martes, octubre 13, 2026

Angel I y II

 





Ángel.

 

Ángel siempre tuvo la certeza de que era alguien especial y más cuando recordaba lo que le decía su tía Raquel, que él había nacido con los ojos abiertos cuando en aquella época antigua, todos los niños nacían con ellos cerrados, que esa mañana el cielo estaba tan profundamente azul/claro, como esas mañanitas cálidas del verano en que se podía mirar más allá de lo normal y ver en lo infinito donde habitaba Dios con sus ángeles.

Decía ella,  que todos los que se dieron cita esa mañana, en aquella humilde vivienda junto al camino real, incluyendo la partera, que en lo que tenía de vida haciendo partos nunca había visto semejante cosa, se asombraron cuando los miraste a todos desde tu inocencia con aquellos ojos tan claros que te vieron el alma palpitando en el pecho.

Ángel  fue creciendo, entre el asombro de las personas del pueblo, el amor y el cuidado de sus padres y los afectos de sus hermanos que lo adoraban como algo que no iba a durar para siempre por lo extremadamente frágil que parecía, ellos pensaban que de cualquier tropezón que diera con una piedra se iba a quebrar como un cristal.

Así fue creciendo aquel niño, retraído y triste, con pocos amigos para jugar y hablar, mirando todas las cosas  desde la cristalizada ausencia de sus ojos

Con frecuencia se perdía por el bosque y la gente especulaba que podía hablar con los pájaros y el viento,  que tenía la simiesca habilidad de trepar con facilidad a los árboles hasta alcanzar las copas más altas, desde donde  casi podía tocar el cielo con las manos, algunos decían  que hasta lo habían visto en las tardes volar y hacer piruetas con las golondrinas.

Lo cierto es que Ángel no se parecía a nadie en el pueblo y menos a sus hermanos, su madre para justiciar aquellas dudas, decía  a las personas que él tenía un parecido con un familiar lejano de su padre, que era descendiente de español.

Tenía el cabello crespo, excesivamente amarillo, los ojos tan claros que parecían  dos pocitos de agua cristalina, nariz puntiaguda, labios delgados y la piel de una palidez tal, que en las noches de luna llena parecía fosforecer en la oscuridad, haciendo juego con sus cabellos enmarañados y rubios,  con esos detalles se destacaba entre todos los muchachos del pueblo  que eran de piel oscura.

Cuando llego la hora de ir a la escuela opuso mucha resistencia y a mucha insistencia de sus padres acepto ir.

Fue aprendiendo con facilidad todo lo que le enseñaban, pero no era feliz yendo a la escuela, prefería los conucos, los potreros, el bosque, a ir todos los días a esas edificaciones llenas de niños bullosos y revoltosos que lo miraban con extrañeza, como si fuera un ser de otro mundo, niños que lo tocaban para ver si era real y luego se alejaban asombrados.

Ángel amaba la lluvia, el relámpago y el trueno, cuando llovía, salía corriendo en pantalones cortos y descalzo en medio de los relámpagos y los truenos ante la preocupación de sus padres, se perdía por el camino mojado saltando entre los charcos que parecían espejos de agua que reflejaban ese mundo imaginario de tainos que habitaban en las profundidades de los ríos, de duendes, galipotes y ciguapas, donde Ángel habitaba en secretos.

Su madre temerosa e impaciente, llena de malos presagios lo esperaba en la puerta de la casa, hasta que después de la lluvia el regresaba  por el camino por donde se había marchado, con la piel fosforescente y húmeda de clorofila y ozono.

De su casa, a la casa de su tía Raquel,  había un camino solitario con árboles de todas clases, pájaros de muchos colores, puercos cimarrones   y hermosas ciguapas que acechaban invisibles desde los matorrales a los caminantes.

Ángel cruzaba con frecuencia ese camino  para ir a preguntarle a su tía su procedencia y ella siempre le contaba la misma historia y él se quedaba con la misma duda, si realmente era un niño especial, diferente a los demás, se preguntaba qué era lo que lo hacía  especial, entonces iba al espejo y se miraba  por largo rato y muchas veces creyó ver dos alas crecer en su espalda y se asustó tanto que duro mucho tiempo sin volver a mirarse al espejo. 

El tiempo se fue diluyendo entre la monotonía pueblerina, la escuela, los conucos, los potreros y el bosque. Al regresar de la escuela en la tarde, dejaba los cuadernos en cualquier lugar, daba un beso a su madre que lo adoraba con locura y se perdía por el camino, entre los arboles con los que parecía ir conversando quien sabe de qué, mientras los pájaros se arremolinaban sobre su cabeza y después de trinar alegremente seguían su camino hacia sus nidos.

Ya entrada la noche regresaba vestido de oscuridad y los ojos encendidos con el fulgor de todas las estrellas del universo a acurrucarse en los brazos de su madre que lo apretaba con fuerza en su regazo para  luego depositarlo en algún rincón cálido de la casa juntos a sus hermanos que lo abrazaban y lo mimaban con ternura, mientras ella se iba a  preparar la cena, en lo que esperaba a que su esposo llegara de los conucos, sudoroso y cansado, entrara a la cocina le  diera un beso y luego se fuera al patio trasero a darse un baño, para luego  acomodarse todos de cualquier manera en la pequeña vivienda a cenar.

