domingo, julio 12, 2026

Las razones por las que Alíse nego a ir a Viet Nam.




Una de las portadas de revistas más famosas de todos los tiempos y comprensiblemente Asi es.

Ali tras su negativa a luchar en la guerra de Vietnam. Pegar las flechas en el cuerpo de Ali fue una pesadilla,las flechas tuvieron que ser ensartadas con hilo de pescar porque seguían cayendo.
No voy a viajar 10,000 millas para ayudar a asesinar a otra gente pobre".
La historia real,Sin filtros.
Corría el Año 1967.
El campeón mundial de peso pesado estába en la cima del planeta.
Tiene dinero, fama, poder.
Entonces, llega la carta del Gobierno de EE.UU.
Tienes que ir a la guerra de Vietnam.
Ali dice: NO.
"¿Quieres enviarme a la cárcel? Bien, adelante".
"Hemos estado en la cárcel durante 400 años".
"Puedo estar allí 4 o 5 años más".
Esas fueron sus palabras.
No en un solo discurso, sino en una ráfaga de entrevistas callejeras y conferencias.
El sistema se le echó encima.
Le quitaron el título mundial de boxeo.
Le revocaron la licencia para pelear.
Lo sentenciaron a 5 años de prisión.
Le quitaron todo... menos su dignidad.
"Mi enemigo no es el Viet Cong".
"El verdadero enemigo de mi pueblo está aquí".
Ali no huyó a Canadá.
No quemó su bandera.
Se plantó firme frente a los tribunales.
"No voy a deshonrar a mi religión, a mi pueblo o a mí mismo".
Pasó 3 años y medio en el exilio deportivo.
En los mejores años de su plenitud física.
Sin poder subir a un ring.
Sin poder ganar dinero.
¿Fue a la cárcel?
Esa parte de la leyenda no ocurrió así.
Sus abogados apelaron de inmediato.
En 1971, la Corte Suprema de EE.UU. le dio la razón por unanimidad.
No pisó una celda.
Pero sacrificó su gloria por su conciencia.
Ali no odiaba a su país, exigía justicia dentro de él.
"Ni siquiera me defenderás aquí en Estados Unidos, ni mis derechos, ni mis creencias religiosas... ¿y quieres que vaya a luchar por ti?".
Una lección de valentía que el tiempo no ha podido borrar.

Datos historicos.

Red Cloud, el unico jefe indigena que gano una guerra a los Estados Unios de Norteamerica.




Desafió abiertamente al ejército de los Estados Unidos —y fue reconocido históricamente como el único líder indígena que ganó una guerra contra ese país—, luego viajó a Washington y le dijo de frente al presidente que no quería sus riquezas. Él quería algo que ellos simplemente no terminaban de comprender.

