miércoles, octubre 21, 2026

Análisis literario profundo de Nueve años de eternidad (1961-1970), Chap GPT

 




Análisis literario profundo de Nueve años de eternidad (1961-1970)

Autor: Domingo Acevedo · Poeta dominicano

La obra Nueve años de eternidad, de Domingo Acevedo, es mucho más que una evocación de la infancia. Es un extenso poema narrativo de carácter autobiográfico, histórico, social y testimonial que reconstruye la memoria de una comunidad dominicana expulsada de su territorio y condenada a vivir con la herida de un desarraigo que el tiempo no ha conseguido cerrar.

En esta obra, el poeta transforma sus recuerdos personales y colectivos en una forma de resistencia contra el olvido. Los nombres de las personas, los caminos, los árboles, los animales, los comercios, las escuelas y los lugares que alguna vez dieron sentido a la vida de su comunidad se convierten en los fragmentos de un mundo perdido que la escritura intenta recuperar.

La grandeza del poema reside en esa contradicción: el territorio desaparece bajo el avance de la ciudad, pero continúa viviendo en la memoria de quienes fueron expulsados de él.

Juncalito, Jánico – Works – eMuseum
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Santo Domingo, Dominican Republic
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1. El título: la paradoja de nueve años que se convierten en eternidad

El título constituye la primera gran clave interpretativa de la obra.

En términos cronológicos, nueve años son un período limitado. Sin embargo, para el sujeto poético, esos años contienen una vida entera: la infancia, los afectos familiares, la relación con la naturaleza, las primeras experiencias de la pobreza, las heridas de la violencia política y, finalmente, la pérdida definitiva del territorio.

La palabra eternidad transforma el tiempo histórico en tiempo emocional.

Los años pasan, pero el sufrimiento no termina. La experiencia del desalojo se prolonga mucho más allá del acontecimiento original, porque quienes perdieron su tierra también perdieron una parte de su identidad, de sus relaciones comunitarias y de la continuidad de sus vidas.

El título encierra, por tanto, una paradoja fundamental: lo que históricamente duró nueve años permanece emocionalmente para siempre.

Hay, además, una dimensión trágica. Los protagonistas regresaron a su tierra después de la muerte de Rafael Leónidas Trujillo, recuperaron sus espacios y volvieron a vivir entre sus recuerdos; pero en 1970, durante el gobierno de Joaquín Balaguer, fueron desalojados nuevamente, según explica el propio autor en la introducción.

El regreso, que debía representar la recuperación de la vida, terminó siendo una felicidad interrumpida.

La eternidad del título no es entonces una eternidad feliz. Es la persistencia de una pérdida.

2. La memoria como territorio recuperado

Uno de los aspectos más profundos del poema es la manera en que Domingo Acevedo convierte la memoria en un espacio habitable.

La obra comienza evocando la alegría del regreso:

El regreso fue feliz

Y continúa con una de las imágenes más significativas del texto:

desenterramos nuestros sueños petrificados debajo de la tierra

Esta imagen merece especial atención.

Los sueños están «petrificados» porque han permanecido inmóviles durante el tiempo de la ausencia, como si la violencia histórica los hubiera convertido en objetos enterrados. El verbo desenterramos representa el acto de devolverles la vida. No se trata solamente de regresar físicamente al lugar perdido, sino de recuperar aquello que había quedado suspendido: los afectos, las costumbres, la identidad y las esperanzas.

La tierra funciona simultáneamente como suelo físico, raíz familiar y depósito de la memoria.

Más adelante, el poeta afirma:

con nuestra alegría poblamos los espacios de la ausencia

Esta expresión contiene una extraordinaria intuición poética. La ausencia se presenta como un espacio vacío que puede ser habitado nuevamente por la alegría. El regreso no elimina el sufrimiento anterior, pero permite reconstruir temporalmente la vida.

La memoria, sin embargo, tiene una doble condición: consuela porque devuelve lo amado y hiere porque recuerda que aquello ya no existe de la misma manera.

Por eso, el poema no es una simple celebración nostálgica del pasado. Es también el relato de la imposibilidad de recuperarlo plenamente.

La memoria salva del olvido, pero no siempre puede reparar la pérdida.

3. La infancia: un paraíso cotidiano atravesado por la pobreza

La infancia ocupa un lugar central en la arquitectura emocional de la obra. El poeta reconstruye un universo donde la felicidad no depende de la abundancia material, sino de la cercanía con la familia, los vecinos y la naturaleza.

Aparecen los mangos y aguacates del fundo de la abuela Mamá Tita, la leche que se buscaba donde el tío Juan de la Rosa, los caminos interminables del Botao, el olor de las guayabas y las mañanas cubiertas de rocío.

Estos elementos no son adornos paisajísticos. Son las piezas concretas de una forma de vida.

La naturaleza proporciona alimento; los caminos permiten el encuentro; las casas y los establecimientos comerciales organizan la convivencia; los familiares y vecinos conforman una red de protección que hace posible la existencia cotidiana.

El poema recupera así una cultura comunitaria en la que la vida individual se encuentra profundamente ligada a la vida de los demás.

La Navidad y la herida de la desigualdad

Uno de los episodios más conmovedores es el de los Reyes Magos. Los niños colocan debajo de la cama la hierba para los camellos, el vaso de agua, la menta verde, el cigarrillo crema y una nota con sus deseos.

