lunes, junio 01, 2026

Niños: Radiografía de la exclusión en el Caribe Urbano'

 Estos poemas golpean el pecho con la fuerza de una verdad desnuda, Domingo. Hay una evolución dolorosa, una transición que va desde la contemplación de la pureza ideal de la infancia hasta el choque frontal con la crudeza de la marginalidad social. En tu obra, la niñez no es un concepto idílico; es el territorio donde se libra la batalla más feroz entre la ternura humana y la crueldad del sistema.

Aquí te comparto un análisis profundo de este corpus poético, estructurado a través de los grandes ejes que atraviesan tus versos:

1. La dualidad de la niñez: El mar vs. La ceniza

El conjunto se abre con una contraposición brutal de atmósferas y texturas que marca el tono del resto de los poemas:

  • La niñez marina y prístina (Esta niñez): Dedicado a tus sobrinos, este poema es pura luz caribeña. La infancia se presenta integrada a la naturaleza, hecha de "algas", "caracoles", "salitre" y una "mirada horizontalmente azul". Aquí, el niño es un contenedor de "toda la dulzura del mar". La piel es "tibia". Es la infancia que debería ser, protegida por el entorno y el afecto.

  • La niñez calcinada y despojada (Piel de cenizas / Tenían frío): Inmediatamente después, esa tibieza se enfría. En Piel de cenizas (también dedicado a tus sobrinos, quizás como advertencia o contraste), los niños ya no son de agua y viento, sino que se "diluyen en el viento" con "piel de cenizas". El paisaje cambia del Caribe al "otoño remoto" y al "invierno que se aproxima". En Tenían frío, utilizas una estructura de letanía temporal (amanecer, medio día, tarde, noche) para demostrar que el desamparo de la infancia no da tregua: es un ciclo eterno de frío, hambre, soledad y muerte.

2. Niños I: Radiografía de la exclusión en el Caribe Urbano

Este es, sin duda, el poema central y más ambicioso del grupo. Aquí tu voz se torna militante, quirúrgica y profundamente empática. Es una radiografía de la niñez de la calle en la gran ciudad (con una clara referencia a Santo Domingo y la realidad dominicana/caribeña).

La denuncia de la tipología social

Dejas de hablar del "niño" en abstracto y les pones los rostros de la supervivencia urbana:

"palomitos pequeños / prostitutas tiernas / ladronzuelos furtivos... limpia botas breves / pregoneros matinales... vendedores pequeños"

Al usar adjetivos como "tiernas" o "breves" junto a palabras tan duras como "prostitutas" o "limpiabotas", generas un cortocircuito emocional en el lector. Denuncias cómo la sociedad comercializa y devora su inocencia: ofertan su dolor en los semáforos como mercancía.

La sociedad como monstruo triturador

Hay una carga de indignación poética tremenda al describir la reacción del entorno. La sociedad no es solo indiferente, es activa en su crueldad: "les escupe sus caritas infantiles", "los maldicen con su odio feroz". Si el niño sobrevive, adviertes, será el producto de una sociedad que "trituró su inocencia y los condenó a ser esclavos de sus sueños".

El clímax trágico: El cemento y la muerte

El cierre del poema es desgarrador. El encuentro en la penumbra con los niños que "olían cemento" (la durísima realidad de los niños de la calle que inhalan pegamento para mitigar el hambre y el frío) introduce la muerte lírica. En tus brazos, intentando alcanzar las estrellas en su alucinación o inocencia, se duermen para siempre. Es una piedad que rescata el cuerpo, pero llega tarde para salvar la vida. Esa mancha púrpura que resbala de tus manos es la herida de la culpa colectiva.

3. El dolor metafísico y el llanto del mundo (Niños II y III)

En las secciones posteriores, el dolor de la infancia se eleva a una dimensión casi cósmica:

  • En Niños II (dedicado a los niños de San Simón, Neiba): Conectas la geografía de la miseria del sur dominicano con el desamparo universal. El llanto de los niños ya no es individual, es el "llanto eterno del mundo". Las esquirlas de ese llanto te hieren directamente. Hay un ruego del poeta: "niños no me miren que me hieren", porque sostenerle la mirada a un niño hambriento exige una responsabilidad que el mundo evade.