El 21 de diciembre de 1866, cerca de Fort Phil Kearny, en el Territorio de Wyoming, el capitán William Fetterman salió a marchar con ochenta y un hombres, absolutamente convencido de su superioridad militar. Según se contaba en la época, el capitán había presumido con soberbia de que con solo ochenta soldados podía atravesar toda la nación siux sin problemas.
Sin embargo, en las colinas, un ejército de guerreros lakota, cheyenne y arapaho lo estaba esperando en silencio, preparados meticulosamente para tender una emboscada.
Fetterman avanzó directo y sin saberlo hacia la trampa. Poco después, absolutamente todos los hombres de su destacamento estaban muertos. Aquello se convirtió de inmediato en la peor derrota del ejército estadounidense en las Grandes Llanuras antes de la famosa batalla de Little Bighorn.
Pero la victoria de Red Cloud no se limitó al resultado de una sola batalla. Fue una guerra completa.
De 1866 a 1868, este líder indígena dirigió una campaña implacable contra los fuertes estadounidenses levantados de forma ilegal a lo largo del camino de Bozeman: atacó sin tregua las rutas de suministro, tendió emboscadas estratégicas y obligó a los soldados enemigos a vivir completamente encerrados en posiciones defensivas.
Para 1868, el gobierno estadounidense se vio obligado a ceder y aceptó negociar estrictamente en los términos que Red Cloud había exigido desde el principio.
El histórico Tratado de Fort Laramie cerró de forma definitiva el camino de Bozeman, ordenó el abandono total de los fuertes militares y reconoció legalmente una gran reserva siux que incluía las Black Hills. Red Cloud esperó pacientemente hasta que el último de los soldados se marchara del territorio. Después, ordenó que los fuertes fueran incendiados hasta quedar reducidos a cenizas.
Con este logro, Red Cloud se convirtió oficialmente en el único líder indígena reconocido por haber ganado una guerra firmada contra los Estados Unidos.
Pero la presión del gobierno no terminó ahí; simplemente cambió de táctica. El Estado recurrió entonces a la diplomacia, a las promesas institucionales y a una generosidad económica que venía cargada de condiciones ocultas.
En 1870, Red Cloud viajó directamente a Washington.
Los funcionarios del gobierno le mostraron con orgullo enormes fábricas, vías de ferrocarril, arsenales militares, multitudes ruidosas y edificios que parecían interminables. Intentaron por todos los medios impresionarlo con el tamaño y el peso de su poder industrial.
El 9 de junio de 1870, frente a las autoridades, Red Cloud habló con total claridad y firmeza:
—“Soy pobre y estoy desnudo, pero soy el jefe de la nación. No queremos riquezas. Queremos que nuestros hijos sean educados y criados correctamente. Queremos paz y amor.”
Con esas palabras, rechazó rotundamente la riqueza material como una medida de valor humano. Se negó por completo a arrodillarse ante el poder del dinero. El conflicto real no era solo por el control de los recursos; era por una manera completamente distinta de entender la vida.
Red Cloud pasó el resto de sus años defendiendo con orgullo la cultura, la educación y la autonomía de los lakota. Murió en el año 1909, después de haber sobrevivido a guerras sangrientas, negociar tratados internacionales y luchar incansablemente por la continuidad histórica de su pueblo.
Décadas más tarde, el gobierno de los Estados Unidos ofreció una compensación millonaria a los siux por las tierras de las Black Hills. Fieles al legado de su líder, los siux rechazaron el dinero de inmediato.
Todavía quieren la tierra.
Red Cloud entendía la verdadera riqueza de otra manera: no como los bienes materiales que uno acumula, sino como la dignidad y la herencia que se logra preservar intacta para las generaciones futuras.
Desafió a un ejército poderoso, ganó una guerra histórica, se reunió directamente con el presidente y demostró al mundo que la paz, la dignidad y el amor propio pueden valer muchísimo más que todo el oro de una nación.
Red Cloud, Maȟpíya Lúta, 1822-1909. El líder lakota que obligó a Estados Unidos a negociar bajo sus propias reglas. Su pueblo no lo olvida, lo recuerda y, al día de hoy, todavía le dice que "no" al dinero.

“Matad a todos los bisontes que podáis. Cada bisonte muerto es un indio menos”.





“Matad a todos los bisontes que podáis. Cada bisonte muerto es un indio menos”. La frase se atribuye al coronel estadounidense Richard Irving Dodge en 1867 y resume la lógica criminal aplicada contra los pueblos indígenas de las Grandes Llanuras. El ejército y los cazadores coloniales comprendieron que destruir los animales de los que dependían aquellas comunidades permitiría someterlas mediante el hambre, expulsarlas de sus tierras y encerrarlas en reservas.
Antes de 1800 se calcula que entre 30 y 60 millones de bisontes recorrían Norteamérica. La matanza industrial redujo esa población a apenas unos cientos a finales del siglo XIX. Los animales proporcionaban alimento, pieles, herramientas, combustible y materiales para construir refugios, por lo que su exterminio golpeó directamente la supervivencia de numerosos pueblos indígenas. Granville Stuart, terrateniente de Montana, escribió en 1879 que aquella destrucción era una medida gubernamental destinada a subyugarlos.
Estados Unidos construyó buena parte de su expansión territorial mediante asesinatos, desplazamientos forzosos y la destrucción calculada de las condiciones de vida de quienes ya habitaban esas tierras. Después convirtió la conquista en una aventura heroica protagonizada por vaqueros y soldados. La matanza de bisontes demuestra hasta dónde llegó esa crueldad colonial: condenaron a comunidades enteras al hambre para robarles el territorio y todavía pretenden que llamemos civilización a semejante barbaridad.