La escena comienza con la ilusión infantil, pero termina en decepción:

debajo de la cama no había ningún juguete

Y luego aparece una pregunta que trasciende la anécdota:

porque ellos sí

y nosotros no

La repetición establece un contraste entre los niños que reciben regalos y aquellos que quedan excluidos. La desigualdad social se revela desde la perspectiva de quienes todavía no poseen las herramientas necesarias para comprenderla.

Los niños no entienden las estructuras económicas ni las diferencias de clase. Solo perciben que otros reciben lo que ellos desean y que esa distribución parece injusta.

La frase «porque ellos sí / y nosotros no» es poderosa precisamente por su sencillez. Su estructura elemental reproduce la lógica inmediata de la infancia y, al mismo tiempo, expone una fractura social.

La pobreza deja de ser una cifra abstracta para convertirse en una experiencia íntima: el vacío debajo de la cama.

La aparición de la vieja Belén, que llegaba con algún juguete para los niños pobres, introduce una figura de solidaridad. Frente a la insuficiencia material, sobrevive la generosidad humana.

Esta escena también permite comprender que la felicidad del pasado no era perfecta. El poeta no idealiza por completo aquella infancia: recuerda su ternura, pero también sus privaciones.

La memoria es auténtica porque conserva ambas cosas.

4. La naturaleza: una parte constitutiva de la identidad

En Nueve años de eternidad, el bosque no es simplemente un escenario donde suceden los acontecimientos. Es parte de la existencia de la comunidad.

El autor lo expresa de manera directa:

porque cada árbol

cada hoja

cada animal

cada ave

cada insecto

cada piedra

cada sendero

cada palmo de tierra

estaba íntimamente ligado a nuestra existencia

La enumeración construye una totalidad. El poema avanza desde los elementos particulares de la naturaleza hasta la extensión completa del territorio.

La repetición de cada otorga a todos los componentes del paisaje una dignidad propia. Ninguno resulta insignificante, porque todos participan de la vida compartida.

Esta perspectiva es fundamental para comprender la pérdida que denuncia el autor. Destruir el bosque significa destruir mucho más que árboles: significa alterar una red de relaciones ecológicas, económicas, afectivas y culturales.

El bosque es alimento, camino, refugio, lugar de juego y espacio de convivencia. También constituye un archivo vivo de la infancia.

Por eso, cuando desaparece, no puede sustituirse simplemente con calles, edificios o nuevas construcciones.

El contraste entre el bosque y la ciudad

El desenlace histórico de la obra queda condensado en estos versos:

sobre los huesos calcinados y rotos del bosque

ya habían construido una ciudad

La imagen es particularmente dura. El bosque recibe un tratamiento casi humano: posee huesos y parece haber sufrido una muerte violenta.

La ciudad aparece levantada sobre los restos de ese cuerpo natural. El desarrollo urbano, que normalmente se asocia con progreso y modernización, adquiere aquí un significado trágico, porque está vinculado con la expulsión de quienes habitaban el territorio.

La expresión no implica que toda ciudad sea necesariamente destructiva. Dentro de la lógica del poema, denuncia una modernización que no reconoce el valor de la vida anterior ni el derecho de la comunidad a permanecer en su espacio.

El conflicto central es, por tanto, el que enfrenta dos maneras de concebir la tierra: como espacio para construir y como lugar donde una comunidad ha construido su existencia.

El bosque desaparece físicamente, pero sus raíces continúan creciendo en la conciencia del poeta.

5. Los nombres propios: un cementerio de la memoria y una comunidad resucitada

Uno de los rasgos más originales de la composición es la extensa sucesión de nombres de personas, familias, personajes populares y lugares.

Desfilan Mamá Tita, Juan de la Rosa, Bulo, Pepé el Loco, Caquín el zapatero, el maestro inglés, doña Lola, Felimón, Chuchú y muchos otros.

A primera vista, esta acumulación puede parecer una relación de nombres sin conexión narrativa. Sin embargo, su función literaria es mucho más compleja.

Cada nombre es una puerta hacia una vida.

El poeta no dispone del espacio suficiente para contar detalladamente la historia de cada personaje, pero su sola mención demuestra que esas personas existieron dentro de un universo compartido. Algunas están asociadas con oficios, otras con episodios familiares, otras con la solidaridad, la pobreza, la violencia o la tristeza.

La comunidad se reconstruye mediante sus huellas.

Una poética de la enumeración

La sucesión de nombres cumple varias funciones:

  • Función testimonial: conserva la presencia de personas que podrían desaparecer de la historia oficial.

  • Función afectiva: demuestra que el territorio estaba compuesto por relaciones humanas, no solo por espacios físicos.

  • Función colectiva: transforma una experiencia personal en la memoria de una comunidad.

  • Función rítmica: crea una cadencia acumulativa, semejante a una letanía o a la recitación de los nombres de quienes ya no están.

  • Función ética: se resiste a que el olvido convierta esas vidas en algo insignificante.

Hay una tensión especialmente interesante: el poeta no cuenta todas esas historias, pero tampoco permite que desaparezcan por completo. Las nombra.

En este sentido, la enumeración es una forma de escritura contra la desaparición.

Podemos interpretar la obra como un cementerio simbólico de la memoria, aunque no un cementerio destinado únicamente a los muertos. Es un lugar donde conviven los ausentes, los sobrevivientes, los desplazados y los recuerdos de quienes alguna vez dieron sentido a la comunidad.

Cada nombre es una pequeña lápida contra el olvido y, simultáneamente, una forma de resurrección.

Esta característica distingue la obra de una autobiografía convencional. El protagonista no ocupa por sí solo el centro del relato: comparte su lugar con una multitud de vidas.