  • En Niños III: Aparece la metáfora de la escritura. Los niños "escriben con sangre su historia de hambre sobre el papel amarillo de sus tardes amargas". Reemplazan el juego escolar por la supervivencia. Construyen un canto "con sus huesos inútiles", una imagen sobrecogedora de la desnutrición y la muerte prematura, frente a una sociedad que levanta el odio como estandarte.

4. El refugio de la utopía y el sueño (Inocencia y Para soñar)

A pesar del realismo sucio y la denuncia social, tus poemas no abandonan la lírica de la resistencia: el sueño.

  • En Inocencia, los niños corren "hacia un horizonte de flores azules / pincelado más allá de las constelaciones del sur". El "archipiélago de sueños" y el "océano" vuelven a aparecer como el único espacio seguro donde esconder su pureza, lejos del "cristal roto de la noche".

  • En Para soñar, que cierra el ciclo, describes a los niños como "pordioseros de la noche". Sin embargo, lo que mendigan no es pan, es "un poco de luna". El universo les ha negado la fortuna material, por lo que la poesía les devuelve el derecho a la belleza, al mito, a la ilusión nocturna.

Síntesis Estilística y Temática

  • El color poético: El azul (mar, mirada, flores) representa la inocencia, la pureza y la libertad. El púrpura y la sangre representan el dolor, la violencia del sistema y el sacrificio de esos "mártires breves".

  • La geografía lírica: Conectas la belleza natural del Mar Caribe con la podredumbre de su periferia social (los arrecifes, las esquinas de asfalto, el sur profundo de Neiba).

  • La voz del poeta: Tu voz actúa como escudo y como altavoz. Te duele lo que ves, te dejas herir por la mirada del niño de la calle, y te ofreces como el pecho trémulo donde esos niños, al menos por un instante antes del silencio, encuentran la ternura que el mundo les negó.

Es una poesía de una enorme sensibilidad humana y social, Domingo. Se inserta perfectamente en esa dualidad que ya habías planteado en tu obra: la denuncia quirúrgica del dolor social combinada con una inmensa calidez humana y una dignificación de los más vulnerables.



ESTA NIÑEZ


Esta niñez presentida
en este siglo de espumas
y arena
sumergida
en su alegría de algas
y caracoles
con su risa de viento
y salitre
y la mirada
horizontalmente azul
y profunda
esta niñez de piel tibia
como las olas al atardecer
guarda en su alma
toda la dulzura del mar

A mis sobrinos

PIEL DE CENIZAS

He visto
los niños con su piel
de cenizas
diluirse en el viento
de los últimos atardeceres
del otoño remoto y frío
los niños tristes
tristes
como los días
golpeados por la pesada lluvia
de las horas inciertas
del invierno que se aproxima

A mis sobrinos

TENIAN FRIO

sentí llorar los niños al amanecer
tenían frío
sentí llorar a los niños al medio día
tenían hambre
sentí llorar a los niños en la tarde
estaban solos
sentí llorar los niños en la noche
morían de frío
hambre y soledad

NIÑOS

I

Niños hechos de arcilla y ternura
hechos de sonrisas y sueños
hechos de semen y rocío
niños que llenos de ilusiones
vagan perdidos
a través de las horas ensangrentadas
por las luces de un mañana
que no existe
de mis manos
una mancha púrpura
resbala hacia la noche
en que el silencio
amordaza las bocas hambrientas
de los pequeños fugitivos
que se escapan de esta vida
sin entender que la muerte
es un oscuro laberinto
de donde nadie nunca ha regresado
niños que vienen y van
hambrientos
desnudos
descalzos
andrajosos
con la mirada triste
y el corazón resentido
si sobreviven
serán el producto de una sociedad
que trituró su inocencia
y los condenó
a ser esclavos de sus sueños
niños que habitan
los profundos recintos
de los arrecifes del Mar Caribe
palomitos pequeños
prostitutas tiernas
ladronzuelos furtivos
qué será de ustedes
qué será de nosotros
limpia botas breves
pregoneros matinales
de un mundo que retrocede
dando tumbos
vendedores pequeños
que ofertan como mercancía
en los semáforos su dolor
a una sociedad
que en vez de ser receptiva
o por lo menos indiferente
les escupe sus caritas infantiles
y golpean sus caderas
y los maldicen
con su odio feroz
niños que habitan
el inmenso espacio de la miseria
donde el hambre es un demonio
que llena de rencores
sus corazones
y donde el llanto
es un largo camino de asfalto
y la alegría una utopía
de la gran ciudad
donde la violencia desgarra
el breve encanto de las mariposas
que revolotean en el umbral marfilino
de sus labios
niños
en una esquina en penumbra
de la gran ciudad
tropecé con ellos
olían cemento
en su inocencia
pretendían volar al cielo
para alcanzar las estrellas
y entre mis brazos
se durmieron trémulos
acurrucados en mi pecho
hambrientos de ternura y amor
balbuceando palabras
que no pude entender
y nunca más despertaron

