domingo, agosto 16, 2026

El príncipe Takahito, príncipe Mikasa.




 

En 1944, un oficial del Ejército Imperial Japonés reunió a soldados en China y comenzó a denunciar las atrocidades cometidas por su propio ejército.

Habló de saqueos.

De violaciones.

De asesinatos de civiles.

De prisioneros utilizados para practicar ataques con bayoneta.

En el Japón de aquella época, decir algo así podía considerarse traición.

Pero aquel oficial tenía una protección que prácticamente nadie más poseía.

Era el hermano menor del emperador Hirohito.

Se llamaba Takahito, príncipe Mikasa.

Durante la guerra sirvió en el Ejército Imperial y fue destinado a China utilizando el nombre de “Wakasugi”. Entre 1943 y 1944 trabajó como oficial de Estado Mayor en Nankín, dentro del Ejército Expedicionario Japonés.

Allí comenzó a enfrentarse con una realidad muy distinta de la propaganda que presentaba la guerra como una misión honorable.

Décadas después recordaría una conversación que nunca olvidó.

Un oficial le explicó que una buena forma de endurecer psicológicamente a los nuevos soldados consistía en utilizar prisioneros chinos vivos para practicar con la bayoneta.

Mikasa quedó horrorizado.

También conoció casos de prisioneros amarrados, gaseados y asesinados.

Lo describiría años después con unas palabras inequívocas:

«Fue una escena verdaderamente horrible que solo puede calificarse de masacre».

Pero no esperó hasta después de la derrota de Japón para pronunciarse.

En 1944 escribió un texto extraordinariamente crítico sobre la guerra que su propio país estaba librando.

Denunciaba la política de agresión japonesa y señalaba que los saqueos, las violaciones y las matanzas de civiles estaban alimentando el odio contra Japón.

También cuestionaba la narrativa utilizada para justificar la ocupación de China.

Y habló ante soldados japoneses.

Años después explicó por qué se había atrevido a hacerlo:

quería desesperadamente que la guerra terminara.

Mikasa era perfectamente consciente de lo excepcional de su situación.

Un oficial común probablemente no habría podido pronunciar aquellas palabras sin sufrir consecuencias gravísimas.

Él pertenecía a la familia imperial.

Aun así, el Ejército consideró peligroso lo que había escrito.

Las copias fueron recogidas y destruidas.

Durante medio siglo, aquella intervención quedó prácticamente olvidada.

Hasta que ocurrió algo inesperado.

En 1994, un profesor de la Universidad de Kobe encontró una copia superviviente en la biblioteca del Parlamento japonés.

El documento reapareció.

Y el príncipe, que entonces tenía 78 años, confirmó públicamente que lo había escrito.

También reveló otros episodios que había conocido durante la guerra, incluidos experimentos y operaciones relacionados con armas químicas y biológicas.

Su posición frente al pasado japonés no terminó en 1945.

Después de la derrota, Mikasa llegó a intervenir ante el Consejo Privado y sostuvo que su hermano Hirohito debía asumir responsabilidad por la catástrofe de la guerra y abandonar el trono.

No consiguió que ocurriera.

Hirohito continuó siendo emperador hasta su muerte en 1989.

Mikasa tomó un camino completamente distinto después de quitarse el uniforme.

Se convirtió en académico, estudió historia del antiguo Oriente Próximo y durante décadas habló sobre la necesidad de recordar críticamente la guerra.

Vivió hasta los 100 años.

Murió en 2016.

Había nacido dentro de una de las familias más privilegiadas de Japón y había servido en el mismo ejército cuyos crímenes terminaría denunciando.

Quizá por eso su testimonio resulta tan excepcional.

No habló desde el otro lado del frente.

No conoció aquellas historias décadas después.

Era un príncipe japonés, hermano del emperador, vestido con el uniforme del Ejército Imperial.

Y mientras la guerra todavía continuaba, utilizó precisamente esa posición para decirles a sus propios soldados que lo que estaban haciendo en China no podía justificarse.

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