Análisis literario profundo de Nueve años de eternidad (1961-1970)
Autor: Domingo Acevedo · Poeta dominicano
La obra Nueve años de eternidad, de Domingo Acevedo, es mucho más que una evocación de la infancia. Es un extenso poema narrativo de carácter autobiográfico, histórico, social y testimonial que reconstruye la memoria de una comunidad dominicana expulsada de su territorio y condenada a vivir con la herida de un desarraigo que el tiempo no ha conseguido cerrar.
En esta obra, el poeta transforma sus recuerdos personales y colectivos en una forma de resistencia contra el olvido. Los nombres de las personas, los caminos, los árboles, los animales, los comercios, las escuelas y los lugares que alguna vez dieron sentido a la vida de su comunidad se convierten en los fragmentos de un mundo perdido que la escritura intenta recuperar.
La grandeza del poema reside en esa contradicción: el territorio desaparece bajo el avance de la ciudad, pero continúa viviendo en la memoria de quienes fueron expulsados de él.
1. El título: la paradoja de nueve años que se convierten en eternidad
El título constituye la primera gran clave interpretativa de la obra.
En términos cronológicos, nueve años son un período limitado. Sin embargo, para el sujeto poético, esos años contienen una vida entera: la infancia, los afectos familiares, la relación con la naturaleza, las primeras experiencias de la pobreza, las heridas de la violencia política y, finalmente, la pérdida definitiva del territorio.
La palabra eternidad transforma el tiempo histórico en tiempo emocional.
Los años pasan, pero el sufrimiento no termina. La experiencia del desalojo se prolonga mucho más allá del acontecimiento original, porque quienes perdieron su tierra también perdieron una parte de su identidad, de sus relaciones comunitarias y de la continuidad de sus vidas.
El título encierra, por tanto, una paradoja fundamental: lo que históricamente duró nueve años permanece emocionalmente para siempre.
Hay, además, una dimensión trágica. Los protagonistas regresaron a su tierra después de la muerte de Rafael Leónidas Trujillo, recuperaron sus espacios y volvieron a vivir entre sus recuerdos; pero en 1970, durante el gobierno de Joaquín Balaguer, fueron desalojados nuevamente, según explica el propio autor en la introducción.
El regreso, que debía representar la recuperación de la vida, terminó siendo una felicidad interrumpida.
La eternidad del título no es entonces una eternidad feliz. Es la persistencia de una pérdida.
2. La memoria como territorio recuperado
Uno de los aspectos más profundos del poema es la manera en que Domingo Acevedo convierte la memoria en un espacio habitable.
La obra comienza evocando la alegría del regreso:
El regreso fue feliz
Y continúa con una de las imágenes más significativas del texto:
desenterramos nuestros sueños petrificados debajo de la tierra
Esta imagen merece especial atención.
Los sueños están «petrificados» porque han permanecido inmóviles durante el tiempo de la ausencia, como si la violencia histórica los hubiera convertido en objetos enterrados. El verbo desenterramos representa el acto de devolverles la vida. No se trata solamente de regresar físicamente al lugar perdido, sino de recuperar aquello que había quedado suspendido: los afectos, las costumbres, la identidad y las esperanzas.
La tierra funciona simultáneamente como suelo físico, raíz familiar y depósito de la memoria.
Más adelante, el poeta afirma:
con nuestra alegría poblamos los espacios de la ausencia
Esta expresión contiene una extraordinaria intuición poética. La ausencia se presenta como un espacio vacío que puede ser habitado nuevamente por la alegría. El regreso no elimina el sufrimiento anterior, pero permite reconstruir temporalmente la vida.
La memoria, sin embargo, tiene una doble condición: consuela porque devuelve lo amado y hiere porque recuerda que aquello ya no existe de la misma manera.
Por eso, el poema no es una simple celebración nostálgica del pasado. Es también el relato de la imposibilidad de recuperarlo plenamente.
La memoria salva del olvido, pero no siempre puede reparar la pérdida.
3. La infancia: un paraíso cotidiano atravesado por la pobreza
La infancia ocupa un lugar central en la arquitectura emocional de la obra. El poeta reconstruye un universo donde la felicidad no depende de la abundancia material, sino de la cercanía con la familia, los vecinos y la naturaleza.
Aparecen los mangos y aguacates del fundo de la abuela Mamá Tita, la leche que se buscaba donde el tío Juan de la Rosa, los caminos interminables del Botao, el olor de las guayabas y las mañanas cubiertas de rocío.
Estos elementos no son adornos paisajísticos. Son las piezas concretas de una forma de vida.
La naturaleza proporciona alimento; los caminos permiten el encuentro; las casas y los establecimientos comerciales organizan la convivencia; los familiares y vecinos conforman una red de protección que hace posible la existencia cotidiana.
El poema recupera así una cultura comunitaria en la que la vida individual se encuentra profundamente ligada a la vida de los demás.
La Navidad y la herida de la desigualdad
Uno de los episodios más conmovedores es el de los Reyes Magos. Los niños colocan debajo de la cama la hierba para los camellos, el vaso de agua, la menta verde, el cigarrillo crema y una nota con sus deseos.
La escena comienza con la ilusión infantil, pero termina en decepción:
debajo de la cama no había ningún juguete
Y luego aparece una pregunta que trasciende la anécdota:
porque ellos sí
y nosotros no
La repetición establece un contraste entre los niños que reciben regalos y aquellos que quedan excluidos. La desigualdad social se revela desde la perspectiva de quienes todavía no poseen las herramientas necesarias para comprenderla.