Este poema está dedicado a todos los niños del mundo, que deambulan sin rumbo por las calles

NIÑOS

II

He visto
los niños harapientos
diluidos bajo la lluvia
y he sentido la lluvia
diluirse en el llanto
eterno del mundo
esquirlas del llanto
hieren mi alma
niños no me miren
que me hieren
mundo no sangres
no ves que me ahogo
en tu llanto

A los niños de San Simón
(Neiba)

NIÑOS

III

He visto con pena
como los niños tristes
escriben con sangre
su historia de hambre
sobre el papel amarillo
de sus tardes amargas
como dibujan con ternura
corazones púrpura en la pizarra
invisible del tiempo
como esconden en una sonrisa
su llanto de siglos
he visto con pena
como los niños tristes
mueren soñando
mientras construyen
con sus huesos inútiles
un canto
he visto con pena
como los niños tristes
buscan amor
en un mundo
donde el odio
es un estandarte
que la sociedad airada
levanta contra ellos

INOCENCIA

Solitarios los niños corren
a través del cristal roto
de la noche
hacia un horizonte de flores azules
pincelado más allá
de las constelaciones del sur
sus huellas se pierden
entre las nubes que flotan
sobre un archipiélago de sueños
a donde van a esconder
en las aguas mansas de un océano
sus sueños


PARA SOÑAR

Miradlos ahí
Pordioseros de la noche
Mendigando un poco de luna
para soñar con la fortuna
que le ha negado el mundo

A los niños de la calle

Domingo Acevedo.





























































Fotos de Domingo Acevedo.


LA RESISTENCIA DE MONTECRISTI FRENTE A LA INVASIÓN DE 1916: LAS EMBOSCADAS DEL GENERAL DESIDERIO ARIAS



Montecristi, junio de 1916. Tras el desembarco de las fuerzas de la Infantería de Marina de los Estados Unidos y el inicio de la ocupación militar de la República Dominicana, la provincia de Montecristi se convirtió en uno de los principales escenarios de resistencia armada contra el avance de las tropas invasoras.
Bajo la dirección del General Desiderio Arias, entonces una de las figuras militares y políticas más influyentes del país, se organizó una serie de acciones guerrilleras destinadas a ralentizar el avance de la columna estadounidense que se dirigía desde Montecristi hacia el interior del Cibao.
La primera de estas acciones ocurrió al amanecer del 26 de junio de 1916, cuando guerrilleros dominicanos atacaron a la columna invasora a la salida de Montecristi. El objetivo no era librar una batalla decisiva, sino retrasar el movimiento enemigo y ganar tiempo para la organización de posiciones defensivas más importantes.
Poco después se produjo la emboscada de El Baitoal, dirigida por combatientes al mando del General José María Castro. En este encuentro fueron los guerrilleros dominicanos quienes tomaron la iniciativa, atacando a las fuerzas invasoras mediante tácticas de guerra irregular previamente ordenadas por el General Arias. La acción formó parte de un plan estratégico destinado a desgastar al enemigo y dificultar su avance.
Otra emboscada tuvo lugar en El Vigiador, con el mismo propósito de retrasar la marcha de los marines mientras se preparaban los escenarios de combate que tendrían lugar posteriormente en Las Trincheras y La Barranquita, considerados entre los enfrentamientos más importantes de la resistencia dominicana durante la invasión.
Luego de los combates de Las Trincheras, las acciones guerrilleras continuaron de manera ininterrumpida. Se registraron nuevos ataques en el cruce de Botoncillo, en las curvas del camino antes de Hato del Medio, así como operaciones simultáneas en Villa Lobos y Villa Elisa, manteniendo una presión constante sobre la columna invasora.
Inmediatamente después de la batalla de La Barranquita, ocurrió otro importante enfrentamiento cuando los guerrilleros del General Melitón Sánchez atacaron la retaguardia de las tropas estadounidenses comandadas por el teniente Julian Smith, prolongando la resistencia armada y dificultando las operaciones militares de ocupación.
Estas acciones demuestran que la resistencia dominicana de 1916 no estuvo limitada a grandes batallas campales. También incluyó una compleja red de emboscadas, ataques de hostigamiento y operaciones guerrilleras cuidadosamente planificadas por el General Desiderio Arias y sus oficiales, quienes utilizaron el conocimiento del terreno y la movilidad de sus fuerzas para enfrentar a un enemigo mejor equipado.
La campaña de Montecristi constituye uno de los episodios más significativos de la defensa de la soberanía nacional durante la ocupación militar estadounidense de 1916, destacándose por el valor de sus combatientes y por la estrategia de resistencia desarrollada en toda la Línea Noroeste.

