domingo, julio 12, 2026

ROSA MARÍA. UNA MUJER EN LA GUERRILLA.



RESEÑA DEL LIBRO DE MIRNA PAIZ CÁRCAMO, ROSA MARÍA. UNA MUJER EN LA GUERRILLA. RELATOS DE LA INSURGENCIA GUATEMALTECA EN LOS AÑOS SESENTA.

Hay una serie de obstáculos a salvar antes de ser en verdad un guerrillero. La montaña no es cosa de broma, no es un paseo de fin de semana, precisamente. Para una mujer de la ciudad, que se ha formado prácticamente dentro de las capas medias, como es mi caso, esto significa que hay que aprender casi todo de nuevo, viendo las cosas con ojos distintos, descubriendo en una misma nuevas cualidades y debilidades que se hace necesario fomentar o superar.
Pongamos un caso: es tradicional el horror que la mujer de la ciudad siente frente a las alimañas. Es raro encontrar una mujer que demuestre indiferencia ante el aparecimiento de un ratón o un sapo, ya no digamos de una culebra. En la sierra, a veces es necesario “convivir” con todo tipo de alimañas, aprender a defenderse de ellas o simplemente no hacerles caso si son inofensivas. A veces, cuando se acampa, es imposible evitar que la fogata atraiga a todo tipo de bichos raros. En la sierra todo es superlativo.
Los mosquitos y los zancudos, como dicen los guerrilleros, parecen aviones de caza. Hay zonas en donde los insectos le hacen más dura y severa la vida al guerrillero. Pero no son solo esos los problemas. En la ciudad, si se siente calor, pues uno se pone ropa más delgada, apropiada al clima. Si hace frío, basta con abrigarse un poco y el problema está más o menos resuelto.
En el monte, muchas veces le toca a uno marchar días enteros por zonas poco conocidas, sin trillos,2 rasgándose la ropa, arañándose la cara con los arbustos, sudando y secando sobre el cuerpo la misma ropa que parece llegar a convertirse en otra piel. La guerrilla se mantiene por lo general en “el alto”, es decir en las zonas de difícil acceso para el enemigo, pero también aquellas en que el clima es más duro.
A veces el frío llega al extremo de hacer imposible al guerrillero conciliar el sueño. Luego las postas.3 Se sale envuelto en un poncho hasta las orejas y el frío sigue haciendo estragos. El viento nocturno de la serranía es helado, filoso y le va agrietando a uno la piel, endureciéndole el cuerpo y la voluntad. No es extraño que le toque a uno marchar días enteros bajo el agua. Y no hablo de esa lluvia normal, sino del tipo de aguaceros que se dan en la sierra, aquellos de los que los campesinos dicen que “parece que se va a hundir el mundo”.
Después, hay que dormir con la ropa mojada encima, sobre terreno igualmente húmedo. Todo esto, creo yo, es un reto para la voluntad, porque en medio de todo un contingente ya fogueado y para cuyos integrantes todo esto es una cosa diaria, hay que salir adelante a pura moral revolucionaria, a pura fuerza de voluntad. Por otra parte, no se está solo. Ahí están los compañeros, cuyo ejemplo ayuda mucho. En mi caso fue precisamente así.
Yo puse todo lo que estaba de mi parte para ir venciendo mis propias limitaciones, es decir, puse lo que yo tenía: mi voluntad de vencerlas, mi decisión de haber venido para quedarme y para combatir como uno más. En honor a la verdad, los compañeros tuvieron una actitud muy fraternal en relación conmigo, y así, unificando sus enseñanzas y ayuda con mi propio esfuerzo, logré sobrepasar las primeras barreras.
En la ciudad nos habían hablado mucho de las caminatas agotadoras que, a veces, son la vida diaria de la guerrilla y de las cuales depende su seguridad, su posibilidad de golpear y retirarse, de hacerse sentir y ser al mismo tiempo difícil de detectar. La gente nueva siempre lleva, cuando llega al destacamento guerrillero, el fantasma de las caminatas en la cabeza. Yo no fui una excepción. El hecho es que desde el principio me di cuenta de que era posible aguantarlas, y aun en las más duras marchas que recuerdo de toda mi estancia en el FGEI, no se podrá decir que fui un lastre, que me quedé atrás o que fui vencida por la debilidad. Pero esto no significa olvidar lo duras que son las marchas, que además se hacen con el régimen alimenticio de una comida fuerte al día y, en la mayoría de las veces, con el estómago bastante vacío.
En otros aspectos, desde el principio, la jefatura de la guerrilla hizo hincapié sobre el hecho de que yo era un guerrillero más, es decir un combatiente más dentro de la unidad. En lo personal, los muchachos y yo quedamos plenamente de acuerdo en que yo no había subido a la montaña para hacer solamente de cocinera, para hacer de costurera remendando la ropa de todos, etc., sino para combatir. Estas cosas las podría hacer, no solamente dentro de la distribución del trabajo en el seno de la guerrilla, sino a nivel personal, como ayuda a los compañeros, pero yo no había subido para eso. Claro está que había algunas cuestiones de forma organizativa que, por su carácter, me fueron entregadas. Fue así como tuve a mi cargo la administración y distribución de medicinas en la guerrilla, para dar un ejemplo.
Una vez vencidas las primeras dificultades, y sobre todo cuando todos se dieron cuenta de mis esfuerzos por cumplir, los guerrilleros mantuvieron conmigo el trato de un “compañero” más. Este fue el momento en que me di cuenta de que había pasado por una de las dificultades más grandes en cuanto a la incorporación de mujeres a la lucha guerrillera. Por mi parte, no puedo ocultar que al mismo tiempo de alegría, esta nueva situación me causaba una íntima satisfacción, una especie de orgullo de haber conseguido ser uno más en el destacamento, y participar de las alegrías y vicisitudes de los compañeros, sin diferencias esenciales.
Extracto del libro: Rosa María, una mujer en la guerrilla.

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