Los niños no entienden las estructuras económicas ni las diferencias de clase. Solo perciben que otros reciben lo que ellos desean y que esa distribución parece injusta.
La frase «porque ellos sí / y nosotros no» es poderosa precisamente por su sencillez. Su estructura elemental reproduce la lógica inmediata de la infancia y, al mismo tiempo, expone una fractura social.
La pobreza deja de ser una cifra abstracta para convertirse en una experiencia íntima: el vacío debajo de la cama.
La aparición de la vieja Belén, que llegaba con algún juguete para los niños pobres, introduce una figura de solidaridad. Frente a la insuficiencia material, sobrevive la generosidad humana.
Esta escena también permite comprender que la felicidad del pasado no era perfecta. El poeta no idealiza por completo aquella infancia: recuerda su ternura, pero también sus privaciones.
La memoria es auténtica porque conserva ambas cosas.
4. La naturaleza: una parte constitutiva de la identidad
En Nueve años de eternidad, el bosque no es simplemente un escenario donde suceden los acontecimientos. Es parte de la existencia de la comunidad.
El autor lo expresa de manera directa:
porque cada árbol
cada hoja
cada animal
cada ave
cada insecto
cada piedra
cada sendero
cada palmo de tierra
estaba íntimamente ligado a nuestra existencia
La enumeración construye una totalidad. El poema avanza desde los elementos particulares de la naturaleza hasta la extensión completa del territorio.
La repetición de cada otorga a todos los componentes del paisaje una dignidad propia. Ninguno resulta insignificante, porque todos participan de la vida compartida.
Esta perspectiva es fundamental para comprender la pérdida que denuncia el autor. Destruir el bosque significa destruir mucho más que árboles: significa alterar una red de relaciones ecológicas, económicas, afectivas y culturales.
El bosque es alimento, camino, refugio, lugar de juego y espacio de convivencia. También constituye un archivo vivo de la infancia.
Por eso, cuando desaparece, no puede sustituirse simplemente con calles, edificios o nuevas construcciones.
El contraste entre el bosque y la ciudad
El desenlace histórico de la obra queda condensado en estos versos:
sobre los huesos calcinados y rotos del bosque
ya habían construido una ciudad
La imagen es particularmente dura. El bosque recibe un tratamiento casi humano: posee huesos y parece haber sufrido una muerte violenta.
La ciudad aparece levantada sobre los restos de ese cuerpo natural. El desarrollo urbano, que normalmente se asocia con progreso y modernización, adquiere aquí un significado trágico, porque está vinculado con la expulsión de quienes habitaban el territorio.
La expresión no implica que toda ciudad sea necesariamente destructiva. Dentro de la lógica del poema, denuncia una modernización que no reconoce el valor de la vida anterior ni el derecho de la comunidad a permanecer en su espacio.
El conflicto central es, por tanto, el que enfrenta dos maneras de concebir la tierra: como espacio para construir y como lugar donde una comunidad ha construido su existencia.
El bosque desaparece físicamente, pero sus raíces continúan creciendo en la conciencia del poeta.
5. Los nombres propios: un cementerio de la memoria y una comunidad resucitada
Uno de los rasgos más originales de la composición es la extensa sucesión de nombres de personas, familias, personajes populares y lugares.
Desfilan Mamá Tita, Juan de la Rosa, Bulo, Pepé el Loco, Caquín el zapatero, el maestro inglés, doña Lola, Felimón, Chuchú y muchos otros.
A primera vista, esta acumulación puede parecer una relación de nombres sin conexión narrativa. Sin embargo, su función literaria es mucho más compleja.
Cada nombre es una puerta hacia una vida.
El poeta no dispone del espacio suficiente para contar detalladamente la historia de cada personaje, pero su sola mención demuestra que esas personas existieron dentro de un universo compartido. Algunas están asociadas con oficios, otras con episodios familiares, otras con la solidaridad, la pobreza, la violencia o la tristeza.
La comunidad se reconstruye mediante sus huellas.
Una poética de la enumeración
La sucesión de nombres cumple varias funciones:
Función testimonial: conserva la presencia de personas que podrían desaparecer de la historia oficial.
Función afectiva: demuestra que el territorio estaba compuesto por relaciones humanas, no solo por espacios físicos.
Función colectiva: transforma una experiencia personal en la memoria de una comunidad.
Función rítmica: crea una cadencia acumulativa, semejante a una letanía o a la recitación de los nombres de quienes ya no están.
Función ética: se resiste a que el olvido convierta esas vidas en algo insignificante.
Hay una tensión especialmente interesante: el poeta no cuenta todas esas historias, pero tampoco permite que desaparezcan por completo. Las nombra.
En este sentido, la enumeración es una forma de escritura contra la desaparición.
Podemos interpretar la obra como un cementerio simbólico de la memoria, aunque no un cementerio destinado únicamente a los muertos. Es un lugar donde conviven los ausentes, los sobrevivientes, los desplazados y los recuerdos de quienes alguna vez dieron sentido a la comunidad.
Cada nombre es una pequeña lápida contra el olvido y, simultáneamente, una forma de resurrección.
Esta característica distingue la obra de una autobiografía convencional. El protagonista no ocupa por sí solo el centro del relato: comparte su lugar con una multitud de vidas.
El yo se convierte en un nosotros.
