domingo, agosto 16, 2026

Bajo el gran Árbol de la Noche.

 




El Capítulo IX: "Bajo el gran Árbol de la Noche" constituye un punto de inflexión poético y lírico dentro del universo literario de Domingo Acevedo. En esta entrega de Antología del asombro, la narrativa se despliega en una amalgama de memoria histórica, autobiografía mítica y elegía a la infancia perdida.

A continuación, se presenta un análisis detallado de las claves temáticas, simbólicas y estructurales que componen este texto:

1. La Memoria Ancestral y el Trauma Transgeneracional

El capítulo inicia con una contemplación sobre la diáspora africana y el desarraigo. El narrador no experimenta la memoria como un dato estático del pasado, sino como una vivencia genética y espiritual activa.

  • La conexión transatlántica: La frase "mi ADN sin querer empezó a viajar en un cuerpo desconocido hacia una isla perdida en el mar Caribe" sintetiza la ruptura violenta del tráfico transatlántico de esclavos.

  • El colapso del tiempo: Quinientos años de historia se comprimen en la mirada de Mamá Tita y en el estruendo de los arcabuces. El sujeto poético asume el peso del dolor colectivo ("látigo y sudor"), pero también la resistencia cultural encarnada en el canto y la tambora.

2. La Elegía a la Infancia y la Ausencia de Guancho

El tono del relato gira en torno a la pérdida y la nostalgia de la fraternidad campesina.

  • El espacio mítico de la niñez: La infancia con Guancho transcurre en una geografía sagrada e idealizada —entre conucos, potreros y maizales en la Esperilla y Manoguayabo—. El bosque y la naturaleza actúan como un refugio donde los niños intentan escapar de la dura realidad a través de la fantasía.

  • La soledad ontológica: Guancho representa al compañero de evasión que ya no está. Su ausencia acentúa la soledad del narrador, una melancolía estructural que lo acompaña desde sus raíces.

3. Geografía Rural, Resistencia y Tradición Oral

El texto registra con precisión nombres, lugares y costumbres que otorgan autenticidad y arraigo a la narración:

  • Toponimia local y referencias familiares: Espacios como la cañada de Guajimía, el río Haina, el km 7 de la carretera Sánchez, Manganagua y Borronoso sitúan la mitología personal en la geografía concreta de Santo Domingo.

  • La cotidianidad del campesinado: Se plasma la dureza del trabajo agrícola bajo sequías inclementes (julio como mes de malos presagios), la preparación de la "chola de guayiga" para aplacar el hambre y las reuniones nocturnas en las enramadas o en la pulpería de Andrés Longo.

  • La alegría como acto de rebeldía: A pesar del horror histórico y la pobreza, el texto subraya la capacidad del pueblo para celebrar la vida. La danza, la luna y el fuego bajo "el gran árbol de la noche" se convierten en herramientas de sanación y preservación histórica.

4. El Choque Cultural: Tradición vs. Modernidad

El episodio del maestro rural expone el choque entre el saber dogmático/occidental y la cosmovisión del mundo campesino:

  • Incomprensión mutua: El maestro intenta introducir conceptos abstractos de la modernidad (máquinas, mares, barcos) a niños cuya realidad está circunscrita al bosque y al conuco.

  • El presagio de la transformación: La expulsión del maestro refleja la resistencia de la comunidad a perder su inocencia ancestral, aunque la advertencia final del docente resuena como una profecía ineludible: la modernidad terminará por absorber la vida comunitaria tradicional.

5. La Presentación Autobiográfica Poética

El capítulo concluye con un poema que funciona como acta de nacimiento mítica de Domingo Acevedo:

  • El parto sagrado: La casita de yagua, el piso de tierra, el olor a carbón vegetal y las "manos luminosas de Belén" componen una escena de natividad cargada de lirismo y calidez humana.

  • Símbolo de vocación: El nacimiento al alba y junto a la hoguera simboliza el compromiso del autor con la luz, la memoria de sus ancestros y la poesía frente al olvido y el "frío de los inviernos remotos".

