa, mil ochocientos días —en fin— de adoctrinamiento obsesionante y sistemático, estaban detrás del sargento Porfirio Sención, con todo su inmenso poder acondicionador, cuando apretó el gatillo de su sancristóbal despertando la furia dormida en el pedazo de plomo escondido en la recámara del arma. Y estaba también la pesadilla vivida durante los últimos tensos días de la campaña en los cuales las escaramuzas propias de la guerra se mezclaban, noche a noche, con extrañas consejas escuchadas a la luz de las fogatas de los campamentos sobre guerrilleros que se esfumaban como el humo o se transformaban en culebras y puercos cimarrones.

El golpe sordo del percutor sobre el detonante inició la trayectoria de la bala que giró alocadamente sobre sí misma, deslizándose por el estrecho túnel metálico en busca de la única puerta de escape de su rabia desatada. Ya en campo abierto, el proyectil aceleró su marcha en línea recta hacia arriba, silbando ominosamente a lo largo de la ruta ardiente que trazaba en el espacio mientras Alberto, a horcajadas en una de las ramas más altas del algarrobo, trataba de descubrir la llanura apartando con los brazos el cerrado follaje que impedía su exploración.


La bala quebró entonces una rama delgada que apenas alteró su trayectoria y, después de perforar la débil resistencia de tres hojas, horadó limpiamente el maxilar inferior de Alberto, dibujando a su paso un pequeño agujero circular, destrozó luego una buena parte del superior y, perdida ya su simétrica estructura original, se aplastó inmóvil en el rincón oscuro y tibio que formaba su masa encefálica con el tope de las paredes interiores del hueso occipital.


Alberto no supo nunca de dónde provino el proyectil que se incrustó en su cerebro precipitando su cuerpo en el vacío, rumbo a las raíces invisibles del algarrobo, mientras su mente, iluminada por el resplandor de la agonía, buscaba febrilmente sus propias y recónditas raíces reordenando los episodios claves de su vida en otro plano simultáneo dentro de inéditas nociones del tiempo y del espacio.


Así, cuando las hojas más altas se doblegaban al peso inerte de su cuerpo, Alberto daba ya los toques finales al escondite que empezó a construir en las primeras horas de la mañana del día anterior y colocaba las yerbas y ramas que cubrirían la entrada del pequeño túnel donde había escondido los medicamentos, los instrumentos de primeros auxilios y las raciones alimenticias enlatadas.


Al alejarse algunos pasos para comprobar la eficacia del 


“camuflaje” y llegar rápidamente a la conclusión de que éste cumpliría su objetivo, recordó de pronto la avioneta y su vuelo lento y acucioso sobre el campamento dos días atrás.


Era un pequeño aeroplano de una plaza pintado de amarillo, con motor a hélice, anticuado sin duda, pero apto para el servicio de reconocimiento al que seguramente lo destinaba el gobierno. Sólo sobrevoló una vez la planicie creando la impresión de que no había encontrado nada sospechoso. Sin embargo, Víctor, que no se dormía, ordenó a Alberto la construcción del túnel tan pronto el avión desapareció detrás de la cresta de la loma y todos salieron de los escondites que habían improvisado rápidamente al oír el amenazante ronronear de su motor.


Esta decisión estaba por demás justificada porque, a diferencia de los fusiles, las granadas y el resto del parque —que estuvieron desde el primer día almacenados en la cueva—, las cajas que contenían las raciones y medicamentos habían permanecido amontonadas en el claro, constituyendo el único indicio de la presencia de las guerrillas en la zona. Y, aunque la circunstancia de que no se hubiesen repetido los reconocimientos aéreos parecía indicar que el campamento no había sido detectado, era reconfortante para Alberto saber que las cajas habían desparecido del radio de observación de futuros incursionistas indeseados.


La verdad era que todo se había desarrollado hasta el momento de acuerdo con lo planeado. El desplazamiento de los guerrilleros desde las zonas urbanas hasta las estribaciones de la Cordillera Central se realizó en pequeños grupos que no despertaron sospechas. El traslado de las armas hasta los lugares previamente acordados se produjo sin tropiezos y los campesinos reclutados como guías habían cumplido lealmente su tarea transportándolos sin incidencias a las zonas previstas.


Hacía seis días que Alberto y su grupo habían acampado en el lugar donde ahora se hallaban, luego de agotar penosas jornadas nocturnas a través de las lomas. Desde que descubrieron el claro y una vez comprobada la existencia de la cueva y de un arroyo cercano, Víctor seleccionó el sitio para establecer el primero de los campamentos. Manuel, al frente del otro grupo, continuó la marcha para establecer el segundo a algunos kilómetros de distancia. Aunque Víctor había elegido el lugar antes de ordenar la exploración de las áreas aledañas, sin duda acertó en su selección porque la zona estaba prácticamente despoblada y la topografía era extremadamente favorable para su defensa.


Al tiempo que Alberto se colocaba sobre el cuerpo la camisa de la que se había despojado para trabajar en el túnel y repasaba en su mente esas circunstancias, Diego y Felipe irrumpieron en el claro. Venían cansados pero alegres. Al reunirse con Alberto colocaron sus armas en el suelo y se descargaron con alivio de sus pesadas mochilas mientras que Diego decía: 


“Misión cumplida: establecimos contacto. Manuel y su gente están a unos diez kilómetros al Sur. Han encontrado un buen lugar, al pie de un cerro, junto a un enorme algarrobo florecido... ”


“El algarrobo más alto y frondoso que he visto en mi vida”, interrumpió Felipe. “Ha crecido justamente al lado del cerro, que tiene unos treinta metros de alto, y la copa del árbol sobrepasa su tope. Es algo extraordinario. ”


“Es necesario informar inmediatamente a Víctor sobre la ubicación de Manuel”, indicó Alberto, desechando la súbita vivencia que le había despertado el nombre familiar del algarrobo. “El está de guardia con Rafael y voy a reunirme ahora con ellos. Pero yo hago mi tumo desde este lado de la carretera y ellos del otro. Lo encontrarán en la grieta de la ladera. Tendrán que dar un rodeo alrededor de la loma, y no pierdan tiempo porque es importante que Víctor esté enterado cuanto antes.”


Al decir estas palabras Alberto recogió del suelo su fusil y su mochila e inició su recorrido hacia el punto de observación que le correspondía, ubicado en una de las tres lometas que circundaban el campamento.


“Creo que éste será otro día sin jaleo”, se dijo mientras trepaba ágilmente la escarpada cuesta cubierta de yerba. Se sentía optimista y la preocupación que le había producido la avioneta se había desvanecido ante la calma de las últimas horas. Era muy importante no ser advertidos en esta primera etapa de la lucha en que el foco guerrillero trataría de afincarse en la zona e iniciar las labores de reclutamiento evitando encuentros con las fuerzas del gobierno.


Al llegar al tope de la lometa se sentó en la tierra colocando su arma sobre las piernas cruzadas y, después de cerciorarse de que las tres granadas fragmentarias estaban al alcance de su mano, junto a la peña donde las había colocado en el turno anterior, paseó una mirada por los alrededores. Se hallaba en un ventajoso lugar de observación que dominaba por completo la carretera de caliche, único acceso para vehículos próximo al campamento, y, si algún ataque se producía, aquel era el camino por donde iba a llegar.


La vigilancia de la carretera era continua, conforme a las órdenes de Víctor, y se ejecutaba desde tres posiciones distintas. Desde el lugar en donde se encontraba, Alberto podía ver perfectamente a los dos compañeros que compartían con él la guardia en el presente turno. Del otro lado de la carretera, junto al rugoso tronco de un pino gigante, estaba Rafael, con su gorra verde olivo de la que se sentía tan orgulloso y, a su derecha, en una grieta que formaban dos protuberancias de la ladera, sonriéndole como el santo de un icono ruso desde su nicho, Víctor le ofrecía la blancura mate de sus dientes que relucían al sol en el centro de su cara negra y angulosa.


Había aprendido a gozar aquellas largas jornadas de guardia que le permitían sumergirse en lo más íntimo de su naturaleza y las aprovechaba para hurgar en su conciencia y plantearse las interrogantes que le asaltaban a menudo sobre el papel que le había correspondido vivir en el mundo. Contemplando ahora el fusil que apretaba entre sus manos y las granadas que estaban a su lado, se preguntaba qué haría en el momento en que le tocara utilizar aquellos instrumentos de muerte. Porque una cosa era hacer ejercicios de tiro al blanco o correr de un lado para otro y arrastrarse bajo las cercas de alambre de púas en el campo de entrenamiento, en una especie de inocente juego sin consecuencias, y otra muy distinta enfrentarse con la terrible disyuntiva de matar o morir.


Todavía no había probado su capacidad de aplicar en la práctica lo que en el terreno intelectual había aprendido a considerar correcto: la justificación de la violencia en determinadas circunstancias. Ignoraba, pues, cuál sería su reacción ante la necesidad de suprimir una vida humana para preservar la propia y el hecho de que la oportunidad de elegir, la ocasión de enfrentarse brutalmente a esa alternativa estaba próxima, le provocaba una extraña sensación en la que la impaciencia se mezclaba con oscuros deseos de posposición.


El día era espléndido. Los rayos del sol, ya casi en el cenit, caían de lleno sobre las lomas cubiertas de espesa vegetación dibujando diversas tonalidades de verde sobre la copa de los árboles y las sabanas apretadas de yerba. La brisa, fresca aún a aquella hora, jugueteaba con el pelo de Alberto y le acariciaba suavemente las mejillas.