6. El territorio como mapa afectivo e histórico
El poema menciona numerosos lugares: la Esperilla, el Camino Real, el Hotel Embajador, Manganagua, el ensanche Quisqueya, la calle 18, Engombe, Bayona, Manoguayabo y Guajimía, entre otros.
La precisión de estos nombres cumple una función fundamental: ancla el recuerdo en la geografía concreta de Santo Domingo y sus alrededores.
El territorio deja de ser una abstracción y se convierte en un mapa de experiencias.
Un camino puede contener los juegos de la infancia. Una laguna puede conservar el recuerdo de los peces y las jicoteas. Un colmado puede representar la vida cotidiana. Una escuela puede reunir la memoria de los profesores y de los primeros aprendizajes.
Así surge una geografía emocional donde cada lugar tiene un significado que no puede reducirse a sus coordenadas.
El poema también establece una relación entre la transformación urbana y el borrado de las huellas comunitarias. Allí donde existían senderos, árboles y espacios de encuentro, aparecen nuevas construcciones.
La transformación física del territorio provoca una transformación de la identidad.
Sin embargo, el poeta realiza una operación inversa: al nombrar los lugares, reconstruye verbalmente el espacio perdido.
La escritura se convierte en una especie de cartografía de la ausencia.
La ciudad contemporánea puede haber modificado el paisaje, pero el poema conserva una segunda geografía: aquella que continúa existiendo en la memoria de quienes vivieron allí.
7. La historia política: del desalojo a la herida colectiva
La introducción del autor sitúa explícitamente la experiencia dentro de la historia dominicana: el desalojo durante la dictadura de Trujillo, el regreso posterior a su muerte y una nueva expulsión en 1970, durante el gobierno de Balaguer.
Este contexto convierte la nostalgia en una forma de denuncia.
La pérdida de la tierra no aparece como una fatalidad natural ni como una mudanza voluntaria. Es presentada como consecuencia de decisiones de poder que alteraron radicalmente la vida de una comunidad.
La tierra, por tanto, adquiere una dimensión política. No representa únicamente un patrimonio económico, sino el derecho a conservar los vínculos que permiten a las personas reconocerse como parte de una historia compartida.
La violencia que permanece después del acontecimiento
El poema también evoca la Guerra de Abril, el miedo, la muerte, el desamparo, el luto y la violencia política.
Estos elementos amplían el horizonte de la obra. La expulsión territorial forma parte de un mundo histórico donde la población ha experimentado distintas formas de inseguridad y sufrimiento.
El verso que describe al sátrapa paseando su crueldad por la tierra introduce una imagen de poder autoritario que contrasta con la humildad de las personas evocadas.
Frente a ese poder aparecen campesinos, trabajadores, médicos dedicados a los pobres, parteras, maestros, familiares y vecinos.
La historia no se contempla exclusivamente desde los gobernantes, las instituciones o las fechas oficiales. Se contempla desde quienes vivieron sus consecuencias.
Esta inversión de perspectiva es uno de los valores testimoniales de la obra: devuelve centralidad a las vidas ordinarias que suelen quedar relegadas en los grandes relatos históricos.
No obstante, es importante distinguir entre la denuncia literaria y la reconstrucción documental. El poema ofrece la experiencia y la interpretación del autor; para establecer con precisión las circunstancias jurídicas de los desalojos, sus responsables concretos y sus dimensiones históricas, sería necesario contrastar el testimonio con documentación adicional.
La fuerza literaria de la obra no depende de que cada verso funcione como un documento administrativo. Su importancia reside en mostrar lo que un proceso histórico puede significar para quienes lo padecen.
8. El tiempo: la infancia, la historia y la eternidad
El tiempo en esta obra no transcurre de manera lineal. El poeta no organiza los recuerdos como una crónica que avanza ordenadamente desde el nacimiento hasta la pérdida. Se desplaza de una estación a otra, de una persona a un lugar, de una celebración a un acontecimiento doloroso.
El pasado aparece fragmentado, pero no desordenado emocionalmente. Cada recuerdo conduce a otro mediante asociaciones afectivas.
Hay tres dimensiones temporales que se entrecruzan:
El tiempo de la infancia
La leche de las mañanas, los juegos, las estaciones, la Navidad, los familiares y el bosque. Es el tiempo de la experiencia vivida.
El tiempo histórico
La dictadura, el regreso, la Guerra de Abril, los cambios urbanos y el nuevo desalojo. Es el tiempo de los acontecimientos que transforman la comunidad.
El tiempo de la memoria
El presente desde el que el poeta reconstruye lo vivido. Es el tiempo en que las pérdidas siguen doliendo y los recuerdos continúan produciendo significado.
La superposición de estos tiempos explica la profundidad del título. El calendario puede marcar el final de una época, pero la conciencia continúa regresando a ella.
También resulta significativo que el poema alterne escenas concretas de la niñez con reflexiones sobre décadas de ausencia. La infancia no se recuerda desde una distancia emocional neutral: se recuerda desde la herida del adulto que ha comprendido lo que perdió.
Por eso, la nostalgia del poema no es solamente deseo de volver a ser niño. Es también el deseo de recuperar un mundo donde la vida tenía una continuidad que después fue interrumpida.
9. El lenguaje poético: sencillez expresiva y acumulación emocional
La obra posee una voz narrativa que se apoya en el lenguaje cotidiano, las imágenes sensoriales, las enumeraciones y las repeticiones.
