*Alofoke y el fracaso de las élites para comprender el nuevo sujeto político dominicano.*
Por *José Miguel González Rossi*
Mucho antes de que Santiago Matías insinuara cualquier aspiración presidencial, ya había comenzado a construirse el fenómeno político que hoy inquieta silenciosamente a los partidos tradicionales de la República Dominicana. Su eventual candidatura no constituye la causa del problema; apenas es la manifestación más visible de una transformación social que lleva más de dos décadas gestándose en los barrios populares del país.
Las élites políticas han cometido un error recurrente a lo largo de la historia: confundir el silencio con la inexistencia. Creyeron que los sectores marginados no tenían voz porque no aparecían en los periódicos, en las universidades, en los espacios culturales tradicionales o en los medios de comunicación convencionales. Nunca comprendieron que simplemente hablaban otro lenguaje y utilizaban otros canales.
Todo comenzó mucho antes de Alofoke.
Miles de jóvenes provenientes de sectores como Guachupita, La Ciénaga, Capotillo, Gualey, La Zurza, Barrio Sucio, Los Guandules, Boquejarro y decenas de comunidades similares empezaron a narrar sus vidas mediante el dembow, el rap y posteriormente el trap. Aquellas canciones, calificadas por muchos como vulgares, obscenas o inmorales, eran en realidad una gigantesca crónica social escrita desde abajo.
No cantaban la realidad que la sociedad quería escuchar.
Cantaban la realidad que les tocaba vivir.
Describían hogares fragmentados, violencia cotidiana, consumo de drogas, delincuencia, sexualidad precoz, economías ilegales, frustraciones, ausencia del Estado, discriminación y desesperanza. Lo hacían utilizando el lenguaje propio de esos barrios, sin traducirlo para satisfacer la sensibilidad de quienes nunca habían tenido que sobrevivir en esas circunstancias.
La mayoría de esos jóvenes tampoco encontraba oportunidades reales para integrarse al mercado laboral formal. Muchos ni siquiera concluían el bachillerato. Otros, aun terminándolo, enfrentaban una barrera menos visible pero igualmente poderosa: el estigma territorial.
En sociología urbana este fenómeno ha sido ampliamente documentado. El lugar donde una persona vive termina convirtiéndose en una marca social que condiciona las oportunidades futuras. El nombre del barrio antecede al individuo.
No importaba si un joven asistía diariamente al liceo Juan Pablo Duarte, si pertenecía a una iglesia evangélica o si jamás había cometido un delito. Bastaba con escribir en un currículum que residía en Capotillo, Guachupita o La Ciénaga para que muchos empleadores asociaran automáticamente su identidad con violencia, inseguridad o delincuencia.
El individuo dejaba de ser evaluado por sus méritos. Era juzgado por la reputación colectiva del territorio donde había nacido.
La antropología denomina este proceso estigmatización espacial: la construcción simbólica de determinados territorios como espacios inferiores, cuyos habitantes terminan cargando socialmente con una culpa que nunca les perteneció individualmente.
Aquellos muchachos crecieron entendiendo que buena parte de la sociedad ya había decidido quiénes eran antes siquiera de conocerlos.
Ante semejante exclusión, la música dejó de ser únicamente entretenimiento.
Se convirtió en reconocimiento.
Cada canción representaba la posibilidad de existir públicamente en una sociedad que durante décadas había preferido invisibilizarlos.
Por eso, el éxito del dembow nunca puede comprenderse únicamente desde la música.
Fue un fenómeno profundamente social.
Era la primera vez que los barrios hablaban con su propia voz.
Las clases medias y altas reaccionaron exactamente como suelen reaccionar las élites cuando los sectores excluidos comienzan a producir cultura propia: confundieron la descripción con la apología.
Interpretaron aquellas canciones como una promoción de los llamados "antivalores", cuando muchas de ellas funcionaban, consciente o inconscientemente, como documentos etnográficos sobre una realidad que el Estado jamás quiso observar de frente.
Un caso emblemático fue Tokischa.