Tal vez porque dedicó en ese instante un fugaz pensamiento a Rosina, se sentía serenamente feliz cuando comenzó el ataque de morteros. No vio la primera granada levantarse a sus espaldas desde algún lugar situado más allá de la lometa, ni percibió la parábola perfecta del vuelo por encima de su cabeza, pero sí oyó el inesperado estruendo que produjo al caer, multiplicado hasta el infinito por las sucesivas resonancias que despertó a lo largo de las lomas.


¡Estaban descubiertos! El avión de reconocimiento había cumplido al fin de cuentas su misión y este bombardeo era sin duda el preludio de un ataque directo al campamento por parte de unidades de infantería que debían encontrarse por los alrededores. Alberto miró a Víctor que le hacía señales con la mano indicándole que no abandonara su posición y mantuviera su atención sobre la carretera.


Las granadas siguieron cayendo sucesivamente, a un ritmo uniforme, cada vez más cerca del campamento, De pronto se escuchó una explosión infernal, al tiempo que una súbita llamarada acentuó la claridad diáfana del día y una nube negra se levantó a la izquierda de Alberto y se expandió como un gigantesco paraguas abierto encima de la loma. De inmediato se produjo una serie de detonaciones que se sucedieron sin interrupción por espacio de varios segundos y Víctor y Alberto intercambiaron entonces a través de la carretera una rápida mirada cuyo secreto mensaje era obvio para ambos: el enemigo había hecho blanco sobre el depósito de granadas de la cueva y el arsenal entero había sido destruido en un segundo por una trágica jugarreta de la suerte.


Un silencio absoluto, macizo, siguió a la extinción de los ecos de la explosión que se habían adueñado instantes antes de todo el lugar. Luego de algunos minutos de angustiosa espera Alberto observó que Víctor, después de repetir su gesto ordenándole que continuase en su posición, abandonaba su refugio y trepaba en compañía de Rafael por la ladera opuesta de la carretera, seguramente en dirección al campamento.


Mientras veía desaparecer a sus compañeros tras el tope de la lometa, Alberto pensaba que no era probable que el ataque de morteros se reanudara porque la enorme explosión indicó sin duda al enemigo que había logrado con creces su objetivo. Sin quitar la vista de la carretera, Alberto se imaginó a Víctor y Rafael comprobando los destrozos que había ocasionado el bombardeo, descubriendo quizás los cadáveres de los camaradas, percatándose de que el parque de municiones había sido destruido y que las raciones alimenticias y los medicamentos habían corrido la misma suerte. Pero no pudo dedicar mucho tiempo a esos pensamientos porque en ese momento percibió el ruido del motor y de inmediato obervó el camión tomando el recodo en que se iniciaba su radio de visión sobre la carretera. Comprobó una vez más la presencia de las granadas a su lado y esperó con impaciencia que el vehículo, que avanzaba con lentitud por la escarpada pendiente, tomara la recta que lo acercaría lo suficiente para constituir un objetivo seguro.


Alberto estimó en unos diez los soldados sentados en dos filas unos frente a otros en el camión. Se incorporó lentamente, tomó una de las granadas y, mientras desprendía la espoleta, recordó de pronto las palabras del instructor: “El entrenamiento del guerrillero no termina hasta lograr un acondicionamiento total que le permita actuar por reflejos. Un combate no da tiempo para pensar; hay que reaccionar al instante, como un autómata...” Y, sin embargo, Alberto pensaba en el momento de entrar en su primer combate, pero no pensaba en lo que estaba haciendo, no tenía su mente en el movimiento semicircular que imprimía ahora a su brazo para impulsar la granada hacia su objetivo, ni veía el blanco perfecto que ofrecía el camión trepando perezosamente por la carretera, porque lo que tenía ante sus ojos era una imagen borrosa de Víctor y Rafael tratando de identificar en la semioscuridad de la cueva los cuerpos detrozados de los compañeros.


La granada describió una trayectoria cerrada que terminó justamente en el centro del grupo de soldados que ocupaban el camión. La explosión los arrojó sobre la carretera. De una primera ojeada Alberto calculó en cuatro las bajas: dos muertos, por lo menos, y dos heridos que lograron salir por sus propios medios del vehículo pero quedaron de inmediato tendidos y ensangrentados en la carretera. Los otros seis se arrojaron voluntariamente a tierra desplegándose algunos con evidente desconcierto a lo largo de la carretera y corriendo los otros de vuelta hacia el recodo.


Como estos últimos continuaban agrupados, Alberto aprovechó para arrojarles la segunda granada, provocando una baja adicional que pudo comprobar antes que el resto desapareciese de su vista.


Tres hombres estaban todavía en la carretera disparando hacia todos lados sin tener idea alguna de su objetivo. Alberto se puso de rodillas en la tierra, tomó el rifle y disparó al que estaba más alejado (este por Felipe, coño) que se desplomó de inmediato. Apuntó luego al segundo, que ya corría hacia el recodo, y falló el disparo. El tercero fue un blanco fácil (y éste por Diego, coño) que quedó sobre el caliche con los brazos y las piernas abiertos como un fantoche desarticulado.


Alberto se incorporó, recogió la última granada, se terció el fusil a la espalda y decidió que era hora de reunirse con Víctor y Rafael porque aquella acción detendría al enemigo durante el tiempo necesario para proceder a un retirada ordenada con lo que pudieran salvar del campamento.


En el trayecto se encontró con ambos, que venían corriendo a su encuentro desde que oyeron los disparos. Alberto les ofreció un breve resumen de la operación y, después de algunos instantes de duda durante los cuales debatieron si quedarse o no protegiendo algún tiempo más la carretera y causando mayores bajas al enemigo, decidieron abandonar el lugar y buscar contacto con Manuel.


Sólo después de adoptada la decisión e iniciada la marcha a través de la maleza fue que Alberto inquirió sobre las consecuencias del bombardeo. El informe de Víctor fue escueto: Felipe y Diego habían muerto en la explosión del arsenal, el resto había escapado y las provisiones y medicinas habían sido totalmente destruidas.


“¿No tuvieron tiempo Felipe y Diego de informarte dónde está el segundo campamento?”, preguntó Alberto a Víctor con voz falsamente segura cuando ya se habían adentrado suficientemente en la maleza. “Ni siquiera sabía que lo habían ubicado ”, repuso el último mirándolo de soslayo sin interrumpir la marcha.


“Sí, lo encontraron hacia el Sur, junto a un cerro, como a diez kilómetros de aquí. Seguramente el ataque los sorprendió antes de que pudieran avisarte. Me mencionaron un algarrobo florecido como lugar de referencia.”


El trayecto fue largo, mucho más largo del que recorrieron en su oportunidad Diego y Felipe, porque perdieron varias veces la ruta y dieron muchas vueltas innecesarias, pero ya al amanecer del día siguiente, cuando caminaban sedientos y hambrientos a través de una pequeña planicie, vieron de pronto la copa florecida del algarrobo sobresalir del límite del llano en un estallido inesperado de lívidas espigas apretadas. Los tres guerrilleros detuvieron su marcha y se agruparon en cuclillas tras una roca pelada al borde del llano.


“Allí asoma el algarrobo”, murmuró Víctor. “Manuel y su gente seguramente estarán cerca.”


“Iré a explorar el lugar”, intervino Alberto. “Tengo experiencia en algarrobos porque cuando era niño pasé muchas horas trepado en uno que tentamos en casa.”


“Bien”, aceptó Víctor. “Te cubriremos desde aquí.”

Alberto se incorporó, se terció el fusil a la espalda junto a la mochila y atravesó corriendo el claro. Cuando llegó junto a la copa del árbol y después de estudiar su estructura y comprobar la resistencia de la gruesa rama que casi descansaba sobre el borde de la planicie, la utilizó como puente para penetrar en el denso follaje.


Tras una breve lucha por ascender hasta la copa del árbol que el impedimento del fusil y la mochila hicieron ardua, logró colocarse en el ángulo que formaba una rama robusta con el tronco y le ofrecía una posición adecuada para intentar la exploración.


Alberto realizaba confiadamente estas maniobras porque no sabía que algunos segundos después, cuando estuviese apartando las últimas hojas que se interponían en su visión y a punto de asomarse al vacío por la brecha que sus brazos habrían abierto en el follaje, se colocaría exactamente en la trayectoria del proyectil que en aquel momento estaría disparando el sargento Sención.


En la ruta de su inexorable descenso hacia la tierra, el cuerpo alcanzó una de las ramas más fuertes del árbol y allí quedó, apoyado por la cintura, con los brazos, la cabeza y el tronco de un lado y las piernas del otro, jugando por un breve instante al equilibrio, mientras Alberto abría los ojos y, como siempre hacía cuando despertaba, trató de reunir los trozos dispersos de su conciencia que el sueño había desarticulado. Tardó, pues, algún tiempo en descubrir la causa que lo había traído de nuevo a la vigilia: unos golpes contundentes propinados a la puerta de su habitación.


“Ya voy, ya voy”, murmuró con la voz ronca que usaba durante los primeros minutos de la mañana. Se levantó de la cama, se puso torpemente los pantalones sobre el cuerpo desnudo y abrió la puerta aún descalzo y con los ojos semicerrados.


Rafael estaba en el umbral y la excitación que adivinaba en sus movimientos nerviosos y el brillo inusitado que observó en sus ojos le advirtieron que algo importante sucedía.


“Entra y siéntate”, recomendó mientras señalaba la mecedora que estaba junto a la cama. Pero Rafael no estaba en esos momentos para sentarse en mecedoras ni en ningún otro sitio. Mientras recorría con pasos rápidos la estancia y se restregaba las manos, decía con voz que traslucía su emoción: 


“Ya llegó el momento, Alberto, ya llegó el momento...”


