viernes, enero 23, 2026

Anatomía de la sangre. Un poemario sensiblemente visceral

 





Nace del vientre fecundo del poeta dominicano Domingo Acevedo, su nuevo poemario “Anatomía de la sangre”. Un libro dividido en siete fases, pero cada fase es un poemario en sí. 


Es un libro para leerse despacio, es más para leerse un poema por día. Domingo Acevedo es un alquimista del verso, para sustentar esa opinión me referiré al capítulo I, donde expresa en tan solo doce palabras una reflexión profunda sobre la existencia “Detrás de la noche/un ojo ancestral/llora el dolor del mundo”. 


Es un poeta sensiblemente visceral, es un quijote del realismo mágico del verso, porque solamente un poeta como él, tiene las herramientas para la construcción de un poema de esta fuerza: “Esta tarde de invierno/pájaros de oro/ migran a los oscuros rincones del agua”. 


También es un poeta de la brevedad, porque ha bebido de la fuente de la poesía Oriental, en especial, la japonesa, por ejemplo, este haiku: “Teje la lluvia/con

sus hilos de plata/la primavera. Es un poeta que ha hecho de la memoria una

trinchera de resistencia contra el olvido, y lo podemos encontrar el capítulo

III, donde los poemas a sus padres, hermanos e hijos, son extremadamente

conmovedores, también es un metapoeta, juega con las imágenes, tiene un manejo

exquisito de los elementos mitológicos. 


Ciertamente, Domingo Acevedo es un

poeta de cuerpo y alma, un carpintero de la estética, pero, sobre todo, es un

poeta que conmueve con su quehacer literario. Pues están invitados a leer su

poemario “Anatomía de la sangre”. 


Pero le advierto, tiene que prepararse emocionalmente

para hurgar cada página, cada verso de este poeta sensiblemente visceral.


Fausto Aybar.

Enero/2026

A 19 años de tu partida tus familiares y amigos siempre te recordamos Miguel















 

Kevin Costner rinde homenaje a su compañero de ‘Bailando con lobos.

 




Se cuenta que, a inicios de los años noventa, Graham Greene se levantó y salió de una audición en Estados Unidos después de que un director le pidiera que “sonara más indígena”. Greene respondió con calma: “¿De qué nación?” La sala quedó en silencio. El papel se esfumó.

Ese instante explica toda su carrera mejor que cualquier premio.
En 1991, Graham Greene venía de una nominación al Óscar por Bailando con lobos (1990). Hollywood acababa de coronarlo como el rostro de una representación indígena “respetuosa”. Los estudios lo llamaron un avance. Greene lo leyó como una forma de encierro.
El contexto importaba.
En esa época, los personajes indígenas en el cine de Estados Unidos solían existir para dos fines: morir de forma violenta o educar espiritualmente a un protagonista blanco. Bailando con lobos fue celebrada como progresista, pero la estructura seguía intacta. El personaje de Kevin Costner cambiaba. Los lakota no controlaban el relato. El Kicking Bird de Greene era inteligente, sereno, admirado y narrativamente subordinado. Sabio, pero nunca decisivo.
Hollywood quería esa versión para siempre.
Tras la nominación, a Greene le ofrecieron variaciones del mismo hombre. Ancianos que perdonan lo imperdonable. Jefes que explican la historia en un inglés perfecto. Personajes que existen para que Estados Unidos se sienta más evolucionado. Cuando cuestionaba diálogos, acentos o finales, los ejecutivos lo tildaban de “difícil”. Cuando rechazaba papeles que terminaban en una muerte indígena ritualizada, las llamadas se enfriaban.
Así que Greene cambió la ecuación del poder.
En vez de perseguir prestigio, persiguió fricción.
En La fuerza de la venganza (1991), interpretó a un personaje indígena que sobrevive, rechaza la reconciliación y asusta a públicos blancos precisamente por no ser “redimible”. En Corazón trueno (1992), ayudó a sostener una historia inspirada en abusos reales del FBI en Pine Ridge, obligando a mirar la resistencia indígena contemporánea en lugar de la nostalgia histórica. Estas películas no consolaban. Inquietaban. Y era a propósito.
Greene pagó el precio.
Nunca se convirtió en el rostro principal de una franquicia. Nunca recibió la protección que Hollywood reserva a las figuras dóciles. Lo que ganó, en cambio, fue autonomía. Más de 200 papeles a lo largo de décadas, moviéndose entre producciones de Estados Unidos, cine canadiense y proyectos independientes sin entregar la autoría de su dignidad.
Greene lo resumió con una frase: Hollywood ama a los pueblos indígenas “mientras no queramos nada”. Tierra. Poder. Control del relato.
Graham Greene nunca fue malinterpretado por la industria.
Lo entendieron perfectamente.
Y él eligió hacer que esa comprensión saliera cara.
Fuente: Entertainment Weekly ("Kevin Costner rinde homenaje a su compañero de ‘Bailando con lobos’, Graham Greene", 2 de septiembre de 2025)

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