"BASÁYEV ESTÁ AQUÍ": LAS TRES PALABRAS QUE HELABAN LA SANGRE EN EL CÁUCASO
Había un nombre que recorría las radios militares rusas como un presagio de muerte. Un nombre que obligaba a reforzar convoyes, a revisar cada camino y a sospechar de cada montaña. Shamil Basáyev. Cuando los informes de inteligencia advertían que podía encontrarse en una zona, nadie sabía desde dónde atacaría ni cuándo aparecería. Sus hombres surgían de los bosques, golpeaban con una violencia devastadora y desaparecían antes de que la artillería rusa pudiera responder. Poco a poco, aquel comandante checheno dejó de ser un simple insurgente para convertirse en el enemigo más buscado y temido de Rusia.
Todo comenzó con la Primera Guerra de Chechenia, en 1994. Moscú estaba convencida de que la campaña terminaría en pocos días. Miles de soldados, tanques T-72, vehículos blindados y artillería avanzaron sobre Grozni creyendo que aplastarían rápidamente a los separatistas. Pero dentro de la ciudad los esperaba un enemigo diferente. Basáyev comprendió que enfrentarse de frente al ejército ruso era un suicidio. En lugar de ello, dividió a sus combatientes en pequeños grupos armados con fusiles AK-74, ametralladoras PKM, lanzacohetes RPG-7 y misiles antitanque. Cada edificio destruido se convirtió en una fortaleza y cada calle en una emboscada.
Las columnas rusas comenzaron a arder una tras otra. Los blindados eran atacados desde sótanos, ventanas y azoteas al mismo tiempo. Los convoyes desaparecían en carreteras montañosas y los soldados vivían con la incertidumbre de no saber de dónde llegaría el siguiente disparo. Basáyev demostró que un ejército pequeño, pero disciplinado y conocedor del terreno, podía infligir pérdidas enormes a una potencia militar. Su prestigio entre los combatientes chechenos creció con rapidez, mientras que para los mandos rusos su nombre empezó a representar un problema cada vez más difícil de eliminar.
Sin embargo, la guerra también transformó al propio Basáyev. El comandante guerrillero fue abandonando gradualmente los límites de una lucha exclusivamente militar. En junio de 1995 tomó una decisión que cambiaría para siempre su imagen. Al frente de un grupo de combatientes cruzó territorio ruso y asaltó el hospital de Budiónnovsk. Más de un millar de civiles quedaron atrapados. Durante días, el mundo observó cómo mujeres, ancianos y niños eran utilizados como rehenes mientras las fuerzas especiales rusas intentaban recuperar el edificio. El saldo fue devastador: más de cien muertos y cientos de heridos. Basáyev logró regresar a Chechenia tras una negociación, pero desde entonces dejó de ser visto únicamente como un comandante insurgente y pasó a ser considerado uno de los terroristas más peligrosos del planeta.
Después de la guerra, lejos de desaparecer, su influencia aumentó. Reclutó nuevos combatientes, organizó redes clandestinas y preparó nuevas ofensivas. En 1999 encabezó una incursión armada en la vecina Daguestán, convencido de que podía extender la insurgencia por todo el Cáucaso. La respuesta rusa fue inmediata y brutal. Comenzó la Segunda Guerra de Chechenia. Esta vez Moscú regresó decidida a no repetir los errores del pasado. Grozni fue reducida a escombros bajo un bombardeo constante y comenzó una persecución implacable contra Basáyev y sus hombres.
Ni siquiera la pérdida de una pierna, tras la explosión de una mina, logró detenerlo. Continuó coordinando operaciones desde la clandestinidad. Su nombre aparecía una y otra vez en los informes de inteligencia rusos, relacionado con atentados, ataques suicidas y acciones cada vez más indiscriminadas. El hombre que había construido su fama enfrentando a soldados comenzó a dirigir operaciones donde las principales víctimas eran civiles.
El episodio que terminó de convertir su nombre en un símbolo mundial del terrorismo ocurrió en septiembre de 2004. Un comando vinculado a su organización tomó la escuela número 1 de Beslán durante la ceremonia de inicio del curso escolar. Más de mil personas, la mayoría niños, quedaron retenidas durante tres días. El desenlace fue un infierno de explosiones, disparos y caos. Más de 330 personas murieron, entre ellas cerca de 190 niños. Años después, Basáyev reivindicó públicamente la responsabilidad de la operación, un hecho que selló definitivamente su legado.
A partir de ese momento, Rusia convirtió su captura o eliminación en una prioridad absoluta. Los servicios de inteligencia fueron desmantelando una a una sus redes de apoyo, eliminando a sus lugartenientes y cerrando el cerco sobre el comandante checheno. El 10 de julio de 2006, una poderosa explosión en Ingusetia acabó con su vida. Según las autoridades rusas, fue el resultado de una operación especial; otras versiones sostienen que el camión cargado de explosivos que transportaba detonó accidentalmente. Su muerte puso fin a la carrera del hombre que durante más de una década desafió al Estado ruso.
Shamil Basáyev dejó una huella imposible de borrar. Fue un estratega capaz de poner en jaque a uno de los ejércitos más poderosos del mundo mediante guerrillas y emboscadas, pero también un hombre que cruzó todos los límites al convertir a civiles inocentes en objetivos de guerra. Su nombre sigue siendo recordado por dos razones opuestas: por la habilidad militar que desconcertó a Rusia y por las atrocidades que terminaron definiendo su legado.