Alberto sabía a qué se refería Rafael pero no deseaba manifestarlo. Inconscientemente trataba de posponer la discusión inevitable que surgiría tan pronto se pronunciaran las palabras.


“¿Qué quieres decir?”, preguntó con aparente calma.

“El alzamiento, hombre, ¿qué otra cosa podría ser? Nos vamos a las montañas. El frente interno lo decidió anoche mismo y las instrucciones son las de iniciar los preparativos inmediatamente. Antes de fin de mes debemos estar en las lomas. ”


A pesar de que Alberto esperaba que fuese eso lo que oiría, no pudo dejar de sorprenderse. Se sentó en el borde de la cama con la camisa en las manos y los hombros hundidos. Después de unos instantes tragó en seco y preguntó:


“¿La decisión fue unánime?”


La respuesta de Rafael no resultó alentadora: “Absolutamente unánime. Los tres delegados la aprobaron. ”


“Pero la URD estuvo hasta ahora opuesta a la lucha armada, ¿qué pudo hacerles cambiar de opinión?”


“No sé. Tal vez el temor a una revuelta triunfante en la que ellos no hubiesen participado. O, quizás, alguna información que hayan recibido sobre algún apoyo exterior al que ellos atribuyen mucha importancia...”


“¿Los yankis?”


“Pudiera ser. O tal vez un desembarco de exiliados. Sabes que la URD tiene ciertas relaciones a las que las otras organizaciones no tienen acceso”


“Pero en ese caso nuestro comité central deberá saber algo. ¿Has hablado con Víctor?”


“No. Vine directamente hasta aquí tan pronto Diego me comunicó la decisión. ”


Alberto se levantó de la cama y dio algunas vueltas en silencio alrededor de la habitación mientras trataba de poner en orden sus ideas. De pronto se detuvo en seco frente a Rafael y, poniéndole las manos sobre los hombros y mirándolo fijamente a los ojos, le dijo:


“Hablemos francamente, como deben hablar dos compañeros de lucha que se han tratado como hermanos por más de cuatro años. ” Hizo una corta pausa y luego prosiguió: 


“Dime con sinceridad lo que piensas de esto. No me repitas frases de cliché. Dame tu opinión simple y directa. ¿Qué posibilidades de éxito le ves tú al levantamiento armado en las presentes condiciones?”


Rafael se puso de algún modo a la defensiva. “No soy un experto militar — respondió—, ni tengo la información necesaria para darte una opinión. ”


“¿entonces?.”, interrumpió Alberto.


“.pero tengo confianza en los dirigentes de nuestra organización, que son personas de probado sentido de responsabilidad y no van a cometer una locura ni van a arrastrar a otros a cometerla. ”


“¿Has olvidado la experiencia de los levantamientos armados contra Trujillo desde Desiderio Arias hasta la invasión por Luperón?”, interrumpió nuevamente Alberto levantando ahora la voz.


“Las cosas han cambiado mucho desde entonces. Nuestro pueblo tiene ahora una conciencia política que antes no tenia y contamos ya con una organización de militantes conscientes y decididos, con alto espíritu combativo y bien entrenados. ”


“¿Llamas bien entrenados a los que apenas hemos hecho unos cuantos ejercicios de tiro al blanco en alguna que otra finca?”


“Sí —respondió Rafael—, porque lo que nos falta en pericia militar nos sobra en cajones... ”


Alberto sonrió con tristeza. “Eres un idealista incorregible”, murmuró. “Desgraciadamente las revoluciones no las hacen los idealistas. Las revoluciones las hacen aquéllos que saben interpretar con frialdad las condiciones que los rodean y escogen correctamente el momento adecuado para dar cada paso.”


“¿Qué reglas existen para determinar anticipadamente la corrección de cada paso en el camino de la revolución?”, ripostó Rafael.


“No existen reglas infalibles —repuso pacientemente Alberto—, pero contamos con pautas muy claras para interpretar las diferentes etapas históricas por las que atraviesan los pueblos. Y esas pautas te enseñan que una organización que pretende ser la vanguardia de la revolución no puede aislarse de las masas. Debe estar al frente de ellas, pero no demasiado lejos. Tiene que tener dos caras, una mirando al futuro y la otra vuelta hacia el pueblo para asegurarse de conservar en todo momento una distancia mínima con éste.”


“¿Qué tiene que ver toda esa palabrería con lo que estamos discutiendo?”, inquirió Rafael.


“Tiene mucho que ver, porque, en las circunstancias actuales, la guerrilla seria un movimiento aislado. No contamos todavía con el suficiente apoyo urbano ni rural”. Y, después de una pausa, Alberto agregó: “Comprende, Rafael, que la decisión de irse ahora a las montañas fue tomada por un pequeño grupo de personas que no dispone de medios de comunicación que le permitan conocer los sentimientos del pueblo sobre su propósito. En esas condiciones resulta prácticamente imposible asegurar la sustentación necesaria, sobre todo en el campo, que es vital para la supervivencia de las guerrillas.”


“¿Qué pretendes —interrumpió de nuevo Rafael—, que salgamos a consultar uno a uno a nuestros campesinos? ¿Que llamemos a un plebiscito nacional para determinar si la lucha armada tiene o no apoyo mayoritario? No seas pendejo, Alberto, el apoyo, tanto del campo como de la ciudad, vendrá después, como resultado de nuestros éxitos militares y de la difusión de nuestro programa de reivindicaciones.”


“¿No te das cuenta —refutó Alberto— que la represión que ha mantenido el gobierno durante los últimos meses ha surtido su efecto? ¿Que las deserciones están aumentando y que muchos compañeros están definitivamente quemados y no podrán colaborar más con nosotros?”


“Precisamente estos últimos serán los mejores candidatos para reclutamiento en las guerrillas.”


Alberto sonrió al decir: “Eres una vaina, Rafael”. Y, después de una corta pausa, agregó: “Esta discusión no nos llevará a ninguna parte, y te advierto que no era ése el nivel en que yo deseaba sostener este diálogo. Creo que, a esta altura, debo pedirte que oigas sin interrumpir lo que tengo que decirte”. Dio unos cuantos pasos alrededor de la habitación y luego prosiguió: “No discuto la guerrilla como estrategia global, sino la conveniencia de desarrollarla ahora. Creo que no existen las condiciones mínimas para su éxito y que, por tanto, será derrotada. Pero no veo este asunto como un problema militar, sino como un problema de disciplina revolucionaria. La decisión ha sido adoptada por el comité central y por el frente interno y es inapelable. Yo la acato y subiré a las lomas con ustedes. Pero, óyeme bien —agregó deteniéndose ante Rafael y mirándolo nuevamente a los ojos—: voy a ir convencido de que ninguno de nosotros bajará por sus propios pies, porque nos van a matar a todos, y ojalá sea allá, porque aquí abajo, en las celdas de tortura, será mucho peor... ”


Las últimas palabras de Alberto quedaron flotando en la atmósfera cargada de la habitación. Se produjo entonces un silencio que finalmente rompió Rafael:


“No te entiendo. Si piensas de ese modo, ¿por qué insistes en ir con nosotros? Es posible que otros compañeros opinen como tú y seguramente optarán por no participar en la acción armada. ¿Por qué no haces lo mismo?. Si quieres, vamos juntos donde Víctor para que aclares tu posición. Estoy seguro de que comprenderá y la expondrá lealmente al comité central. Podrían encomendarte tareas en la retaguardia: habrá mucho que hacer en el frente urbano. ”


“No, Rafael. No voy a abandonarlos. Pertenezco a los comandos que voluntariamente se ofrecieron para recibir entrenamiento militar. Pero no voy a subir a las lomas impulsado por un optimismo irracional. Lo haré por dos razones: una formal, cumplimiento del deber puedes llamarla si quieres, otra intima que sólo a ti confiaré: entre tú y yo, Rafael, odio la violencia, aunque comprendo que es necesaria en ciertas circunstancias. Ahora bien, existen dos maneras de ejercer la violencia: matando violentamente o muriendo violentamente, y yo estoy dispuesto a seguir este último camino. ”


Mientras decía estas palabras, Alberto tenía la vaga sensación de haberlas pronunciado en otra ocasión, aunque en aquel momento no recordaba cuándo. Después de un corco silencio, prosiguió, como ensimismado frente a una visión que sólo él podía contemplar: “Creo que el destino nos está forjando una clase de muerte que he considerado siempre como el remate ideal de la vida. Una muerte que de alguna forma nos proyectará hacia el futuro, que servirá de ejemplo a otros grupos que empuñarán las armas en condiciones más favorables que las nuestras. Prefiero eso a irme de este mundo por causa de cualquier vulgar enfermedad. En realidad, si se tiene la oportunidad de elegir, ¿por qué no escoger una muerte que tenga algún significado, que deje una huella en el porvenir?”


Mientras otra rama del árbol imponía un segundo y breve descanso a su viaje hacia la tierra, Alberto oía la voz persuasiva de Víctor explicándole el propósito de la cita. Había tenido mucho tiempo para pensar durante sus meses de soledad, decía, y había llegado a conclusiones muy concretas.


Era necesario cambiar la estrategia de la lucha. La represión que había desatado el gobierno contra la organización había desarticulado totalmente los cuadros directivos, la mayoría de los cuales estaban actualmente en la cárcel. Del comité central sólo él, Víctor, había podido escapar de la prisión. La etapa de lucha abierta, de movilización de masas, de mítines y publicación de periódicos había terminado. El mínimo de libertades que el tirano se había visto forzado a conceder por presión externa había sido barrido de un plumazo, como lo demostraban las presentes actuaciones del gobierno. Había llegado, pues, la hora de revisar la estrategia aprobada el año anterior y encaminar la organización hacia la acción subversiva. Y, concretamente, hacia la preparación de un foco guerrillero en las montañas.


