Una flecha disparada hacia un helicóptero confirmó que una de las comunidades más aisladas del planeta había sobrevivido a una de las mayores catástrofes naturales de la historia reciente.
El 26 de diciembre de 2004, un terremoto submarino provocó el tsunami que devastó las costas del océano Índico. Las olas golpearon el archipiélago indio de Andamán y Nicobar, donde se encuentra Sentinel del Norte, una isla cubierta de bosque y rodeada por arrecifes.
Durante varios días, las autoridades desconocieron qué había ocurrido con sus habitantes. Un helicóptero de la Guardia Costera fue enviado para observar la costa y buscar señales de vida.
Cuando la aeronave descendió, un hombre salió de la vegetación, avanzó por la arena y apuntó su arco hacia el cielo. La flecha pasó lejos del aparato, pero la tripulación obtuvo la respuesta que necesitaba: los sentineleses seguían allí.
El terremoto había elevado parte del terreno. Zonas de arrecife que antes permanecían sumergidas quedaron expuestas, mientras algunas lagunas y áreas de pesca cambiaron de forma. La comunidad sobrevivió dentro de un paisaje que ya no era exactamente el mismo. Los documentos disponibles no permiten reconstruir cómo reaccionó ante la llegada de las olas, aunque su conocimiento del mar, las mareas y el interior de la isla debió resultar decisivo.
La flecha también condensaba una larga historia de encuentros impuestos desde el exterior.
En 1880, el funcionario colonial británico Maurice Vidal Portman desembarcó en Sentinel del Norte acompañado por un grupo armado. Después de recorrer la isla durante días, capturó a una pareja anciana y a cuatro niños, y los trasladó a la colonia penal de Port Blair.
Los adultos enfermaron y murieron poco después. Los niños, también enfermos, fueron devueltos a la isla junto con varios obsequios. Ese episodio formó parte de una política colonial que intentaba someter y estudiar a los pueblos indígenas de las Andamán mientras las enfermedades y la violencia reducían drásticamente otras comunidades del archipiélago.
Durante la segunda mitad del siglo XX, equipos indios realizaron expediciones periódicas y dejaron cocos, herramientas y otros objetos en las playas. Las respuestas variaron según el momento: algunos grupos se retiraban al bosque, otros levantaban sus armas y, en varias ocasiones, aceptaron los regalos.
En enero de 1991 se produjo uno de los acercamientos más próximos conocidos. Hombres y mujeres se aproximaron a las embarcaciones y recibieron cocos directamente de los antropólogos. La escena mostró que sus decisiones ante los visitantes dependían de las circunstancias y de la distancia que estos respetaran.
Los sentineleses pescan, cazan, construyen canoas y fabrican arcos de gran tamaño. También han utilizado metal, madera, recipientes y otros materiales recuperados del mar y de embarcaciones naufragadas. Su vida se sostiene mediante conocimientos adaptados a una isla pequeña, a sus arrecifes y a los recursos disponibles en cada estación.
India terminó abandonando las expediciones de contacto directo. Sentinel del Norte y cinco kilómetros del mar que la rodea están protegidos como reserva tribal. La Guardia Costera y la Policía Marítima vigilan la zona desde la distancia bajo una política destinada a impedir desembarcos y reducir el riesgo de enfermedades, explotación o violencia.
En aquella mañana posterior al tsunami, el helicóptero representaba toda la capacidad tecnológica del mundo exterior. El hombre de la playa solo necesitó una flecha para comunicar que su pueblo había sobrevivido y que la isla continuaba teniendo sus propios límites.
