domingo, agosto 09, 2026

Fantasía.




Ella tenía una fantasía, un sueño que había acariciado desde su juventud: hacer el amor con su amado en una casa de campo, lejos de la ciudad. Su esposo prometió hacerla realidad para su cumpleaños; ese iba a ser su regalo.

Planearon el viaje y, cuando la fecha estuvo próxima, su marido le dijo que se preparara, que se irían al campo a disfrutar de esa noche que ella deseaba tanto.

Cuando llegó el día, partieron hacia ese maravilloso lugar perdido en el monte, a muchos kilómetros de la ciudad. Él también estaba feliz; amaba a su esposa. A su lado sentía una extraordinaria sensación de bienestar que le reconfortaba el espíritu. Disfrutaba estar a su lado, la amaba entrañablemente, con locura; disfrutaba acariciarla, besarla y poseerla. Ella era encantadora a la hora del sexo y todo eso se complementaba para que fueran una pareja feliz.

Llegó el día esperado. Todo estaba listo; solo tenían que emprender el viaje, el cual, por casualidad, había coincidido con la luna llena. Las noches de luna llena en el campo son esplendorosas y mágicas, indescriptiblemente hermosas.

Partieron bien tempranito hacia Juan sin Nombre, aquel pueblecito insignificante perdido en una provincia del sur, a tres horas y pico de la capital, por un trayecto con un paisaje espectacular y acogedor de montañas, mar y bosques. El tiempo pasó sin que se dieran cuenta y pronto llegaron a su destino.

En la parada estaba Julio, el amigo que los llevaría al pueblo. Se saludaron, conversaron de cosas insignificantes y emprendieron de nuevo la marcha, ahora a pie, por un camino empedrado bordeado por un bosque seco de cambrones, aromas, guazábaras y cayucos, con conucos dispersos por todo el paisaje y labriegos silenciosos trabajando sus tierras.

Después de casi una hora de camino llegaron al río, el cual cruzaron sin problemas; se dieron un baño y descansaron.

Luego del merecido descanso, emprendieron nuevamente la marcha. Después de quince minutos, por fin llegaron al pueblecito semiabandonado. Pocas personas habitaban ya en él. Julio los llevó a la casa que había sido acondicionada para ellos y los dejó allí, con la encomienda de volver por ellos al otro día a las diez.

Llegaron extremadamente cansados, comieron algo que les habían preparado y se acostaron. Era aproximadamente las dos de la tarde cuando se durmieron y despertaron a las cinco. Ya el sol en el horizonte empezaba a despedirse y la tarde jugueteaba entre los árboles con el viento.

Se sentaron muy juntos en la puerta de la calle a contemplar el paisaje y a escuchar el canto de los pájaros que, fugaces, pasaban en busca de sus nidos.

Hay un momento entre la tarde y la noche en que todo parece detenerse: el viento, los árboles, el canto de los pájaros, las sombras... todo se queda quieto para después ebullir en una explosión de sonidos que llena todo el monte de una alegría nocturna sin igual.

Se levantaron de sus sillas y fueron a la cocina a preparar la cena. Comieron y salieron de nuevo al patio. Ya era de noche cerrada y se extasiaron disfrutando de la belleza espectacular de la noche campesina. El cielo estaba apretujado de estrellas y la luna se anunciaba en el horizonte; sus amarillos destellos se filtraban por entre las altas palmeras del este.

Entraron a la casa, se abrazaron tiernamente y se fueron desnudando despacio. Se quedaron semidesnudos y se besaron una y otra vez. No quedó un solo espacio de sus cuerpos que sus labios no tocaran. Se tomaron de las manos y emprendieron el camino en penumbra hacia la rigola para darse un baño, alumbrándose con una linterna; se fueron al lugar más solitario para disfrutar de su intimidad.

Mientras jugueteaban con el agua, se iban quitando la ropa hasta quedar completamente desnudos. Él la tomó por la cintura y sintió sus pezones encendidos quemarle el pecho. Se besaron largamente mientras sus manos hurgaban en la desnudez de sus cuerpos; se dejaron caer sobre el suelo de musgos y hojas secas, y él la amó largamente hasta dejarla sin aliento, pletórica de placer, bañada de estrellas y clorofila, vestida en su desnudez con la luz de la luna.

Felices, volvieron a la casa y se sentaron en el patio a contemplar la majestuosidad del Creador manifestada en la naturaleza.

Al rato se fueron a la dura cama deseada por ella, que tenía como colchón hojas tiernas y frescas de plátano.

Ya estaban desnudos y horizontalmente cómodos en la cama, uno junto al otro. Él la imaginaba en la oscuridad: aunque ella había perdido las curvas de su juventud, conservaba la voluptuosidad de su cuerpo. Aún sus senos permanecían erectos y robustos; sus labios, sensuales y dulces; la suavidad y lozanía de su piel, un ombligo exquisito y unos glúteos admirables.

Ella, en cambio, sabía amar: sabía para qué tenía cada parte de su cuerpo y la usaba de manera exquisita; era una amante excepcional, una mujer exquisita en la cama.

El solo estar cerca los excitaba; se podía sentir el calor que despedían sus cuerpos. Se besaron largamente y se amaron otra vez hasta quedar rendidos de placer, y se durmieron.

Cuando ella despertó, él ya le tenía el desayuno preparado y se lo llevó a la cama. Era algo menos de las cinco de la mañana. Después de media hora salieron abrazados, entre las sombras del amanecer, hacia la noria a darse un baño para luego emprender el viaje de regreso hacia la ciudad lo más temprano posible, porque al día siguiente había que trabajar.

Llegaron cubiertos de rocío, con olor a flores y a luna. La noria aún reflejaba las últimas estrellas del cielo. Él la abrazó con ternura y se fueron desnudando lentamente mientras se dejaban caer suavemente en el agua, sintiendo cómo el agua fría también les acariciaba la piel. Allí, arropados por las últimas sombras del amanecer, consumaron el último acto de su fantasía.

Cuando los primeros rayos del sol apaciguaban la oscuridad dando paso a la claridad, ya estaban listos para emprender el regreso a la capital.

Octubre de 2017

Domingo Acevedo.

Foto tomada de la red.

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