El yo se convierte en un nosotros.

6. El territorio como mapa afectivo e histórico

El poema menciona numerosos lugares: la Esperilla, el Camino Real, el Hotel Embajador, Manganagua, el ensanche Quisqueya, la calle 18, Engombe, Bayona, Manoguayabo y Guajimía, entre otros.

La precisión de estos nombres cumple una función fundamental: ancla el recuerdo en la geografía concreta de Santo Domingo y sus alrededores.

El territorio deja de ser una abstracción y se convierte en un mapa de experiencias.

Un camino puede contener los juegos de la infancia. Una laguna puede conservar el recuerdo de los peces y las jicoteas. Un colmado puede representar la vida cotidiana. Una escuela puede reunir la memoria de los profesores y de los primeros aprendizajes.

Así surge una geografía emocional donde cada lugar tiene un significado que no puede reducirse a sus coordenadas.

El poema también establece una relación entre la transformación urbana y el borrado de las huellas comunitarias. Allí donde existían senderos, árboles y espacios de encuentro, aparecen nuevas construcciones.

La transformación física del territorio provoca una transformación de la identidad.

Sin embargo, el poeta realiza una operación inversa: al nombrar los lugares, reconstruye verbalmente el espacio perdido.

La escritura se convierte en una especie de cartografía de la ausencia.

La ciudad contemporánea puede haber modificado el paisaje, pero el poema conserva una segunda geografía: aquella que continúa existiendo en la memoria de quienes vivieron allí.

7. La historia política: del desalojo a la herida colectiva

La introducción del autor sitúa explícitamente la experiencia dentro de la historia dominicana: el desalojo durante la dictadura de Trujillo, el regreso posterior a su muerte y una nueva expulsión en 1970, durante el gobierno de Balaguer.

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Este contexto convierte la nostalgia en una forma de denuncia.

La pérdida de la tierra no aparece como una fatalidad natural ni como una mudanza voluntaria. Es presentada como consecuencia de decisiones de poder que alteraron radicalmente la vida de una comunidad.

La tierra, por tanto, adquiere una dimensión política. No representa únicamente un patrimonio económico, sino el derecho a conservar los vínculos que permiten a las personas reconocerse como parte de una historia compartida.

La violencia que permanece después del acontecimiento

El poema también evoca la Guerra de Abril, el miedo, la muerte, el desamparo, el luto y la violencia política.

Estos elementos amplían el horizonte de la obra. La expulsión territorial forma parte de un mundo histórico donde la población ha experimentado distintas formas de inseguridad y sufrimiento.

El verso que describe al sátrapa paseando su crueldad por la tierra introduce una imagen de poder autoritario que contrasta con la humildad de las personas evocadas.

Frente a ese poder aparecen campesinos, trabajadores, médicos dedicados a los pobres, parteras, maestros, familiares y vecinos.

La historia no se contempla exclusivamente desde los gobernantes, las instituciones o las fechas oficiales. Se contempla desde quienes vivieron sus consecuencias.

Esta inversión de perspectiva es uno de los valores testimoniales de la obra: devuelve centralidad a las vidas ordinarias que suelen quedar relegadas en los grandes relatos históricos.

No obstante, es importante distinguir entre la denuncia literaria y la reconstrucción documental. El poema ofrece la experiencia y la interpretación del autor; para establecer con precisión las circunstancias jurídicas de los desalojos, sus responsables concretos y sus dimensiones históricas, sería necesario contrastar el testimonio con documentación adicional.

La fuerza literaria de la obra no depende de que cada verso funcione como un documento administrativo. Su importancia reside en mostrar lo que un proceso histórico puede significar para quienes lo padecen.

8. El tiempo: la infancia, la historia y la eternidad

El tiempo en esta obra no transcurre de manera lineal. El poeta no organiza los recuerdos como una crónica que avanza ordenadamente desde el nacimiento hasta la pérdida. Se desplaza de una estación a otra, de una persona a un lugar, de una celebración a un acontecimiento doloroso.

El pasado aparece fragmentado, pero no desordenado emocionalmente. Cada recuerdo conduce a otro mediante asociaciones afectivas.

Hay tres dimensiones temporales que se entrecruzan:

El tiempo de la infancia

La leche de las mañanas, los juegos, las estaciones, la Navidad, los familiares y el bosque. Es el tiempo de la experiencia vivida.

El tiempo histórico

La dictadura, el regreso, la Guerra de Abril, los cambios urbanos y el nuevo desalojo. Es el tiempo de los acontecimientos que transforman la comunidad.

El tiempo de la memoria

El presente desde el que el poeta reconstruye lo vivido. Es el tiempo en que las pérdidas siguen doliendo y los recuerdos continúan produciendo significado.

La superposición de estos tiempos explica la profundidad del título. El calendario puede marcar el final de una época, pero la conciencia continúa regresando a ella.

También resulta significativo que el poema alterne escenas concretas de la niñez con reflexiones sobre décadas de ausencia. La infancia no se recuerda desde una distancia emocional neutral: se recuerda desde la herida del adulto que ha comprendido lo que perdió.

Por eso, la nostalgia del poema no es solamente deseo de volver a ser niño. Es también el deseo de recuperar un mundo donde la vida tenía una continuidad que después fue interrumpida.

9. El lenguaje poético: sencillez expresiva y acumulación emocional

La obra posee una voz narrativa que se apoya en el lenguaje cotidiano, las imágenes sensoriales, las enumeraciones y las repeticiones.

