jueves, junio 04, 2026

Hermes De Paula es un destacado poeta, dramaturgo y educador dominicano




Hermes De Paula es un destacado poeta, dramaturgo y educador dominicano nacido en Yamasá, Monte Plata, el 17 de abril de 1974. Su producción literaria se caracteriza por el uso de metáforas, deidades, niños y la cotidianidad, invitando a los lectores a desvelar un trasfondo místico y analógico en sus versos. [1, 2]
Formación y Trayectoria Literaria
  • Educación: Posee una Maestría en Educación. [1]
  • Talleres Literarios: Formó parte activa del reconocido Taller Literario César Vallejo de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). [1]
  • Teatro: Egresó del Teatro Taller del Instituto Cultural Dominico Americano. [1]
  • Presencia en Antologías: Sus textos poéticos han sido incluidos en diversas publicaciones y antologías poéticas, tanto a nivel nacional como internacional. [1]
  • Eventos Culturales: Ha participado en encuentros de difusión de literatura dominicana, tales como lecturas en el Pabellón de Poesía de la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo. [1]
Obras Publicadas
A lo largo de su carrera literaria ha editado numerosos títulos, principalmente enfocados en el género lírico y la dramaturgia, registrados bajo agencias oficiales como la Base de datos ISBN de la Biblioteca Nacional Pedro Henríquez Ureña: [1]
  • Una sombra en la escalera (Poesía, 2005)
  • Los gemidos de la noche o Los genios de la noche (Poesía, 2006)
  • Sobre rosas y mirtos (Poesía, 2007)
  • Un día después del silencio (Poesía, 2007)
  • Ecos de un viaje (Teatro, publicado por la Editora Universitaria UASD, 2007)
  • El reloj marca su agonía (Poesía, publicado por Editora Búho, 2009) [1, 2, 3]
Si deseas profundizar más en su obra, te sugiero leer las reseñas y análisis literarios disponibles en la sección Ventana del periódico Listín Diario, donde se profundiza en el simbolismo de sus libros. [1]
  Domingo Acevedo.

José Alfonso Torres Ulloa, es un prolífico escritor, abogado, politólogo, agrónomo y gestor cultural dominicano.




José Alfonso Torres Ulloa (nacido en 1960) es un prolífico escritor, abogado, politólogo, agrónomo y gestor cultural dominicano. Originario de la provincia de Dajabón, se ha destacado por rescatar la memoria histórica, literaria y social de la región fronteriza de la República Dominicana. [1, 2, 3]

Formación y Labor Cultural
Desde su adolescencia se integró activamente al trabajo cultural en su tierra natal. En el año 1979, fundó el grupo Proyección Cultural en el club Liberación Juvenil en la ciudad de Dajabón. Posee una formación académica diversa y multidisciplinaria, habiendo completado estudios superiores en Agronomía, Derecho y Ciencias Políticas. [1]
Obra Literaria e Histórica
Su producción intelectual abarca la poesía, la investigación histórica y el ensayo político, con un fuerte enfoque en la identidad dominicana y los valores patrióticos. Entre sus publicaciones principales figuran: [1, 2]
  • Ensayos patrióticos e históricos: Ha publicado seis ensayos dedicados al pensamiento y la ideología del patricio Juan Pablo Duarte. Asimismo, registra tres ensayos sobre la trayectoria de la Asociación Nacional de Profesionales Agropecuarios (ANPA) y textos de legislación agraria. [1]
  • Poesía: Cuenta con más de una docena de poemarios publicados, entre los que se destacan títulos como Tras la lluvia (1995), Mis últimas herejías (1996), Respiraciones del Alma (1998), Quejidos de Amor (2000), Oleaje (2002), Tempestades de mi Alma (2004), Temblores Poéticos (2007), Espumas de Soledades (2010), Amor de Fuego (2012), Dolor Adentro (2019) y El amor, después del amor (2025). [1, 2]
  • Aportes Regionales: Es autor de obras clave para la documentación de su provincia, tales como Apuntes Históricos sobre Dajabón (2024), Dajabón, Apuntes Biográficos (2024), Mujeres de Dajabón (2025) —presentado en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD)— y Elías Piña, memoria literaria (2025), un texto enfocado en rescatar el legado poético y combativo de la frontera. [1, 2, 3]
Además de su labor como autor, se desempeña en el sector editorial publicando y difundiendo la herencia de otros literatos y profesionales del país, incluyendo áreas técnicas como la medicina veterinaria. [1, 2]
  Domingo Acevedo.


