Cuando Ramón Leonardo comenzó a conquistar un lugar preferencial en la radio dominicana, yo me encontraba preso, cumpliendo una condena de cuatro años como consecuencia de mis luchas en mi condición de dirigente estudiantil del Grupo FRAGUA de la Universidad Autónoma de Santo Domingo.
Pero las cárceles no siempre consiguen encerrar las voces.
A través de una pequeña radio portátil que manteníamos clandestinamente, escuchábamos aquellas canciones que comenzaban a circular por el país cargadas de inconformidad, esperanza y rebeldía. Entre aquellas voces sobresalía la de Ramón Leonardo.
Yo lo escuché primero desde detrás de los barrotes.
Sus canciones llegaban hasta nosotros cuando el país vivía todavía bajo el peso de la represión política de los doce años de Joaquín Balaguer. Eran tiempos en que cantar determinadas cosas podía ser también una forma de militancia; una canción podía transformarse en denuncia, en memoria o en desafío.
Por eso, cuando recuperé mi libertad, el 28 de octubre de 1974, y supe que la Central General de Trabajadores (CGT) preparaba un gran encuentro internacional de la Nueva Canción, sentí inmediatamente que aquel acontecimiento también me pertenecía.
Había salido de prisión apenas unas semanas antes.
Me incorporé de inmediato, como colaborador, a los trabajos organizativos de aquel encuentro que llevaría por nombre Primer Encuentro Internacional de la Nueva Canción: Siete Días con el Pueblo, y que terminaría convirtiéndose en uno de los acontecimientos culturales y políticos más trascendentes de la República Dominicana contemporánea.
Balaguer abrió una puerta que después no pudo cerrar
El gobierno de Joaquín Balaguer permitió la realización del Festival procurando probablemente ofrecer una imagen de cierta apertura política.
Pero no pareció prever la extraordinaria dimensión que aquel acontecimiento alcanzaría ni el impacto político y emocional que produciría sobre una sociedad que acumulaba demasiados muertos, demasiadas cárceles, demasiadas ausencias y demasiadas heridas abiertas.
Estaba todavía fresco el fusilamiento del coronel Francisco Alberto Caamaño Deñó, principal figura militar de la Revolución Constitucionalista de Abril de 1965, junto a varios de sus compañeros de la expedición guerrillera de Playa Caracoles.
Permanecía también en la memoria colectiva el cuádruple crimen de Los Palmeros, encabezados por Amaury Germán Aristy, abatidos después de un largo combate frente a un enorme despliegue militar y policial.
A esos acontecimientos se sumaban los presos políticos, los desaparecidos, los asesinatos de dirigentes revolucionarios y populares y la represión contra estudiantes, obreros y campesinos.
Y, pocos días antes de comenzar el Festival, había sido asesinada la dirigente campesina Florinda Soriano, Mamá Tingó, cuyo crimen produjo una profunda indignación nacional.
Sobre ese terreno político y emocional cayó Siete Días con el Pueblo.
El gobierno había autorizado un festival musical.
Lo que recibió fue una multitud cantando.
La idea sindical que se convirtió en acontecimiento nacional
La iniciativa había surgido de la Central General de Trabajadores, con el propósito de recaudar recursos para fortalecer la organización y las luchas del movimiento obrero.
Entre los principales responsables de llevar aquella idea a la realidad estuvieron Enrique de León, quien en aquella ocasión representaba a la Asociación Dominicana de Profesores dentro del movimiento sindical; Nélsida Marmolejos, destacada dirigente vinculada particularmente a los trabajadores azucareros, y Cholo Brenes, reconocido empresario y promotor artístico.
Esa tripleta cargó sobre sus hombros una parte fundamental de la organización.
Enrique de León me contó posteriormente que la inspiración provenía, en parte, de experiencias que había conocido durante viajes por Europa, donde organizaciones sindicales realizaban grandes actividades culturales para obtener recursos destinados a las luchas de los trabajadores.