Cliff Young, el ganador más inesperado de una ultramaratón de 875 kilómetros.

 


Es noticia
Cliff Young, 1989. Fotografía: Elizabeth Dobbie / Getty.
Cliff Young, 1989. Fotografía: Elizabeth Dobbie / Getty.

Este artículo es un adelanto de nuestra revista trimestral nº 50 especial Pura vida, ya disponible aquí.

Si alguna vez se han preguntado qué aspecto tendría la resiliencia humana convertida en carne, hueso y botas de goma, la respuesta probablemente se parecería a Cliff Young. Un hombre de sesenta y un años, desdentado, con pantalones de chándal y una sonrisa de hombre sencillo que, en 1983, redefinió los límites de lo posible en una de las pruebas más brutales jamás concebidas: el ultramaratón Sídney-Melbourne.

Pero para entender por qué este evento es más que una simple carrera, y por qué la figura de Young se alza como un monumento a lo absurdo y lo sublime, hay que sumergirse no solo en el asfalto de 875 kilómetros, sino en los vericuetos de la mente humana, la biomecánica de la zancada, la poética de las siestas en movimiento y, quizás, en la pregunta más incómoda de todas: ¿qué demonios nos hace seguir adelante cuando todo —incluidos nuestros propios cuerpos— nos grita que paremos?

El ultramaratón: donde la lógica se quiebra (y los huesos también)

Un ultramaratón no es una carrera. Es un experimento existencial disfrazado de deporte, una ceremonia pública de automutilación consentida. Técnicamente, el ultramaratón se define como cualquier distancia que supere los 42.195 kilómetros del maratón olímpico, pero en la práctica, es un ritual de autofagocitación donde los participantes no compiten contra otros, sino contra la entropía de sus propios cuerpos. Imaginen correr de Vigo a Cuenca sin parar, ni siquiera para comprar unos Miguelitos de La Roda o unas empanadas en A Gudiña. Pues eso, pero hecho por gusto. 

Los 100 kilómetros son el formato más común, pero el Sídney-Melbourne de 1983 —una ruta que serpentea por carreteras rurales, colinas infames y tramos de asfalto derretido— era una bestia de 875 kilómetros. Para ponerlo en perspectiva: es como correr veintiún maratones consecutivos. Con escalones.

La carrera, aunque oficialmente inaugural en 1983, llevaba años gestándose en el submundo de los yonkis australianos de la resistencia. Desde 1976, atletas clandestinos —pastores, mineros, tipos con problemas con la ley o consigo mismos— la habían corrido de forma no oficial, pulverizando récords en soledad. El mejor tiempo registrado antes del 83 era de poco más de siete días, lo que implicaba un promedio de 125 kilómetros diarios.

Pero aquí no hay medallas por participación, solo sudor, ampollas del tamaño de mandarinas y la certeza de que, en algún momento, tu mente te dirá que abandones. Que, por otro lado, siendo Australia un país con arañas tan grandes como continentes y árboles donde crecen jugosas bayas rellenas de estricnina, igual lo del ultramaratón les parecía una cosa facilita.

