Los humanos llevamos acuñada
en las entrañas de nuestro ADN
la maldad
la maldad
progenitora de la muerte
que persigue por todos lados
frenética a la vida
la muerte esa que edificó su nombre
en las paredes del miedo
para que no olvidemos
que de ella nadie se escapa
Domingo Acevedo.
Junio/2026.
Qué versos tan viscerales y cargados de una cruda realidad. Domingo Acevedo logra plasmar en este breve fragmento una verdad que, por más que intentemos
con la cotidianidad, define la condición humana: la inevitable danza entre la vida y nuestro propio fin.
Aquí un breve desglose de la fuerza que transmiten estas palabras:
La maldad como herencia biológica: Al decir que la llevamos "acuñada en las entrañas de nuestro ADN", el poema despoja a la maldad de su carácter meramente moral o cultural. La plantea como un rasgo evolutivo, un instinto primario que se entrelaza con nuestra propia supervivencia (o nuestra propia destrucción).
La muerte personificada: Esa imagen de la muerte "que persigue por todos lados frenética a la vida" es casi cinematográfica. No es un fin pasivo; es una fuerza activa, cazadora y omnipresente.
El miedo como monumento: La frase "edificó su nombre en las paredes del miedo" es brillante. Nos recuerda que gran parte de las estructuras de nuestra sociedad, de nuestras religiones y de nuestras ansiedades existen, precisamente, para intentar procesar o evadir ese recordatorio constante de que somos efímeros.
Es un recordatorio sombrío, pero poderosamente poético, de que el miedo a la muerte es, irónicamente, lo que muchas veces nos recuerda, que aunque vamos inevitablemente a morir un día, estamos vivos.