Alberto había oído en silencio las argumentaciones de Víctor hasta que llegó a este punto. Sintió que algo dentro de sí mismo se rebelaba contra esta solución y repuso:


“No dudo que tengas razón. Quizás la lucha armada sea nuestro objetivo obligado en esta etapa. Sin embargo, no puedo dejar de pensar que esa salida contradice los principios que proclamamos en el momento en que sacamos la organización a la luz pública. Entonces expresamos nuestro propósito de acogernos a las leyes vigentes y de ceñir nuestra lucha a lo establecido en la Constitución. ”


“Esa estrategia —interrumpió Víctor—, surgió del compromiso asumido por Trujillo de ofrecer garantías mínimas a nuestra acción política. Trujillo ha traicionado su palabra y eso nos libera a nosotros de nuestro compromiso. ”


“No creo que la cosa sea tan simple como lo planteas, Víctor. Aceptar lo que dices significaría aceptar también que nos equivocamos cuando tomamos la decisión de acogernos a las garantías ofrecidas e iniciar la lucha abierta. Sería darles la razón a los sectores de la oposición que criticaron nuestra estrategia del año pasado y nos acusaron incluso de vendidos al gobierno. ”


“La opinión de esos sectores no importa, Alberto. Es del seno de nuestra propia organización de donde tiene que surgir cualquier decisión. Creo firmemente que fue correcta nuestra estrategia de entonces porque no haber aprovechado la coyuntura que se presentaba habría sido estúpido. Se trataba de un riesgo calculado: conocíamos los peligros a que nos exponíamos y no nos engañábamos sobre la verdadera naturaleza del régimen, pero nos sentíamos en el deber de explorar una posible salida de la situación que se apoyaba, además, en una correlación internacional de fuerzas favorable entonces al desarrollo democrático. Y había también otras claras ventajas: la lucha abierta nos facilitaba una extensa movilización de masas y una labor de concientización del pueblo que no hubiese sido posible dentro del marco de una lucha puramente clandestina. ”


Como tantas otras veces durante sus discusiones, los razonamientos de Víctor vencieron la resistencia de Alberto que, no obstante, asumió otra línea de defensa de su posición.


“Hacer un levantamiento armado no es tarea fácil —dijo—, ¿qué posibilidades habría de obtener las armas necesarias y entrenamos en su uso?”


“Hemos establecido algunos contactos interesantes. Hay un grupo de sargentos del ejército en plan conspirativo y en el Cibao hay gente también que están en eso. El problema es que el objetivo que todos persiguen es el atentado personal contra Trujillo. Estamos tratando de convencerlos de cambiar ese objetivo por el del levantamiento armado. ”


“Por cierto —interrumpió Alberto—, la posibilidad del atentado está siendo discutida por muchos compañeros de base de nuestra organización, que la consideran la única salida en las presentes circunstancias. ”


“Lo sabía, y tenemos que parar eso. En realidad el motivo principal de pedirte que vinieras a verme es encomendarte esa tarea. Solicitarte que trasmitas a los demás compañeros nuestra opinión de que la muerte de Trujillo, por sí sola, no resolvería nada. Que toda esa inquietud y ese deseo de acción que tienen deben canalizarse hacia la creación del foco guerrillero. Tenemos que sentar las bases, militares y políticas, para un intento de toma del poder. Lo demás es terrorismo puro y simple que no conduciría a ninguna parte. ”

“¿Crees que serían suficientes las armas que podemos obtener en el país para mantener una lucha de guerrillas?”


“No, no lo creo. Pero estamos dando algunos pasos para conseguir ayuda del exterior. Un emisario nuestro está actualmente en Cuba estableciendo contactos con los exiliados. Tenemos buenas perspectivas por ese lado. Los gobiernos de Costa Rica y Venezuela han ofrecido también su ayuda pero, para materializarla, debemos mostrarles nuestra capacidad de utilizarla. Una acción coordinada para el suministro de armas desde el exterior no sería posible a menos de que dispongamos de puntos controlados para recibir los pertrechos, aparte de que ninguno de esos gobiernos hará nada hasta no comprobar que nosotros, en el frente interno, hemos tomado la iniciativa.”

Los dos camaradas permanecieron en silencio durante un rato hasta que Alberto dijo:


“De acuerdo. Hablaré con los compañeros y trataré de convencerlos. ¿Quépapel desempeñaré yo dentro del levantamiento armado?”


“Por ahora, te limitarás a esas tareas de concientización. Luego, cuando se inicie el adiestramiento militar que hemos proyectado, tendrás la opción de incorporarte o no a éste. Queremos que la decisión sea libre en cada caso. Una cosa es aceptar como correcta la estrategia del levantamiento armado y sustentarla y otra cosa es participar directamente en la acción. Contamos ya con hombres de vocación y experiencia militar en número suficiente para integrar el foco guerrillero. ”


“Y tú, Víctor, ¿qué esperas personalmente de mí?”, preguntó Alberto.


Víctor sonrió al responder: “Tú no eres un hombre de armas. No creo que hayas disparado en tu vida un rifle de perdigones. No esperaría que te convirtieses de la noche a la mañana en un soldado: habrá muchas otras cosas que hacer además de empuñar un fusil. ”


Alberto no disimuló su alivio.


“Me alegro que éste sea tu parecer”, confió a su amigo. “La verdad es que no estoy hecho para la violencia. Puedo justificarla intelectualmente, pero me siento físicamente incapaz de ejercerla a menos que sea en defensa propia. Y no creo que sea cobardía. Es, simplemente, que para mi es más fácil morir que matar. ”


“Claro que no eres cobarde, Alberto. Lo has demostrado con creces durante estos años. Hay hombres para todo. Tu papel dentro de la revolución es otro. Ojalá que puedas seguir manteniéndolo siempre.”


“¿Por qué dices eso?”


“Porque nadie puede estar seguro de su destino. No conocemos el futuro y, en el tuyo, quién sabe si te esperan circunstancias que te forzarán a modificar esa actitud de antiviolencia.”


Tan pronto la fuerza de la gravedad vencía el efímero obstáculo de la rama permitiendo a su cuerpo reiniciar la caída, Alberto contemplaba la multitud desde lo alto de la rústica tarima improvisada en un extremo de la plaza. Mientras esperaba el inicio del mitin junto a otros compañeros que también agotarían turnos en éste, dejaba correr su vista con profunda emoción sobre la masa humana que les rodeaba gritando consignas revolucionarias y agitando pancartas por encima de sus cabezas.


El había sido uno de los principales responsables de la preparación de la manifestación, el primer mitin de masas de la organización después de su salida a la luz pública, y se sentía íntimamente satisfecho de los resultados de su labor porque la respuesta del pueblo había superado con creces sus expectativas. Era realmente impresionante que con sólo dos meses de acción abierta la organización hubiese conquistado tal grado de confianza y apoyo de las masas.


Mirando el mar de cabezas que se aglomeraban a su alrededor, Alberto se decía que aquél era el tipo de lucha que mejor se avenía a su temperamento. Le gustaba actuar a la luz del día, dando la cara al enemigo, mucho más que trabajar clandestinamente en las sombras de la noche. Tenía el convencimiento de que esa etapa de la lucha permitía una comunicación más profunda entre la organización y el pueblo y un contacto mucho más real y humano que los que habían sido posibles hasta ahora.


Conquistar esa etapa, sin embargo, no había sido fácil, y no porque el gobierno hubiese creado las principales dificultades, sino por los sectores oposicionistas que sustentaban el criterio de que sacar la organización a la luz pública era hacerle el juego a Trujillo y proporcionarle una fachada liberal a su régimen.


La estrategia había sido discutida a todos los niveles, tanto en el consejo del frente interno que integraban las agrupaciones clandestinas existentes, como en el seno de cada comité institucional o barrial y de cada célula de la organización. Fue una labor paciente y ardua y Alberto, ya en su calidad de dirigente intermedio, se entregó a ella con gran entusiasmo. Cuando finalmente la nueva estrategia fue aprobada, él, que había sido expulsado de la universidad estatal desde la época de su prisión, se dedicó por entero a las labores organizativas internas y a la preparación de concentraciones de masas en diversas localidades del país.


Comenzaron entonces a respirarse aires de libertad, precarios sin duda, pero no por ello menos reconfortantes y eufóricos. Desde el lugar prominente que ahora ocupaba en la tribuna, Alberto se llenaba de ese aire los pulmones contemplando a los compañeros que se agolpaban en filas compactas junto a la tarima, a los miembros de las brigadas de orden con los brazaletes que los identificaban, a Rosina, algo atrás, mirándolo con los ojos del amor, y a los representantes de los sindicatos obreros que la organización había ayudado a formar, agitando sus rudimentarias pancartas con consignas revolucionarias escritas en el lenguaje sencillo y directo del pueblo.


Más allá de las personas reunidas en la plaza, formando un círculo cerrado alrededor de la zona, Alberto observó algo que no había visto antes: unos doscientos agentes policiales de uniforme asumían la actitud de guardianes del orden prestos a intervenir ante cualquier incidente que pretendiese alterarlo. Alberto consideró de inmediato desproporcionado ese despliegue de fuerzas y dedujo que tenía el propósito de amedrentar a los participantes en el mitin y disuadir a los que venían acercándose por las calles de acceso para incorporarse a la manifestación. No obstante, como era obvio que los agentes aprovecharían cualquier pretexto para reprimir la concentración, decidió advertir a las brigadas de orden para que reforzaran el acecho de cualquier posible provocador infiltrado en la concurrencia.