El Tratado de Aranjuez. 3 de Junio de 1777. Surge la frontera entre RD y Haití ( que no se llamaban así en esa época.




El Tratado de Aranjuez. 3 de Junio de 1777. Surge la frontera entre RD y Haití ( que no se llamaban así en esa época, antes que comiencen a criticar)


Este acuerdo mediante el cual se delimitó la frontera entre los territorios coloniales oriental y occidental de la Isla de Santo Domingo, se firmó entre España y Francia el 3 de junio de 1777 en Aranjuez (villa de la provincia de Madrid), interviniendo a nombre del Rey de España, José Moñino, Conde de Floridablanca y en representación del Rey de Francia, el Marqués de Ossún.


El Tratado de Aranjuez aseguró a Francia su posesión en Santo Domingo y le sirvió de apoyo para apoderarse más tarde de toda la isla mediante el Tratado de Basilea de 1795 que, aunque no se cumplió cabalmente, puso a Francia jurídicamente como única dueña de la isla.


Los artículos primero y segundo del Tratado de Aranjuez establecían los siguientes límites:


"Procediendo al cumplimiento del referido Tratado, empieza la línea de Demarcación de Límites en la Costa del Norte de esta isla y boca del río Pedernales o Riviere des Anses a Pitre, en cuyas orillas se han colocado las Pirámides que figura en el plano con las inscripciones de France-España, gravadas en piedra, y puestos los números extremos 1; 221: Todos los más se manifiestan claramente en el Plano según su colocación. Se presupone, y entiende por derecha o izquierda de la Línea de la de los comisarios en su marcha, y en los ríos, y arroyos, la de su corriente saliendo de su origen..." (Antonio Del Monte y Tejada: "Historia de Santo Domingo", Tomo III. Tercera Edición, Biblioteca Dominicana; Serie I, vol. III, Ciudad Trujillo, República Dominicana, 1953, pág. 93).


Con la firma de este tratado concluyó la litis legal sobre los límites fronterizos pero no terminaron los problemas de coexistencia de dos colonias tan diferentes como la oriental y la occidental.


Antecedentes


La ocupación de la parte occidental de la isla de Santo Domingo fue un proceso lento de penetración alentado por Francia desde finales del siglo XVII a través de bucaneros y filibusteros que luchaban contra una España en decadencia que se vio obligada a reconocer jurídicamente, mediante la firma del Tratado de Ryswick, el asentamiento de Francia en la parte Oeste de Santo Domingo, una posesión que en verdad no le pertenecía a Francia.


La ascensión al trono español en 1701 de Felipe V, nieto del monarca francés Luis XIV, trajo como consecuencia que, al estar ligado al trono de Francia, sirviera de forma indirecta a los intereses franceses en América.


La presencia de un monarca francés en el trono de España se tradujo en Santo Domingo en una política de tolerancia hacia los vecinos franceses que desde 1697 argumentaban que los territorios les pertenecían legalmente ya que el Tratado de Ryswick les había garantizado el status de estas posesiones.


Los franceses tras la ocupación del territorio occidental de la isla extendieron los límites a su antojo, provocando toda clase de conflictos entre las autoridades de las dos colonias en Santo Domingo, situación que se prolongó durante largo tiempo hasta culminar en la imperiosa necesidad del establecimiento de límites territoriales.


Historia Dominicana en gráfica.

EL TOKI KALFUKURA.




3 de junio de 1873, MUERE EL TOKI KALFUKURA


Fue uno de los jefes indígenas más poderosos e influyentes del siglo XIX en el sur del continente. Nacido al oeste de la cordillera, en territorio vinculado al mundo mapuche, Calfucurá cruzó hacia las pampas y construyó desde Salinas Grandes un verdadero poder político, militar y diplomático. No fue solo un guerrero de lanza y caballo: fue también un estratega capaz de negociar con gobiernos, enviar correspondencia, sellar alianzas y sostener una organización propia. El Museo Histórico Nacional conserva incluso un sello usado por su cacicazgo, prueba de una estructura política con escribientes y formas de comunicación institucional. Durante décadas, su figura quedó asociada a los grandes conflictos de la frontera sur bonaerense. Encabezó malones e incursiones, intervino en disputas entre Buenos Aires y la Confederación, y mantuvo relaciones cambiantes con caudillos y gobiernos criollos. 