Su fuerza no procede principalmente de la complejidad sintáctica ni de un vocabulario deliberadamente hermético. Procede de la acumulación de experiencias y de la capacidad para convertir elementos familiares en símbolos de una pérdida profunda.
La imagen de la luna
El poeta recuerda la luna llena, amarilla y redonda, comparándola con una moneda gastada entre sus ojos.
La comparación introduce una dimensión de desgaste y tiempo. La luna, que podría simbolizar plenitud o belleza, adquiere la apariencia de un objeto usado, marcado por el paso de los años.
La imagen conecta el paisaje celeste con la experiencia humana: también los recuerdos se desgastan, aunque no desaparezcan.
Los amaneceres y las estaciones
Las mañanas frías, el rocío, los amaneceres rosas de abril, las mariposas amarillas y el olor de las guayabas construyen una memoria sensorial.
El pasado no se recupera únicamente mediante ideas. Se recupera mediante olores, colores, temperaturas, sonidos y sensaciones corporales.
El lector no recibe solamente información sobre una infancia: es invitado a imaginar cómo se sentía habitar aquel mundo.
El viento, la lluvia y el invierno
Los fenómenos naturales acompañan las emociones del sujeto poético. Diciembre llega asociado al amor y la nostalgia; el viento del norte, al recuerdo de una época marcada por la tristeza; la luna y las celebraciones, a la persistencia de las costumbres.
La naturaleza funciona como un lenguaje paralelo de la memoria.
No todos estos elementos necesitan interpretarse como símbolos aislados y rígidos. Su significado nace, sobre todo, de la relación que mantienen con los recuerdos que los rodean.
10. La estructura: un poema narrativo construido como una larga evocación
Aunque el autor declara que esta narración pretende ser un poema, la obra posee características que permiten estudiarla como un poema narrativo en verso libre, con elementos de elegía, crónica testimonial y memoria autobiográfica.
Su estructura se organiza mediante bloques de recuerdos que se suceden sin depender de estrofas regulares ni de una métrica uniforme.
El movimiento general puede comprenderse en cinco momentos.
1
El regreso
La recuperación de los sueños y de la tierra perdida. Predominan la alegría, el reencuentro y la esperanza.
2
La reconstrucción del mundo infantil
Los paisajes, las estaciones, las celebraciones, los juegos y las experiencias de pobreza.
3
El inventario de la comunidad
La sucesión de nombres, oficios, establecimientos, familiares, vecinos y lugares.
4
La pérdida y el desarraigo
La violencia política, la destrucción del bosque, la transformación urbana y la imposibilidad del regreso definitivo.
5
La recuperación de la memoria mediante la poesía
Las tamboras convocan a la comunidad para conservar el legado de los abuelos y convertir el recuerdo en motivo de vida.
Esta estructura no debe entenderse como una división rígida. Los distintos momentos se entrelazan y regresan unos sobre otros. Sin embargo, permite reconocer el arco emocional de la composición: de la recuperación de la felicidad a la conciencia de la pérdida, y de esta a la necesidad de preservar lo vivido.
El verso libre y la respiración del recuerdo
La disposición de los versos cumple una función importante.
Las frases breves y las palabras aisladas producen pausas que dan relieve a determinadas imágenes. Las enumeraciones prolongadas, por el contrario, crean un movimiento de acumulación, como si el poeta temiera que detenerse significara perder otro fragmento de su mundo.
En ciertos pasajes, el ritmo recuerda una letanía; en otros, una conversación íntima o el recuento oral de los acontecimientos familiares.
La ausencia de una métrica regular resulta coherente con esa voz evocadora. La memoria no habla siempre con una cadencia uniforme: se acelera cuando aparecen los nombres y se detiene ante las imágenes que concentran el dolor.
No obstante, la libertad formal también plantea un desafío: algunas enumeraciones son tan extensas que pueden debilitar el relieve de ciertos personajes y recuerdos. La cuestión no es eliminar esa acumulación, que constituye uno de los rasgos distintivos del poema, sino encontrar una organización que permita percibir mejor sus momentos de mayor intensidad.
11. La paradoja emocional: la felicidad y la tristeza como una sola experiencia
La obra alcanza una de sus expresiones más reveladoras cuando el poeta reconoce que todo parece, después de tanto tiempo, «tan hermosamente triste».
La expresión une dos estados que, en apariencia, se contradicen.
Lo hermoso pertenece a la intensidad de lo vivido: la naturaleza, los afectos, la infancia y la comunidad.
Lo triste pertenece a la conciencia de que ese universo ya no puede recuperarse en su forma original.
La memoria hace posible que ambos sentimientos existan simultáneamente.
El poeta no quiere olvidar porque olvidar equivaldría a perder por segunda vez. Pero recordar significa volver a experimentar la distancia entre lo que fue y lo que es.
Esta tensión se prolonga hasta el cierre de la obra, cuando aparece la formulación «lo tristemente felices que a pesar de todo hemos sido».
Es una conclusión de gran valor interpretativo.
No se afirma que la felicidad haya vencido al sufrimiento, ni que el sufrimiento haya destruido por completo la felicidad. Se reconoce que ambas experiencias forman parte de una misma existencia.
La palabra hemos resulta decisiva: el poeta no habla solamente por sí mismo. Su experiencia se extiende hacia quienes compartieron el territorio, los afectos y el desarraigo.
La felicidad es recuperada como memoria colectiva, aunque esté atravesada por la tristeza.
12. El final: las tamboras como resistencia cultural
En los últimos versos, las tamboras convocan a los ausentes y a los sobrevivientes para reunirse en el presente, conservar el legado de los abuelos y recordar tanto las penas como las alegrías.
