sábado, julio 25, 2026

Memoria del olvido III

 

Las narraciones 9 a 12 de Memoria del olvido III revelan la profundidad de una obra que entrelaza con maestría la elegía familiar, el mito alegórico, el realismo mágico y la memoria histórica dominicana. Domingo Acevedo construye en esta secuencia un arco narrativo que va desde la intimidad del hogar hasta la epopeya nacional y el posterior exilio interior.

A continuación, se presenta un análisis temático y estilístico de estos cuatro relatos:

1. "Qué triste y sola está la casa" (Relato 9)

La elegía familiar y el estrago del tiempo

Este texto funciona como un canto elegíaco donde el espacio físico de la casa refleja el vacío dejado por la muerte y la dispersión.

  • La ausencia y la inexorabilidad: El paso del tiempo y la muerte irremediable devoran la infancia y la juventud. La enumeración de los hermanos difuntos o ausentes (Leónidas, Julio, Felipe, Sergio, Papo) resalta el despojo progresivo del núcleo familiar.

  • La figura materna como ancla de ternura: Mamá, a sus noventa y cuatro años y en silla de ruedas, personifica el último hilo de memoria física que queda. Su olvido senil y su sonrisa instintiva transforman el dolor en una manifestación de amor puro.

  • La dignidad en la pobreza: Destaca la reconciliación con el pasado: "lo tristemente felices que fuimos en nuestro escaso mundo de estrechez". La miseria no destruyó el afecto, sino que forjó la calidez de la nostalgia.

2. "El centauro" (Relato 10)

La alegoría del exterminio y la resistencia colonial

En un giro mítico, Acevedo utiliza la figura de la criatura mítica para denunciar la voracidad de la colonización y el concepto impuesto de "civilización".

  • El desplazamiento del mundo natural: El bosque pacífico y ancestral representa el orden originario destruido por el egoísmo del "hombre blanco".

  • El camuflaje existencial: El centauro, único sobreviviente, debe "disfrazarse de humano" para subsistir en la modernidad. Esta metamorfosis simboliza la transculturación forzada y la pérdida de la esencia ancestral frente a las injusticias del progreso impuesto.

  • El suicidio como liberación: El salto al precipicio no representa una derrota definitiva, sino un acto de dignidad final para recuperar la libertad en un mundo que exterminó lo sagrado.

3. "Ángel" (Relato 11)

El mito, la naturaleza y la inocencia mística

Este relato introduce al personaje emblemático de Ángel bajo las claves del realismo mágico del Caribe.

  • La singularidad del ser diferido: Nacer "con los ojos abiertos", la piel fosforescente, el pelo amarillo y los ojos cristalinos ubican a Ángel en un plano místico. Es un ser liminal, demasiado frágil para la brusquedad terrenal.

  • El sincretismo y la cosmovisión dominicana: La narración teje elementos del folclore local (ciguapas, galipotes, duendes, taínos, el heroísmo de Guarocuya y Sebastián Lemba). El origen de Ángel oscillating entre el relato bíblico/celestial de la tía Raquel y el origen mitológico del bosque (hijo de una ciguapa).

  • El refugio en la naturaleza: Ángel rechaza la rigidez de la escuela para integrarse al bosque, la lluvia y la clorofila, conectando con las raíces profundas del territorio.

4. "Ángel II" (Relato 12)

La ruptura histórica y el trauma de la Guerra de Abril de 1965

Es el punto culminante donde la poética de la infancia colisiona de frente con la realidad histórica de la República Dominicana.

  • La pérdida del edén por la guerra: La contienda bélica interrumpe bruscamente la lírica de la infancia. El héroe místico del bosque se convierte en un combatiente constitucionalista en las trincheras de la Revolución de Abril de 1965 y la invasión estadounidense.

  • El fantasma de la Ciudad Colonial: La referencia a La Cafetera de la calle El Conde ubica la narrativa en un mapa geográfico e intelectual emblemático de Santo Domingo. Ángel pasa de ser un niño volador a un fantasma urbano que deambula recordando los combates del 15 y 16 de junio.

  • Arelis y la tragedia del amor inconcluso: Arelis, la niña que soñaba con alcanzar la luna, muere de nostalgia en la vieja escuela, encarnando a la patria golpeada que esperó en vano la restitución de la paz.

  • El trauma imperecedero: La imagen de Ángel, ya viejo, conservando su piel fosforescente bajo los faroles de la zona colonial, simboliza a toda una generación atrapada en el dolor de los sueños truncados por el armisticio del 3 de septiembre de 1965.