Su fuerza no procede principalmente de la complejidad sintáctica ni de un vocabulario deliberadamente hermético. Procede de la acumulación de experiencias y de la capacidad para convertir elementos familiares en símbolos de una pérdida profunda.

La imagen de la luna

El poeta recuerda la luna llena, amarilla y redonda, comparándola con una moneda gastada entre sus ojos.

La comparación introduce una dimensión de desgaste y tiempo. La luna, que podría simbolizar plenitud o belleza, adquiere la apariencia de un objeto usado, marcado por el paso de los años.

La imagen conecta el paisaje celeste con la experiencia humana: también los recuerdos se desgastan, aunque no desaparezcan.

Los amaneceres y las estaciones

Las mañanas frías, el rocío, los amaneceres rosas de abril, las mariposas amarillas y el olor de las guayabas construyen una memoria sensorial.

El pasado no se recupera únicamente mediante ideas. Se recupera mediante olores, colores, temperaturas, sonidos y sensaciones corporales.

El lector no recibe solamente información sobre una infancia: es invitado a imaginar cómo se sentía habitar aquel mundo.

El viento, la lluvia y el invierno

Los fenómenos naturales acompañan las emociones del sujeto poético. Diciembre llega asociado al amor y la nostalgia; el viento del norte, al recuerdo de una época marcada por la tristeza; la luna y las celebraciones, a la persistencia de las costumbres.

La naturaleza funciona como un lenguaje paralelo de la memoria.

No todos estos elementos necesitan interpretarse como símbolos aislados y rígidos. Su significado nace, sobre todo, de la relación que mantienen con los recuerdos que los rodean.

10. La estructura: un poema narrativo construido como una larga evocación

Aunque el autor declara que esta narración pretende ser un poema, la obra posee características que permiten estudiarla como un poema narrativo en verso libre, con elementos de elegía, crónica testimonial y memoria autobiográfica.

Su estructura se organiza mediante bloques de recuerdos que se suceden sin depender de estrofas regulares ni de una métrica uniforme.

El movimiento general puede comprenderse en cinco momentos.

1

El regreso

La recuperación de los sueños y de la tierra perdida. Predominan la alegría, el reencuentro y la esperanza.

2

La reconstrucción del mundo infantil

Los paisajes, las estaciones, las celebraciones, los juegos y las experiencias de pobreza.

3

El inventario de la comunidad

La sucesión de nombres, oficios, establecimientos, familiares, vecinos y lugares.

4

La pérdida y el desarraigo

La violencia política, la destrucción del bosque, la transformación urbana y la imposibilidad del regreso definitivo.

5

La recuperación de la memoria mediante la poesía

Las tamboras convocan a la comunidad para conservar el legado de los abuelos y convertir el recuerdo en motivo de vida.

Esta estructura no debe entenderse como una división rígida. Los distintos momentos se entrelazan y regresan unos sobre otros. Sin embargo, permite reconocer el arco emocional de la composición: de la recuperación de la felicidad a la conciencia de la pérdida, y de esta a la necesidad de preservar lo vivido.

El verso libre y la respiración del recuerdo

La disposición de los versos cumple una función importante.

Las frases breves y las palabras aisladas producen pausas que dan relieve a determinadas imágenes. Las enumeraciones prolongadas, por el contrario, crean un movimiento de acumulación, como si el poeta temiera que detenerse significara perder otro fragmento de su mundo.

En ciertos pasajes, el ritmo recuerda una letanía; en otros, una conversación íntima o el recuento oral de los acontecimientos familiares.

La ausencia de una métrica regular resulta coherente con esa voz evocadora. La memoria no habla siempre con una cadencia uniforme: se acelera cuando aparecen los nombres y se detiene ante las imágenes que concentran el dolor.

No obstante, la libertad formal también plantea un desafío: algunas enumeraciones son tan extensas que pueden debilitar el relieve de ciertos personajes y recuerdos. La cuestión no es eliminar esa acumulación, que constituye uno de los rasgos distintivos del poema, sino encontrar una organización que permita percibir mejor sus momentos de mayor intensidad.

11. La paradoja emocional: la felicidad y la tristeza como una sola experiencia

La obra alcanza una de sus expresiones más reveladoras cuando el poeta reconoce que todo parece, después de tanto tiempo, «tan hermosamente triste».

La expresión une dos estados que, en apariencia, se contradicen.

Lo hermoso pertenece a la intensidad de lo vivido: la naturaleza, los afectos, la infancia y la comunidad.

Lo triste pertenece a la conciencia de que ese universo ya no puede recuperarse en su forma original.

La memoria hace posible que ambos sentimientos existan simultáneamente.

El poeta no quiere olvidar porque olvidar equivaldría a perder por segunda vez. Pero recordar significa volver a experimentar la distancia entre lo que fue y lo que es.

Esta tensión se prolonga hasta el cierre de la obra, cuando aparece la formulación «lo tristemente felices que a pesar de todo hemos sido».

Es una conclusión de gran valor interpretativo.

No se afirma que la felicidad haya vencido al sufrimiento, ni que el sufrimiento haya destruido por completo la felicidad. Se reconoce que ambas experiencias forman parte de una misma existencia.

La palabra hemos resulta decisiva: el poeta no habla solamente por sí mismo. Su experiencia se extiende hacia quienes compartieron el territorio, los afectos y el desarraigo.

La felicidad es recuperada como memoria colectiva, aunque esté atravesada por la tristeza.