Después de Caseros, el equilibrio de poder en la región se transformó, y Calfucurá supo moverse en ese escenario turbulento donde se cruzaban política nacional, comercio de ganado, control territorial y supervivencia indígena. Su influencia llegó a ser enorme. Desde Salinas Grandes, articuló una confederación de fuerzas indígenas que ejerció control sobre territorios claves de la actual La Pampa, zonas de Río Negro, Neuquén y la frontera bonaerense. El Museo Roca recuerda que Calfucurá fue cabeza de una confederación indígena y que mantuvo su soberanía hasta su muerte, en 1873. Uno de los puntos estratégicos de su mundo fue Carhué, considerado una verdadera llave hacia Salinas Grandes y otros espacios vitales para el poder político y económico indígena. Según recuerda el Museo Roca, en su lecho de muerte habría pedido a su hijo Manuel Namuncurá: “no entregar Carhue al winka”.


Su última gran derrota llegó en el combate de Pichi-Carhué o San Carlos, ocurrido el 8 de marzo de 1872, cuando las fuerzas nacionales y sus aliados indígenas enfrentaron a los guerreros de Calfucurá. Esa batalla marcó un punto de quiebre en la frontera sur y anticipó el avance militar que, pocos años después, desembocaría en la llamada Conquista del Desierto. Calfucurá murió en 1873, pero su historia no terminó allí. Años después, su tumba fue profanada y sus restos terminaron en el Museo de La Plata, un hecho que hoy forma parte de los reclamos de restitución impulsados por comunidades mapuches. Juan Calfucurá fue mucho más que un nombre de frontera: fue un líder mapuche, un conductor político, un estratega militar y una figura central para comprender el choque, la negociación y la disputa por el territorio en la Argentina del siglo XIX.

Confederación Mapuche de Neuquén.

La reina de los bandidos.




Nació pobre, en el barro del norte de la India, y la vendieron cuando todavía era una niña. La Nació pobre, en el barro del norte de la India, y la vendieron cuando todavía era una niña. La humillaron de todas las formas posibles antes de que entendiera una verdad fundamental: el miedo también se puede matar. Se llamaba Phoolan Mallah, pero la historia la bautizó como Phoolan Devi, la Reina Bandida.


A los once años la entregaron a un tipo que le triplicaba la edad. Lo que vino después fue lo de siempre en esos pueblos: golpes, violaciones y un silencio sepulcral. Cuando no pudo más y regresó arrastrándose a la casa de sus padres, le cerraron la puerta en la cara. La tradición y el qué dirán importaban muchísimo más que sus heridas.


Pero Phoolan no se dejó morir.


Escapó. Su huida la arrojó directo a las montañas profundas, un territorio salvaje dominado por bandas de fugitivos. En ese nido de lobos aprendió a disparar, conoció el amor y también la traición más asquerosa. Un grupo de hombres de una casta superior asesinó a su pareja y la secuestró a ella. La encerraron en una aldea llamada Behmai, donde la violaron consecutivamente durante semanas. La daban por rota. Se equivocaron.


Meses después, Phoolan regresó a esa misma aldea. Pero esta vez traía un rifle en la mano y una banda de hombres a sus espaldas.


Alineó a veintidós de sus violadores y los fusiló a sangre fría. Ese día la India entera se congeló. Su nombre empezó a sonar con terror en los palacios de los ricos y con un respeto devoto entre los más pobres, que la veían como una especie de deidad justiciera.


Se entregó años más tarde bajo sus propias condiciones y pasó once años entre rejas. Cuando salió en libertad, el sistema esperaba que se escondiera, pero ella redobló la apuesta: se postuló para el Parlamento y ganó. Pasó de los campamentos de bandidos a ocupar una silla de diputada, convirtiéndose en la voz de las mujeres y de las castas más bajas del país.