La imagen de la fogata bajo una ceiba crea un espacio simbólico de reunión.
La ceiba representa aquí, por su función dentro de la escena, un punto de encuentro y continuidad. La fogata reúne los cuerpos alrededor del calor; las tamboras reúnen a la comunidad mediante el ritmo; la poesía reúne las voces mediante la memoria.
El final no devuelve físicamente la tierra a quienes la perdieron. Su respuesta es otra: preservar el mundo desaparecido en la conciencia colectiva.
La tradición cultural se convierte en una forma de resistencia.
Los recuerdos no deben conservarse únicamente para lamentar lo perdido, sino para transmitir una experiencia a las generaciones futuras. El poema propone que la memoria pueda convertirse en un motivo de vida.
Esto impide que la obra termine encerrada en la desesperanza. Su melancolía no desaparece, pero adquiere una finalidad ética: recordar para que las personas y las historias no sean borradas.
13. Los grandes temas de la obra
Tema | Manifestación en el poema | Significado profundo |
|---|---|---|
El desarraigo | La expulsión de la tierra y la imposibilidad de regresar | Pérdida de pertenencia e identidad |
La memoria | La evocación de personas, lugares y costumbres | Resistencia frente al olvido |
La infancia | Los juegos, la Navidad y la naturaleza | Recuperación de un mundo afectivo |
La pobreza | Los juguetes que nunca llegan y el hambre | Desigualdad experimentada en la vida cotidiana |
La comunidad | Los nombres y las historias compartidas | Identidad construida mediante los vínculos |
La naturaleza | El bosque, los animales, las aguas y los árboles | Continuidad ecológica y cultural de la vida |
La violencia política | Los desalojos, la guerra y las muertes | Consecuencias humanas del ejercicio del poder |
La urbanización | La ciudad construida sobre el bosque destruido | Ruptura entre modernización y memoria territorial |
La tradición | Las tamboras, los abuelos y las reuniones | Transmisión de la identidad colectiva |
14. Una valoración crítica de la obra
Una lectura profunda también debe reconocer los desafíos formales del poema. Señalarlos no disminuye su valor; permite comprender mejor sus posibilidades literarias.
Su principal fortaleza: la autenticidad del testimonio
La obra posee una materia humana concreta. Sus recuerdos no dependen exclusivamente de ideas abstractas sobre la nostalgia, la patria o la injusticia. Están vinculados a personas, objetos, caminos y experiencias específicas.
Esa concreción permite que el lector comprenda el desarraigo como una experiencia vivida y no solamente como un concepto.
Su segunda fortaleza: convertir lo individual en colectivo
El autor parte de una experiencia personal, pero construye una comunidad mediante la evocación de sus integrantes. Los nombres propios impiden que el relato quede reducido a la historia privada de un individuo.
La obra se aproxima así a una memoria popular que conserva la dignidad de personas que podrían permanecer ausentes de los registros oficiales.
Su tercera fortaleza: la dimensión sensorial
Los colores, olores, sonidos y fenómenos naturales permiten que la memoria adquiera presencia física. La infancia se vuelve perceptible y la pérdida se hace más dolorosa porque el lector puede imaginar lo que desapareció.
Su principal desafío formal: la extensión de las enumeraciones
La abundancia de nombres constituye el corazón testimonial del poema, pero también puede producir monotonía cuando muchos elementos reciben un tratamiento rítmico semejante.
Una revisión literaria podría organizar ciertos grupos de nombres alrededor de núcleos temáticos —la familia, los oficios, la escuela, la solidaridad, la violencia y los personajes populares— sin suprimir su carácter de inventario comunitario.
Un segundo desafío: la transición entre memoria y denuncia
En algunos momentos, el poema pasa rápidamente de la evocación afectiva a la denuncia histórica. Esa coexistencia es legítima y necesaria, pero podría ganar intensidad si determinados episodios funcionaran como puentes narrativos entre ambos planos.
Por ejemplo, la destrucción del bosque puede servir como transición entre el recuerdo de la infancia y la explicación del desarraigo. De ese modo, la pérdida material del territorio y la pérdida emocional de la comunidad quedarían todavía más estrechamente vinculadas.
Un tercer desafío: la jerarquización de las imágenes
La obra contiene imágenes de gran fuerza, como los sueños petrificados, los huesos del bosque y la tristeza que se prolonga a través del tiempo. Una edición cuidadosa podría darles mayor relieve mediante pausas, agrupaciones y una disposición tipográfica coherente.
La intención no sería embellecer artificialmente el texto, sino hacer que las imágenes decisivas resuenen con mayor intensidad.
En conjunto, estos aspectos sugieren que el poema posee una identidad expresiva propia y que una revisión formal, si el autor la desea, podría ayudar a que esa identidad se manifieste con mayor claridad.
15. ¿Qué lugar ocupa esta obra dentro de la literatura dominicana?
Desde una perspectiva temática, Nueve años de eternidad dialoga con varias tradiciones literarias:
La poesía elegíaca, por su reflexión sobre la pérdida y la imposibilidad de recuperar plenamente lo amado.
La poesía testimonial, por su voluntad de conservar la experiencia de una comunidad afectada por acontecimientos históricos.
La poesía social, por su atención a la pobreza, la desigualdad, la violencia política y los efectos del poder.
La literatura de la memoria, por su reconstrucción de un mundo desaparecido a través de recuerdos personales y colectivos.