Cuando se disponía a bajar de la tribuna para cumplir su propósito, se produjo el primer incidente. Alguien trepó sorpresivamente a un poste del alumbrado público y desprendió de cuajo un altoparlante antes de que nadie pudiese evitarlo. Aquel acto inesperado fue la chispa que encendió la hoguera. Tan pronto los miembros de la brigada de orden atraparon al provocador para entregarlo a las autoridades, los agentes policiales cargaron sobre la multitud disparando sus armas de fuego y repartiendo macanazos indiscriminados.


Alberto observó impotente desde la tribuna a la multitud concentrarse primero, en actitud defensiva, alrededor de la plataforma y luego, en irresistible movimiento centrífugo, expandirse arrolladoramente sobre los represores, atropellándolos, y desaparecer corriendo en grandes oleadas por las calles de acceso a la plaza. En un lapso trágico de apenas cinco minutos, la manifestación que les había costado tantas horas organizar había sido disuelta sin contemplaciones.


La frustración le ahogaba la voz y le llenaba los ojos de lágrimas mientras trataba de congregar alrededor de la tarima al pequeño grupo que aún quedaba en la plaza en un desesperado intento de rescatar los restos de la hecatombe. Pero su esfuerzo fue inútil y mientras bajaba cabizbajo de la plataforma y tomaba del brazo a Rosina refugiándose en su ternura, comprendió que el hermoso episodio de la lucha abierta y de cara al sol contra la tiranía quedaba definitivamente liquidado.


En el preciso instante en que una de sus piernas rebotaba en una rama baja del algarrobo impulsando todo el cuerpo a variar ligeramente la posición en que caía, Alberto emergía de la inconsciencia en que lo había sumido la golpiza. Con la mejilla derecha aplastada sobre el duro piso de cemento observaba un primer plano de botas lustradas e inmóviles cuya furia había sentido poco antes sobre muchas partes de su anatomía y, más allá, el rostro impasible del Padre Anselmo sobresaliendo del tope de caoba pulida del escritorio y fumando un cigarrillo rubio en boquilla de marfil.


Permaneció inmóvil por algunos segundos, con los ojos cerrados, tratando de reconstruir los acontecimientos anteriores a su detención. Recordó las instrucciones del comité central de distribuir la proclama mediante brigadas que actuarían simultáneamente en horas de la madrugada en diversas zonas de la ciudad. Se vio a sí mismo introduciendo las hojas mimeografiadas por debajo de las puertas de las casas y durmiéndose esa noche con la idea de que la operación había sido un éxito completo. Rememoró su angustia en la mañana siguiente al enterarse de que unos quince compañeros habían sido sorprendidos por agentes secretos en plena labor de distribución y que la policía se había incautado de centenares de ejemplares de la proclama y localizado esa misma tarde, en una finca de las afueras de la ciudad, el mimeógrafo en que había sido impresa. Reconstruyó las medidas de seguridad adoptadas de urgencia para destruir documentos comprometedores y asegurar escondites a varios compañeros, así como las largas horas en espera de indicios que determinaran el alcance de la información de que disponía la policía sobre la organización. Revivió el período de calma de los días posteriores que los llevaron a creer que la acción policial no pasaría de lo que había sido durante las primeras horas. Pensó que vivía nuevamente el instante en que, una semana más tarde, un agente uniformado detuvo junto a él en plena calle la motocicleta que conducía y, después de identificarlo y decirle: “siéntese atrás y agárrese bien, que vamos a correr”, lo había llevado hasta la jefatura central de la policía a una velocidad vertiginosa. Sintió nuevamente los empellones con que su apresador lo condujo hasta el lugar en donde ahora se hallaba y que contrastaron con las maneras corteses que había usado hasta el .momento de trasponer las puertas del recinto policial. Oyó su voz cuando les dijo a los agentes que rodeaban el escritorio: “aquí les traigo carne fresca” y sufrió nuevamente los golpes sobre el pecho, las espaldas, el vientre y la piernas y súbitamente recordó que, justo antes de caer semidesvanecido al suelo, había visto al Coronel, sentado tras su escritorio, fumando pausadamente un cigarrillo rubio en boquilla de marfil.


Esta última reminiscencia impulsó a Alberto a abrir los ojos para volver a contemplar al padre Anselmo, pero éste no estaba más allí y, en su lugar, el Coronel se levantó con parsimonia de su silla giratoria, se le acercó dando un rodeo alrededor del escritorio y, desprendiendo con elegancia la boquilla de sus labios, se inclinó sobre Alberto para decirle suavemente: “Este es sólo el principio, jovencito, a menos que sueltes la lengua y nos cuentes algunas cositas que queremos saber. Te daré algún tiempo para que lo pienses y te decidas, por tu propio bien, a colaborar con nosotros” Y, volviéndose hacia sus subalternos, ordenó con voz cortante: “Tránquenmelo en una solitaria y me lo vuelven a traer mañana a esta misma hora. ”


Cuatro sesiones similares se realizaron los días siguientes en las cuales los golpes de los agentes policiales, disciplinadamente distribuidos en diversas zonas del cuerpo (comunista de mierda, maricón, hijo de puta), se alternaban con los interrogatorios conducidos por el Coronel con modales pausados y voz atiplada en los que la boquilla de marfil jugaba un destacado papel. Con la boquilla apretada entre los dientes: “¿Cómo te llamas? ¿dónde naciste? ¿quiénes son tus padres? ¿qué hacen? ¿tienes hermanos? ¿dónde vives?” Con la boquilla delicadamente sujeta entre el pulgar y el índice: “¿Qué estudias? ¿con quiénes te juntas? ¿conoces a Pedro, a Juan, a Alfredo? ¿de qué hablas con ellos?” Otras vez la boquilla entre los labios subiendo y bajando al compás de las palabras: “¿Sabes lo que es la J.R.? ¿qué persigue? ¿qué libros lees? ¿has viajado al extranjero?” De nuevo la boquilla entre los dedos: 


“¿Te gusta la política? ¿sabes quién es Marx, quién es Lenin? ¿qué opinas de los Estados Unidos? ¿te gustaría vivir en Rusia?”


Cientos de preguntas repetidas una y otra vez con persistencia monótona que hicieron comprender prontamente a Alberto que la policía no tenía evidencias concretas de su vinculación con la organización y que actuaba en base a meras sospechas. Esa seguridad le permitió adoptar una línea de defensa eficaz y abstenerse de dar informaciones que no estuviesen de antemano en conocimiento de su interrogador.


Alberto se enorgulleció siempre de su habilidad para manejárselas durante el período de su encarcelamiento y a menudo repetía con aire satisfecho las palabras que le había dirigido el Coronel, boquilla en mano, al momento de ordenar su libertad:


“Aprenda a escoger sus amigos, jovencito, y deseche la compañía de los comunistas porque si me lo vuelven a traer por aquí no saldrá vivo de este recinto”. Y, cuando ya Alberto se alejaba por el corredor y alzando la voz: “¡Y sepa, coño, que este gobiernazo no se tumba con papelitos!”


Al tiempo que su frente quebraba una rama delgada del algarrobo y arrastraba a su paso un manojo de hojas verdes que crecían más abajo, Alberto descendía del autobús en el lugar acordado, la última parada de la periferia Norte de la ciudad, y caminaba lentamente hasta la próxima esquina.


Caía una llovizna menuda que producía un ligero vapor al chocar con el asfalto caliente de la calle y que se hacía más visible en los lugares bañados por la luz del farol junto al cual Alberto se había detenido en espera del contacto.


A los pocos minutos un hombre alto, de hombros cuadrados, de saco y corbata y cubierto con un sombrero oscuro de fieltro, se le acercó caminando con pasos rápidos. Tan pronto lo vio, Alberto cumplió las instrucciones recibidas cambiándose de la muñeca izquierda a la derecha el reloj pulsera.


Terminado este movimiento, el desconocido le preguntó en voz baja: “¿Qué hora es?” “Las siete y veinticinco”, respondió Alberto, convencido de que el cumplimiento de las consignas establecidas garantizaba la identidad del contacto.


“Sígame a cuatro pasos de distancia”, ordenó entonces el hombre sin mirarle a los ojos y con una voz ahora firme y segura, emprendiendo la marcha por la oscura callejuela transversal que se iniciaba junto al farol.


La lluvia había arreciado bastante cuando Alberto y su guía alcanzaron el final de las casas y se adentraron en una zona abierta y despoblada, cubierta de maleza y salpicada de algunos árboles dispersos.


En ese momento, mientras caminaba confiadamente detrás del desconocido por aquel paraje solitario, Alberto se preguntaba qué lo había impulsado a seguir las Instrucciones recibidas sin molestarse en realizar las investigaciones mínimas que la prudencia aconsejaba. Hasta ese momento, las sesiones de la célula clandestina a la que pertenecía desde que se integró en la organización se efectuaban en las casas de los compañeros que la formaban con el pretexto de que se reunían para estudiar. Esta era, pues, la primera ocasión en que era citado en un lugar que no conocía y por intermedio de una persona también desconocida. Pero bastó que Juan le transmitiera la tarde anterior las instrucciones correspondientes y las consignas para identificar a quien debería conducirlo al lugar elegido para que él aceptara la situación sin vacilar. Aunque en realidad, ésa no era la pregunta de fondo sino más bien una variante — entre cientos


— de la interrogante única que venía haciéndose desde hacía un año sin haber encontrado todavía una respuesta que lo dejara satisfecho. ¿Qué lo había llevado realmente a incorporarse ala organización?