12. El final: las tamboras como resistencia cultural

En los últimos versos, las tamboras convocan a los ausentes y a los sobrevivientes para reunirse en el presente, conservar el legado de los abuelos y recordar tanto las penas como las alegrías.

La imagen de la fogata bajo una ceiba crea un espacio simbólico de reunión.

La ceiba representa aquí, por su función dentro de la escena, un punto de encuentro y continuidad. La fogata reúne los cuerpos alrededor del calor; las tamboras reúnen a la comunidad mediante el ritmo; la poesía reúne las voces mediante la memoria.

El final no devuelve físicamente la tierra a quienes la perdieron. Su respuesta es otra: preservar el mundo desaparecido en la conciencia colectiva.

La tradición cultural se convierte en una forma de resistencia.

Los recuerdos no deben conservarse únicamente para lamentar lo perdido, sino para transmitir una experiencia a las generaciones futuras. El poema propone que la memoria pueda convertirse en un motivo de vida.

Esto impide que la obra termine encerrada en la desesperanza. Su melancolía no desaparece, pero adquiere una finalidad ética: recordar para que las personas y las historias no sean borradas.

13. Los grandes temas de la obra

Tema

Manifestación en el poema

Significado profundo

El desarraigo

La expulsión de la tierra y la imposibilidad de regresar

Pérdida de pertenencia e identidad

La memoria

La evocación de personas, lugares y costumbres

Resistencia frente al olvido

La infancia

Los juegos, la Navidad y la naturaleza

Recuperación de un mundo afectivo

La pobreza

Los juguetes que nunca llegan y el hambre

Desigualdad experimentada en la vida cotidiana

La comunidad

Los nombres y las historias compartidas

Identidad construida mediante los vínculos

La naturaleza

El bosque, los animales, las aguas y los árboles

Continuidad ecológica y cultural de la vida

La violencia política

Los desalojos, la guerra y las muertes

Consecuencias humanas del ejercicio del poder

La urbanización

La ciudad construida sobre el bosque destruido

Ruptura entre modernización y memoria territorial

La tradición

Las tamboras, los abuelos y las reuniones

Transmisión de la identidad colectiva

14. Una valoración crítica de la obra

Una lectura profunda también debe reconocer los desafíos formales del poema. Señalarlos no disminuye su valor; permite comprender mejor sus posibilidades literarias.

Su principal fortaleza: la autenticidad del testimonio

La obra posee una materia humana concreta. Sus recuerdos no dependen exclusivamente de ideas abstractas sobre la nostalgia, la patria o la injusticia. Están vinculados a personas, objetos, caminos y experiencias específicas.

Esa concreción permite que el lector comprenda el desarraigo como una experiencia vivida y no solamente como un concepto.

Su segunda fortaleza: convertir lo individual en colectivo

El autor parte de una experiencia personal, pero construye una comunidad mediante la evocación de sus integrantes. Los nombres propios impiden que el relato quede reducido a la historia privada de un individuo.

La obra se aproxima así a una memoria popular que conserva la dignidad de personas que podrían permanecer ausentes de los registros oficiales.

Su tercera fortaleza: la dimensión sensorial

Los colores, olores, sonidos y fenómenos naturales permiten que la memoria adquiera presencia física. La infancia se vuelve perceptible y la pérdida se hace más dolorosa porque el lector puede imaginar lo que desapareció.

Su principal desafío formal: la extensión de las enumeraciones

La abundancia de nombres constituye el corazón testimonial del poema, pero también puede producir monotonía cuando muchos elementos reciben un tratamiento rítmico semejante.

Una revisión literaria podría organizar ciertos grupos de nombres alrededor de núcleos temáticos —la familia, los oficios, la escuela, la solidaridad, la violencia y los personajes populares— sin suprimir su carácter de inventario comunitario.

Un segundo desafío: la transición entre memoria y denuncia

En algunos momentos, el poema pasa rápidamente de la evocación afectiva a la denuncia histórica. Esa coexistencia es legítima y necesaria, pero podría ganar intensidad si determinados episodios funcionaran como puentes narrativos entre ambos planos.

Por ejemplo, la destrucción del bosque puede servir como transición entre el recuerdo de la infancia y la explicación del desarraigo. De ese modo, la pérdida material del territorio y la pérdida emocional de la comunidad quedarían todavía más estrechamente vinculadas.

Un tercer desafío: la jerarquización de las imágenes

La obra contiene imágenes de gran fuerza, como los sueños petrificados, los huesos del bosque y la tristeza que se prolonga a través del tiempo. Una edición cuidadosa podría darles mayor relieve mediante pausas, agrupaciones y una disposición tipográfica coherente.

La intención no sería embellecer artificialmente el texto, sino hacer que las imágenes decisivas resuenen con mayor intensidad.

En conjunto, estos aspectos sugieren que el poema posee una identidad expresiva propia y que una revisión formal, si el autor la desea, podría ayudar a que esa identidad se manifieste con mayor claridad.

15. ¿Qué lugar ocupa esta obra dentro de la literatura dominicana?

Desde una perspectiva temática, Nueve años de eternidad dialoga con varias tradiciones literarias:

  • La poesía elegíaca, por su reflexión sobre la pérdida y la imposibilidad de recuperar plenamente lo amado.

  • La poesía testimonial, por su voluntad de conservar la experiencia de una comunidad afectada por acontecimientos históricos.

  • La poesía social, por su atención a la pobreza, la desigualdad, la violencia política y los efectos del poder.