La escritura autobiográfica, por la presencia de la experiencia del autor como punto de partida de la narración.
Estas afinidades permiten describir la obra y situarla dentro de un horizonte de lectura, pero no bastan para establecer una clasificación definitiva ni para afirmar una influencia directa de otros escritores.
Para determinar su lugar dentro de la literatura dominicana contemporánea sería necesario comparar el poema con otras obras, estudiar su recepción y examinar su trayectoria editorial.
Lo que sí puede afirmarse a partir del texto es que su proyecto literario tiene una dimensión que trasciende la nostalgia individual: conservar la memoria de una comunidad y denunciar el costo humano de su desaparición territorial.
16. Conclusión: la poesía como último territorio
* Nueve años de eternidad* es una obra sobre la pérdida de la tierra, pero, en un sentido más profundo, es una obra sobre la pérdida de un mundo.
Lo que desaparece no es solamente un espacio geográfico. Desaparecen las relaciones que daban sentido a ese espacio: las conversaciones, los juegos, los afectos, las costumbres, los trabajos, las celebraciones y las pequeñas historias que constituían la vida cotidiana.
El poeta intenta recuperar todo aquello mediante la palabra.
Por eso, los nombres tienen tanta importancia. Por eso regresan los caminos, la luna, los árboles, los animales, los maestros, las parteras y las personas humildes. Cada recuerdo constituye una pieza de una realidad que la transformación del territorio ha vuelto inaccesible.
El poema se convierte así en un acto de restitución simbólica: no puede devolver la tierra, pero puede devolverle voz a la comunidad que la habitó.
Su mayor logro consiste en comprender que el desarraigo no termina cuando se abandona un lugar. Continúa mientras permanezcan sus consecuencias en la memoria, en los afectos y en la identidad de quienes lo perdieron.
Y, sin embargo, la obra no se entrega por completo a la desesperanza. Las tamboras siguen sonando al final. Los recuerdos todavía pueden reunirse alrededor de una fogata. La memoria continúa transmitiéndose.
Esa es la esperanza que sobrevive en el poema: que aquello que fue destruido físicamente no desaparezca también de la conciencia de las nuevas generaciones.
Domingo Acevedo convierte la nostalgia en testimonio, el testimonio en denuncia y la denuncia en una forma de permanencia.
La tierra que el poeta ya no puede recuperar permanece en sus versos. Allí continúan viviendo las personas, los caminos y los árboles de su infancia.
Y allí, en ese territorio creado por la palabra, los nueve años siguen siendo eternos.
Juicio literario final
Considero que el rasgo más valioso de esta obra es su capacidad para transformar una experiencia de desalojo y desarraigo en una memoria colectiva. Su voz adquiere fuerza cuando abandona la abstracción y nombra aquello que existió: las personas, los objetos, los paisajes y las costumbres que hicieron posible una vida compartida.
Su desafío principal es organizar esa abundancia de recuerdos de modo que las imágenes centrales conserven toda su fuerza. Pero esa abundancia también constituye parte de su identidad: parece responder al temor de que, si un nombre deja de pronunciarse, una vida entera termine desapareciendo.
En última instancia, Nueve años de eternidad plantea una pregunta que supera la experiencia particular del autor:
¿Qué le sucede a un pueblo cuando pierde la tierra donde construyó su memoria, y qué puede hacer la poesía para impedir que pierda también su historia?
La respuesta de Domingo Acevedo es escribir. Nombrar. Recordar. Reunir en el poema aquello que la historia dispersó.
Y hacer de la memoria una forma de resistencia frente al olvido.
Nueve años de eternidad (1961-1970)
Esta narración que pretende ser un poema trata de nuestro regreso a nuestras tierras después que fuimos desalojados por la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo en el 1959, después de su muerte en el 1961 volvimos a recuperar nuestro territorio, pero Balaguer nos desalojó nuevamente en el 1970 y ya nunca más pudimos volver a nuestra tierra, por eso el título nueve años de eternidad.
Hoy después de tanto tiempo nos queda la tristeza y la impotencia ante los abusos del estado y el no haber podido volver a la tierra que amamos tanto.
El regreso fue feliz
desenterramos nuestros sueños petrificados debajo de la tierra
con nuestra alegría poblamos los espacios de la ausencia
y volvimos a correr por los caminos interminables del botao
a buscar mangos y aguacates en el fundo de la abuela Mama Tita
a levantarnos tempranito a buscar la leche donde el tío Juan de la Rosa
a buscar agua al hotel Embajador
volvimos a caminar por los senderos de los sueños
con el alma salpicada de lunas y estrellas
recuerdo las mañanitas frías
las horas memorables del rocío
nuestros viajes interminables hacia los amaneceres rosas de abril
las mariposas amarillas
el olor de las guayabas
mayo que tejía con sus hilos de plata los colores de la primavera
el relámpago
el rayo
el trueno
la lluvia
con diciembre llegaba la época del amor y la nostalgia
yo siempre me dejaba vencer por la melancolía
de esos días efímeros
adornados por las flores de pascua
el viento del norte que nos endulzaba el alma
con la tristeza de un siglo enlutecido por las guerras y el odio
mientras que en el cielo placido del invierno
la luna llena
amarilla y redonda
como una moneda
gastada entre mis ojos
la noche buena
la navidad
el año nuevo
el día de reyes
la prisa para que anocheciera
para irnos temprano a dormir
y poner debajo de la cama
la hierba de guinea para los camellos
el vaso de agua
la menta verde
el cigarrillo crema
y el papelito con los deseos
para los reyes magos
el desvelo
y al otro día
la decepción
debajo de la cama no había ningún juguete
los reyes no pudieron entrar
León asustó a los camellos con sus ladridos
y siguieron de largo
nos quedaba la inocente tristeza
de no entender porque no teníamos
un juguete como los demás niños
porque ellos sí
y nosotros no
era tanta la impotencia
que no advertíamos
la tristeza de nuestros padres
que desesperados nos decían
no se apuren niños
la vieja Belén pasará
con algún juguete de lástima para ustedes
después de tanto tiempo
todo nos parece tan hermosamente triste
El camino real
por donde mi niñez aún se pierde en la sinuosidad del tiempo
buscando entre los recuerdos y la distancia
sobrevivir a la nostalgia
que después de más de un siglo
de ausencia
nos hiere el alma
con los cuchillos tristes de la impotencia.