Si se detenía en el terreno de lo superficial podría encontrar esa respuesta en la serie de incidencias que lo condujeron a conocer a Víctor y a aceptar la influencia creciente que ejerció sobre él desde sus primeros contactos. Pero Alberto sabía que la verdad había que buscarla en otra zona más profunda de su naturaleza, porque conformarse con esa explicación simple era aceptar algo que siempre había rechazado: que el azar determinaba el destino de los hombres.


Mientras caminaba tras su guía, sonrió de pronto al recordar la conversación banal que había sostenido con Rafael, un año antes, en la estrecha habitación de la pensión de estudiantes que ambos compartían. Durante aquella conversación Rafael cometió inadvertidamente la indiscreción que reveló a Alberto la existencia de la organización.


Quién sabe por qué, Rafael pensaba en ese tiempo que Alberto ya pertenecía a ésta y mencionó de pasada su existencia. Aún podía repetir de memoria el diálogo:


“Creo que la J.R. es la salida correcta para la juventud”, había dicho Rafael en medio de una discusión general sobre la situación del país.


“¿La J.R.? ¿Qué es la J.R.?”, interrumpió Alberto.


“¿No lo sabes? ¿Acaso no perteneces a ella?


“No. Ni siquiera conocía de su existencia. Sospechaba que algo se tramaba en la Universidad, pero no tenia idea de que hubiese ya una organización. ”


“Sí, la hay. Se trata de una sociedad secreta como la Trinitaria, de la que uno no conoce más que a los integrantes de su célula. Pero, por favor, no sigamos con este tema. He cometido una indiscreción. Prométeme que no comentarás con nadie lo que te he dicho.”


“Tienes mi palabra, Rafael. Y tienes también algo más: mi solidaridad. Creo firmemente que los estudiantes universitarios tenemos que hacer algo frente a la tiranía que nos oprime. Sería una vergüenza continuar como hasta ahora...”


“No se trata solamente de los estudiantes, Alberto. Ni es tampoco la tiranía la única cosa que es preciso destruir. ”


En aquel tiempo las concepciones políticas de Alberto eran demasiado simples como para no asombrarse de las palabras de su amigo.


“¿Qué quieres decir?”, inquirió sorprendido.


“La tiranía es sólo un instrumento. El verdadero enemigo está detrás de ella. ” “¿Trujillo un instrumento? No me hagas reír.”


Algo había interrumpido este diálogo, que inició el envolvimiento de Alberto en la organización. No obstante él sabía que, aunque Rafael no hubiera sido indiscreto en esa oportunidad, su incorporación a la lucha revolucionaria se habría producido de todas maneras, más tarde o más temprano, porque él ya tenía dentro de sí el germen que lo conduciría fatalmente a involucrarse en el proceso.


Un movimiento extraño de su guía, tratando de esquivar la rama de un almendro que se cruzaba en su camino, distrajo a Alberto de sus meditaciones. La interrupción lo llevó a observar con mayor atención al hombre que caminaba frente a él y de súbito sufrió un angustioso sobresalto porque ciertos detalles sueltos que no había registrado a pesar de haberlos visto recientemente, surgieron con plenitud en su conciencia y se articularon de repente formando un cuadro cerrado y coherente: esos zapatos que ahora apenas distinguía en la semioscuridad pero que había visto con precisión durante un breve instante a la luz del farol; esos enormes zapatos color marrón, con puntera abombada y suela herrada que sonaron ominosamente con duro sonido metálico cuando el hombre se le acercó en el lugar de la cita, eran los zapatos típicos de la guardia nacional. Esa voz áspera y cortante con que le había ordenado momentos antes que le siguiese, era la voz autoritaria y seca característica de las órdenes militares. Esos pasos uniformes que daba el desconocido con precisión cronométrica caminando frente a él, eran producto del hábito de las marchas militares. Esos hombros erguidos, esa posición erecta del torso y esa barbilla levantada con insolente desplante era la clásica postura del militar acostumbrado a mostrar su prepotencia en todo momento.


No podía ser otra cosa, se dijo Alberto: aquel hombre a quien se había confiado con tanta ingenuidad lo estaba llevando mansamente a una trampa. En algún lugar desconocido y solitario pero situado sin duda en la misma dirección hacia la que encaminaba entonces sus pasos, estarían los cómplices aguardando en la sombra su llegada para asesinarlo con la ayuda de quien lo iba conduciendo inexorablemente al matadero.


Impulsado por un profundo instinto de conservación, buscó en el suelo con los ojos agrandados de terror alguna piedra, algún trozo de madera, cualquier cosa que pudiera servirle para defenderse de la inminente agresión, pero nada vio a su alrededor que pudiese servir a ese propósito.


En aquel momento pensó en huir, mas una fuerza irresistible parecía atenacearle la voluntad obligándole a mantener la marcha a igual distancia de su verdugo. Se sintió de pronto abrumado por la fatalidad, incapaz de reaccionar, vencido de antemano por su destino.


Todavía tuvo tiempo descerrar un instante los ojos y de compadecerse a sí mismo antes de agacharse para pasar dócilmente tras su guía bajo la rama de un cerezo y encontrarse de pronto en el patio de tierra apisonada que rodeaba una humilde casita de madera. La luz inesperada de una bombilla colocada sobre la puerta de la vivienda lo deslumbró por un segundo pero no le impidió ver, erguida en el umbral, la figura familiar de Víctor que le esperaba con una sonrisa en los labios y los brazos abiertos.


Los camaradas se abrazaron estrechamente, pasaron al interior de la vivienda y ocuparon dos mecedoras en la pequeña estancia que servía de sala y comedor. El guía permaneció fuera, lo que estimuló a Alberto a confiarle a su compañero su reciente experiencia. Víctor se no con estrépito.


“Diego es una de las personas más confiables con que contamos”, dijo. “Pertenece a la organización desde su constitución. Es valiente como nadie y de probada lealtad revolucionaria. No le contaré que lo confundiste con un guardia porque eso no lo harta nada feliz. ”


La velocidad de la caída aumentó a la altura de las ramas más bajas del algarrobo por el efecto combinado de las leyes de la gravedad y la ausencia de obstáculos en esa etapa del descenso. Pero Alberto no tuvo conciencia de ese cambio de ritmo porque estaba demasiado concentrado en la observación de la figura imponente del cura, parado en el umbral de la puerta recién abierta, con la sotana abotonada hasta arriba y el rostro enrojecido por la presión del último botón sobre su cuello.


El padre Anselmo no era de estatura elevada pero parecía enorme desde el ángulo en que lo miraba Alberto, de rodillas en un rincón del oscuro cuarto de castigos. Con los brazos en jarras, la barbilla levantada agresivamente y la dura mirada rencorosa clavada en los ojos del niño, el cura habló con frases que parecían pasar con esfuerzo por entre los pálidos labios apretados.


“Espero que estas horas de castigo te habrán ayudado a aclarar tus confusiones. ¿Estás arrepentido de tus palabras?”


Al escucharlo, Alberto sentía casi físicamente todo el peso de la autoridad del colegio gravitar sobre sus hombros. Sin embargo, encontrando muy hondo dentro de sí mismo una fuerza secreta que le impulsaba a resistir, respondió entrecortadamente: “No tengo nada de qué arrepentirme. ”


“¿Que no tienes nada de qué arrepentirte?”, bramó el cura desorbitando los ojos y endureciendo la voz. “¿Has perdido tan pronto el temor a Dios? ¿Está tu alma tan envilecida que no sabes discernir el bien del mal? ¿Queya no tienes noción de lo que es un pecado?”


Alberto sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas sin poder evitarlo, pero apretó los labios con firmeza y trató de contenerlas con bravura. En el Ínterin, haciendo un evidente esfuerzo por serenarse, el cura dio algunos pasos dentro de la habitación después de haber cerrado la puerta tras de sí. Se enjugó la frente con un pañuelo que sacó del bolsillo de su sotana y se sentó en la silla en que se apoyaba el niño, aún de rodillas.


“Compréndeme, Alberto —dijo con voz ahora suave y pausada—, estoy aquí para ayudarte a salir de un error. Cuando se tiene la edad que tú tienes uno se siente inclinado a actuar sin haber pensado lo suficiente en las consecuencias de sus actos. Yo tengo muchos años más que tú y he adquirido la experiencia necesaria para juzgar las cosas con serenidad y no dejarme llevar por los impulsos. Por eso puedo hablarte como un padre a su hijo.”


Hizo una pausa y miró al niño de reojo: “¿Conoces la historia de la gallinita imprudente que oyó caer al río una rama de árbol y, sin comprobar lo que había sucedido en realidad, salió corriendo y gritando a los cuatro vientos que el cielo se estaba cayendo a pedazos, provocando con ello un pánico general entre todos los animales de la comarca? Está en tu texto de moral y la leeremos en clase próximamente. La moraleja de esa historia es que no deben sacarse conclusiones apresuradas sobre hechos o situaciones que no se conocen completamente. Tú has actuado en esa forma temeraria. Sin conocer a fondo los hechos, te has lanzado a hacer una acusación gravísima contra el colegio y sus autoridades. ”


Alberto escuchaba en silencio mientras trataba de contener las lágrimas. “Creo, padre Anselmo —dijo— que cumplí un deber al denunciar una cosa que está mal hecha. No estaba tratando de perjudicar al colegio cuando le dije lo que hacía el padre Damián. Cómo perseguía a los alumnos en los pasillos y los manoseaba en los rincones cuando tenía la oportunidad...”


La interrupción del cura fue tajante: “¿Te hizo algo a ti, personalmente? ¿Viste con tus propios ojos que molestaba a algunos de los alumnos?”


“No, pero varios compañeros sí lo vieron. ”


“¿Cómo lo sabes?”


