Hay victorias que llegan tan tarde que se sienten como un insulto. John Kennedy Toole ganó el Premio Pulitzer doce años después de meterse en su coche y decidir que ya no quería vivir más.
Toda su vida la pasó en Nueva Orleans, bajo la sombra de Thelma, su madre. Ella no es que creyera que su hijo era un genio; es que lo daba por hecho. Devoró la infancia de John exigiéndole estar a la altura de sus expectativas. El chico aprendió rápido: leía antes de entrar a la escuela y avanzaba por las aulas con una brillantez impecable, pero pagando un peaje asfixiante. Mientras su padre se hundía lentamente en una enfermedad mental que lo borró del mapa familiar, Thelma gobernaba. Le elegía la ropa, los horarios y hasta las amistades. John creció siendo eso: un prodigio perfectamente obediente.
El primer respiro real le llegó con el servicio militar en Puerto Rico. Lejos de Nueva Orleans, lejos de ella, John conoció el aire limpio. Pero la tregua duró poco. La ciudad —y su madre— lo arrastraron de vuelta a la rutina de las clases y la docencia. Fue ahí, en el silencio de las noches, cuando empezó a desahogarse de la única forma que sabía. Escribiendo.
Así nació Ignatius Reilly. Un tipo enorme, perezoso, insoportable y brillante que pasaba los días despotricando contra el mundo moderno desde la casa de su madre controladora. Era un espejo deformado y doloroso de la propia vida de John. La novela se llamó La conjura de los necios. Y él sabía perfectamente que lo que tenía entre manos era una obra maestra. Es esa certeza casi física de haber creado algo único.
El problema es que el mundo editorial rara vez entiende la genialidad a la primera. Mandó el manuscrito y la respuesta fue un goteo constante de rechazos. Demasiado raro, decían. Demasiado local. Nadie pillaba que detrás de esa comedia salvaje había un dolor desgarrador. Robert Gottlieb, un peso pesado de la editorial Simon & Schuster, lo mareó durante dos años con cartas, sugerencias y una esperanza que terminó en nada: "no es publicable".
Ese último portazo rompió a John. Ver cómo rechazan lo mejor de ti te destroza por dentro.
Lo que siguió fue un descenso oscuro. Apareció la paranoia; sentía que hablaban a sus espaldas, que había un complot para hundirlo. El alcohol pasó de ser un refugio a convertirse en gasolina para sus demonios. Sus alumnos veían que algo iba mal y sus amigos intentaban acercarse, pero Thelma seguía ahí, asfixiando más cuanto más se hundía él. Una combinación letal.
En marzo de 1969 tiró la toalla. Tenía solo 31 años, pero arrastraba el cansancio de un viejo. Condujo sin rumbo hacia Misisipi, aparcó en una carretera secundaria donde nadie le conocía y conectó una manguera al tubo de escape. Fin de la historia.
O eso parecía.
Porque Thelma no iba a dejar que el mundo se olvidara de su hijo. Durante once años se convirtió en una presencia incómoda para editores y escritores, cargando con el manuscrito como si fuera una reliquia. Nadie le hacía caso hasta que acorraló a Walker Percy, un autor consagrado de Luisiana. Percy aceptó leerlo casi por quitársela de encima. Empezó con desgana, luego soltó una carcajada y terminó devorando el libro sin poder creer lo que tenía en las manos. Vio exactamente lo mismo que John supo años atrás.
La conjura de los necios se publicó por fin en 1980. Fue un cañonazo. La crítica se rindió y los lectores enloquecieron. Un año después, llegó el Pulitzer. Una justicia poética tremenda, si no fuera porque el autor llevaba una década bajo tierra.
Hoy el libro es un clásico indiscutible, pero John jamás vio una sola copia impresa. Su tragedia nos deja una duda incómoda: ¿cuánta gente tira la toalla justo el día antes de que las cosas cambien? A veces nos reímos con libros que nacieron del puro ahogamiento de su creador, y esa es, sin duda, la victoria más amarga de la literatura.