Había participado en España en eventos de esa naturaleza y, junto al sindicalista Fernando de la Rosa, viajó también a Ginebra, Suiza, donde tuvo oportunidad de conocer a la legendaria dirigente comunista española Dolores Ibárruri, La Pasionaria.
De aquellas experiencias regresó convencido de que en República Dominicana podía hacerse algo semejante.
Y se hizo.
Nuestra casa también fue parte del Festival
Mi compañera Emna Méndez de Bujosa se incorporó conmigo a aquella formidable experiencia de solidaridad.
Vivíamos entonces en el Ensanche Los Prados, en Santo Domingo, y nuestra casa pasó a formar parte de la extensa red de hogares que abrieron sus puertas para recibir a los artistas extranjeros.
Allí hospedamos al cantautor puertorriqueño Antonio Cabán Vale, El Topo, y a uno de los jóvenes músicos del grupo venezolano Los Guaraguao.
A nosotros nos correspondió, además, ir al aeropuerto a recibir a nuestros huéspedes.
Pero no fuimos los únicos.
Muchas familias dominicanas cedieron habitaciones, transportaron artistas, compartieron sus alimentos y convirtieron sus hogares en espacios de confraternidad.
El periodista Orlando Martínez, quien sería asesinado pocos meses después, hospedó en su residencia al cantautor español Víctor Manuel y a su esposa Ana Belén.
Como aquellas hubo muchas otras casas.
Eso permite comprender mejor lo que verdaderamente fue Siete Días con el Pueblo.
No fue solamente una sucesión de conciertos.
Fue una gigantesca movilización solidaria.
Ocurrió sobre los escenarios, pero también alrededor de las mesas familiares, en los aeropuertos, en los vehículos particulares que transportaban artistas, en las conversaciones nocturnas y en los hogares que se abrieron espontáneamente para recibir a quienes habían venido a cantarle al pueblo dominicano.
Siete días a casa llena
El Festival comenzó el lunes 25 de noviembre de 1974 y se extendió durante siete intensas jornadas.
Su principal escenario fue el Estadio Olímpico de Santo Domingo, aunque también se realizaron presentaciones en Santiago, San Pedro de Macorís y espacios culturales como Casa de Teatro.
La entrada al Estadio Olímpico costaba apenas un peso, permitiendo la asistencia masiva de sectores populares.
Durante aquellos días desfilaron algunas de las voces más importantes de la Nueva Canción latinoamericana y española.
De Cuba llegaron Silvio Rodríguez y Noel Nicola.
De Puerto Rico, Danny Rivera, Lucecita Benítez, Antonio Cabán Vale —El Topo— y otros intérpretes.
De Argentina llegó la formidable Mercedes Sosa, cuya presencia se convirtió en uno de los grandes acontecimientos del encuentro.
De Venezuela participaron Los Guaraguao, agrupación que ya había conquistado enormes simpatías entre los jóvenes dominicanos por el contenido social de sus canciones.
Desde España llegaron Víctor Manuel, Ana Belén y Pi de la Serra.
Cada artista traía su propio repertorio y su propia historia.
Pero todos terminaron cantando dentro de una misma atmósfera.
Una atmósfera de solidaridad y libertad.
Entre quienes conquistaron mayores aplausos estuvieron Danny Rivera, Silvio Rodríguez, Noel Nicola, Los Guaraguao, Mercedes Sosa, Víctor Manuel, Pi de la Serra, Lucecita Benítez y El Topo.
Mercedes Sosa, con aquella voz continental que parecía contener todos los dolores y esperanzas de América Latina, logró una identificación extraordinaria con el público dominicano.
Víctor Manuel estremeció también a los asistentes con canciones de profundo contenido humano y social.
Pero aquel Festival no perteneció solamente a las grandes figuras internacionales.
La República Dominicana tenía ya sus propias voces.
Y una de ellas ocupaba un lugar muy especial.