ROSA MARÍA. UNA MUJER EN LA GUERRILLA.



RESEÑA DEL LIBRO DE MIRNA PAIZ CÁRCAMO, ROSA MARÍA. UNA MUJER EN LA GUERRILLA. RELATOS DE LA INSURGENCIA GUATEMALTECA EN LOS AÑOS SESENTA.

Hay una serie de obstáculos a salvar antes de ser en verdad un guerrillero. La montaña no es cosa de broma, no es un paseo de fin de semana, precisamente. Para una mujer de la ciudad, que se ha formado prácticamente dentro de las capas medias, como es mi caso, esto significa que hay que aprender casi todo de nuevo, viendo las cosas con ojos distintos, descubriendo en una misma nuevas cualidades y debilidades que se hace necesario fomentar o superar.
Pongamos un caso: es tradicional el horror que la mujer de la ciudad siente frente a las alimañas. Es raro encontrar una mujer que demuestre indiferencia ante el aparecimiento de un ratón o un sapo, ya no digamos de una culebra. En la sierra, a veces es necesario “convivir” con todo tipo de alimañas, aprender a defenderse de ellas o simplemente no hacerles caso si son inofensivas. A veces, cuando se acampa, es imposible evitar que la fogata atraiga a todo tipo de bichos raros. En la sierra todo es superlativo.
Los mosquitos y los zancudos, como dicen los guerrilleros, parecen aviones de caza. Hay zonas en donde los insectos le hacen más dura y severa la vida al guerrillero. Pero no son solo esos los problemas. En la ciudad, si se siente calor, pues uno se pone ropa más delgada, apropiada al clima. Si hace frío, basta con abrigarse un poco y el problema está más o menos resuelto.
En el monte, muchas veces le toca a uno marchar días enteros por zonas poco conocidas, sin trillos,2 rasgándose la ropa, arañándose la cara con los arbustos, sudando y secando sobre el cuerpo la misma ropa que parece llegar a convertirse en otra piel. La guerrilla se mantiene por lo general en “el alto”, es decir en las zonas de difícil acceso para el enemigo, pero también aquellas en que el clima es más duro.
A veces el frío llega al extremo de hacer imposible al guerrillero conciliar el sueño. Luego las postas.3 Se sale envuelto en un poncho hasta las orejas y el frío sigue haciendo estragos. El viento nocturno de la serranía es helado, filoso y le va agrietando a uno la piel, endureciéndole el cuerpo y la voluntad. No es extraño que le toque a uno marchar días enteros bajo el agua. Y no hablo de esa lluvia normal, sino del tipo de aguaceros que se dan en la sierra, aquellos de los que los campesinos dicen que “parece que se va a hundir el mundo”.
Después, hay que dormir con la ropa mojada encima, sobre terreno igualmente húmedo. Todo esto, creo yo, es un reto para la voluntad, porque en medio de todo un contingente ya fogueado y para cuyos integrantes todo esto es una cosa diaria, hay que salir adelante a pura moral revolucionaria, a pura fuerza de voluntad. Por otra parte, no se está solo. Ahí están los compañeros, cuyo ejemplo ayuda mucho. En mi caso fue precisamente así.
Yo puse todo lo que estaba de mi parte para ir venciendo mis propias limitaciones, es decir, puse lo que yo tenía: mi voluntad de vencerlas, mi decisión de haber venido para quedarme y para combatir como uno más. En honor a la verdad, los compañeros tuvieron una actitud muy fraternal en relación conmigo, y así, unificando sus enseñanzas y ayuda con mi propio esfuerzo, logré sobrepasar las primeras barreras.
En la ciudad nos habían hablado mucho de las caminatas agotadoras que, a veces, son la vida diaria de la guerrilla y de las cuales depende su seguridad, su posibilidad de golpear y retirarse, de hacerse sentir y ser al mismo tiempo difícil de detectar. La gente nueva siempre lleva, cuando llega al destacamento guerrillero, el fantasma de las caminatas en la cabeza. Yo no fui una excepción. El hecho es que desde el principio me di cuenta de que era posible aguantarlas, y aun en las más duras marchas que recuerdo de toda mi estancia en el FGEI, no se podrá decir que fui un lastre, que me quedé atrás o que fui vencida por la debilidad. Pero esto no significa olvidar lo duras que son las marchas, que además se hacen con el régimen alimenticio de una comida fuerte al día y, en la mayoría de las veces, con el estómago bastante vacío.
En otros aspectos, desde el principio, la jefatura de la guerrilla hizo hincapié sobre el hecho de que yo era un guerrillero más, es decir un combatiente más dentro de la unidad. En lo personal, los muchachos y yo quedamos plenamente de acuerdo en que yo no había subido a la montaña para hacer solamente de cocinera, para hacer de costurera remendando la ropa de todos, etc., sino para combatir. Estas cosas las podría hacer, no solamente dentro de la distribución del trabajo en el seno de la guerrilla, sino a nivel personal, como ayuda a los compañeros, pero yo no había subido para eso. Claro está que había algunas cuestiones de forma organizativa que, por su carácter, me fueron entregadas. Fue así como tuve a mi cargo la administración y distribución de medicinas en la guerrilla, para dar un ejemplo.
Una vez vencidas las primeras dificultades, y sobre todo cuando todos se dieron cuenta de mis esfuerzos por cumplir, los guerrilleros mantuvieron conmigo el trato de un “compañero” más. Este fue el momento en que me di cuenta de que había pasado por una de las dificultades más grandes en cuanto a la incorporación de mujeres a la lucha guerrillera. Por mi parte, no puedo ocultar que al mismo tiempo de alegría, esta nueva situación me causaba una íntima satisfacción, una especie de orgullo de haber conseguido ser uno más en el destacamento, y participar de las alegrías y vicisitudes de los compañeros, sin diferencias esenciales.
Extracto del libro: Rosa María, una mujer en la guerrilla.