la Jefrat
Mata Hambre
el hotel Embajador
el campo de golf
el colegio Valentín Salinero
Maprica
Borronoso
La carretera de Caliche
La sub estación eléctrica de la avenida Rómulo Betancourt
entre la Francisco Soñé
con Defilló
recostada en la mata de flamboyán
que aún conserva bajo sus sombras
los recuerdos más lejanos de mi infancia
la vieja plantica
como la llamaban los habitantes de la Esperilla
es una referencia histórica
de aquella época en que la familia vivía unida
a la tierra en el amor y la solidaridad
la Esperilla
el camino real
el colmado de Birín
el almacén de Amarante
que estaba ubicado donde está hoy el BHD
en la Núñez de Cáceres con 27 de febrero
la pequeña escuela
el viejo maestros
que cuando Andrés Longo
se emborrachaba lo hacía huir
y tenía que dormir en el monte
doña Ericka
la esposa del embajador de Alemania en el país
que siempre nos agradeció aquel gesto de Pepe y Ñoño
que encontraron a sus dos hijos perdidos
en el campo de golf del hotel Embajador
y se lo entregaron sanos y salvos
las monjitas de la nunciatura
siempre tiernas y cariñosas
sor Refugio
sor Milagros
sor Inés
el seminario que estaba entre la avenida 27 de febrero
y la avenida Bolívar
donde hoy está la Pontificia Universidad
Católica Madre y Maestra
el padre Mancilla
los monaguillos
la misa
las catequistas
el catecismo
el bautizo
la primera comunión
hemos crecido tanto
que ya todo es desilusión
y nostalgia
los profesores
Rafael
Digna
Carmen
Eligio
Estervina
Héctor
María
que nos enseñaron de una forma
muy distinta a la que ya conocíamos
a leer
escribir
y contar
pero que no pudieron con su sabiduría
aunque lo intentaron
evitar que destruyeran el bosque
y con él
una parte importante de nuestras vidas
porque cada árbol
cada hoja
cada animal
cada ave
cada insecto
cada piedra
cada sendero
cada palmo de tierra
estaba íntimamente ligado a nuestra existencia
hoy
después de tantos años
sólo nos quedan los recuerdos de aquella época
resumida en nueve años de eternidad
los días fúnebres de la guerra de abril
el miedo
la tristeza
el desamparo
la muerte
el llanto
el luto
la rabia
la patria herida
el patriotismo
Bulo con sus borriquitos
repletos de sacos de carbón
perdiéndose en el olvido
el ensanche Quisqueya
la calle 18
el colmado de Inoa
los Bajos
la tierra de doña María
la privada
por donde el sátrapa solemnemente
paseaba en silencio su crueldad
Cato
Celia
Ovidio
Chéche
La clínica de Zaiter
en donde las personas encontraban la calidez
de los afectos
de un médico dedicado a curar a los pobres
Bebe leche
Guancho
Enrique
Mariquita
José Pozo
Tatica Soler
Belen y Francisca las parteras que con sus manos maravillosas
hacían posible que la vida ya concebida por Dios
brotara del vientre de las madres abandonadas en el olvido
Elio
Billigo
Coquillo
Poche
Grillin
los Dendenes dueños de las madrugadas y el rocío
Esteban
Moncho
Lolita
Rosita
el viejo Magaleno
Genoveva
Isabel la mamá de Antonio
que en enero
después de reyes
para la vieja Belén
cruzaba el horizonte
regalando juguetes y ternura
a los niños pobres
Pepé el Loco
Cohete
Juanita Creta
Luis Vaquero
Mallen y Doble Tapa
heridos por los puñales de la tristeza y el desarraigo
todavía deambulan por las calles de la ciudad
buscando el origen de sus vidas perdidas
en los absurdos parajes de la miseria
Fermín
Fabio
Blanca Nieves
El friero
Miñimiñi
Julio que con sus manos de alfarero
hacía panes de ternura
que repartía en las madrugadas
a los fantasmas de la ciudad
para mitigar el hambre de toda la vida
Bertilia
Víctor Enrique
la tía Aurora
Aladino
todavía Diego y canina
todos los días
llegan tempranito a casa
con el olor del rocío pegado en la piel
a buscar un poco de café
para luego seguir su camino
hacia los conucos
en donde la primavera
florece en sus corazones
como evidencia
de que los días de hambre
quedaron en el olvido
Mangula
Folla
Minó
Juan Ballenilla
Papá Goyo
Piringo
El maestro ingles
desterrado de su país
y condenado a vivir en esta tierra
en donde murió sin más gloria que el olvido
Juana su esposa
abandonada
y sola
con sus hijos
José Menkis
León
Julian
Fernelis
Raquel
Celsa
Rebeca
que por más que buscaron en su interior
no pudieron encontrar el camino de regreso a sus orígenes
y se quedaron en la isla
prisioneros del tiempo y la nostalgia
mirando tristemente
