lunes, septiembre 14, 2026

Aquel hombre era Karapiru, del pueblo Awá.




En 1988, funcionarios brasileños llevaron a un joven indígena para intentar entender las palabras de un hombre que había aparecido después de pasar diez años prácticamente solo en el bosque.


El joven lo miró y lo llamó padre.


Aquel hombre era Karapiru, del pueblo Awá. Durante una década había creído que ese hijo estaba muerto.


La historia había comenzado en 1978, en Maranhão, al noreste de Brasil.


El territorio de los Awá estaba siendo invadido por hacendados, madereros y colonos. El descubrimiento de enormes yacimientos de hierro en la región de Carajás y la construcción de carreteras y ferrocarriles aceleraron la entrada de personas en zonas donde diferentes grupos indígenas todavía vivían con escaso o ningún contacto con la sociedad brasileña.


La violencia acompañó aquella expansión.


Un grupo armado atacó a la familia de Karapiru. Murieron su esposa, una hija, otros hijos y varios familiares. Él también recibió un disparo y escapó con perdigones incrustados en la espalda.


Uno de sus hijos, Xiramuku, quedó herido y fue capturado.


Karapiru no lo supo.


Huyó convencido de que prácticamente todos habían muerto.


Durante los siguientes diez años recorrió cientos de kilómetros entre Maranhão y Bahía. Vivía de lo que sabía encontrar en el bosque: miel, pequeños pájaros y otros alimentos que podía cazar o recolectar.


Dormía en lo alto de los árboles.


La herida permanecía en su espalda. No podía alcanzarla para tratarla y, según recordaría después, durante un tiempo sangró y le produjo un dolor intenso.


Pero la soledad era otro problema.


No tenía familia. No tenía comunidad. No tenía con quién hablar.


A veces hablaba consigo mismo o tarareaba mientras caminaba.


Finalmente, en 1988, apareció cerca de una zona habitada en Bahía. Un agricultor lo encontró y le dio refugio. Karapiru podía comunicarse mediante gestos, pero nadie entendía el idioma que hablaba.


La noticia llegó a la FUNAI, la agencia brasileña encargada entonces de los asuntos indígenas.


Primero intentaron presentarle hablantes de otro pueblo indígena que podía estar lingüísticamente relacionado.


No se entendieron.


Como último recurso localizaron a un joven Awá llamado Xiramuku.


Cuando llegó, no necesitó mucho tiempo para identificar al desconocido.


Reconoció las cicatrices de su cuerpo y lo llamó padre.


Era el niño que había sobrevivido a la misma masacre.


Xiramuku había quedado separado de Karapiru y ambos habían pasado diez años creyendo que el otro había muerto.


Después del reencuentro, Karapiru regresó a vivir entre los Awá. Formó otra familia, tuvo más hijos y se convirtió en una figura respetada de su comunidad y en defensor de los territorios indígenas.


Murió en 2021 después de enfermar de COVID-19.


Había sobrevivido a un ataque, a una bala alojada en su cuerpo y a diez años desplazándose solo por el bosque.


Pero el final de aquella década llegó de la manera menos imaginable: cuando las autoridades buscaron a alguien capaz de traducir sus palabras y enviaron, sin saberlo, al hijo que él llevaba diez años llorando como muerto.

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