Compartiendo en el río Jima, en Caño Piedra Bonao, en la casita de Alfonso Torres, con mis ex compañeros de trabajo.

Compartiendo en el río Jima, en Caño Piedra Bonao, en la casita de Alfonso Torres, con mis ex compañeros de trabajo del Instituto Dermatologico y Cirugia de Piel, este domingo caluroso, 12 de julio del 2026.










































La España Boba y la Primera Independencia de República Dominicana.

 


La España Boba fue un período de la historia de la República Dominicana. La guerra de Independencia en la que se encontraba sumida España y el hecho de que las colonias más ricas estuviesen en proceso de independencia eran la causa de que, por parte de las autoridades peninsulares, hubiese un escaso interés hacia la colonia de Santo Domingo en el periodo comprendido entre 1809 y 1821. A esto se ha de sumar el hecho de que Santo Domingo había agotado las riquezas que llamaban la atención en España. La poca atención de las autoridades españolas hizo que este periodo fuera conocido popularmente como la «España Boba».

Antecedentes

Como parte del Tratado de Basilea (1795), la colonia española de Santo Domingo pasó a manos francesas. En 1804 los esclavos de la parte occidental de la isla (Haití) declararon su independencia tras cruentas luchas.

La parte española u oriental continuaba de hecho en manos españolas a pesar del tratado. Esto se debió a que el único contingente francés disponible estaba compuesto mayoritariamente por negros y mulatos. Los ingleses, por su parte, no reconocían la cesión, argumentando que violaba las antiguas estipulaciones del Tratado de Utrecht.

Esto motivó la invasión por parte del ejército haitiano, previendo una amenaza para su recién ganada independencia. Los franceses, comandados por el cuñado de Napoleón, el general Charles-Victor-Emmanuel Leclerc, repelieron a los haitianos en 1802.

