Hubo un tiempo en que algunas familias apaches tuvieron que esconder a sus propios hijos, no para protegerlos de una batalla, sino para impedir que las autoridades estadounidenses se los llevaran.
Aquellos padres y madres ya habían perdido sus tierras, su libertad y sus hogares. Ahora enfrentaban una amenaza todavía más dolorosa: la separación de sus niños, quienes podían ser enviados a instituciones situadas a cientos de kilómetros, donde algunos jamás volverían a ver a sus familias.
Esta historia ocurrió después de la rendición de Gerónimo, cuando cientos de apaches chiricahuas fueron declarados prisioneros de guerra por el gobierno de Estados Unidos.
1886: LA RENDICIÓN QUE NO TRAJO LA LIBERTAD
El 4 de septiembre de 1886, Gerónimo y sus seguidores se rindieron ante el general Nelson A. Miles, poniendo fin a una de las últimas campañas militares contra los apaches chiricahuas en la frontera de México y Estados Unidos.
Sin embargo, la rendición no significó que sus familias pudieran regresar a sus hogares.
El gobierno estadounidense decidió expulsar de Arizona a los chiricahuas y enviarlos como prisioneros de guerra a instalaciones militares de Florida.
Entre los cautivos había guerreros, mujeres, ancianos y niños. También fueron castigados exploradores apaches que habían colaborado con el ejército estadounidense durante las campañas militares.
Familias enteras quedaron bajo vigilancia, lejos de las montañas y los territorios donde habían vivido durante generaciones.
Pero el cautiverio apenas comenzaba.
LOS NIÑOS QUE FUERON SEPARADOS DE SUS PADRES
Durante los meses siguientes, las autoridades comenzaron a enviar a numerosos niños apaches a la Escuela Industrial Indígena de Carlisle, en Pensilvania.
La institución había sido fundada en 1879 por Richard Henry Pratt, un militar estadounidense que promovía la asimilación de los pueblos originarios mediante una educación destinada a sustituir sus lenguas y costumbres por las de la sociedad dominante.
Los niños debían aprender inglés, vestir uniformes y adaptarse a una disciplina estricta.
Para las familias chiricahuas, aquella separación representaba otra pérdida.
Sus hijos eran enviados a lugares desconocidos, lejos de sus padres, sus abuelos y las personas que les habían enseñado su lengua y sus tradiciones.
Muchos de aquellos menores habían vivido ya la violencia de las campañas militares, la expulsión de sus hogares y el encarcelamiento de sus comunidades.
Ahora tenían que enfrentar el cautiverio lejos de sus familias.
LAS NOTICIAS QUE COMENZARON A LLEGAR DESDE PENSILVANIA
Con el paso del tiempo, las enfermedades comenzaron a afectar gravemente a los estudiantes apaches.
La tuberculosis y otras enfermedades causaron numerosas muertes entre los menores enviados a los internados.
El 24 de mayo de 1889, Richard Henry Pratt informó oficialmente que, de un grupo de 106 estudiantes apaches, 27 habían fallecido y otros dos se encontraban tan enfermos que se esperaba su muerte.
La cifra quedó registrada en la correspondencia de la propia institución.
Detrás de aquellos números había familias que esperaban volver a encontrarse con sus hijos.
Algunos padres recibieron noticias de que sus niños estaban enfermos. Otros supieron que habían muerto lejos de casa.
Los chiricahuas que permanecían prisioneros en Alabama comenzaron a comprender que enviar a sus hijos a Pensilvania podía significar no volver a verlos.
LOS PADRES APACHES QUE COMENZARON A ESCONDER A SUS HIJOS
Fue entonces cuando algunas familias tomaron una decisión desesperada.
Comenzaron a esconder a sus niños para impedir que fueran enviados a los internados.
No eran familias libres que pudieran abandonar el territorio y refugiarse en sus antiguas montañas.
Eran prisioneros de guerra sometidos a vigilancia militar.
Aun así, algunos padres intentaron mantener a sus hijos fuera del alcance de las autoridades encargadas de los traslados.
El Servicio de Parques Nacionales de Estados Unidos conserva el registro histórico de esta resistencia familiar.
Los padres conocían las enfermedades y muertes que habían ocurrido entre los estudiantes apaches, y ocultar a sus hijos se convirtió en una manera de protegerlos.
No se conoce con precisión cuántas familias participaron ni todos los lugares donde escondieron a los menores.
Pero el hecho quedó documentado: incluso durante su cautiverio, aquellas familias buscaron impedir que sus hijos fueran separados de ellas.
CHATO: EL EXPLORADOR APACHE QUE TAMBIÉN PERDIÓ A SUS HIJOS
Entre los chiricahuas afectados por esta política se encontraba Chato, un jefe apache que había colaborado con el ejército estadounidense durante las campañas contra Gerónimo.
A pesar de sus servicios militares, Chato también terminó prisionero de guerra.
Dos de sus hijos murieron mientras permanecían en Carlisle.
Su historia demuestra que ni siquiera la colaboración con el ejército garantizaba protección para las familias apaches.
El hombre que había servido como explorador militar terminó sufriendo las consecuencias de las mismas políticas impuestas a su pueblo.
1889–1895: LOS PADRES SEGUÍAN RECLAMANDO A SUS HIJOS
Las separaciones no terminaron inmediatamente después de conocerse las muertes.
Los documentos oficiales muestran que durante los años siguientes continuaron los traslados, las solicitudes de regreso de estudiantes enfermos y las discusiones entre autoridades militares y educativas.
En 1891 todavía existía oposición al envío de más niños apaches desde Alabama.
Y en 1895, casi una década después de la rendición de Gerónimo, se registraron solicitudes de padres chiricahuas que pedían la devolución de sus hijos.
Aquellas familias habían pasado años intentando recuperar algo que nunca debió depender de una autorización militar: la posibilidad de vivir junto a sus propios niños.
27 AÑOS COMO PRISIONEROS DE GUERRA
En 1894, los chiricahuas fueron trasladados nuevamente, esta vez a Fort Sill, en Oklahoma.
Su condición de prisioneros continuó durante casi dos décadas más.
No fue hasta 1913 cuando terminó oficialmente su cautiverio, después de aproximadamente 27 años de confinamiento y desplazamientos forzados.
Para entonces, numerosas familias habían sufrido pérdidas irreparables.
Algunos niños habían muerto lejos de sus padres. Otros habían crecido separados de sus comunidades, sometidos a un sistema educativo que buscaba alejarlos de su identidad cultural.
Y aquellos padres que escondieron a sus hijos dejaron una historia de resistencia que rara vez aparece junto a las grandes campañas militares del siglo XIX.
LA RESISTENCIA QUE NO NECESITÓ ARMAS
La historia de los chiricahuas no terminó con la rendición de Gerónimo.
También continuó en los barracones militares, en las cartas de padres que reclamaban a sus hijos y en los esfuerzos de familias que se negaron a aceptar otra separación.
Porque para aquellos padres apaches, proteger a sus niños también era una forma de defender la continuidad de su pueblo.
No escondían armas ni preparaban una batalla. Escondían a sus hijos porque temían perderlos para siempre.
Una historia de las familias apaches recuperada por Historias Indígenas Olvidadas, para recordar que la resistencia también se escribió con el amor y la determinación de madres y padres.
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