Resumen de Claves Literarias

  • Estilo: Prosa poética rica en imágenes sensoriales (olores a café y carbón, la sequía abrasadora, el retumbo de tamboras).

  • Estructura temporal: No lineal; navega con fluidez entre el siglo XVI (la redada de esclavos en África), la infancia a mediados del siglo XX y el presente reflexivo.

  • Tono: Elegíaco, nostálgico, combativo y profundamente afocaribeño.



Capítulo IX

 

Bajo el gran Árbol de la Noche







Mi origen.

 

La tarde recrea ante mis ojos la nostalgia de mi origen perdido en África.

 

La   tristeza de estos largos años de exilio en que hemos perdido nuestra identidad hace florecer entre mis ojos lirios de agua.

 

La pena acumulada durante estos siglos de huir a ningún lado golpea mi memoria como un látigo de sal que abre viejas heridas que vuelven a sangrar bajo el sol púrpura de nuestro ocaso. Tantos años de olvido han dejado en mi boca el agrio sabor de la ausencia

 

África sigue siendo   en mi corazón la ilusión más dulce, sé que ya no volveré al acrisolado mundo de mis sueños, me he resignado a morir en esta tierra tan ajena y tan mía, pero mi vida sigue allá, en la aldea de donde una noche mi ADN sin querer empezó a viajar en un cuerpo desconocido hacia una isla perdida en el mar Caribe.

 

Quinientos años después, la mirada triste de la abuela Mamá Tita, me despierta en medio del estruendo de los arcabuces y los gritos de los hombres que defendían a los suyos hasta terminar atados a la codicia de los cazadores de esclavos contra el reflejo de la aldea incendiada los conducían por un sendero de horror hasta una embarcación anclada en un océano de cadáveres, emprendiendo un viaje sin retorno hacia el dolor.

 

Yo apenas era menos que un sentimiento perdido en la memoria de alguien que aún no había nacido pero ya llevaba sobre mis hombros el peso de una historia de látigo y sudor donde la vida nunca dejó de ser un canto que en las noches se multiplicaba en la voz alegre de las tamboras.

 

Hoy que Guancho no está.

 

Guancho fue uno de los pocos seres humanos con las que compartí retazos de mi vida, no fuimos niños de escuela. Nuestra infancia estaba diseminada por todo el monte, entre los conucos y los potreros, entre la maleza y los árboles perdidos bajo el sol ondulante de la primavera, entre los maizales dorados de mayo y los pastos de la tierra encantada donde el tío Juan y el tío Alberto, peregrinos del alba, apacentaban sus vacas.

 

Nuestra infancia todos los días se perdía por los infinitos senderos que recorríamos descalzos detrás de la quimera, ensimismados en las historias que nos contaban los abuelos, que prisioneros de una gloria ya perdida en el ocaso de sus vidas todavía viven atrapados en sus sueños.

 

Hoy que Guancho no está, lo recuerdo porque él siempre quiso estar a mi lado, compartir mi soledad y mi tristeza, esa tristeza que él nunca entendió y que me acompañaría por el resto de mi vida.

 

Recuerdo que recorrer el monte era nuestra única obsesión, trepar por  los árboles hasta alcanzar las nubes, hacernos invisibles entre las hojas y el viento y perseguir a los viajeros  más allá de los límites de nuestras tierras, jugar con las mariposas y los pájaros y después de perseguir inútilmente a los fantasmas de nuestros abuelos por los infinitos senderos de la fantasía, tendernos boca arriba sobre el pasto a soñar con la felicidad, que la abuela Mamá Tita nos decía que estaba más allá del horizonte y que nunca, por más que buscamos entre  la fantasía y los sueños la  pudimos encontrar para regresarla a la aldea.



Ahora recuerdo a la abuela Mamá Tita.

 

Ahora recuerdo a la abuela Mamá Tita, haciendo chola de guayiga para mitigar el hambre de toda la vida, atrás ha quedado la primavera, el verano se adueñó de todo el paisaje. Julio está lleno de malos presagios, hasta las gallinas han muertos en esta terrible sequía.