Hilos conductores en la narrativa de Domingo Acevedo

Eje TemáticoManifestación en los Relatos
La Nostalgia y la MuerteLa casa vacía (9), la extinción de las criaturas (10), la muerte de Arelis y el vagabundeo de Ángel (12).
El Antimperialismo y la ResistenciaLa crítica al "hombre blanco" en El centauro (10) y la resistencia contra el "grosero invasor" en Ángel II (12).
El Realismo Mágico DominicanaLa naturaleza animada, la piel fosforescente y las ciguapas que enmarcan la figura de Ángel (11).
El Espacio Geográfico e HistóricoDel bosque originario y los conucos rurales a las trincheras de la Ciudad Colonial y la mítica calle El Conde.



9/Qué triste y sola está la casa

Qué triste y sola está la casa. En ella solo quedan Juana María y Mamá. Ya nosotros nos fuimos a vivir a otro lugar; también Leónidas se fue lejos con sus hijos, y Julio, Felipe, Sergio y Papo no regresarán, como de costumbre en las tardes, después de sus labores al hogar.

Se murieron uno tras otro, sin que pudiéramos hacer algo por salvarlos de la muerte cierta e inevitable.

Yo también moriré un día; todos nos moriremos irremediablemente. Es el cruel destino de todo ser humano: terminar enterrado bajo la tierra en un ataúd, para ser alimento de los gusanos.

A veces, por la tarde, llego a la casa con la pesadumbre de la soledad y la nostalgia, y miro a Mamá con sus noventa y cuatro años, sentada en su silla de ruedas. Ya no se acuerda de mí; hace tiempo perdió la memoria y la capacidad de caminar, pero todavía está viva y la queremos igual, con el mismo amor y la misma ternura de siempre.

Desde su silla de ruedas me mira y sonríe, como si se acordara de mí, pero solo es la costumbre de verme llegar todas las tardes hasta donde ella está para darle un abrazo de ternura.

Qué pena no tener vida para pagarles a ella y a Papá todo el amor que me dieron.

Recuerdo sus afanes y desvelos por hacerme feliz, por hacernos a todos felices en medio de la pobreza y el hambre.

Qué época aquella en que sufrimos y disfrutamos nuestra pobreza; lo tristemente felices que fuimos en nuestro escaso mundo de estrechez y miseria.

Hoy nos queda la calidez de la nostalgia y los recuerdos de esa época en que compartíamos el maravilloso sentimiento de vivir fraternalmente juntos, bajo un mismo techo



10/El centauro

Recuerdo con tristeza que hace más de quinientos años, antes de la llegada del hombre blanco a estas tierras, compartíamos el bosque en paz las diversas criaturas.

Ellos, después de construir rústicos poblados que con el paso del tiempo se convirtieron en hermosas ciudades, en su inmenso egoísmo no se conformaron con las tierras que tenían. Se fueron adueñando poco a poco, y por la fuerza, de todos los territorios de más allá del horizonte donde habitábamos nosotros. No valió que resistiéramos: los caminos se fueron tiñendo con la sangre de las criaturas del bosque; todo el que se opuso fue eliminado.

Yo, el último sobreviviente de aquellas batallas, el heroico y solitario guerrero de las sombras, el que no pudo ser vencido por la crueldad del hombre blanco, el que no cayó en sus engaños y trampas, el más temido y odiado… derrotado por el cansancio, el tiempo y la modernidad, no tuve más remedio que disfrazarme de humano para poder sobrevivir a la maldad de quien se llamaba a sí mismo civilizado. Cuánto me costó adaptarme a sus defectos y miserias, a sus injusticias, a su inhumanidad.

Hoy que el tiempo ha pasado, envejecido en mi soledad casi eterna y arrastrando el dolor del exterminio, ya no puedo más; no tengo fuerzas para seguir escondiendo quién soy. Es por eso que esta tarde he decidido lanzarme desde este precipicio hacia la libertad.



11/Angel.


Ángel siempre tuvo la certeza de que era alguien especial, y más cuando recordaba lo que le decía su tía Raquel: que él había nacido con los ojos abiertos cuando, en aquella época antigua, todos los niños nacían con ellos cerrados; que esa mañana el cielo estaba tan profundamente azul claro, como esas mañanitas cálidas del verano en que se podía mirar más allá de lo normal y ver en lo infinito donde habitaba Dios con sus ángeles.

Decía ella que todos los que se dieron cita esa mañana en aquella humilde vivienda junto al camino real —incluyendo a la partera, que en lo que tenía de vida haciendo partos nunca había visto semejante cosa— se asombraron cuando los miraste a todos desde tu inocencia con aquellos ojos tan claros, que te vieron el alma palpitando en el pecho. Supieron entonces que tu nacimiento fue una invención de la imaginación colectiva para justificar la llegada al mundo de aquel niño que fue creciendo entre el asombro de las personas del pueblo, el amor y el cuidado de sus padres, y los afectos de sus hermanos, quienes lo adoraban como a algo que no iba a durar para siempre por lo extremadamente frágil que parecía; pensaban que de cualquier tropezón que diera con una piedra se iba a quebrar como un cristal.

