El origen genealógico de la clase dominante dominicana está profundamente ligado a las transformaciones socioeconómicas del siglo XIX y principios del XX. A diferencia de otras naciones latinoamericanas donde la vieja aristocracia colonial de sangre "pura" mantuvo un control ininterrumpido, en la República Dominicana la élite colonial original colapsó y huyó en masa debido a la Revolución Haitiana (1791-1804), las invasiones francesas y los 22 años de unificación con Haití (1822-1844).
La clase dominante que emergió y se consolidó después de la Independencia de 1844 no fue una prolongación directa de la nobleza colonial de los siglos XVI y XVII, sino un grupo híbrido compuesto por familias terratenientes, hateras, comerciantes y, más tarde, oleadas de inmigración económica que se integraron rápidamente a la cúspide social.
El Origen Genealógico y las Tres Grandes Olas
La configuración de la élite económica y política tradicional dominicana se puede rastrear principalmente en tres corrientes clave:
1. El Haterismo y la Aristocracia de la Tierra (Siglo XIX)
Tras la salida de la administración haitiana, las familias que ostentaban el poder económico eran grandes terratenientes dedicados a la ganadería (hateros) y a la explotación de maderas preciosas, localizados sobre todo en las regiones del Seibo y el Sur, y más tarde los cultivadores de tabaco en el Cibao. Apellidos asociados al poder militar y político de la época (como Santana o Báez) representaban esta primera hegemonía, caracterizada por un pragmatismo político que desconfiaba de la viabilidad de la joven república.
2. La Inmigración Comercial y del Azúcar (Finales del Siglo XIX)
A partir de la Guerra de la Restauración (1863-1865) y con el auge de la industria azucarera en el último tercio del siglo XIX, el perfil de la élite cambió drásticamente. El país recibió oleadas de inmigrantes que dinamizaron el comercio y la producción industrial. Estos grupos se entroncaron con las familias locales de origen hispánico:
- Inmigración peninsular e isleña: Comerciantes catalanes, mallorquines y canarios que se establecieron en los principales centros urbanos (Santo Domingo, Santiago, Puerto Plata).
- La migración árabe (sirio-libanesa y palestina): Llegaron inicialmente como buhoneros y pequeños comerciantes ambulantes a finales del siglo XIX, pero gracias a una enorme movilidad social y alianzas matrimoniales, se convirtieron en pilares de la industria, el comercio y la política del siglo XX.
- Migración italiana y europea occidental: Vinculada al desarrollo de los ingenios azucareros y el gran comercio (por ejemplo, familias Vicini, Bonetti, Pellerano).
3. La Consolidación Trujillista y Post-Trujillista
Durante los 31 años de la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo, la estructura de la propiedad y el poder se centralizó en la familia del dictador y sus allegados. Tras el tiranicidio en 1961, el aparato económico del Estado pasó en parte al sector público y en parte a corporaciones de familias de la burguesía tradicional tradicional (principalmente de Santiago y la capital), configurando los grupos financieros e industriales que operan hoy en día.
El Sentimiento "Anti-nacional" y el Desprecio por lo Criollo
El fenómeno que los historiadores y sociólogos dominicanos (como Franklin Franco, Roberto Cassá o Juan Isidro Jimenes Grullón) definen como una falta de fe en el destino nacional o "desprecio por lo criollo" por parte de la élite tiene raíces estructurales y psicológicas muy profundas:
El Complejo de la Anexión y el Protectorado
Desde el nacimiento de la República, la clase gobernante original carecía de la convicción de que el país pudiera sostenerse de manera independiente. Esto se tradujo en una constante búsqueda de potencias extranjeras (España, Francia, Estados Unidos) para que asumieran el control del territorio a cambio de protección económica y militar para la élite.
- Pedro Santana anexó el país a España en 1861.
- Buenaventura Báez intentó febrilmente arrendar la Bahía de Samaná y anexar el país a los Estados Unidos en la década de 1870.
Para esta clase, la soberanía nacional no era un valor supremo, sino una condición de vulnerabilidad. El pueblo soberano (el campesinado, los mulatos libres, los artesanos) era visto no como el motor de la nación, sino como una "masa atrasada" incapaz de autogobernarse.
El Eurocentrismo y el Racismo Estructural
El desprecio por la cultura criolla —que es, por definición, sincrética, mestiza y con un fuerte componente de herencia africana— se explica a través de la adopción de una identidad idealizada y artificial. La clase dominante dominicana históricamente necesitó legitimarse frente a las metrópolis extranjeras marcando una distancia radical respecto al elemento afrodescendiente de la población.
Esto dio origen a la ideología del "hispanismo" y, posteriormente, al "indigenismo" cosmético institucionalizado durante el trujillismo:
- Se construyó un relato oficial donde el dominicano auténtico era definido exclusivamente como un descendiente de españoles o de los extintos taínos (de ahí el uso oficial del término "indio" para la descripción de la piel en las cédulas de identidad, eludiendo la palabra "mulato" o "negro").
- Todo elemento cultural criollo que evidenciara la herencia africana (en la música, la religiosidad popular, las expresiones lingüísticas o las costumbres folclóricas) fue marginado, calificado de "atrasado", "vulgar" o, en el peor de los casos, "extranjero y haitiano".
La Conexión Transnacional del Capital
Sociológicamente, el desprecio por lo local también se manifiesta en los patrones de consumo, educación y vida de la élite. Históricamente, la clase dominante dominicana ha mirado hacia fuera (París en el siglo XIX, Nueva York y Miami en el XX y XXI) para educar a sus hijos, resguardar sus capitales y definir sus códigos estéticos. Lo criollo es visto, con frecuencia, como un producto comercializable hacia el exterior (turismo, folklore controlado) o como una fuerza laboral subordinada, pero rara vez como la fuente matriz de su identidad espiritual o intelectual.