 

Cada año que pasa el sol desata su ira con más fuerza sobre el bosque, sólo las hormigas han sobrevivido a la inclemencia del tiempo, los ancianos dormitan debajo de una mata de mango, tratando de escapar del sopor del medio día.

 

La brisa caliente se desenreda entre los arbustos achicharrados, levanta nubes de polvo en el patio, se arremolina, parece danzar y luego se aleja por el camino real, más allá de los últimos bohíos del pueblo llevándose consigo nuestros sueños.



Más allá de la miserable realidad de nuestra existencia, nuestra alegría permanece intacta bajo los escombros púrpuras de los amaneceres efímeros del invierno tropical.

 

Nuestra rebeldía nos llevó a ser felices en medio de tanto horror, nada nos detuvo, ni el peso de las cadenas, ni la pobreza, ni el hambre, ni la lluvia eternizándose en el camino, en las noches alrededor de la luna, en una danza olvidábamos nuestras penas, el ritmo de las tamboras y el calor de las hogueras nos emborrachaba de felicidad y nuestros cantos hacía florecer el maíz y multiplicaba los panes en las manos del hambre.

 

Bajo el gran árbol de la noche, florecido de constelaciones y estrellas, con fuego escribíamos nuestra historia en los pergaminos del tiempo, lo tristemente felices que éramos en  esa estación, donde aún fluye la sangre en el inminente trayecto de la aurora, por donde todos los días, los fantasmas de Miche, Amantina, Bertilia,  Rafael, Julio y la abuela Mamá Tita, se alejan hacia la ciudad, dejando sobre el rocío, retazos del alma evaporándose bajo el sol de este amanecer que tejieron  entre mis ojos las manos analfabetas y tiernas de la tatarabuela, que se murió de ausencia en las habitaciones del verano, esperando ver como en noviembre en la luna llena  las planicies del sur se  llenan de unicornios.

 

 

Cuando el sol se acrisola en el horizonte.

 

Ya son más de las cuatro de la tarde, el sol empieza a acrisolar el horizonte con sus rayos que se van atenuando con el paso de las horas vistiendo de colores las nubes que raudas se alejan, huyendo de las sombras.

 

Por el camino los labriegos regresan de sus conucos, sobre sus hombros cargan el peso amargo de la pobreza. La tierra con esta larga sequía es poco lo que da.

 

Regresan cansados con sus azadas al hombro, sus machetes en el cinto, con sus sombreros de paja, las camisas sudadas, los pantalones arremangados por debajo de las rodillas y los pies descalzos.

 

Julio es un mes árido donde el calor que se eterniza más allá de las noches, parece quemarlo todo, hasta los sueños.

 

Ya hace un rato que el tío Juan de la Rosa y el tío Alberto regresaron de más allá de las lejanas praderas del rocío, se alejaron tanto hacia el oeste buscando pastos que cruzaron las claras aguas de la cañada de Guajimía y llegaron a Manoguayabo, en donde el ganado comió hasta hartarse y después abrevó en las aguas del río Haina que se pierde entre la frondosidad de la arboleda hasta desembocar en el mar Caribe.

 

Son más de las siete de la noche imagino que ya el abuelo Ismael llegó a su casa, en el km7 de la carretera Sánchez, llevó a Julia, su montura donde pasa la noche, se dio un baño, cenó y luego como todas las noches se sentó bajo los limoncillos florecidos de sombras y estrellas, junto a Mimina, su esposa a ver como se alejan por la carretera Sánchez los pocos carros que pasan rumbo a Haina o San Cristóbal.

 

En la Esperilla, los hombres después de darse un baño y comer algo se van juntando poco a poco en la pulpería de Andrés Longo a tomarse un trago, escuchar canciones en la vellonera y contarse viejas historias repetidas y carcomidas por el tiempo, en donde olvidan lo amargo de sus vidas.

 

Es extraño, pero Manuel hoy no ha dado señales de vida, no sé por dónde andará mi solitario amigo.

 

Hace un rato la tía Eufemia que venía de Manganagua, pasó por casa a saludar a mamá y siguió su camino hacia Borronoso, en donde vive con su familia.