Así fue creciendo Ángel, aquel niño retraído y triste, con pocos amigos para jugar y hablar, mirando todas las cosas desde la cristalizada ausencia de sus ojos. Con frecuencia se perdía por el bosque y la gente especulaba que podía hablar con los pájaros y el viento, que tenía la simiesca habilidad de trepar con facilidad a los árboles hasta alcanzar las copas más altas —desde donde casi podía tocar el cielo con las manos—, y algunos decían que hasta lo habían visto en las tardes volar y hacer piruetas con las golondrinas.

Lo cierto es que Ángel no se parecía a nadie en el pueblo, y menos a sus hermanos. Su madre, para justificar aquellas dudas, decía a las personas que él tenía un parecido con un familiar lejano de su padre que era descendiente de español. Tenía el cabello crespo, excesivamente amarillo, los ojos tan claros que parecían dos pocitos de agua cristalina, nariz puntiaguda, labios delgados y la piel de una palidez tal que en las noches de luna llena parecía fosforecer en la oscuridad, haciendo juego con sus cabellos enmarañados y rubios. Con esos detalles se destacaba entre todos los muchachos del pueblo, que eran de piel oscura.

Cuando llegó el tiempo de ir a la escuela opuso mucha resistencia, pero ante la insistencia de sus padres aceptó ir. Fue aprendiendo con facilidad todo lo que le enseñaban, pero no era feliz yendo a la escuela; prefería los conucos, los potreros y el bosque a ir todos los días a esas edificaciones llenas de niños bullangueros y revoltosos que lo miraban con extrañeza, como si fuera un ser de otro mundo, niños que lo tocaban para ver si era real y luego se alejaban asombrados.

Ángel amaba la lluvia, el relámpago y el trueno. Cuando llovía, salía corriendo en pantalones cortos y descalzo en medio de la tormenta ante la preocupación de sus padres. Se perdía por los caminos mojados saltando entre los charcos, que parecían espejos de agua que reflejaban ese mundo imaginario de taínos que habitaban en las profundidades de los ríos, de duendes, galipotes y ciguapas donde Ángel habitaba en secreto. Su madre, temerosa e impaciente, llena de malos presagios, lo esperaba en la puerta de la casa que daba al camino real hasta que, después de la lluvia, él regresaba por el sendero por donde se había marchado, con la piel fosforescente y húmeda de clorofila y ozono.

De su casa a la casa de su tía Raquel había un camino solitario con árboles gigantescos, animales fantásticos, pájaros de muchos colores, puercos cimarrones y hermosas ciguapas que acechaban invisibles desde los matorrales a los caminantes. Ángel cruzaba con frecuencia ese camino para ir a preguntarle a su tía sobre su procedencia. Ella siempre le contaba la misma historia y él se quedaba con la misma duda: si realmente era un niño especial, diferente a los demás, se preguntaba qué era lo que lo hacía especial. Entonces iba al espejo y se miraba por largo rato, y muchas veces creyó ver dos alas crecer en su espalda; se asustó tanto que duró mucho tiempo sin volver a mirarse a través de ese cristal que reflejaba a alguien que no era él.

El tiempo se fue diluyendo entre la monotonía pueblerina, la escuela, los conucos, los potreros y el bosque. Al regresar de la escuela en las tardes, dejaba los cuadernos en cualquier lugar, le daba un beso a su madre —que lo adoraba con locura— y se perdía por el camino entre los árboles, con los que parecía ir conversando quién sabe de qué, mientras los pájaros se arremolinaban sobre su cabeza y, después de trinar alegremente, seguían su vuelo hacia sus nidos. Ya entrada la noche, regresaba vestido de oscuridad y con los ojos encendidos con el fulgor de todas las estrellas del universo a acurrucarse en los brazos de su madre, quien lo apretaba con fuerza en su regazo para luego depositarlo en algún rincón cálido de la casa junto a sus hermanos, que lo abrazaban y lo mimaban con ternura mientras ella se iba a preparar la cena. Esperaba a que su esposo llegara de los conucos, sudoroso y cansado, entrara a la cocina, le diera un beso y luego se fuera al patio trasero a darse un baño, para acomodarse todos de cualquier manera en la pequeña vivienda a cenar.

Después de cenar, todos se iban a la cocina a escuchar junto al fuego de los fogones, de boca de su padre, historias de muertos y fantasmas que les erizaban la piel, y entonces se acurrucaran uno contra otro buscando en el calorcito de la piel el valor necesario para poder irse a la cama a dormir sin temores.