“Porque ellos me lo dijeron. ”


“¿Ves?”, exclamó el cura. “Te has hecho eco de calumnias y eres más culpable todavía que los que inventaron esas calumnias, porque ellos no hicieron más que comentarlas en conversaciones íntimas mientras que tú has traspasado ese límite, pretendiendo utilizar la maledicencia para desacreditar a tus profesores y trastornar el orden establecido en el colegio. Tu pecado es el orgullo, un orgullo desmedido que te ha arrastrado hasta el extremo de enlodar la reputación de tus maestros, de los que se han desvivido por proporcionarte instrucción y enseñarte los principios de nuestra santa religión.”


“Pero, padre Anselmo —osó decir Alberto aprovechando la pausa que siguió a las últimas palabras del cura—, yo no le dije nada en contra de los otros maestros. Sólo le hablé del padre Damián y de las cosas malas que hace. ¿No es mejor para el colegio saber que esas cosas pasan y corregirlas que cerrar simplemente los ojos y dejar que todo siga como está?”


El enojo del cura crecía a medida que avanzaba la intervención de Alberto. “¿Ves lo que te decía hace un momento? Eres un orgulloso sin remedio, incapaz de aceptar con humildad cristiana el lugar que te corresponde en la vida, y piensas que eres superior a los demás. ¿Con qué derecho —agregó alzando la voz— un infeliz chiquillo puede pretender manchar la reputación de personas que son muy superiores a él, de personas que, además, por su investidura religiosa, están muy por encima de las insinuaciones malévolas de cualquier mequetrefe.?”


Un rapto de rebeldía impulsó a Alberto a interrumpir la perorata del cura. “Esa sotana no debe servir para esconder cosas malas”, dijo con firmeza.


El padre Anselmo palideció de rabia. “Este hábito —gritó sacudiéndose con la mano las faldas de la sotana— merece respeto, sobre todo de quienes, como tú, no son dignos siquiera de llevar el nombre de cristianos...” Y arrastrado por la fuerza de sus propias palabras, perdida ya toda compostura, el cura agarró a Alberto por el cuello con la mano derecha y torciéndole la cabeza hacia abajo en dirección al borde inferior de su sotana ordenó con voz histérica: “¡Bésala, carajo, bésala, bésala!”, acompañando sus palabras con tirones cada vez más crueles del cuello del niño.


Alberto, con los ojos cerrados y los labios fuertemente apretados resistió con firmeza la afrenta, sin permitir que su rostro tocara el hábito del cura. Este, jadeante, abandonando finalmente su intento, empujó con rudeza al niño que cayó al suelo. “No quiero verte más en el colegio. Recoge tus libros y lárgate de aquí”, vociferó mientras salía de la estancia dando un portazo.


En la etapa final de su largo viaje hacia la tierra, cuando la crecida maleza que rodeaba el algarrobo comenzaba a acariciarle la frente, un segundo antes de que todo su cuerpo se aplastase como una masa informe sobre las raíces del árbol, Alberto estaba en cuclillas concentrado en la tarea de desatar los tres paquetes colocados junto a él en el suelo de su habitación. Era muy temprano en la mañana de aquel día de enero y el aire fresco que penetraba por la ventana abierta hacía tiritar su cuerpo, apenas cubierto con el delgado género de su pijama infantil.


El primero de los paquetes reveló su contenido después de una breve lucha victoriosa con las cintas y los papeles de colores que lo envolvían. Era un hermoso tambor de latón pintado de rojo con sus dos palillos de madera formando una cruz sujeta con esparadrapos sobre una de sus caras.


Poniendo a un lado el juguete dedicó su atención al segundo bulto: se trataba de una caja repleta de soldaditos de plomo, en los que unos eran de infantería, otros de caballería y los menos de artillería. Había, además, muchas clases de armas, entre ellas cañones, fusiles, sables y pistolas.


El tercero y último paquete encerraba sin duda el regalo más importante: todo un complicado sistema ferroviario con locomotoras, vagones, rieles desarmables y casetas para los guardavías.


Alberto desplegó frente a sí todas las piezas del sistema y luego se dedicó a armarlas pacientemente. Primero ensambló unas con otras las diferentes partes de los rieles formando a su alrededor una figura que remedaba la pista de un hipódromo y distribuyendo a lo largo de ella las casetas de los guardavías. Después unió la locomotora con uno de los vagones y los restantes entre sí colocando cuidadosamente el conjunto sobre la vía férrea. Se puso de pies para observar mejor el resultado.


Ahora faltaba descubrir el mecanismo para poner en movimiento el ferrocarril porque en algún lugar de aquel complejo conjunto debía haber alguna palanquita escondida que sería capaz de operar el milagro.


Pero Alberto no la encontró y, después de algunas tentativas infructuosas, desvió su atención hacia el tambor. Tornó los palillos y produjo un torpe redoble sobre el círculo de latón que no le produjo placer alguno.


En vista de ello abandonó el tambor y los palillos y se concentró en los soldaditos de plomo. Distribuyó las piezas en dos grupos asignando a cada uno igual número de soldados a pie y a caballo e idénticas piezas de artillería, así como del resto de las armas disponibles. De inmediato alineó ambos ejércitos, uno en frente del otro, poniendo a la vanguardia las respectivas caballerías, la infantería en el medio y los cañones en la retaguardia.


Se imaginó entonces una batalla campal cuyo desarrollo indicó moviendo de uno a otro lado los diferentes componentes de los ejércitos y remedando con la voz el estampido de los disparos y el galope de los caballos, mientras tumbaba con el dedo algunos de los combatientes. Pero al cabo de pocos minutos perdió también interés en este juego. Barrió con las manos el equipo bélico y los supervivientes de la batalla, se incorporó y caminó hacia el pequeño armario que estaba en un rincón de la habitación, abrió la puerta y tomó del tramo inferior de éste una enorme caja de cartón.


Volvió entonces sobre sus pasos, empujó con el pie los soldaditos, las armas, el tambor y el ferrocarril hasta amontonarlos en un rincón y se sentó en el centro de la pieza colocando la caja frente a él. Con gran solemnidad, como cumpliendo una ceremonia sagrada, la destapó lentamente y dejó al descubierto su contenido. La caja estaba llena hasta el tope de semillas de flamboyán. Miles de ellas, amontonadas unas con otras en una masa oscura y compacta como resultado de una paciente y larga labor de recolección.


Entrecerró los ojos y sumergió las manos en el conjunto y lo acarició con fruición dejando que los granillos resbalasen por el dorso y la palma, estremeciéndose de placer al roce suave y terso de las pequeñas semillas sobre su epidermis. Luego tomó un puñado de ellas, levantó un poco el brazo y entreabriendo los dedos dejó que cayesen poco a poco en la caja, en una dulce cascada levemente sonora que humedecía de placer cada milímetro de su mano. Y una y otra vez realizó el rito reviviendo el mismo goce hasta que la voz de la madre a sus espaldas lo sacó con brusquedad de su éxtasis.


“¿Qué le han traído los Reyes Magos a mi niño? ¿Eh?... Vamos a ver”, y arrodillándose junto a Alberto y rodeándole el cuello con su brazo lo besó en la mejilla mientras sus ojos se posaban primero en las semillas de flamboyán y después en los juguetes amontonados en desorden en el rincón.


“¿No te han gustado tus regalos?”, agregó sin transición, sacando una conclusión lógica de lo que veían sus ojos.


“Sí, mamá, me han gustado mucho... Pero tienes que explicarme cómo funciona el trencito. No sé como ponerlo a correr. ”


Mientras hablaba, Alberto tapó con precipitación la caja de las semillas y la cubrió celosamente con ambos brazos.


“Debe funcionar con baterías. ¿No te fijaste si estaban en el envoltorio cuando lo desataste?”


“No, mamá, no estaban. ”


“Entonces las compraremos. Seguramente a los Reyes se les olvidó ese detalle. ”


“Pero —intervino Alberto con extrañeza— a los Reyes no puede olvidárseles nada, porque ellos son como Dios, que lo sabe todo, ¿no es verdad?”


“Sí, es verdad. Es bien raro que haya sucedido esto, Pero no importa, puedes jugar hoy con tus otros juguetes y mañana conseguiremos la batería. ¿Por qué no vas donde José Ernesto y le enseñas tus soldaditos y el tambor? Podrían jugar juntos y él tendrá seguramente otros regalos de Reyes que mostrarte. ”


“No, mamá, quiero jugar con Luisito. No me gusta José Ernesto. ”


“¿Que no te gusta José Ernesto? ¿y por qué?”


“José Ernesto no es bueno, mamá. Ayer mismo le cayó a golpes y botó de su casa a Luisito. ”


“Algo debió hacerle Luisito. José Ernesto es un niño muy bien educado. ”


“No le hizo nada. Luisito y yo acabábamos de llegar y tan pronto lo vio, José Ernesto se le fue encima y le pegó con los puños en la cara y le dijo que se fuera y no volviera nunca a su casa.”


La madre de Alberto pensó un rato antes de responder. 


“José Ernesto hizo mal, sin duda. No debió usar la violencia, pero tal vez tuvo razón en echar a Luisito.”


“¿Por qué?” inquirió Alberto asombrado.

“Por la misma razón con que ahora yo te digo que no debes jugar más con él. Porque no es un compañero para ti ni para José Ernesto.”


“Pero es mi amigo y me gusta estar con él. ”

“Luisito no tiene maneras. Sus padres no le han dado educación. Recuerda que no es más que el hijo de una negra cocinera que está a nuestro servicio. A ustedes no les conviene su compañía porque nada bueno podrán sacar con ella.”


Alberto bajó la cabeza y meditó un rato sobre la respuesta de su madre. Deseaba comprender sus razones, pero no podía.