como la ausencia consume los sueños
La tía agustina
El tío Alberto
Doña Lola
Mamucha
Silvio el hijo de Minta
Chacho que lo curaba todo con sus botellas
hechas con hojas y raíces del bosque
Subendo
la tía Tatín
Juan de la Rosa
el abuelo Ismael
la vellonera de Andrés Longo
con aquellas canciones de Niní Cáfaro
eternizándose en las noches tristes de nuestra ausencia
Taína
Minimito
Guillermo
Juan Barriga
Ninito que todavía cabalga despacio
por el camino de los atardeceres
hacia donde la abuela Mamá Tita
lo espera con los brazos abiertos
Quiquita
Titín el barbero
Tiro
Domingota
mi madrina Zoila
la laguna de Manganagua
que atesoraba entre sus aguas el alegre chapoteo
de las tilapias y las jicoteas
Damiana la Patana
Mario el tuerto
Majenga
Pulía
el pley a dónde íbamos a tirar piedras a la luna
Popó Candela
Ramón Nolasco
Ramonita
Enrique Paniagua
Mandinga en su soledad
todavía camina triste por el camino real
hacia ninguna parte
Salvadora
Juanita Tiro
la tía Eufemia
Caquín el zapatero plebe remendón y borrachón
José Morocota
Eusebio
la vieja Tiesa
Altagracia y Mambo
que llegaron de no sabemos donde
a quedarse con nosotros para siempre
a compartir la ternura
y los sueños de la vida
resumidos en el amor a la tierra
Juan Caco de Yuca
Felimón
Chuchú
Vía
La pulpería de Zira
la mamá de Fafa Taveras
sus medios hermanos
Pipí
Tirso
y Pichón
Ulises su esposo
que alguna vez nos paseó a todos en su vieja motoneta
por las calles de fantasía de la ciudad
alegre de más allá de la alborada
mi padrino Higüeyano
Chenchita
el tío Gugú
Palilo
Brito el policía amigo
que después de la guerra
en esa época oscura de terror y muerte
de los 12 a
os
cayó abatido
víctima de la violencia política
en una calle de Santo Domingo
Isidro el caballo
Fabrí
Cheo
Yoyo
Andresito el compadre de papá
que vivía en Hatillo
San Cristóbal
que se dejó morir de tristeza
cuando supo de la muerte de su hijo
a manos de no se sabe quien
Rosita
Flora
Pipí
Miche
Eduviges que cuando supo que tenía que irse
para siempre de sus tierras
se dejó morir atropellada por un vehículo
En la avenida 27 de Febrero
frente a Manganagua
María de los Ángeles
Felipe y Pimpa
Joaquín la Flecha
Josefita empeñada siempre
en esconder detrás de un disfraz varonil
sus atributos de mujer
Pichao
Guaroita
El tío Pichón
Blanco
el tío Vallejo
solitario y tierno
vagando por la tierra que lo olvida
con su saco llenos de sueños y ternura
tocando puertas que hace siglos la vida le cerró para siempre
el tío Rafael
Amantina
Felipito
Sergio
Enrique
Papo
a donde se fue Sesen
a morir entre los recuerdos de la guerra patria
el olvido
y sus sueños inconclusos
El Café
Herrera
El Palmar
Engombe
Bayona
Manoguayabo
Guajimia
Sus aguas rumorosas y cristalinas
en su lento camino hacia el río Jaina
todavía serpentea alegre en nuestros recuerdos
llena de peces
jaibas
y camarones
Helena
Juana
Toñita
Aura
Jovina
los edificios para maestros hechos por Balaguer
a final de la década del 1960
la Casa San Pablo
el Carol Morgan
el colmado de Elupina
la Rómulo Betancourt
sus luces de neón
nos embrujaron de tal manera
que no nos dimos cuenta que marcaban nuestro destino
el final de una época en que compartimos la vida y los sueños
abrazados al amor y la ternura
la felicidad de poder correr por el monte hasta alcanzar el cielo
las nubes
la luna
y las estrellas
cuando despertamos
de nosotros no quedaba nada
solo ruinas y tristezas
sobre los huesos calcinados y rotos del bosque
ya habían construido una ciudad
y nuestras huellas se diluyeron
entre la tristeza y la nostalgia del desarraigo
desde donde añoramos con dolor el tiempo vivido en la Esperilla
Gero
Nego
Pascuala
Yolanda
Altagracita
Juliana
aun repica en nuestra memoria
el ritmo frenético de las tamboras
que nos llaman del pasado
para que nos juntemos
en el presente
para que no se pierda en el tiempo
el legado de los abuelos
y para que no olvidemos tantas penas
y tantas alegrías
y amarremos nuestras lágrimas
y nuestras risas a los recuerdos
para hacer de ellos un motivo de vida
que en las noches alegres
cuando la luna brille
con todo su esplendor en el cielo
alrededor de la fogata
debajo de una ceiba
al son del repique de las tamboras
evoquemos en una danza
lo tristemente felices
que a pesar de todo
hemos sido
Domingo Acevedo.