 

Nosotros como es costumbre al caer la prima noche nos juntamos en el bohío de la abuela Mamá Tita, en él encontramos a Ninito que hace un rato llegó del    Palmar y mientras los adultos conversan en la enramada, nosotros correteamos por el patio, hacemos piruetas, danzamos y nos hacemos dueños de la noche y construimos con la inocencia, los sueños que nos permitirán sobrevivir a la vorágine del hambre.



Por el otro lado del camino.

 

Amanece, en el cielo las estrellas se resisten a ceder su espacio al azul intenso del limbo que las va apagando con sus manos aterciopelada, el alba borda de colores el horizonte y el canto de los pájaros es un grito de alegría en el viento. Cantan los gallos y el rocío en el pasto semeja un rosario de pequeñas diademas que se derriten con los primeros rayos del sol.

 

Por el camino real, el olor a café se escurre en el viento más allá de los bohíos y los caminos se van llenando de pasos que se alejan hacia los conucos donde la esperanza florece en las batatas, los plátanos, la yuca, el maíz, los gandules, el maní congo, el cocombro y los demás rubros agrícolas que cultivamos en la Esperilla.

 

Por el otro lado del camino Mandinga se aleja con sus pasos cansados hacia donde los Dendenes, inquilinos de las noches y el rocío todavía dormitan en los amplios salones de los sueños, esperando que la aurora traiga consigo la luz de un nuevo día, mientras mi padre, solitario leñador se pierde entre las trochas invisibles del tiempo, hacia donde la esperanza se deshace entre las cenizas de los hornos vegetales que arden más allá del amanecer.

 

Ya amaneció, uno tropel de niños solitarios se aleja alegre por el camino, hacia la única escuela del pueblo, en donde un maestro, sin más herramientas que la ternura, intenta describir con palabras el mundo de más allá de la alborada, incrédulos los niños miran con lástima al maestro que hace garabatos en la nada, tratando de dibujar máquinas increíbles, que caminan solas, que vuelan y pueden navegar por los ríos y los mares.

 

¿Qué es el mar profesor?


-preguntan los niños a coro


-El mar, es una inmensa laguna que parece no tener fin, con peces de colores, calamares gigantes, delfines juguetones y ballenas migratorias que en las noches habitan en la luna.

 

¿Qué es un río profesor?


Es un largo camino de agua que lleva a ninguna parte y donde habitan los últimos indígenas que sobrevivieron a la crueldad de los conquistadores españoles.


Para los niños que han vivido perdidos en su inocencia, todo lo que el maestro les dice no es más que una absurda tontería, para ellos su mundo se reduce a los conucos, los potreros y el bosque inmenso.

 

Más allá del sol que muere en el horizonte no hay más que árboles y pájaros fantásticos y animales gigantescos que se tragan de un solo bocado a las personas, es por eso que les está prohibido alejarse más allá de los límites ancestrales del bosque.

 

Cuando los padres se dieron cuenta que el maestro hablaba a los niños de esas absurdas tonterías, lo echaron del pueblo, él les dijo con pena, que todo intento por silenciar la verdad era inútil, no había remedio, no tenían a donde ir, ya era demasiado tarde, la modernidad se los tragaría irremediablemente.

 

           Presentación. (Biografía)

 

Nací en la Esperilla junto al camino real en una casita de yagua con piso de tierra bajo el cielo parpadeante de un amanecer salpicado por el rocío del otoño e impregnado por el olor reciente y vegetal de los hornos que ardían a fuego lento más allá de los límites de la aurora fueron las manos luminosas de Belén las que con asombro me sacaron del vientre tibio y florecido de mi madre las que lavaron mi piel recién hecha las que me vistieron de ternura

y me depositaron junto a la hoguera anaranjada del amanecer

para que el frío de los inviernos remotos no salpicara de escarcha mi alma para que mi piel siempre tibia no se derritiera en las noches

dejando un rastro invisible de mariposas muertas en la dermis arrugada del tiempo

 

Domingo Acevedo.

Analisis de la IA.


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