sábado, mayo 30, 2026

50 aniversario de la fundación de la *Unión Nacional de Estudiantes Revolucionarios (UNER)*

 Hoy domingo 30 de mayo dia de regocijo para el pueblo Dominicano porque es el d►1a en que fue asesinado el dictador Rafael Leonidas Trujillo, Los viejos militantes de la Unión Naciobnal de Estudiantes Universitarios de dieron cita en el paraninfo de la Facultad de Economia de la Universidad Autonoma de Santo Domingo  celebrar el 50 aniversario del nacimiento de la gloriosa Union Nacional de Estudiantes Universitarios Uner, de donde salio una importante resolucion de apoyo a Cuba y su revolución.

Viva Cuba no al bloqueo y  no a las pretenciones Norteamericana de atacar a ese país, que tiene el derecho universal a su autodeterminación.

En el 50 aniversario de la fundación de la *Unión Nacional de Estudiantes Revolucionarios (UNER)*
*RESOLUCIÓN DE APOYO A CUBA Y SU REVOLUCIÓN*
*Considerando* que Cuba ha resistido por más de 66 años el bloqueo imperialista, defendiendo su soberanía, autodeterminación y derecho a elegir su propio destino sin injerencias extranjeras.
*Considerando* que la Revolución Cubana ha sido ejemplo mundial en educación, salud y solidaridad internacional, llevando médicos y maestros a los pueblos más olvidados del planeta.
*Considerando* que el pueblo dominicano y el pueblo cubano compartimos historia, cultura y la lucha por la dignidad frente a todo tipo de dominación.
*Resolvemos:*
1. *Expresar nuestro apoyo incondicional* al pueblo de Cuba y a su Revolución, símbolo de resistencia frente al imperialismo y al bloqueo criminal impuesto por EE.UU.
2. *Exigir el fin inmediato e incondicional* del bloqueo económico, comercial y financiero contra Cuba, por ser una violación al derecho internacional y un castigo colectivo al pueblo cubano.
3. *Reafirmar nuestra solidaridad militante* con Cuba. Su lucha es nuestra lucha. Su dignidad es la dignidad de Nuestra América.
*¡Viva Cuba libre y soberana!*
*¡Abajo el bloqueo!*
*¡Hasta la victoria siempre!*
En el 50 aniversario de la fundación de la UNER.
Santo Domingo, Ciudad Univeritaria,
30 de mayo, 2026
























































La conjura de los necios.




Hay victorias que llegan tan tarde que se sienten como un insulto. John Kennedy Toole ganó el Premio Pulitzer doce años después de meterse en su coche y decidir que ya no quería vivir más.