Su canción _Calentura vaginal_ fue presentada por amplios sectores como una degradación moral de la juventud. Sin embargo, más allá de su evidente provocación artística, describía dinámicas presentes en numerosos centros educativos públicos: consumo de sustancias, violencia escolar, sexualidad adolescente, conflictos entre estudiantes y profesores, así como múltiples expresiones de una crisis social mucho más profunda.
La respuesta institucional fue profundamente reveladora.
En lugar de preguntarse por qué millones de jóvenes se identificaban con aquella narrativa, numerosos funcionarios optaron por condenarla moralmente.
Combatieron el síntoma.
Ignoraron la enfermedad.
Resultaba más cómodo censurar una canción que enfrentar las condiciones sociales que la habían hecho posible.
Y fue precisamente en ese vacío donde apareció Santiago Matías.
Mientras buena parte de los medios tradicionales despreciaban aquella producción cultural, Alofoke comprendió algo extraordinariamente simple: detrás de esas canciones existía una comunidad gigantesca que llevaba décadas esperando ser escuchada.
No respaldó únicamente artistas.
Respaldó identidades.
No difundió solamente música.
Difundió reconocimiento.
Desde la teoría política contemporánea, el reconocimiento constituye una de las fuentes fundamentales de legitimidad. Los individuos no apoyan únicamente a quienes les ofrecen bienes materiales; también respaldan a quienes validan públicamente su existencia, su lenguaje, sus símbolos y su forma de comprender el mundo.
Los partidos tradicionales nunca entendieron esa dimensión.
Continuaron hablando mediante discursos cuidadosamente elaborados para la televisión mientras una generación completa migraba hacia YouTube, Instagram, TikTok y los espacios digitales donde podía participar activamente de la conversación pública.
Alofoke comprendió mucho antes que ellos que el monopolio de la comunicación había terminado.
Su plataforma no solo entretenía.
Construía comunidad.
Y toda comunidad termina generando identidad política, incluso cuando originalmente no tenga propósitos electorales.
Pierre Bourdieu sostenía que el poder no depende únicamente del dinero o de las instituciones, sino también del capital simbólico: la capacidad de definir qué voces merecen ser escuchadas y cuáles permanecen invisibles.
Durante décadas, ese capital simbólico estuvo concentrado en periodistas, intelectuales, empresarios y dirigentes políticos.
Las redes sociales modificaron radicalmente esa distribución.
Hoy una transmisión en vivo puede movilizar más atención que un discurso presidencial.
Una entrevista digital puede fijar la agenda pública durante varios días.
Un creador de contenido puede influir sobre millones de jóvenes sin pertenecer a ningún partido político.
Eso es precisamente lo que representa Santiago Matías.
No es simplemente un influencer.
Es el producto de una redistribución histórica del poder comunicacional.
Su fortaleza política no proviene exclusivamente de su popularidad.
Proviene de haber construido, durante años, una relación emocional con sectores sociales que nunca encontraron representación auténtica en las estructuras partidarias tradicionales.
Por eso las eventuales aspiraciones presidenciales de Alofoke generan tanta inquietud.
No porque posea hoy una maquinaria electoral comparable con los partidos establecidos, sino porque simboliza algo mucho más difícil de combatir: el surgimiento de un liderazgo nacido fuera de las élites políticas, económicas, académicas y mediáticas.
Las dirigencias tradicionales siguen intentando disputar votos.
Él lleva años construyendo pertenencia.
Y cuando la política entra en crisis de representación, la pertenencia suele convertirse en un recurso mucho más poderoso que la propaganda.
Quizá la verdadera pregunta ya no sea si Santiago Matías puede llegar a competir por la Presidencia de la República.
La pregunta realmente importante es por qué millones de dominicanos consideran hoy más auténtica la voz de un comunicador nacido en los barrios que la de organizaciones políticas con décadas administrando el Estado.
Responder esa pregunta implica reconocer una verdad incómoda: durante demasiado tiempo, la República Dominicana oficial habló sobre los barrios, pero muy pocas veces decidió escucharlos.
Alofoke entendió esa realidad antes que todos los demás.
Y quizá esa sea la explicación más profunda de por qué hoy los partidos tradicionales observan su crecimiento con una mezcla de preocupación, cautela y desconcierto.
