"Es un muchacho color subido, cabellera ala de cuervo, piel aceite-ladrillo, color boca tomate, dentadura deslumbrante. Un poco oblicuo a lo indio, robusto, sano, con ojos de astuto soñador, dulce y terco... ¿qué porcentaje tendrá de indio? Y algo más todavía, algo importante, es un soldado nato. Sirve para el fusil, las trincheras, el caballo".
-Witold Gombrowitz.
"El Che era nuestro comandante, era el mejor; ahora nos toca a nosotros seguir su ejemplo, recoger su fusil hasta vencer o morir por la revolución socialista en Argentina".
-Mario Roberto Santucho.
El aire pesado del verano bonaerense cubría la modesta fisonomía de la localidad de Escobar en las primeras horas de la tarde. Frente a la sucursal del Banco Provincia, la vida transcurría con la parsimonia de un día de semana ordinario, bajo la somnolienta mirada de los vecinos. Nadie prestó atención al automóvil que se detuvo a pocos metros de la entidad, ni a los cuatro jóvenes de aspecto prolijo que descendieron de él. Era el 7 de enero de 1969. Al frente del grupo caminaba un contador santiagueño de treinta y dos años, de mirada calma y mente analítica, que arrastraba consigo la tarea de financiar los preparativos armados del Partido Revolucionario de los Trabajadores. Su nombre era Mario Roberto Santucho Pero le decían Robi, y aquella jornada marcaría el bautismo operativo de la estructura que un año más tarde fundaría el ERP.
La operación requería precisión quirúrgica pero, fundamentalmente, un anonimato absoluto. Santucho sabía perfectamente que la dictadura de Juan Carlos Onganía se ensañaba con los militantes políticos, mientras que a los delincuentes comunes los despachaba con la rutina de la represión ordinaria. Para blindar al partido y desorientar a los sabuesos policiales, el comando ocultó deliberadamente su filiación marxista, actuando bajo el nombre transitorio de ‘Comando Sargento Cabral’. Junto a Santucho, la geografía clandestina del asalto la completaban tres hombres de la vanguardia que se gestaba: Sidel Negrin, Ruben Batallés y Gonzalez. Cruzaron el umbral del banco con paso firme, resueltos a ejecutar la primera expropiación de envergadura de la organización sin disparar un solo tiro.
La irrupción dentro de la sucursal duró apenas unos minutos que parecieron congelados en el tiempo. Sin máscaras estridentes ni proclamas ideológicas que delataran su origen, los cuatro hombres redujeron al personal con una velocidad asombrosa. "Eran cuatro hombres jóvenes y decididos, se movilizaron con gran rapidez pero sin apuro", relataría asombrada la prensa de los días siguientes, subrayando la extraña cortesía de un grupo que "puso la energía suficiente aunque sin apelar a la violencia física, como para que ningún empleado intentara delatar su presencia". Santucho coordinó el vaciado de las cajas mientras sus compañeros controlaban los accesos. El botín total ascendió a 75 millones de pesos ley -unos 213.000 dólares de la época-, una fortuna material que resolvió de un plumazo las trabas financieras del PRT y garantizó la compra de la infraestructura clandestina.
Consumado el golpe, los revolucionarios se perdieron rápidamente en los caminos de la provincia, dejando atrás a una policía desconcertada que buscaba a una banda de asaltantes comunes en el hampa de Buenos Aires, sin sospechar que el dinero ya marchaba hacia las arcas de la guerra revoluciónaria. El engaño táctico funcionó a la perfección y la dictadura no comprendió el verdadero trasfondo del asalto de Escobar cuyo protagonista sería llamado pocos años después "El sucesor del Che Guevara" por la prensa internacional. Aquella tarde de 1969, aquel hombre que creía que "el capitalismo es la tumba de toda esperanza de redención humana" se llevaba el dinero de los especuladores financieros porque la burguesía no sólo genera las armas que le darán muerte sino también a los hombres que empuñan esas armas.
Ramses Hammed.