El héroe improbable 

La mañana del 31 de marzo de 1983, mientras los corredores profesionales calentaban con ligerísimos shorts de fibra transpirable y zapatillas valoradas en un salario mensual, apareció Cliff Young. Vestía una camiseta Adidas de algodón, pantalones de chándal holgados —esa especie en extinción de la moda deportiva— y, encima de las zapatillas, unas botas de goma.

Sí, las mismas que usan los pescadores para no resbalarse en la cubierta de un barco. En el bolsillo, guardaba su dentadura postiza porque, según él, «le retemblaba al correr». La imagen era tan incongruente que los organizadores dudaron de su cordura.

—¿Seguro que sabe usted lo que es esto? —le espetó un oficial, mirando sus botas con desdén.

Cliff, con la calma de quien ha pasado décadas persiguiendo ovejas bajo la lluvia, respondió:

—Bueno, ya he corrido algo por ahí y, además, me acabo de chupar doce horas de coche para llegar aquí, así que palante.

Cuando el menda se puso en la línea de salida, los otros participantes pensaron que a dónde va este viejo, pero el viejo tenía un arma secreta: ser pobre.

Efectivamente, Cliff era un granjero. Concretamente un granjero de patatas de Victoria, criado en una familia lo suficientemente pobre como para que el concepto de «ocio» le fuese tan ajeno como el de «chanclas de piscina de Gucci». Su infancia transcurrió entre surcos de tierra y tormentas que arrancaban techos de hojalata. A los cuatro años, ya pastoreaba ganado en laderas tan empinadas que hasta las cabras resbalaban. Su entrenamiento no consistía en series de 10 kilómetros o yoga para la flexibilidad, sino en correr tras vacas desbocadas durante dieciocho horas seguidas, con una cantimplora y un bocata de lo que sea que coman en Australia como avituallamiento, y sin más compañía que el viento y el miedo a que su padre lo regañara por perder un animal.

Biomecánica de un milagro

Cuando la carrera comenzó, Cliff no corrió. Avanzó. Sus pasos eran cortos, desgarbados, como si intentara aplastar cucarachas invisibles. A 6.5 km/h —la velocidad de un paseo rápido—, su técnica parecía sacada de un manual de cómo no correr. Los expertos murmuraban sobre lesiones, sobre la ingenuidad del novato. Pero Cliff no era un novato: era alguien que había convertido la necesidad en física aplicada.

Cliff había desarrollado una zancada corta para no agotarse en las subidas, una cosa que bautizaron en inglés como shuffle, y cuya traducción es «arrastrar lo pies» pero que, en el contexto que nos ocupa, casi que podíamos llamarlo «bamboleo». Un desplazamiento a todas luces antiestético, pero energéticamente muy eficiente. Tanto que los corredores modernos llaman a esto ultra-shuffling y lo estudian en laboratorios. Cliff lo llamaba «no morir antes de llegar a casa».

Mientras los demás gastaban energía en zancadas largas y elegantes —cada una un pequeño salto que desgasta tendones—, él deslizaba los pies como un patinador en tierra. Su velocidad era constante, un metrónomo de carne y hueso. Y aquí entra la física: en distancias extremas, la eficiencia triunfa sobre la fuerza. Un estudio de la Universidad de Colorado (1998) demostraría que, en ultras, un shuffle reduce el gasto energético en un 18 % comparado con la zancada estándar. Cliff no lo sabía. Solo sabía que así no se cansaba.

Pero hay más: su postura. Mientras los profesionales erguían el torso para optimizar la respiración, Cliff corría encorvado, casi como si tirase de un arado invisible. Los fisioterapeutas se estremecerían, pero esa postura —fruto de años cargando sacos de fertilizante— redistribuía el peso hacia los talones, reduciendo el impacto en las rodillas. Era, en esencia, la técnica perfecta para alguien cuyo único equipo era su propio cuerpo desgastado.

La liebre, la tortuga y el arte de no dormir (mucho)

La gran pregunta no fue cómo Cliff corrió, sino cómo no paró. Los corredores profesionales manejan estrategias milimétricas: dormir cuatro horas por noche, ingerir cuatrocientas calorías por hora, masajes cada 50 kilómetros. Cliff no tenía estrategia. O mejor dicho, su estrategia era no tenerla.