Ramón Leonardo: la voz que también conoció la cárcel
Ramón Leonardo Blanco Quesada provenía de una familia en la cual la sensibilidad artística parecía formar parte de la herencia.
Su madre, Aglae Quesada, había sido primera voz del Dueto Apolo; su padre, Leoncio Blanco, además de comerciante, era reconocido como un fino declamador en las tertulias de su época.
También existía una importante tradición musical familiar a través de sus tíos Baby Quesada y Ramón Quesada, vinculados profesionalmente a la música.
Pero la formación de Ramón Leonardo no fue exclusivamente musical.
Su conciencia social comenzó a desarrollarse en la pastoral juvenil de Santiago, primero en los llamados cursillos de vida y posteriormente en actividades de formación relacionadas con la doctrina social de la Iglesia en CEFASA, Centro de Formación Social y Agraria, junto a sacerdotes jesuitas.
Esa combinación entre sensibilidad artística, formación cristiana y conciencia social contribuiría a definir la orientación que tomaría posteriormente su carrera.
Ramón debutó profesionalmente el 5 de abril de 1970, cuando apenas tenía 22 años.
Canciones como “Todos somos iguales” y “Juventud” comenzaron a mostrar que aquel joven cantante poseía inquietudes que iban mucho más allá de la canción romántica.
Y, ciertamente, Ramón Leonardo podía cantarle al amor.
Lo hizo con enorme éxito.
Grabó canciones románticas que conquistaron la radio y el gusto popular.
Pero decidió también cantarle a su tiempo.
Sus primeras canciones sociales contribuyeron al nacimiento del grupo Expresión Joven, uno de los movimientos fundamentales de la canción comprometida dominicana.
En aquella experiencia tuvo igualmente una importancia extraordinaria Francisco Antonio “Chico” González, autor de letras que encontraron música y voz en Ramón Leonardo.
Y cantar aquellas cosas durante los años de Balaguer tenía consecuencias.
Ramón Leonardo fue encarcelado en varias ocasiones y llegó a encontrar obstáculos para entrar en distintas ciudades donde tenía programadas actuaciones.
Su canto había dejado de ser considerado simplemente entretenimiento.
Para determinados sectores del poder se había convertido en protesta.
Por eso sería reconocido posteriormente como una de las figuras fundadoras y emblemáticas de la canción social y de protesta dominicana.
Ese dato posee para mí una significación muy particular.
Mientras Ramón comenzaba a conquistar un espacio cada vez mayor en la radio nacional, yo me encontraba cumpliendo una condena de cuatro años por mis actividades como dirigente estudiantil de FRAGUA.
Desde la cárcel lo escuchábamos a través de aquella pequeña radio portátil que manteníamos clandestinamente.
Él cantaba afuera.
Nosotros escuchábamos adentro.
Pero pertenecíamos, desde trincheras diferentes, a una misma época de persecución y resistencia.
Y entonces llegó Siete Días con el Pueblo.
Hay un detalle extraordinariamente simbólico: Ramón Leonardo no pudo participar en la apertura del Festival porque se encontraba preso.
¡Qué paradoja!
El más grande acontecimiento de la canción por la libertad que había conocido el país comenzaba mientras una de sus principales voces dominicanas estaba privada de ella.
Eso dice mucho del país en que vivíamos.
Y explica por qué, cuando Ramón pudo integrarse al Festival, sus canciones poseían un significado que trascendía completamente el espectáculo.
No era solamente un cantante interpretando canciones políticas.
Era un hombre que había sufrido personalmente las consecuencias de cantarlas.
Entre aquellas piezas estaban “Abran las rejas”, “Soldado”, “Universidad” y una que alcanzaría una permanencia extraordinaria en la memoria nacional:
“Francisco Alberto, caramba…”
Aquella canción, surgida de la colaboración creadora con Chico González, encontró en la voz de Ramón Leonardo una fuerza formidable.