“¿Qué importa que sea hijo de una cocinera o que sea negro?”, dijo al fin. “Cuando estoy con él no pienso en su madre ni le miro el color. ”


“Pues ya es tiempo de que vayas prestando atención a esas cosas”, advirtió la madre. Y, después de una corta pausa, agregó: “Mira, mi hijo, el mundo ha sido creado en esa forma y tenemos que aceptarlo como es. No es cierto que todos los que lo habitan son iguales y nosotros, los que somos mejores, debemos agradecer a Dios que nos haya colocado en este lado de la raya. Aunque ahora pueda parecerte injusta esa situación, cuando crezcas y madures te convencerás de que es inevitable y nada podemos hacer para cambiarla. José Ernesto y su familia también están de este lado, Luisito y la suya están del otro y esa raya no debe ser traspasada. Así lo ha querido Dios y así será siempre. ”


El asombro de Alberto crecía a medida que escuchaba las palabras de su madre.


“Pero Dios no puede querer eso”, adujo. “Dios es bueno y no podría castigar a una gran parte de la gente obligándolas a vivir siempre como sirvientes de los demás. ”


“Dios sabe lo que hace y aunque su decisiones puedan a veces parecemos injustas, tienen siempre una explicación”, sentenció la madre.


Alberto permaneció un rato en silencio y luego resignadamente aceptó. “Está bien, mamá. Iré a casa de José Ernesto, pero antes quiero enseñarle mis regalos a Luisito y ver lo que los Reyes le trajeron a él. ”


“No creo que los Reyes le hayan traído regalos a Luisito, seguramente se portó mal”, opinó de pasada la mujer mientras salía de la habitación sin mirar a su hijo.


Alberto quedó solo, entregado a sus pensamientos, incapaz de comprender pero oscuramente consciente de que algo muy importante andaba mal, porque si de alguna cosa estaba él seguro era de que Luisito había sido un niño bueno todo el año. Ayudaba a su mamá en el trabajo levantándose de madrugada cada día para acarrear el agua del pozo y llevarla a la cocina. En los días en que se despertaba temprano, Alberto lo veía por la ventana de su habitación cargando los enormes cubos llenos de agua, demasiado pesados para sus escasas fuerzas y que hacían bambolear cómicamente su escuálida figurilla durante sus caminatas a través del patio, en cuyo extremo el algarrobo rompía con su humildad plebeya la aristocrática monotonía de los flamboyanes. Después acompañaba a su madre al mercado y la ayudaba en el transporte de las grandes fundas que se almacenaban en la despensa de la casa. Y todavía le tocaba hacer uno que otro recado antes de ir a la escuelita del barrio al tiempo que Alberto salía para el colegio católico.


Cuando regresaba a la casa por las tardes encontraba a Luisito regando las flores, desyerbando el patio o haciendo algunas otras tareas en el jardín y sólo al anochecer tenían oportunidad los niños de jugar un rato juntos bajo el algarrobo. Nunca había visto Alberto a Luisito cometer una mala acción, ni ser desobediente, ni tener ningún otro signo de rebeldía. Por el contrario, siempre estaba de buen humor y dispuesto a cumplir con alegría cualquier cosa que le pidiesen. ¿Cómo era posible, entonces, que los Reyes no le hubiesen traído regalos cuando a él, que no había sido tan bueno con los demás, le habían obsequiado el tambor, los soldaditos y el ferrocarril?


La única respuesta que se le ocurrió a esa pregunta fue la de que la desigualdad que su madre acababa de informarle que existía en el mundo no se limitaba a éste sino que se extendía también al cielo. Pero esa respuesta, a su vez, lo llevaba a hacerse otra pregunta, aún más difícil: ¿Cómo era posible que Dios dispusiera que en su propio reino hubiera injusticias?


En verdad, no le era posible entender lo que pasaba, pero una firme decisión fue tomando forma dentro de él tan pronto reparó en que conservaba todavía en sus manos la caja de cartón que contenía el más maravilloso de sus tesoros. Sin medir la importancia de la acción que se proponía realizar, ajeno por completo a la idea de que aquel acto pueril marcaría para siempre la trayectoria de su vida y sería la raíz de donde crecería todo lo demás, Alberto colocó bajo su brazo la caja y salió en busca de su amiguito porque había decidido que la colección de semillas de flamboyán iba a ser el regalo de Reyes de Luisito.


Al momento de disparar, el sargento Sención no tenía ninguna idea de cuál era su objetivo. Sólo había visto —o creído ver— un breve aleteo de hojas cerca de la copa del algarrobo que levantaba su imponente estructura hasta más allá del tope mismo del cerro a cuya ladera se había detenido brevemente la patrulla que comandaba. Sólo un minúsculo remezón en las hojas más altas, que sobrepasaban el borde de la planicie que remataba el cerro y que debía extenderse en terreno llano más allá del alcance de su visión. Un perfecto lugar, se dijo, para que algún francotirador enemigo pudiera convertirlo fácilmente en una trampa mortal.


Pero no era él quien iba a dejarse coger desprevenido. No le pasaría lo que le sucedió a la docena de compañeros heridos o muertos que había visto con sus propios ojos en el puesto de socorro improvisado en las afueras del pueblo, camino del campo de batalla. Tenía demasiado vivo el recuerdo de aquellos cuerpos ensangrentados y de aquellos ojos desorbitados por el terror para permitirse ninguna imprudente negligencia.


“Estos comunistas parecen brujos”, le había advertido la noche anterior un compañero de armas, el sargento Montero. “Ayer teníamos a un grupo completamente rodeado en un bajío, a la vera de una cañada. La aviación había saturado la zona con bombardeos por más de dos horas y no debió haber quedado uno solo vivo, pero cuando fuimos a rastrear el lugar no encontramos más que dos culebras y cuatro puercos cimarrones. Los comunistas se habían esfumado como el humo. Y te aseguro que teníamos todos los accesos bloqueados. No me explico cómo lo hacen, a menos que tengan arreglos con el diablo. ”


Al oír esto, el sargento Sención había recordado lo que le dijo un soldado herido en el puesto de socorro: “Teníamos a uno de ellos acorralado en un bohío. Le tiramos como doscientos tiros y las balas le rebotaban en el cuerpo. Se nos fue caminando, despacito, entre las lomas. ”


Pero ahora el sargento tenía algo más que habladurías para justificar la creencia de que aquellos comunistas estaban protegidos por el diablo, porque habían desaparecido también de la zona que acababa de explorar con sus hombres. Y, sin embargo, el informe de las patrullas de reconocimiento había sido preciso: un grupo de ocho guerrilleros estaba acampado esa mañana en el claro, junto al algarrobo que crecía a la vera del cerro. Más de trescientos soldados acordonaron el área bloqueando todos los accesos para nada: no habían encontrado ni uno solo de ellos.


“Son cosas que no tienen explicación ”, acababa de decirse a sí mismo el sargento cuando observó de soslayo el extraño movimiento en la copa del algarrobo. Así que, sin pensarlo dos veces, levantó su sancristóbal y disparó al bulto. El estampido alborotó algunos pájaros dispersos y liberó el rebuzno prolongado de un asno que pastaba del otro lado del cerro. Pero el sargento Sención no estaba atento a esos resultados remotos del estampido, porque todos sus sentidos se mantenían en concentrada vigilancia de las ondulaciones que observaba en las hojas de la copa del algarrobo y en el sonido de ramas quebradas que había comenzado un poco más abajo de aquélla y se prolongaba hacia el suelo cada vez más cerca de la tierra.


Aunque el cerrado follaje del árbol le impedía una observación directa, esos indicios bastaron para que el sargento Sención supiese que había hecho blanco y le permitió adivinar el curso de la caída de su presa a lo largo del alto tronco del árbol, apenas interrumpida durante brevísimos lapsos por la resistencia de las más gruesas de las ramas que encontraba a su paso.


Un golpe seco sobre las raíces invisibles del algarrobo avisó al Sargento que su presa había alcanzado el nivel del suelo y se hallaba inmóvil, a pocos pasos de distancia, oculta en la yerba crecida que rodeaba el tronco. Sin proferir palabras, con un breve gesto de la mano derecha, designó un par de soldados para que fueran a identificar el objetivo.


Avanzando cuidadosamente, con las armas automáticas prestas a disparar y la vista fija en la copa del árbol, los dos hombres se acercaron al tronco separando a su paso con las culatas de los fusiles la cerrada maleza que se interponía a su paso.


La exploración fue larga y minuciosa. Desde su posición el sargento Sención observaba a sus hombres rastrear concienzudamente los alrededores del algarrobo, detenerse durante un buen rato con las miradas clavadas en un solo punto, rascarse con azoramiento las cabezas y retornar lentamente hasta él con un informe inverosímil:


“Lo que cayó de la mata fue un carajito que no podía tener fuerza ni pa' cargar la mochila que llevaba, cont'imá el fusil.. Y, otra cosa, sargento, vimo un montón de semilla de flamboyán regá por el suelo, ¿de dónde habrán salío si esta mata ejun algarrobo?”


Sin responder, el sargento Sención se dirigió solo al pie del árbol para comprobar personalmente la veracidad del informe.

Allí, con el torso y las piernas formando entre ellos un ángulo absurdo, con los brazos abiertos en cruz, el cráneo aplastado y deforme, el rostro cubierto de sangre y la mirada inmóvil vuelta hacia el cielo impasible, un niño de apenas ocho años, absurdamente vestido con el uniforme de campaña de un adulto y rodeado de un mar de semillas dispersas de flamboyán, le sonreía con la sonrisa petrificada y final de los muertos.

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