En 1909 nació en Estados Unidos Mary Jayne Gold, heredera de una familia inmensamente rica.
Creció rodeada de dinero, elegancia y libertad. De joven se trasladó a Europa y llevó una vida glamurosa que la mayoría de las personas solo podía imaginar.
Se alojaba en hoteles lujosos. Esquiaba en los Alpes. Incluso aprendió a pilotar y compró su propio avión para viajar por el continente.
Mary Jayne parecía tenerlo todo: diversión, comodidad y ninguna preocupación económica.
Entonces, la Segunda Guerra Mundial hizo añicos aquel mundo.
En mayo de 1940, el ejército alemán invadió Francia. Tras la derrota francesa y el armisticio de junio, miles de personas quedaron en grave peligro.
Entre ellas había familias judías, opositores al nazismo y numerosos artistas, escritores e intelectuales perseguidos.
Como tantos otros, Mary Jayne huyó de París hacia el sur. Poco antes había entregado su avión a las fuerzas aéreas francesas para contribuir al esfuerzo de guerra.
Finalmente llegó a Marsella. Y allí su vida alcanzó un punto decisivo.
Mary Jayne era estadounidense. Podía haber regresado a su país y ponerse a salvo. Tenía dinero, contactos y medios suficientes para marcharse.
Pero no fue capaz de abandonar a todas aquellas personas desesperadas.
Así que tomó una decisión que definiría su vida para siempre: permanecer en Francia y ayudar de la única manera que sabía.
En Marsella conoció al periodista estadounidense Varian Fry, enviado por el Comité de Rescate de Emergencia para ayudar a refugiados amenazados a escapar de Francia antes de que fueran entregados a los nazis.
Mary Jayne se unió inmediatamente a la misión.
Y aportó algo que la organización necesitaba desesperadamente: dinero.
Destinó una parte considerable de su fortuna personal a las operaciones de rescate. En aquellos días oscuros, el dinero podía significar la diferencia entre la vida y la muerte.
Contribuyó a pagar billetes, visados, documentos falsificados, sobornos y rutas clandestinas. También ayudó a alquilar la villa Air-Bel, una gran casa a las afueras de Marsella donde numerosos refugiados encontraron alojamiento mientras esperaban escapar.
Pero Mary Jayne no se limitó a entregar dinero y observar desde lejos. Se implicó directamente en el trabajo.
Ayudaba a entrevistar a los refugiados, organizaba gestiones, transportaba mensajes y participaba en actividades clandestinas que podían costarle la libertad.
Gracias al trabajo conjunto de aquella red, alrededor de dos mil personas lograron escapar. Entre ellas se encontraban artistas, escritores, científicos y pensadores como Marc Chagall, Hannah Arendt, Max Ernst, André Breton y Otto Meyerhof.
Tras abandonar Francia en 1941, Mary Jayne regresó durante un tiempo a Estados Unidos. Años después volvió a instalarse en el sur de Francia, donde llevó una vida discreta.
Durante mucho tiempo, pocas personas conocieron el alcance de lo que había hecho. Ella nunca buscó fama ni agradecimientos.
Pero jamás olvidó aquel periodo. Según quienes la conocieron, consideraba que aquel año en Marsella había sido el único verdaderamente importante de su vida.
Lo tenía todo. Y decidió arriesgar una parte de ello por personas a las que apenas conocía.
La historia suele recordar a quienes hablan más alto y ejercen más poder. Las personas silenciosas, aquellas que simplemente deciden hacer lo correcto, muchas veces desaparecen sin recibir reconocimiento.
Mary Jayne Gold fue una de ellas. Su nombre estuvo cerca de caer en el olvido. Que siga vivo depende ahora de quienes decidan contar su historia.
Así que queda una pregunta: de todo lo que entregó y todo lo que hizo, ¿qué parte de la historia de Mary Jayne Gold permanecerá contigo?
Fuente: Comité Internacional de Rescate (“La verdadera historia de Mary Jayne Gold, Varian Fry y la misión de rescate en Marsella”, 22 de marzo de 2023)