Después de cenar se iban todos a la cocina a escuchar junto el fuego de los fogones,  de boca de su padre historias de muertos y fantasmas que les erizaban la piel y entonces se acurrucaban uno contra otro buscando en el calorcito de la piel el valor necesario para poder irse a la cama a dormir sin temores.

 

La escuela era el punto de encuentro de los niños y los  jóvenes del pueblo y los sectores aledaños,  en la que poco apoco fue haciendo algunos amigos, Victoria y Julián que eran hermanos y que al igual que el mantenían cierta distancia con los demás niños,  Cesar y Junior con los que hacia equipo para jugar en los recreos, Arelis que lo miraba con los ojos del amor, Pancho, su primo con el que se perdía por el bosque en busca de los fantasmas de los abuelos que se murieron prisioneros de sus sueños sin poder volver a ver el mar por donde llegaron a estas tierras en grandes canoas a trabajar como esclavos en las plantaciones y las minas del hombre blanco en cuya conciencia todavía hay un rastro de cadáveres flotando en el océano que une a los dos continente en el dolor de la esclavitud y el exterminio de dos razas unidas en el heroísmo de Guarocuya y Sebastián Lemba, que en Santo Domingo defendieron con heroísmo su derecho a vivir en libertad.

Ángel con sus trece años a cuesta no tenía más sueños que el de poder vivir en libertad con sus amigos del bosque  sin ninguna prisa que lo atara a tener que ir a una hora determinada a las escuela en donde Arelis todas las tardes lo esperaba en la puerta para tomarlo de la mano y llevarlo al pupitre donde ella estaba  sentada para que estuviera a su lado, ella  apenas tenía once años, la edad suficiente para soñar que con él podía alcanzar la luna, de donde muchos suponían que venía Ángel por el color de su piel, de sus cabellos y sus ojos y las preocupaciones de su madre que muchas veces desesperada  lo buscaba porque había escuchado su voz que la llamaba desde el cielo.

Ángel seguía perdiéndose  con frecuencia en las habitaciones secretas del bosque a conversar con los árboles, los animales y los pájaros, a buscar huellas de ciguapas en los senderos que se perdían en la distancia imaginaria de los sueños, para que ellas les contaran esas viejas historias casi olvidadas en la eternidad, que decían que él era hijo de una ciguapa que había muerto de parto, que no era como decía su tía Raquel, que él había nacido con los ojos abiertos cuando en aquella época antigua todos los niños nacían con los ojos cerrados, que esa mañana el cielo estaba tan profundamente azul/claro como esas mañanitas cálidas de verano en que se podía mirar más allá de lo normal y ver en lo infinito donde habitaba Dios con sus ángeles, sino que la mujer que lo había criado y que el adoraba como su verdadera madre,  lo había encontrado acurrucado en un lecho de lirios y flores silvestres que su madre antes de morir construyo en un claro del bosque.

Domingo Acevedo.

 

Ángel II

Para Ángel, ya la vida no tiene sentido, la guerra destruyó todas las cosas que amaba, a su familia, a sus amigos a los animales, al bosque, por eso cuando cesó el conflicto no encontró el camino de regreso a casa, a los brazos de Arelis, que a duras penas sobrevivió a las inclemencias de la guerra, para esperarlo recostada en los recuerdos y la soledad del tiempo perdido.

Ella, cuando miraba la luna pensaba que él inalcanzable habitaba en ella, por eso se fue muriendo de pena y olvido   sin que nadie, pudiera hacer nada por salvarla, de la soledad y los recuerdos.

Se murió de nostalgia, una tarde de otoño en la puerta de la vieja escuela ya abandonada, esperando el regreso de un fantasma que nunca llegaría a la cita final, porque se quedó vagando, perdido en la ciudad en la que peleo con heroísmo, por un sueño, que quedó trunco con la firma del armisticio aquel tres de septiembre del 1965.

A veces, ya viejo y cansado, lo encuentro en la cafetera de la calle el Conde, lo invito a un café y me cuenta con los ojos llorosos la misma historia de siempre, de como aquellos jóvenes, que pletóricos de heroísmo enfrentaron en la trinchera del honor de la ciudad amurallada al grosero invasor.

De cómo logró sobrevivir a los intensos combates de los días 15 y 16 de junio, cuando los Gringos en vano, intentaron tomar la ciudad amurallada en los sueños y el heroísmo de los combatientes de abril.

Luego, sin decir palabras, se aleja cabizbajo y triste y pienso con pena, que a pesar del tiempo transcurrido, sigue siendo el mismo niño de siempre, solitario y triste, con el cabello ensortijado y rubio, los ojos claros, como dos pocitos de agua cristalina y esa piel, con ese color tan pálido que en las noches bajo la luz de los faroles de la ciudad colonial fosforece y que ahora atrapado entre la soledad y los recuerdos, vive perdido en los oscuros laberintos de los sueños de donde ya nunca más podrá escapar de la soledad y el olvido.