  • La literatura de la memoria, por su reconstrucción de un mundo desaparecido a través de recuerdos personales y colectivos.

  • La escritura autobiográfica, por la presencia de la experiencia del autor como punto de partida de la narración.

Estas afinidades permiten describir la obra y situarla dentro de un horizonte de lectura, pero no bastan para establecer una clasificación definitiva ni para afirmar una influencia directa de otros escritores.

Para determinar su lugar dentro de la literatura dominicana contemporánea sería necesario comparar el poema con otras obras, estudiar su recepción y examinar su trayectoria editorial.

Lo que sí puede afirmarse a partir del texto es que su proyecto literario tiene una dimensión que trasciende la nostalgia individual: conservar la memoria de una comunidad y denunciar el costo humano de su desaparición territorial.

16. Conclusión: la poesía como último territorio

* Nueve años de eternidad* es una obra sobre la pérdida de la tierra, pero, en un sentido más profundo, es una obra sobre la pérdida de un mundo.

Lo que desaparece no es solamente un espacio geográfico. Desaparecen las relaciones que daban sentido a ese espacio: las conversaciones, los juegos, los afectos, las costumbres, los trabajos, las celebraciones y las pequeñas historias que constituían la vida cotidiana.

El poeta intenta recuperar todo aquello mediante la palabra.

Por eso, los nombres tienen tanta importancia. Por eso regresan los caminos, la luna, los árboles, los animales, los maestros, las parteras y las personas humildes. Cada recuerdo constituye una pieza de una realidad que la transformación del territorio ha vuelto inaccesible.

El poema se convierte así en un acto de restitución simbólica: no puede devolver la tierra, pero puede devolverle voz a la comunidad que la habitó.

Su mayor logro consiste en comprender que el desarraigo no termina cuando se abandona un lugar. Continúa mientras permanezcan sus consecuencias en la memoria, en los afectos y en la identidad de quienes lo perdieron.

Y, sin embargo, la obra no se entrega por completo a la desesperanza. Las tamboras siguen sonando al final. Los recuerdos todavía pueden reunirse alrededor de una fogata. La memoria continúa transmitiéndose.

Esa es la esperanza que sobrevive en el poema: que aquello que fue destruido físicamente no desaparezca también de la conciencia de las nuevas generaciones.

Domingo Acevedo convierte la nostalgia en testimonio, el testimonio en denuncia y la denuncia en una forma de permanencia.

La tierra que el poeta ya no puede recuperar permanece en sus versos. Allí continúan viviendo las personas, los caminos y los árboles de su infancia.

Y allí, en ese territorio creado por la palabra, los nueve años siguen siendo eternos.

Juicio literario final

Considero que el rasgo más valioso de esta obra es su capacidad para transformar una experiencia de desalojo y desarraigo en una memoria colectiva. Su voz adquiere fuerza cuando abandona la abstracción y nombra aquello que existió: las personas, los objetos, los paisajes y las costumbres que hicieron posible una vida compartida.

Su desafío principal es organizar esa abundancia de recuerdos de modo que las imágenes centrales conserven toda su fuerza. Pero esa abundancia también constituye parte de su identidad: parece responder al temor de que, si un nombre deja de pronunciarse, una vida entera termine desapareciendo.

En última instancia, Nueve años de eternidad plantea una pregunta que supera la experiencia particular del autor:

¿Qué le sucede a un pueblo cuando pierde la tierra donde construyó su memoria, y qué puede hacer la poesía para impedir que pierda también su historia?

La respuesta de Domingo Acevedo es escribir. Nombrar. Recordar. Reunir en el poema aquello que la historia dispersó.

Y hacer de la memoria una forma de resistencia frente al olvido.


Nueve años de eternidad (1961-1970)

 

Esta narración que pretende ser un poema trata de nuestro regreso a nuestras tierras después que fuimos desalojados por la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo en el 1959, después de su muerte en el 1961 volvimos a recuperar nuestro territorio, pero Balaguer nos desalojó nuevamente en el 1970 y ya nunca más pudimos volver a nuestra tierra, por eso el título nueve años de eternidad.

 

Hoy después de tanto tiempo nos queda la tristeza y la impotencia ante los abusos del estado y el no haber podido volver a la tierra que amamos tanto.

 