Toda su vida la pasó en Nueva Orleans, bajo la sombra de Thelma, su madre. Ella no es que creyera que su hijo era un genio; es que lo daba por hecho. Devoró la infancia de John exigiéndole estar a la altura de sus expectativas. El chico aprendió rápido: leía antes de entrar a la escuela y avanzaba por las aulas con una brillantez impecable, pero pagando un peaje asfixiante. Mientras su padre se hundía lentamente en una enfermedad mental que lo borró del mapa familiar, Thelma gobernaba. Le elegía la ropa, los horarios y hasta las amistades. John creció siendo eso: un prodigio perfectamente obediente.
El primer respiro real le llegó con el servicio militar en Puerto Rico. Lejos de Nueva Orleans, lejos de ella, John conoció el aire limpio. Pero la tregua duró poco. La ciudad —y su madre— lo arrastraron de vuelta a la rutina de las clases y la docencia. Fue ahí, en el silencio de las noches, cuando empezó a desahogarse de la única forma que sabía. Escribiendo.
Así nació Ignatius Reilly. Un tipo enorme, perezoso, insoportable y brillante que pasaba los días despotricando contra el mundo moderno desde la casa de su madre controladora. Era un espejo deformado y doloroso de la propia vida de John. La novela se llamó La conjura de los necios. Y él sabía perfectamente que lo que tenía entre manos era una obra maestra. Es esa certeza casi física de haber creado algo único.
El problema es que el mundo editorial rara vez entiende la genialidad a la primera. Mandó el manuscrito y la respuesta fue un goteo constante de rechazos. Demasiado raro, decían. Demasiado local. Nadie pillaba que detrás de esa comedia salvaje había un dolor desgarrador. Robert Gottlieb, un peso pesado de la editorial Simon & Schuster, lo mareó durante dos años con cartas, sugerencias y una esperanza que terminó en nada: "no es publicable".
Ese último portazo rompió a John. Ver cómo rechazan lo mejor de ti te destroza por dentro.
Lo que siguió fue un descenso oscuro. Apareció la paranoia; sentía que hablaban a sus espaldas, que había un complot para hundirlo. El alcohol pasó de ser un refugio a convertirse en gasolina para sus demonios. Sus alumnos veían que algo iba mal y sus amigos intentaban acercarse, pero Thelma seguía ahí, asfixiando más cuanto más se hundía él. Una combinación letal.
En marzo de 1969 tiró la toalla. Tenía solo 31 años, pero arrastraba el cansancio de un viejo. Condujo sin rumbo hacia Misisipi, aparcó en una carretera secundaria donde nadie le conocía y conectó una manguera al tubo de escape. Fin de la historia.
O eso parecía.
Porque Thelma no iba a dejar que el mundo se olvidara de su hijo. Durante once años se convirtió en una presencia incómoda para editores y escritores, cargando con el manuscrito como si fuera una reliquia. Nadie le hacía caso hasta que acorraló a Walker Percy, un autor consagrado de Luisiana. Percy aceptó leerlo casi por quitársela de encima. Empezó con desgana, luego soltó una carcajada y terminó devorando el libro sin poder creer lo que tenía en las manos. Vio exactamente lo mismo que John supo años atrás.
La conjura de los necios se publicó por fin en 1980. Fue un cañonazo. La crítica se rindió y los lectores enloquecieron. Un año después, llegó el Pulitzer. Una justicia poética tremenda, si no fuera porque el autor llevaba una década bajo tierra.
Hoy el libro es un clásico indiscutible, pero John jamás vio una sola copia impresa. Su tragedia nos deja una duda incómoda: ¿cuánta gente tira la toalla justo el día antes de que las cosas cambien? A veces nos reímos con libros que nacieron del puro ahogamiento de su creador, y esa es, sin duda, la victoria más amarga de la literatura.

Zwerg no solucionó el racismo él solo, claro que no. Pero ese día, al poner el cuerpo antes que sus compañeros, dejó claro que la empatía, cuando es real, duele




En 1961, subirse a un autobús en el sur de Estados Unidos podía costarte la vida. Así de simple. Las leyes de segregación racial seguían vigentes y la tensión social era un polvorín a punto de estallar. En ese escenario aparecieron los Freedom Riders: un grupo de jóvenes activistas, tanto negros como blancos, que decidieron viajar juntos en transporte público para romper las reglas del racismo institucionalizado.

Entre ellos estaba James Zwerg. Un estudiante blanco de apenas 21 años que pudo haber elegido quedarse en casa, cómodo y a salvo. No lo hizo.
El 20 de mayo de ese año, su autobús llegó a la estación de Montgomery, en Alabama. Abajo no había un comité de bienvenida; había una turba enfurecida armada con bates de béisbol, tuberías y cadenas de hierro. La policía, convenientemente, no aparecía por ningún lado.
Cuando las puertas del vehículo se abrieron, el pánico se apoderó de casi todos. Zwerg, en cambio, dio un paso al frente. Se ofreció a bajar primero con una lógica tan aplastante como suicida: si él recibía los primeros golpes, los demás tendrían unos segundos vitales para escapar o protegerse.
La masa lo devoró en segundos. Lo arrastraron por el suelo, lo patearon y lo golpearon hasta dejarlo inconsciente en el pavimento. Cuando los paramédicos lograron llegar, su rostro era una masa irreconocible de sangre y dientes rotos.
Cualquiera habría salido corriendo de ahí con la intención de no volver jamás. Pero tres días después, con el cuerpo destrozado y desde la cama de un hospital, Zwerg dio una entrevista que dejó al país helado. Miró a las cámaras y, con la voz rota, dijo: “Si mi sufrimiento puede hacer que un hombre entienda que debe ser libre, entonces vale la pena. No me arrepiento de nada”.
Lo de este chico no fue la típica valentía de póster. Fue solidaridad en su estado más puro y peligroso. Demostró que la lucha por los derechos civiles no era un problema exclusivo de la comunidad negra, sino un examen moral para toda la sociedad. Su foto ensangrentada en los periódicos obligó a millones de ciudadanos blancos a mirarse al espejo y decidir de qué lado de la historia querían estar.
Zwerg no solucionó el racismo él solo, claro que no. Pero ese día, al poner el cuerpo antes que sus compañeros, dejó claro que la empatía, cuando es real, duele. Y a veces, es la única resistencia que funciona.

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