Caamaño había sido fusilado apenas un año y algunos meses antes.
Todavía su muerte no pertenecía a la historia distante.
Era una herida abierta.
Para quienes habíamos combatido en Abril, Francisco Alberto Caamaño no era un personaje de los libros.
Era nuestro comandante constitucionalista.
Era el hombre que había encabezado la resistencia frente a la intervención militar norteamericana.
Era una memoria demasiado cercana.
Por eso, cuando Ramón Leonardo comenzaba:
“Francisco Alberto, caramba…”
la multitud respondía.
Aquello dejaba de ser una interpretación individual.
El Estadio entero parecía cantar.
Con el paso de los años, la pieza terminaría convertida en una especie de himno popular dedicado a la memoria de Caamaño.
Y allí encuentro uno de los grandes méritos históricos de Ramón Leonardo:
contribuyó mediante la canción a mantener vivos nombres y acontecimientos que determinados sectores hubieran preferido condenar al silencio.
Cantó a Caamaño.
Cantó a los presos.
Cantó a la universidad.
Cantó a los soldados.
Cantó a la juventud.
Y pagó personalmente el precio de hacerlo.
Por eso su presencia dentro de Siete Días con el Pueblo no puede valorarse solamente por la cantidad de aplausos recibidos.
Ramón Leonardo representaba algo mucho mayor:
la canción dominicana que había conocido la censura, la persecución y la cárcel, pero que seguía cantando.
Quizás por eso su historia siempre me ha resultado tan cercana.
Yo lo había escuchado estando preso.
Él también conoció la prisión.
Y terminamos encontrándonos en aquella formidable explosión de libertad que fue Siete Días con el Pueblo.
Dos historias diferentes unidas por una misma época:
la del militante estudiantil encerrado por luchar,
y la del cantor perseguido por cantar.
Expresión Joven, Nueva Forma y Convite
Ramón Leonardo era una figura sobresaliente de Expresión Joven, agrupación en la que participaron también Manuel de Jesús y Chico González, entre otros jóvenes artistas.
Pero la representación dominicana fue mucho más amplia.
Participó también Nueva Forma, con figuras como Sonia Silvestre, Víctor Víctor y Claudio Cohen, además de músicos como el guitarrista José Oviedo.
Sonia comenzaba ya a revelar aquella impresionante presencia escénica y aquella voz que posteriormente la convertirían en una de nuestras mayores intérpretes.
Víctor Víctor aportaba una sensibilidad especial que marcaría posteriormente toda su trayectoria creadora.
Otro de los grandes acontecimientos fue la participación de Convite, agrupación fundada por el sociólogo y folklorista Dagoberto Tejeda.
Allí estuvieron figuras como Luis Días, Ana Marina Guzmán, José Rodríguez, José Castillo Méndez, Iván Domínguez, Miguel Mañaná, Enrique Trinidad y Roldán Mármol, entre otros músicos, investigadores e intérpretes.
Convite realizó algo extraordinario:
volvió los ojos hacia nuestras raíces.
Rescató y proyectó expresiones musicales que permanecían desconocidas o relegadas para buena parte de los dominicanos:
la salve, los palos, el pri-prí, el bambulá, la sarandunga, los congos y el gagá.
Allí comenzaba a revelarse con fuerza la extraordinaria dimensión de Luis Días, músico, compositor, investigador y creador que posteriormente realizaría aportes fundamentales a la música popular dominicana.
Canciones como “Coplas del viento” y otras composiciones vinculadas a aquella experiencia mostraban que la renovación de la música dominicana podía surgir precisamente del reencuentro con nuestras raíces.
Convite no solo cantaba protesta.
Investigaba la identidad.
Johnny Ventura le canta a Mamá Tingó
Uno de los momentos más estremecedores correspondió a Johnny Ventura.
La dirigente campesina Mamá Tingó acababa de ser asesinada.
Su muerte había producido indignación nacional.