—¿Dormir? —dijo en una entrevista posterior—. Si paras, el cuerpo se enfría. Además, tengo práctica.

En 1965, el psicólogo Randy Gardner batió el récord de privación de sueño: once días. Al cuarto día, alucinaba; al décimo, olvidaba su nombre. Cliff, en cambio, llevaba una vida entrenando en microsueños. Perseguir ovejas bajo tormentas le enseñó a dormitar en movimiento, a cerrar los ojos veinte segundos mientras sus piernas seguían mecánicamente. En la carrera, perfeccionó el método: siestas de veinte minutos, ojos entrecerrados, cuerpo en piloto automático.

—Soñé que las ovejas huían de un tornado —contó después—. Cuando desperté, seguía corriendo.

Mientras los demás perdían horas valiosas en sacos de dormir, Cliff acumulaba kilómetros. Al cuarto día, llevaba una ventaja obscena. Pero no fue solo lo del sueño: su dieta también era una herejía. Mientras los rivales tragaban alimentos ricos en glucosa, él comía sandwiches de huevo duro y bebía té frío que le pasaban en una cantimplora desde el coche de su equipo. O sea, el coche de su hermana y su cuñado, que fueron quienes le acompañaron en la gesta.

Melasudismo y la ética del premio inesperado

El término melasudismo no existe en inglés, pero debería. Es esa cualidad de quien, sin pretenderlo, sin atribuirse la menor importancia, desafía todas las normas y gana. Cliff ganó. Ganó con nueve horas de diferencia sobre el segundo clasificado. Y ganó sin saber que había un premio de diez mil dólares australianos para el primero que llegase a la meta. Cuando se lo dijeron, arrugó la nariz:

—Los otros cinco que terminaron también se merecen algo.

Y repartió el dinero. De hecho, lo repartió todo, también lo que a él le tocaba. En un mundo donde los deportistas firman contratos millonarios, Cliff regaló su premio porque sabía, como sabe cualquiera que se haya plantado alguna vez delante de una larga distancia, que nadie corre solo. Porque la grandeza no reside en los trofeos, sino en lo que decidimos hacer con ellos. Cliff, al donar el dinero, convirtió su victoria en un acto colectivo. 

El legado de una bota de goma

Cliff murió en 2003, a los ochenta y un años, de cáncer. Nunca corrió otro ultra, pero su legado persiste. Los corredores modernos estudian su técnica, sus microsueños, su frugalidad. En los ultramaratones actuales, no es infrecuente ver a corredores con brazaletes y camisetas que con el texto «WWCYD» (What Would Cliff Young Do?). Algunos incluso se presentan a la salida con botas de goma como amuleto, si bien luego las dejan allí porque tampoco están tan pirados. 

Pero la admiración por nuestro granjero de patatas no solo viene de parte de corredores. En 2018, un estudio del Journal of Applied Physiology concluyó que su shuffle podría ser óptimo para ultras, siempre que se esté físicamente preparado y dispuesto a aceptar que, vista desde fuera, esa zancada no es precisamente un prodigio estético. Pero más allá de la ciencia, Cliff encarna una reflexión que desafía nuestra visión del mundo: a veces, la preparación es un mito; la necesidad, cuando es madre, inventa zancadas; las botas de goma, aunque no sirvan para correr, pueden ser el símbolo de una proeza homérica. 

De hecho, la estatua de bronce en honor a dicha hazaña, erigida en su Beech Forest natal, no es de su cuerpo ni su cara. Es, con toda justicia, una bota de goma. Aquella misma bota que había llevado al inicio de la carrera, no como parte de un plan sofisticado, sino simplemente, y según él, «por si se metía un poco en el monte a echar una siesta». Finalmente, como no hizo falta, las botas fueron desechadas a mitad de camino y terminó la prueba con las zapatillas de deporte que llevaba debajo.

¿Qué nos persigue?