El regreso fue feliz

desenterramos nuestros sueños petrificados debajo de la tierra 

con nuestra alegría poblamos los espacios de la ausencia

y volvimos a correr por los caminos interminables del botao

a buscar mangos y aguacates en el fundo de la abuela Mama Tita

a levantarnos tempranito a buscar la leche donde el tío Juan de la Rosa

a buscar agua al hotel Embajador

volvimos a caminar por los senderos de los sueños

con el alma salpicada de lunas y estrellas

recuerdo las mañanitas frías

las horas memorables del rocío

nuestros viajes interminables hacia los amaneceres rosas de abril

las mariposas amarillas

el olor de las guayabas

mayo que tejía con sus hilos de plata los colores de la primavera

el relámpago

el rayo

el trueno

la lluvia

con diciembre llegaba la época del amor y la nostalgia

yo siempre me dejaba vencer por la melancolía

de esos días efímeros

adornados por las flores de pascua

el viento del norte que nos endulzaba el alma

con la tristeza de un siglo enlutecido por las guerras y el odio

mientras que en el cielo placido del invierno

la luna llena

amarilla y redonda

como una moneda

gastada entre mis ojos

la noche buena

la navidad

el año nuevo

el día de reyes

la prisa para que anocheciera

para irnos temprano a dormir

y poner debajo de la cama

la hierba de guinea para los camellos

el vaso de agua

la menta verde

el cigarrillo crema

y el papelito con los deseos

para los reyes magos

el desvelo

y al otro día

la decepción

debajo de la cama no había ningún juguete

los reyes no pudieron entrar

León asustó a los camellos con sus ladridos

y siguieron de largo 

nos quedaba la inocente tristeza

de no entender porque no teníamos

un juguete como los demás niños

porque ellos sí

y nosotros no

era tanta la impotencia

que no advertíamos

la tristeza de nuestros padres

que desesperados nos decían

no se apuren niños

la vieja Belén pasará

con algún juguete de lástima para ustedes

después de tanto tiempo

todo nos parece tan hermosamente triste

El camino real

por donde mi niñez aún se pierde en la sinuosidad del tiempo

buscando entre los recuerdos y la distancia

sobrevivir a la nostalgia

que después de más de un siglo

 de ausencia

nos hiere el alma

con los cuchillos tristes de la impotencia.