Johnny Ventura presentó en el Festival un merengue dedicado a aquella mujer que había entregado su vida defendiendo el derecho de los campesinos a la tierra.
El impacto fue enorme.
Porque el público comprobó que incluso el merengue, nuestra música popular por excelencia, podía convertirse en vehículo de denuncia social.
Mamá Tingó entraba así en la memoria musical del pueblo dominicano.
Cuco Valoy y “Página Gloriosa”
Otra de las actuaciones dominicanas que provocó una respuesta extraordinaria fue la de Cuco Valoy, particularmente con “Página Gloriosa”.
Su interpretación conectó profundamente con el sentimiento patriótico que atravesaba aquellas jornadas.
Así, desde géneros y sensibilidades diferentes, Ramón Leonardo, Johnny Ventura, Cuco Valoy, Sonia Silvestre, Víctor Víctor, Luis Días y las agrupaciones dominicanas demostraron que nuestra música no llegaba al Festival como acompañante menor de las grandes figuras extranjeras.
Llegaba con personalidad propia.
Y llegaba cargada de historia.
Mucho más que música
El Festival tuvo también una extraordinaria dimensión plástica, universitaria y cultural.
Antes de que comenzaran los grandes conciertos se había desarrollado una intensa actividad de promoción mediante exposiciones itinerantes que recorrieron diversos lugares del país.
En ellas participaron importantes artistas plásticos dominicanos que exhibían sus obras y ofrecían conferencias y conversatorios.
La organización de esas actividades estuvo vinculada a integrantes del Movimiento Cultural Universitario, entre ellos Pipo Peña, Domingo y Rosalía.
Participaron artistas de la dimensión de Ada Balcácer, Silvano Lora, Domingo de la Cruz, Rafael Peralta, Daniel Henríquez, Vicente Pimentel, Ramón Oviedo, Gaspar Cruz, Alberto Bass, Euclides Solano, Cándido Bidó, Elsa Núñez, José Ramón Rotellini, Rosalina Arias y Antonio Rodríguez, entre otros.
Ramón Oviedo fue, además, creador del histórico logotipo de Siete Días con el Pueblo.
También participaron la Poesía Coreada de la UASD, la Rondalla Universitaria, el Coro de la Universidad Autónoma de Santo Domingo y otras expresiones artísticas.
Aquello terminó convirtiéndose prácticamente en una movilización general de la cultura dominicana.
Las viudas se lanzan al terreno
Pero quizás uno de los episodios que mejor demostró hasta qué punto el Festival había desbordado los límites de un espectáculo musical ocurrió cuando varios artistas dominicanos y extranjeros se lanzaron al terreno del Estadio Olímpico detrás de un cruzacalle que reclamaba:
Libertad para los presos políticos.
La acción sorprendió incluso a algunos de los propios organizadores.
Según me relató Enrique de León, entre las principales impulsoras estuvieron varias mujeres directamente golpeadas por la represión política de aquellos años:
Sagrada Bujosa Mieses, Carmen Mazara, Gladys Gutiérrez y Mirna Santos.
Ellas consiguieron el respaldo de la extraordinaria cantante argentina Mercedes Sosa.
Aquella imagen posee para mí una fuerza enorme.
Mercedes Sosa, una de las voces mayores de América Latina, marchando junto a mujeres dominicanas que habían perdido a sus compañeros, reclamando la libertad de quienes todavía permanecían detrás de los barrotes.
Para mí el momento tenía, además, una significación profundamente personal.
Yo acababa de salir de prisión.
Había pasado años escuchando clandestinamente algunas de aquellas voces.
Y ahora estaba libre, viendo cómo aquellos mismos artistas reclamaban públicamente la libertad de quienes continuaban encarcelados.
La historia parecía cerrar un círculo.
Los frutos económicos del Festival
Siete Días con el Pueblo no solamente consiguió un éxito artístico, cultural y político.
También cumplió el objetivo económico que había motivado inicialmente a la Central General de Trabajadores.