Domingo Acevedo.

Análisis Literario y Temático de Ángel y Ángel II

La narrativa compuesta por Ángel y Ángel II constituye un díptico literario profundamente sensible y cargado de un alto valor poético, histórico y mitológico. A través de la trayectoria vital de su personaje principal, la obra explora la transformación de la inocencia bucólica e idílica hacia la devastación humana y psíquica provocada por el conflicto bélico.

A continuación, se presenta un análisis estructurado de ambas narraciones:

1. Contexto, Cosmogonía y Realismo Mágico (Parte I)

En la primera parte, el relato se sitúa en la cotidianidad rural dominicana, imbricada con elementos del realismo mágico y la mitología folclórica:

  • El aura del mito y la diferencia: Desde su nacimiento, Ángel es concebido como un ser excepcional ("nació con los ojos abiertos", piel fosforescente, cabello rubio, ojos como "pocitos de agua"). Su apariencia física evoca la fragilidad del cristal y la imagen mística del ángel terrenal, diferenciándolo de los demás niños del pueblo.

  • Fusión con la naturaleza y el folclore: La conexión de Ángel con el entorno no es terrenal, sino espiritual. El relato incorpora la imaginería taína, las ciguapas, los galipotes y los duendes. La duda existencial sobre su origen (si es hijo del cielo o de una ciguapa que murió en un lecho de flores) refuerza su estatus de personaje liminal, atrapado entre la realidad y la leyenda.

  • El calor hogareño y la identidad comunitaria: Frente a la extrañeza que causa en la escuela, el hogar de Ángel representa el refugio: el amor de sus padres, los cuentos de aparecidos junto al fogón y la camaradería con sus amigos y primos. Se inserta además una profunda conciencia histórica sobre la esclavitud, el exterminio de las razas originarias y africanas, y la reivindicación de figuras históricas como Enriquillo (Guarocuya) y Sebastián Lemba.

2. La Ruptura de la Inocencia y el Impacto de la Guerra (Parte II)

En la segunda parte, la narrativa da un giro trágico y realista. El universo poético del bosque se desmorona ante la realidad de la Guerra de Abril de 1965 en la República Dominicana:

  • La pérdida del Edén: La guerra actúa como una fuerza destructora que aniquila la familia, los amigos, el bosque y la infancia. Ángel pasa de ser un niño místico en armonía con la naturaleza a un combatiente marcado por el trauma.

  • La tragedia de Arelis y el desencuentro: El destino de Arelis encarna la melancolía y el dolor de quienes esperaban en la retaguardia. Su muerte en la puerta de la vieja escuela abandonada simboliza el fin definitivo de la infancia y la imposibilidad de retornar al pasado.

  • El trauma del veterano y la memoria histórica: El escenario cambia del bosque bucólico a la febril Calle El Conde y la Ciudad Colonial de Santo Domingo. Se hace referencia explícita a batallas históricas (como la resistencia de los combatientes constitucionalistas frente a las tropas invasoras los días 15 y 16 de junio de 1965). Ángel se convierte en un "fantasma" que camina entre la historia real y sus propios recuerdos rotos.

3. Simbolismos Clave

SímboloSignificado en el texto
Los ojos claros / "Pocitos de agua"La mirada limpia e inocente del niño que pasa a sostener el dolor y las lágrimas del anciano desgastado por la memoria.
La piel fosforescenteRepresenta la pureza, el misterio y la luz divina/mágica que lo acompaña tanto en la noche del campo como bajo los faroles de la ciudad.
La CiguapaRepresenta el origen mítico, la libertad indómita y la raíz folclórica insular a la que Ángel pertenece en espíritu.
La Cafetera de la Calle El CondeEspacio de encuentro con la realidad actual; lugar donde se preserva la memoria oral de los héroes olvidados.

4. Estilo y Voz Narrativa

  • Prosa poética y sensorial: La narración destaca por su lirismo, enriquecida con imágenes sensoriales (el olor a clorofila y ozono, el fulgor de las estrellas, el sonido de las aves, el fuego de los fogones).

  • Narrador testigo/confidente: En la segunda parte, la aparición de la voz en primera persona ("lo encuentro en la cafetera... lo invito a un café") actúa como guardián de la memoria del protagonista. Este narrador valida el dolor de Ángel y lo rescata del olvido absoluto.

  • Estructura Cíclica: Aunque la guerra lo destruye todo, la esencia física y espiritual de Ángel permanece inalterada ("sigue siendo el mismo niño de siempre"). Mantiene sus cabellos rubios y su piel luminosa, pero ahora prisionero de sus propios laberintos de soledad.

Conclusión: Ángel es una obra de gran calado lírico e histórico que contrapone la belleza pura del mundo rural dominicano con la crudeza del conflicto bélico de 1965. Funciona como un homenaje a la inocencia perdida y a la memoria histórica de aquellos héroes anónimos que, habiendo entregado su juventud por la libertad, quedaron atrapados para siempre en la soledad y el olvido.


Analisi de la IA. 


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