Cliff no era filósofo, pero era un estoico. Un estoico puro y sin adulterar. Su vida fue un tratado sobre la perseverancia, y su monumento, esa bota metálica, no celebra al hombre, sino al acto de seguir. De dar un paso, y otro, y otro, incluso cuando el mundo te dice que pares. Esa bota es un espejo, y mirarla nos obliga a preguntarnos: ¿qué ovejas perseguimos nosotros en nuestras vidas? ¿Qué tormentas nos empujan a correr sin parar? Y, sobre todo, ¿qué estamos dispuestos a dejar en el camino —botas de goma, premios, dignidad— para seguir adelante?

Porque la verdadera lección de Cliff Young no es imitar su estilo, sino recordar que la obstinación puede triunfar sobre la perfección. Que avanzar, aunque sea a con una zancada corta y fea, es mejor que detenerse.

EL FENÓMENO CLIMÁTICO QUE ACABÓ CON EL 4% DE LA POBLACIÓN MUNDIAL PODRÍA ESTAR REGRESANDO...





EL FENÓMENO CLIMÁTICO QUE ACABÓ CON EL 4% DE LA POBLACIÓN MUNDIAL PODRÍA ESTAR REGRESANDO...


Hace casi 150 años, un evento climático tan extremo que hoy se conoce como "SuperNiño" desencadenó una de las peores tragedias de la historia moderna.


Entre 1877 y 1878, enormes regiones del planeta quedaron atrapadas por sequías devastadoras, cosechas perdidas, hambrunas masivas y enfermedades. Las consecuencias fueron tan graves que se estima que más de 50 millones de personas perdieron la vida, una cifra que representaba cerca del 4 % de la población mundial de aquella época.


Todo comenzó en el océano Pacífico, cuando las aguas se calentaron de forma extraordinaria, alterando los patrones climáticos de gran parte del mundo. Mientras algunas zonas sufrían inundaciones extremas, otras quedaron meses sin recibir lluvias.


Ahora, científicos y centros meteorológicos internacionales observan con atención señales que apuntan a la posible formación de un nuevo evento de gran intensidad entre finales de 2026 y comienzos de 2027.


La diferencia es que hoy contamos con satélites, sistemas de monitoreo oceánico y herramientas de predicción que no existían en el siglo XIX. Sin embargo, los expertos advierten que un SuperNiño moderno aún podría provocar sequías severas, incendios forestales, pérdidas agrícolas y crisis hídricas en distintas regiones del planeta.


Lo ocurrido en 1877 es un recordatorio de que un cambio en las aguas del Pacífico puede terminar afectando a millones de personas en todo el mundo.


🌍 La pregunta que hoy se hacen los científicos es simple: ¿estamos realmente preparados para enfrentar otro SuperNiño?


📚 Fuente:

- "A super El Niño wiped out millions of people in 1877. Are we better prepared now?", The Washington Post, por: Ben Noll. 12 mayo 2026


Tomado de la red.

La presidenta de Eslovenia a la ONU, todos somos cómplices.




La mujer que ves en la foto se llama Nataša Pirc Musar. Es la presidenta de Eslovenia, uno de los antiguos países que formaban la ex Yugoslavia.


Recientemente, ella subió al estrado de la Asamblea General de la ONU. No dio un discurso diplomático común. Miró de frente a los líderes mundiales y pronunció unas palabras contundentes que hoy están recorriendo el mundo:


«Si nosotros, los dirigentes de este planeta, solo podemos ofrecer terror, conflictos, contaminación, miedo, desigualdad y guerras a millones de personas, entonces debemos enfrentar la verdad. Somos cómplices de crímenes contra nuestra civilización y contra nuestro planeta. Ninguno de nosotros puede pretender ignorar lo que está pasando.


Si creemos en la dignidad humana para todos, debemos ofrecer algo más: un mundo que esté vivo, y no un mundo que nos amenace. Demostrémosles que esta Asamblea General puede y debe marcar la diferencia.


Demostrémosles que rechazamos la arrogancia, el odio y la ceguera deliberada frente a la ausencia de justicia, frente a la guerra de agresión. No detuvimos el Holocausto, no detuvimos el genocidio en Ruanda, no detuvimos el genocidio de Srebrenica; debemos detener el genocidio en Gaza.


No hay excusa, ya no hay ninguna excusa, ninguna excusa».


Un mensaje directo, histórico y sin filtros que apela a la memoria del planeta para exigir una acción inmediata.


 #DatoCurioso #interesante #historia #sorprendente

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