la Jefrat

Mata Hambre

el hotel Embajador

el campo de golf

el colegio Valentín Salinero

Maprica

Borronoso

La carretera de Caliche

La sub estación eléctrica de la avenida Rómulo Betancourt

entre la Francisco Soñé

con Defilló

recostada en la mata de flamboyán

que aún conserva bajo sus sombras

los recuerdos más lejanos de mi infancia

la vieja plantica

como la llamaban los habitantes de la Esperilla

es una referencia histórica

de aquella época en que la familia vivía unida

a la tierra en el amor y la solidaridad

la Esperilla

el camino real

el colmado de Birín

el almacén de Amarante

que estaba ubicado donde está hoy el BHD

en la Núñez de Cáceres con 27 de febrero

la pequeña escuela

el viejo maestros

que cuando Andrés Longo

se emborrachaba lo hacía huir

y tenía que dormir en el monte

doña Ericka

la esposa del embajador de Alemania en el país

que siempre nos agradeció aquel gesto de Pepe y Ñoño

que encontraron a sus dos hijos perdidos

en el campo de golf del hotel Embajador

y se lo entregaron sanos y salvos

las monjitas de la nunciatura

siempre tiernas y cariñosas

sor Refugio

sor Milagros

sor Inés

el seminario que estaba entre la avenida 27 de febrero

y la avenida Bolívar

donde hoy está la Pontificia Universidad

Católica Madre y Maestra

el padre Mancilla

los monaguillos

la misa

las catequistas

el catecismo

el bautizo

la primera comunión

hemos crecido tanto

que ya todo es desilusión

y nostalgia

los profesores

Rafael

Digna

Carmen

Eligio

Estervina

Héctor

María

que nos enseñaron de una forma

muy distinta a la que ya conocíamos

a leer

escribir

y contar

pero que no pudieron con su sabiduría

aunque lo intentaron

evitar que destruyeran el bosque

y con él

una parte importante de nuestras vidas

porque cada árbol

cada hoja

cada animal

cada ave

cada insecto

cada piedra

cada sendero

cada palmo de tierra

estaba íntimamente ligado a nuestra existencia

hoy

después de tantos años

sólo nos quedan los recuerdos de aquella época

resumida en nueve años de eternidad

los días fúnebres de la guerra de abril

el miedo

la tristeza

el desamparo

la muerte

el llanto

el luto

la rabia

la patria herida

el patriotismo

Bulo con sus borriquitos

repletos de sacos de carbón

perdiéndose en el olvido

el ensanche Quisqueya 

la calle 18

el colmado de Inoa

los Bajos

la tierra de doña María

la privada

por donde el sátrapa solemnemente

paseaba en silencio su crueldad

Cato

Celia

Ovidio

Chéche

La clínica de Zaiter

en donde las personas encontraban la calidez

de los afectos

de un médico dedicado a curar a los pobres

Bebe leche

Guancho

Enrique

Mariquita

José Pozo

Tatica Soler

Belen y Francisca las parteras que con sus manos maravillosas

hacían posible que la vida ya concebida por Dios

brotara del vientre de las madres abandonadas en el olvido

Elio

Billigo

Coquillo

Poche

Grillin

los Dendenes dueños de las madrugadas y el rocío

Esteban

Moncho

Lolita

Rosita

el viejo Magaleno

Genoveva

Isabel la mamá de Antonio

que en enero

después de reyes

para la vieja Belén

cruzaba el horizonte

regalando juguetes y ternura

a los niños pobres

Pepé el Loco

Cohete

Juanita Creta

Luis Vaquero

Mallen y Doble Tapa

heridos por los puñales de la tristeza y el desarraigo

todavía deambulan por las calles de la ciudad

buscando el origen de sus vidas perdidas

en los absurdos parajes de la miseria

Fermín

Fabio

Blanca Nieves

El friero

Miñimiñi

Julio que con sus manos de alfarero 

hacía panes de ternura 

que repartía en las madrugadas

a los fantasmas de la ciudad

para mitigar el hambre de toda la vida

Bertilia

Víctor Enrique

la tía Aurora

Aladino

todavía Diego y canina

todos los días

llegan tempranito a casa

con el olor del rocío pegado en la piel

a buscar un poco de café

para luego seguir su camino

hacia los conucos

en donde la primavera

florece en sus corazones

como evidencia

de que los días de hambre

quedaron en el olvido

Mangula

Folla

Minó

Juan Ballenilla

Papá Goyo

Piringo

El maestro ingles

desterrado de su país 

y condenado a vivir en esta tierra

en donde murió sin más gloria que el olvido

Juana su esposa

abandonada

y sola

con sus hijos

José Menkis

León

Julian

Fernelis

Raquel

Celsa

Rebeca

que por más que buscaron en su interior

no pudieron encontrar el camino de regreso a sus orígenes

y se quedaron en la isla

prisioneros del tiempo y la nostalgia

mirando tristemente

como la ausencia consume los sueños

La tía agustina

El tío Alberto

Doña Lola

Mamucha

Silvio el hijo de Minta

Chacho que lo curaba todo con sus botellas

hechas con hojas y raíces del bosque

Subendo

la tía Tatín

Juan de la Rosa

el abuelo Ismael

la vellonera de Andrés Longo

con aquellas canciones de Niní Cáfaro

eternizándose en las noches tristes de nuestra ausencia

Taína

Minimito

Guillermo

Juan Barriga

Ninito que todavía cabalga despacio

por el camino de los atardeceres

hacia donde la abuela Mamá Tita

lo espera con los brazos abiertos

Quiquita

Titín el barbero

Tiro

Domingota

mi madrina Zoila

la laguna de Manganagua

que atesoraba entre sus aguas el alegre chapoteo

de las tilapias y las jicoteas

Damiana la Patana

Mario el tuerto

Majenga

Pulía

el pley a dónde íbamos a tirar piedras a la luna

Popó Candela

Ramón Nolasco

Ramonita

Enrique Paniagua

Mandinga en su soledad

todavía camina triste por el camino real

hacia ninguna parte

Salvadora

Juanita Tiro

la tía Eufemia

Caquín el zapatero plebe remendón y borrachón

José Morocota

Eusebio

la vieja Tiesa

Altagracia y Mambo

que llegaron de no sabemos donde

a quedarse con nosotros para siempre

a compartir la ternura

y los sueños de la vida

resumidos en el amor a la tierra

Juan Caco de Yuca

Felimón

Chuchú

Vía

La pulpería de Zira

la mamá de Fafa Taveras

sus medios hermanos

Pipí

Tirso

y Pichón 

Ulises su esposo

que alguna vez nos paseó a todos en su vieja motoneta

por las calles de fantasía de la ciudad

alegre de más allá de la alborada

mi padrino Higüeyano

Chenchita

el tío Gugú

Palilo

Brito el policía amigo

que después de la guerra

en esa época oscura de terror y muerte

de los 12 aos

cayó abatido

víctima de la violencia política

en una calle de Santo Domingo

Isidro el caballo

Fabrí

Cheo

Yoyo

Andresito el compadre de papá

que vivía en Hatillo

San Cristóbal

que se dejó morir de tristeza

cuando supo de la muerte de su hijo

a manos de no se sabe quien

Rosita

Flora

Pipí

Miche

Eduviges que cuando supo que tenía que irse

para siempre de sus tierras

se dejó morir atropellada por un vehículo

En la avenida 27 de Febrero

frente a Manganagua

María de los Ángeles

Felipe y Pimpa

Joaquín la Flecha

Josefita empeñada siempre

en esconder detrás de un disfraz varonil

sus atributos de mujer

Pichao

Guaroita

El tío Pichón

Blanco

el tío Vallejo

solitario y tierno

vagando por la tierra que lo olvida

con su saco llenos de sueños y ternura

tocando puertas que hace siglos la vida le cerró para siempre

el tío Rafael

Amantina

Felipito

Sergio

Enrique

Papo

a donde se fue Sesen 

a morir entre los recuerdos de la guerra patria

el olvido

y sus sueños inconclusos 

El Café

Herrera

El Palmar

Engombe

Bayona

Manoguayabo

Guajimia

Sus aguas rumorosas y cristalinas

en su lento camino hacia el río Jaina

todavía serpentea alegre en nuestros recuerdos

llena de peces

jaibas

y camarones

Helena

Juana

Toñita

Aura

Jovina

los edificios para maestros hechos por Balaguer

a final de la década del 1960

la Casa San Pablo

el Carol Morgan

el colmado de Elupina

la Rómulo Betancourt

sus luces de neón

nos embrujaron de tal manera

que no nos dimos cuenta que marcaban nuestro destino

el final de una época en que compartimos la vida y los sueños

abrazados al amor y la ternura

la felicidad de poder correr por el monte hasta alcanzar el cielo

las nubes

la luna

y las estrellas

cuando despertamos

de nosotros no quedaba nada

solo ruinas y tristezas

sobre los huesos calcinados y rotos del bosque

ya habían construido una ciudad

y nuestras huellas se diluyeron

entre la tristeza y la nostalgia del desarraigo

desde donde añoramos con dolor el tiempo vivido en la Esperilla

Gero

Nego

Pascuala

Yolanda

Altagracita

Juliana

aun repica en nuestra memoria

el ritmo frenético de las tamboras

que nos llaman del pasado

para que nos juntemos

en el presente

para que no se pierda en el tiempo

el legado de los abuelos

y para que no olvidemos tantas penas

y tantas alegrías

y amarremos nuestras lágrimas

y nuestras risas a los recuerdos

para hacer de ellos un motivo de vida

que en las noches alegres

cuando la luna brille

con todo su esplendor en el cielo

alrededor de la fogata

debajo de una ceiba

al son del repique de las tamboras

evoquemos en una danza

lo tristemente felices

que a pesar de todo

hemos sido

 

Domingo Acevedo.

 

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