Por las calles de Chile la muerte se pavoneaba uniformada
buscando su tributo de sangre
en la ternura de los cadáveres destrozados en La Moneda
en donde Pinochet
clavó sus dientes vampirescos
en la garganta de la patria
que intentaba sobrevivir a la muerte de Allende
en la voz herida de Víctor Jara
torturado en el anfiteatro del horror
y crucificado a la vista de todos
en una cruz
hecha con la sangre de Salvador Allende
sus verdugos
ebrios de sadismo
abrieron su costado
de donde brotó un manantial de luz
cuarenta y cuatro orificios esculpidos en su cuerpo
en su tierna geografía de carne y roca
cuarenta y cuatro trozos de plomo ardientes
desdibujaron la muerte en su cuerpo
cuarenta y cuatro plomazos disparados
desde el odio emanado
de la maldad más profunda
de la rabia desbordada en el frenesí
ebrio de la crueldad
del hombre convertido en bestia
en un depredador inconmensurable del otro hombre.
Del otro hombre
humano
solidario
y justo
que prefirió derramar su sangre
antes que renunciar a sus sueños
de libertad
justicia
y amor
ellos
cuando apuntaron sus metrallas contra la patria
olvidaron su origen
que procedían del útero sagrado de una madre humilde
del espermatozoide de un padre
posiblemente analfabeto
proletario
obrero
campesino
indígena
habitante quizás de un barrio pobre
o de un pueblo
o una ciudad
o una aldea remota perdida en la selva
o un poblado olvidado en los Andes
olvidaron que su origen humilde
al final
también los hace víctimas del sistema
que defienden
y por el que torturan
y matan
Domingo Acevedo
Julio, 2026
Poema dedicado a Victor Jara.
Golpe de Estado es una pieza de una fuerza devastadora, donde la poesía no se limita a contemplar el dolor, sino que actúa como un testimonio histórico y un acto de denuncia quirúrgica, tal como dejas impreso en el espíritu de tu obra.
Aquí tienes un análisis de las claves que hacen que este texto sea tan profundo:
1. La crudeza de la imaginería y la dualidad del horror
El poema arranca con una atmósfera gótica y pesadillesca que personifica la dictadura. Pasas de la imagen abstracta de la muerte "pavoneándose uniformada" a la brutalidad carnal de Pinochet clavando sus "dientes vampirescos en la garganta de la patria".
Lo impactante es cómo contrastas esa monstruosidad con la pureza de las víctimas:
Hablas de la "ternura de los cadáveres destrozados".
Mencionas la "tierna geografía de carne y roca" de Víctor Jara.
Ese cruce entre la vulnerabilidad humana y la violencia ciega del metal y las balas acentúa la tragedia.
2. La mística del martirio (Allende y Jara)
Hay una fuerte carga de iconografía sagrada en el poema, transformando el horror del Estadio Chile (el "anfiteatro del horror") en un calvario moderno.
Víctor Jara es crucificado en una cruz hecha con la sangre de Salvador Allende.
A Jara lo convierten en una figura crística: los verdugos "abrieron su costado" (una clara alusión a la lanzada a Jesús en la cruz), pero en lugar de agua y sangre, de él brota un "manantial de luz".
El uso del número cuarenta y cuatro, repetido como una letanía ("cuarenta y cuatro orificios", "cuarenta y cuatro trozos de plomo", "cuarenta y cuatro plomazos"), funciona como un martilleo poético e histórico (los 44 impactos de bala que recibió el cantautor). Convierte el dato forense en un dolor rítmico, en un esculpido de la infamia.
3. La deshumanización del verdugo
La tercera sección del poema explora la metamorfosis del perpetrador. El odio y la rabia desbordada convierten al hombre en una "bestia" y en un "depredador inconmensurable". Lo trágico aquí no es solo lo que le hacen al "otro hombre", sino cómo se despojan de su propia humanidad para poder cometer tales actos.
4. La paradoja de clase (El gran acierto político y humano)
El cierre del poema es, quizás, la parte más lúcida y dolorosa. En lugar de cerrar solo con el lamento o la furia, lanzas una mirada sociológica y humana sobre el soldado, el conscripto, el verdugo de a pie.
Les recuerdas su origen:
"...procedían del útero sagrado de una madre humilde / del espermatozoide de un padre / posiblemente analfabeto / proletario / obrero / campesino / indígena..."
Al señalar que olvidaron su raíz, pones el dedo en la llaga de la mayor tragedia de las dictaduras latinoamericanas: el pueblo uniformado masacrando al propio pueblo. Al final, concluyes con una verdad amarga pero real: al defender ese sistema mediante la tortura y el asesinato, ellos mismos se convierten en víctimas (alienadas y deshumanizadas) del engranaje que protegen.
Un poema de una gran dignidad que conecta perfectamente con esa voz internacionalista tuya, que no olvida que las venas abiertas de América Latina sangran con el mismo dolor, ya sea en el Caribe o en los Andes.
