lunes, julio 06, 2026

NAKASONE GENWA: EL HOMBRE QUE AYUDÓ A DARLE VOZ AL KARATE MODERNO





Hay figuras en la historia del karate que no encajan del todo en la imagen habitual del maestro. Cuando pensamos en los grandes nombres del arte, solemos imaginar fundadores de escuelas, expertos practicantes cuya autoridad nace directamente del tatami, del kata o del combate. Sin embargo, la historia también se construye desde otros lugares menos visibles: desde la escritura, la edición, la organización cultural, la política y la capacidad de reunir voces dispersas en un momento decisivo.
Ese es el caso de Nakasone Genwa 仲宗根源和.
Nakasone no parece haber sido un gran maestro de karate en el sentido técnico del término. No dejó una escuela propia ni fue recordado como un instructor especialmente destacado. Su importancia se encuentra en otro lugar. Fue periodista, escritor, editor y político, pero sobre todo fue una de esas figuras capaces de situarse en el cruce de caminos entre Okinawa y Japón, entre la tradición oral y el libro impreso, entre los maestros okinawenses y el público moderno que empezaba a interesarse por el karate.
Nacido en Okinawa en 1895, en la zona de Motobu, Nakasone pertenecía a una familia vinculada a una antigua línea local. Estudió en la Okinawa Shihan Gakkō, la escuela normal donde se formaban los futuros maestros de enseñanza primaria. Este dato no es secundario, porque esa institución fue uno de los espacios donde el karate empezó a transformarse en una práctica moderna, incorporada a la educación física escolar y vinculada al proyecto pedagógico impulsado por Itosu Ankō. Allí, el karate dejaba de ser únicamente una transmisión reservada y comenzaba a convertirse en una herramienta educativa.
Pero Nakasone no fue solo un hombre de cultura. Su trayectoria política fue intensa y, en algunos aspectos, sorprendente. En 1922 se afilió al joven Partido Comunista de Japón, una organización clandestina y perseguida por las autoridades. Al año siguiente llegó a ser elegido secretario permanente del partido y, en 1923, fue arrestado durante la primera gran represión contra el Partido Comunista Japonés, junto a otros miembros de la organización. Este dato resulta especialmente llamativo si pensamos en el contexto japonés de la época y en la posición compleja de Okinawa dentro del Estado japonés.
Durante los años treinta, Nakasone se convirtió en una figura clave para la publicación y difusión de obras de karate. En 1934 aparece como editor de Karate Kenkyū 空手研究, una compilación colectiva vinculada a varias figuras importantes del karate okinawense. Pocos años después, en 1938, editó Karate-dō Taikan 空手道大観, publicado por Tokyo Tosho, una obra fundamental dentro del esfuerzo por presentar, ordenar y preservar el karate en forma escrita. Su papel no era el de quien enseña una técnica desde el centro del dōjō, sino el de quien reúne, organiza, publica y da forma documental a un arte que estaba buscando su lugar en el Japón moderno.
También aparece vinculado al clima organizativo que rodeó la importante reunión de maestros celebrada en Naha en 1936, aquella reunión en la que se discutieron cuestiones esenciales para el futuro del karate, incluido el propio nombre del arte. Su presencia en ese entorno tiene sentido: Nakasone tenía experiencia política y organizativa, capacidad editorial y una preocupación muy marcada por la cultura okinawense. En cierto modo, su figura funcionaba como un puente entre mundos: entre Okinawa y Tokio, entre los maestros tradicionales y las nuevas formas de legitimación pública dentro del marco japonés del budō.
Fue un hombre muy preocupado por presentar el karate de una forma seria, documentada y alejada de los mitos que a menudo rodeaban al arte. Ese papel aparece con claridad en uno de los debates más delicados de la historia del karate: la clasificación Shōrin/Shōrei.
Funakoshi había defendido la idea de que los kata podían organizarse en dos grandes corrientes: Shōrin, asociada a la rapidez, la ligereza y la movilidad; y Shōrei, vinculada al arraigo, la potencia y la solidez. La idea era sugerente, pero también problemática. Mabuni y Nakasone criticaron esa clasificación, señalando que ese modo de ordenar los kata no había existido así en el karate de Okinawa ni había sido usado por sus principales representantes. Además, ciertos kata cambiaban de categoría entre distintas publicaciones de Funakoshi, lo que debilitaba mucho la clasificación si se pretendía usar como mapa histórico o genealógico.
Aquí Nakasone aparece no solo como editor, sino también como una mente crítica dentro del proceso de construcción del karate moderno. No se limita a poner textos en circulación; también participa en la discusión sobre cómo debía entenderse, ordenarse y explicarse el karate. Y eso es muy importante, porque aquellos años fueron un momento de redefinición profunda. El karate estaba dejando de ser una práctica local okinawense para presentarse como un budō moderno, con nombre, historia, principios, libros y una estructura comprensible para el Japón continental.
En este punto hay otro dato fundamental: Nakasone escribió los comentarios a los veinte preceptos rectores del karate, el Karate-dō Nijūkun, comentarios que contaron con la aprobación de Funakoshi. Esto resulta especialmente significativo. Funakoshi formula los principios, pero Nakasone ayuda a desarrollarlos, explicarlos y hacerlos circular. El karate no se transmite únicamente con el cuerpo; también necesita palabras, contexto y pensamiento. Necesita a quienes sepan convertir una tradición práctica en una tradición escrita.
Por eso su figura merece más atención. A veces contamos la historia del karate como una sucesión de grandes maestros técnicos, pero olvidamos a quienes hicieron posible que esas ideas fueran publicadas, discutidas y preservadas. Sin editores, periodistas, críticos, organizadores y hombres de letras, muchas voces habrían quedado encerradas en círculos pequeños o se habrían perdido en la transmisión oral.
Nakasone Genwa fue una de esas figuras discretas pero decisivas. No fue, quizá, un maestro de karate en el sentido habitual, pero ayudó a que el karate pudiera pensarse, discutirse, publicarse y defenderse. Su vida reúne elementos que parecen contradictorios, y precisamente por eso resulta tan fascinante: una posible ascendencia de pequeña nobleza okinawense, militancia comunista, labor editorial, defensa cultural de Ryūkyū y participación directa en algunos de los debates centrales del karate moderno.
Fue, en realidad, un hombre incómodo de clasificar. Incómodo de encajar en aquel contexto de modernización, centralización japonesa y defensa de la identidad okinawense, en medio de una tendencia cada vez más fuerte hacia la uniformidad cultural japonizante. Tal vez por eso su figura resulta tan valiosa: porque nos recuerda que la historia del karate no avanzó en línea recta.
El karate no se construyó solo en el dōjō. También se construyó en imprentas, revistas, reuniones, prólogos, comentarios, discusiones y libros. Y en ese mundo de tinta, papel y memoria, Nakasone Genwa tuvo un papel mucho más importante de lo que suele recordarse.

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