La escuela era el punto de encuentro de los niños y jóvenes del pueblo y los sectores aledaños, en la que poco a poco fue haciendo algunos amigos: Victoria y Julián, que eran hermanos y que, al igual que él, mantenían cierta distancia con los demás niños; César y Junior, con los que hacía equipo para jugar en los recreos; Arelis, que lo miraba con los ojos del amor; y Guancho, su primo, con el que a veces se perdía por el bosque en busca de los fantasmas de los abuelos que se murieron prisioneros de sus sueños, sin poder volver a ver el mar por donde llegaron sus ancestros a estas tierras en grandes canoas a trabajar como esclavos en las plantaciones y las minas del hombre blanco —en cuya conciencia todavía hay un rastro de cadáveres flotando en el océano que une a los dos continentes en el dolor de la esclavitud y el exterminio de dos razas unidas en el heroísmo de Guarocuya y Sebastián Lemba, que en Santo Domingo defendieron con denuedo su derecho a vivir en libertad—.

Ángel, con sus trece años a cuestas, no tenía más sueños que el de poder vivir en libertad con sus amigos del bosque, sin ninguna prisa que lo atara a tener que ir a una hora determinada a la escuela, donde Arelis todas las tardes lo esperaba en la puerta para tomarlo de la mano y llevarlo al pupitre donde ella estaba sentada para que estuviera a su lado. Ella apenas tenía once años, la edad suficiente para soñar que con él podía alcanzar la luna, de donde muchos suponían que Ángel venía por el color de su piel, de sus cabellos y de sus ojos, y por las preocupaciones de su madre, que muchas veces, desesperada, lo buscaba porque había escuchado su voz que la llamaba desde el cielo.

Ángel seguía perdiéndose con frecuencia en las habitaciones secretas del bosque a conversar con los árboles, los animales y los pájaros, a buscar huellas de ciguapas en los senderos que se perdían en la distancia imaginaria de los sueños para que ellas le contaran esas viejas historias, casi olvidadas en la eternidad, que decían que él era hijo de una ciguapa que había muerto de parto. Que no era como decía su tía Raquel —que él había nacido con los ojos abiertos cuando en aquella época antigua todos los niños nacían con los ojos cerrados, y que esa mañana el cielo estaba tan profundamente azul claro como esas mañanitas cálidas de verano en que se podía mirar más allá de lo normal y ver en lo infinito donde habitaba Dios con sus ángeles—, sino que la mujer que lo había criado y a quien adoraba como su verdadera madre lo había encontrado acurrucado en un lecho de lirios y flores silvestres que su madre, antes de morir, construyó en un claro del bosque.


12/Ángel II

Para Ángel, ya la vida no tiene sentido: la guerra destruyó todas las cosas que amaba, a su familia, a sus amigos, a los animales, al bosque. Por eso, cuando cesó el conflicto, no encontró el camino de regreso a casa ni a los brazos de Arelis, quien a duras penas sobrevivió a las inclemencias de la guerra para esperarlo, recostada en los recuerdos y la soledad del tiempo perdido.

Ella, cuando miraba la luna, pensaba que él, inalcanzable, habitaba en ella; por eso se fue muriendo de pena y olvido sin que nadie pudiera hacer nada por salvarla de la soledad y los recuerdos.

Se murió de nostalgia una tarde de otoño, en la puerta de la vieja escuela ya abandonada, esperando el regreso de un fantasma que nunca llegaría a la cita final, porque se quedó vagando, perdido en la ciudad en la que peleó con heroísmo por un sueño que quedó trunco con la firma del armisticio aquel tres de septiembre de 1965.

A veces, ya viejo y cansado, lo encuentro en La Cafetera de la calle El Conde; lo invito a un café y me cuenta con los ojos llorosos la misma historia de siempre: de cómo aquellos jóvenes, pletóricos de heroísmo, enfrentaron en la trinchera del honor de la ciudad amurallada al grosero invasor. De cómo logró sobrevivir a los intensos combates de los días 15 y 16 de junio, cuando los gringos, en vano, intentaron tomar la ciudad amurallada en los sueños y el heroísmo de los combatientes de abril.

Luego, sin decir palabra, se aleja cabizbajo y triste. Pienso entonces con pena que, a pesar del tiempo transcurrido, sigue siendo el mismo niño de siempre: solitario y triste, con el cabello ensortijado y rubio, los ojos claros como dos pocitos de agua cristalina y esa piel con un color tan pálido que, en las noches, bajo la luz de los faroles de la Ciudad Colonial, fosforece. Ahora, atrapado entre la soledad y los recuerdos, vive perdido en los oscuros laberintos de los sueños, de donde ya nunca más podrá escapar de la soledad y el olvido.


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