En 2001, la venganza de sus viejos enemigos la alcanzó en la puerta de su casa. Tres hombres la acribillaron a balazos. Mataron al cuerpo, sí, pero el mito ya era indestructible. Phoolan Devi fue víctima, criminal, vengadora y política. Una mujer a la que le quitaron todo y que, a base de pólvora y ojazos negros, obligó a millones de personas a escucharla.


 #DatoCurioso #interesante #historia #sorprendente de todas las formas posibles antes de que entendiera una verdad fundamental: el miedo también se puede matar. Se llamaba Phoolan Mallah, pero la historia la bautizó como Phoolan Devi, la Reina Bandida.


A los once años la entregaron a un tipo que le triplicaba la edad. Lo que vino después fue lo de siempre en esos pueblos: golpes, violaciones y un silencio sepulcral. Cuando no pudo más y regresó arrastrándose a la casa de sus padres, le cerraron la puerta en la cara. La tradición y el qué dirán importaban muchísimo más que sus heridas.


Pero Phoolan no se dejó morir.


Escapó. Su huida la arrojó directo a las montañas profundas, un territorio salvaje dominado por bandas de fugitivos. En ese nido de lobos aprendió a disparar, conoció el amor y también la traición más asquerosa. Un grupo de hombres de una casta superior asesinó a su pareja y la secuestró a ella. La encerraron en una aldea llamada Behmai, donde la violaron consecutivamente durante semanas. La daban por rota. Se equivocaron.


Meses después, Phoolan regresó a esa misma aldea. Pero esta vez traía un rifle en la mano y una banda de hombres a sus espaldas.


Alineó a veintidós de sus violadores y los fusiló a sangre fría. Ese día la India entera se congeló. Su nombre empezó a sonar con terror en los palacios de los ricos y con un respeto devoto entre los más pobres, que la veían como una especie de deidad justiciera.


Se entregó años más tarde bajo sus propias condiciones y pasó once años entre rejas. Cuando salió en libertad, el sistema esperaba que se escondiera, pero ella redobló la apuesta: se postuló para el Parlamento y ganó. Pasó de los campamentos de bandidos a ocupar una silla de diputada, convirtiéndose en la voz de las mujeres y de las castas más bajas del país.


En 2001, la venganza de sus viejos enemigos la alcanzó en la puerta de su casa. Tres hombres la acribillaron a balazos. Mataron al cuerpo, sí, pero el mito ya era indestructible. Phoolan Devi fue víctima, criminal, vengadora y política. Una mujer a la que le quitaron todo y que, a base de pólvora y ojazos negros, obligó a millones de personas a escucharla.

Más allá de los hechos.


 #DatoCurioso #interesante #historia #sorprendente

El Klan apareció para aterrorizar




El Klan apareció para aterrorizar a una comunidad. Cientos de lumbees ya los esperaban en la oscuridad.


18 de enero de 1958. Hayes Pond, Carolina del Norte.


James “Catfish” Cole tenía un plan. Como Gran Dragón del Ku Klux Klan en Carolina del Sur, había pasado meses intentando expandir el alcance de su organización supremacista en el condado de Robeson. El problema insalvable para él era la tribu lumbee. Ellos vivían allí, tenían sus negocios allí y se negaban rotundamente a dejarse intimidar.


Cole decidió que era hora de recordarles quién mandaba.


Organizó un mitin en un campo de maíz cerca de Maxton. Llevó un generador eléctrico, un sistema de megafonía, un micrófono y una enorme cruz de madera envuelta en arpillera y empapada en queroseno. El plan seguía el manual clásico del terror del Klan: quemar la cruz, lanzar discursos amenazantes y ver a la comunidad indígena encogerse de miedo. Incluso avisó con anticipación a los periódicos locales: “Vamos a tener una pequeña charla con los indios”, anunció con la arrogancia despreocupada de un hombre que jamás había sido desafiado.


Los lumbees lo escucharon alto y claro.


Lo que Cole no sabía, o quizá no se molestó en averiguar, era a quién estaba amenazando exactamente. Los lumbees no eran solo agricultores y comerciantes locales. Muchos de ellos eran veteranos militares; hombres que habían combatido en primera línea en la Segunda Guerra Mundial y en Corea. Eran hombres que habían visto la violencia real y el mal verdadero, y que reconocían la intimidación barata cuando la tenían delante.