Ocupación francesa

El periodo de ocupación francesa en Santo Domingo no generó grandes críticas. Este fue un periodo de gran bonanza económica, donde el gobernador de la isla, el general Louis Marie Ferrand , se cuidó de no dañar el orgullo hispánico, acatando el decreto napoleónico de 1803. En el mismo ordenaba respetar los usos y costumbres españolas y sus organismos jurídicos. Esta armonía fue quebrada cuando Ferrand prohibió el trato comercial con los haitianos, especialmente ganado y madera.

Batalla de Palo Hincado

La situación se tornó más compleja cuando, a principio de 1808, los franceses invadieron España. Los partidarios de España se organizaron rápidamente, retornando algunos del exilio, especialmente de la colonia española de Puerto Rico. El gobernador Ferrand, conocedor de su superioridad en armas de fuego precipitó un gran contingente, decidido a terminar de un solo golpe con la conspiración. Los criollos, conocedores de su inferioridad bélica, concentraron a sus pocos fusileros en las alturas o en la retaguardia del enemigo y con el resto de las tropas forzaron un enfrentamiento cuerpo a cuerpo. Las tropas francesas fueron prácticamente aniquiladas y su comandante ordenó la retirada hacia Santo Domingo. Poco después, libre de la persecución de los criollos hispánicos, Ferrand se quita la vida de un balazo. Este hecho se conoce como la batalla de Palo Hincado y se libró el 7 de noviembre de 1808.

Reconquista

El líder de la revuelta, Juan Sánchez Ramírez, se convirtió en el nuevo gobernador de Santo Domingo en 1809, iniciando una era conocida en la historiografía dominicana como la España Boba. Dicho periodo culminó el 1 de diciembre de 1821, con la Independencia efímera de José Núñez de Cáceres.

La economía en la parte oriental sufrió un serio revés. Apenas se producía para subsistir, no había suficiente circulante, además, España estaba más interesada en sus territorios de ultramar mayores y apenas enviaba fondos para los empleados de la corona.

Conspiraciones

Durante el período que siguió a la Guerra de la Reconquista ocurrieron varias conspiraciones orientadas a derribar el poder español, especialmente durante los años 1810, 1811 y 1812, años en que la situación económica se volvió insoportable para la élite intelectual. Algunas de ellas buscaban crear un país independiente mientras que otras buscaban la anexión a Haití u otros países.

Este período de infructuosas conspiraciones fue iniciado por Manuel del Monte, un pariente cercano del Comisario Regio Francisco Javier Caro. Del Monte fue descubierto, reducido a prisión, sumariado y remitido a Cuba, sin mayores consecuencias, ya que pudo volver a vivir en Santo Domingo gracias a la influencia ejercida por su pariente en la Corte.

Otro conspirador fue un habanero conocido por el nombre de don Fermín, quien en 1809 tramó con el propósito de declarar a Santo Domingo independiente de España. Fue acusado de sedicioso y encerrado durante siete años en Fortaleza Ozama,antes de ser embarcado hacia la Península.

Golpe de estado de los cuatro sargentos franceses

Hubo en estos mismos tiempos un complot de cuatro sargentos franceses que intentaron dar un golpe de Estado para restituir la Colonia al Gobierno francés, pero fracasaron en su intento y fueron fusilados.

Revuelta de los negros

Cuando las autoridades se negaron a libertar a los esclavos y evitaron aplicar varias disposiciones de la nueva constitución liberal Española de 1812 que conferían la nacionalidad, no así la ciudadanía, a los hijos de los libertos y la posibilidad de que los esclavos compraran su libertad, hubo una conjura de libertos y esclavos para erradicar la esclavitud y adherirse a la República de Haití. Descubiertos, sus líderes fueron condenados a muerte y sus cabezas fueron expuestas en varios puntos alrededor de la capital. Los demás culpables fueron condenados a prisión y azotes. Pedro Seda, José Leocadio, Pedro Henríquez, y alguien solo conocido como Marcos fueron los cabecillas de esta revuelta.

Fuente: wikipedia.org

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