Los ingresos obtenidos fueron importantes.
Con parte de aquellos recursos, la CGT pudo adquirir una prensa plana destinada a imprimir un periódico de los trabajadores.
También pudo comprar un vehículo y otros equipos necesarios para el funcionamiento de la organización, además de disponer de recursos que permitieron cumplir con los salarios de los trabajadores que laboraban en la Central.
Aquello tenía un enorme simbolismo.
Las canciones se habían convertido en una imprenta.
Los aplausos se habían convertido en un vehículo.
Las entradas de un peso se habían transformado en instrumentos concretos para continuar organizando a los trabajadores.
La cultura había financiado la lucha sindical.
La prensa adquirida con aquellos fondos significaba, además, la posibilidad de contar con un instrumento propio para difundir las reivindicaciones, denuncias y posiciones del movimiento obrero.
De esa manera, Siete Días con el Pueblo continuó produciendo frutos incluso después de desmontados los escenarios.
Después del Festival nacieron nuevas canciones
El impacto tampoco terminó cuando se apagaron las luces del Estadio Olímpico.
Después de Siete Días con el Pueblo surgieron o se fortalecieron nuevas expresiones de la canción social, la protesta musical y la investigación de nuestras raíces folklóricas.
Nuevos grupos y jóvenes creadores comprendieron que la música podía abordar directamente los grandes problemas nacionales.
Experiencias como las de Convite, el trabajo de Luis Días, José Castillo Méndez, Roldán Mármol y otros investigadores y músicos contribuyeron a abrir nuevos caminos.
Surgieron también otras agrupaciones de canción popular y protesta, entre ellas Lodo, como parte de aquella efervescencia cultural que el Festival ayudó a estimular.
Siete Días con el Pueblo no creó de la nada la canción comprometida dominicana.
Pero le proporcionó un escenario gigantesco.
La legitimó ante multitudes.
Y demostró a centenares de jóvenes que la canción podía convertirse en una forma de participación social.
Las consecuencias políticas
Desde el punto de vista político considero que Siete Días con el Pueblo produjo consecuencias mucho mayores de las que el gobierno había previsto.
Fortaleció la campaña por la libertad de los presos políticos.
Dio mayor visibilidad al reclamo por la aparición de los desaparecidos.
Volvió a colocar en la conciencia colectiva los nombres de Caamaño, Amaury Germán, Los Palmeros, Mamá Tingó y tantos otros asesinados.
Además, permitió comprobar que existía en el país una enorme reserva de sentimientos democráticos y de rechazo a la represión.
Durante siete días aquellas multitudes descubrieron que no estaban solas.
Miles de personas cantaban las mismas canciones.
Recordaban a los mismos muertos.
Reclamaban las mismas libertades.
Y soñaban con un país diferente.
Tal vez ese fue el resultado político más profundo del Festival.
El gobierno permitió un espectáculo tratando de ofrecer una señal de apertura.
Pero aquella apertura temporal permitió que miles de dominicanos se encontraran unos con otros.
Y cuando un pueblo se descubre a sí mismo formando parte de una multitud, algo cambia en su conciencia.
Siete días que duraron mucho más
Por eso no puedo recordar Siete Días con el Pueblo sin recordar de manera particular a Ramón Leonardo.
Existe para mí una razón profundamente personal.
Primero lo escuché estando preso.
Su voz llegó hasta mi celda por medio de una pequeña radio clandestina.
Después recuperé mi libertad y, apenas unas semanas más tarde, estaba colaborando en aquel histórico encuentro en el que Ramón Leonardo ocupaba un lugar destacado entre las voces dominicanas comprometidas con las luchas de nuestro pueblo.
Y descubrí además que aquel cantor cuya voz me había acompañado desde la prisión también conocía personalmente las cárceles de Balaguer.
Ese tránsito resume para mí toda una época:
la cárcel, la canción, la persecución, la libertad y la memoria.