Hicieron algunas llamadas rápidas. Corrió la voz. Y tomaron una decisión firme.


Cuando el crepúsculo cayó sobre el campo de maíz en aquella fría noche de enero, unos 50 miembros del Klan se reunieron vistiendo sus túnicas blancas. Montaron su equipo. Cole tomó el micrófono y comenzó su discurso sobre la supremacía blanca. Su voz resonó con fuerza en el campo abierto.


Entonces lo oyeron. El sonido seco de puertas de coches. No eran unas pocas: eran decenas.


Desde la profunda oscuridad, y desde distintas direcciones, comenzaron a aparecer hombres y mujeres lumbees. Llegaron a pie, en camiones, portando rifles y escopetas en alto. Algunos llevaban piedras; otros llevaban palos. Todos compartían algo que el Klan jamás había previsto: una ausencia total de miedo. Era una multitud de varios cientos de personas, muy superiores en número a los hombres del Klan.


Formaron una línea compacta en el borde del campo y empezaron a avanzar con paso firme hacia la luz. Sin correr. Sin gritar todavía. Solo el avance decidido de gente que había llegado a su límite de tolerancia.


La voz de Cole vaciló en mitad de la frase. Miró hacia delante y vio lo que se le venía encima. La matemática de la situación se volvió instantáneamente clara para todos.


De pronto, uno de los hombres lumbees dio un paso al frente y destrozó de un culatazo con su rifle la única bombilla que iluminaba el mitin.


Oscuridad absoluta.


Inmediatamente después, los lumbees dispararon al aire. El estruendo coordinado de los disparos rompió la noche como un trueno. Era ensordecedor, abrumador y completamente deliberado. No era un acto de caos; era una demostración de fuerza pura por parte de hombres que entendían perfectamente cómo quebrar la voluntad psicológica de un enemigo.


El Klan no resistió. No luchó. Ni siquiera logró mantener la apariencia de valentía. Se desmoronó por completo en segundos.


Las figuras encapuchadas huyeron despavoridas en todas direcciones, tropezando entre sí, abandonando sus túnicas, sus llaves y toda la mística que habían cultivado con tanto cuidado. El propio "Catfish" Cole, el hombre que había prometido de forma altanera “tener una pequeña charla”, terminó escondido en un pantano oscuro mientras su gente escapaba del lugar.


Los lumbees no los persiguieron. No hacía falta. Ya habían ganado la batalla.


En lugar de eso, se quedaron con todo lo que el Klan dejó tirado en su huida: el sistema de sonido, la cruz intacta sin quemar y las túnicas abandonadas. Esa misma noche, en la celebración improvisada de la victoria, varios hombres lumbees se pusieron aquellas túnicas del Klan a modo de burla, riéndose y bailando con los mismos símbolos que se suponía debían inspirar terror.


Un fotógrafo captó una de las imágenes más recordadas de aquella historia: Charlie Warriax y Simeon Oxendine posando sonrientes con una pancarta capturada del KKK, reflejando el triunfo en sus rostros.


La Batalla de Hayes Pond duró apenas unos pocos minutos, pero su impacto resonó con fuerza durante décadas.


Los esfuerzos de reclutamiento del Klan en esa zona de Carolina del Norte se hundieron por completo. Cole fue arrestado tiempo después y condenado por incitar al motín. La organización que había aterrorizado a comunidades de todo el Sur durante generaciones descubrió que su poder siempre había descansado sobre una suposición sumamente frágil: que la gente tendría demasiado miedo para responder.


Los lumbees demostraron que esa suposición era totalmente falsa.


No necesitaron una intervención federal de emergencia, no necesitaron órdenes judiciales de un juez ni pidieron permiso de nadie para defender a su comunidad y proteger su dignidad. Solo necesitaban presentarse en el lugar y negarse a tener miedo.


La lección fue simple y eterna: los abusadores solo funcionan cuando operan en la oscuridad. Cuando alguien les planta cara de verdad, huyen.


Los lumbees los expulsaron. Y el Klan corrió.


 #DatoCurioso #interesante #historia #sorprendente

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