¿Miseria a nombre de la libertad? Un simulacro para desmemoriados
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Por: M. Sc. Aníbal Farías Longart
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El día de hoy, en la Caracas que vio nacer al Libertador Simón Bolívar, el suelo de libertad cuya chispa encendería la lucha contra el colonialismo en todo el continente, presenciamos cómo el hegemon del norte osa proyectar sus crueles garras sobre nuestro territorio. Es el suelo tuyo, el mío, el de todos nosotros. En una muestra de ignorancia sin límites y carentes de toda temeridad histórica, algunos coterráneos osan celebrar tan funesto acto. Es el triunfo del odio al otro; ese otro que piensa distinto, que se encuentra en las antípodas de tu pensamiento, pero que comparte contigo la misma cultura, las mismas tradiciones y la misma historia.
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Ese otro que tienes al lado, que es tu vecino, hoy es despreciado para justificar la entrega ideológica a un país que acumula casi 500 intervenciones militares en el extranjero a lo largo de su historia, más de la mitad de ellas ejecutadas flagrantemente en las últimas tres décadas, registrando el historial de agresión más alto en la historia contemporánea de la humanidad. Todo este encono se encuentra amarrado a un clasismo y a un racismo sistémico que ciega a quienes, al odiar a su propia patria, no se dan cuenta de que se están odiando a sí mismos. Y un pueblo que se odia a sí mismo no tiene otro futuro que el oprobio, el desprecio y las cadenas.
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Bolívar, como siempre, se muestra más vigente que nunca. Él mismo advirtió sobre la quimera del norte cuando escribió en 1829:
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"Los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia para plagar la América de miserias a nombre de la Libertad".
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En el mismo tenor, la conducta ambigua e interesada de Washington prefería pactar con los imperios antes que apoyar la verdadera independencia de los pueblos hermanos, el Libertador también sentenció firmemente en una misiva al diplomático Juan de Escalona en 1825:
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"Jamás conducta ha sido más infame que la de los norteamericanos con nosotros: ven que nos defendemos y que vamos a vencer, y redoblan sus esfuerzos por hacernos peor que la España".
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Con ello dejaba claro que detrás de sus promesas de progreso y libertad, solo se escondía el cálculo geopolítico y la traición. Esta dignidad irrenunciable quedó sellada para la eternidad en la célebre respuesta que el Padre de la Patria le espetó directamente al agente norteamericano John Baptist Irvine en octubre de 1818, cuando este pretendió amenazar y chantajear a la naciente República de Venezuela:
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"No permitiré que se ultraje ni desprecie al Gobierno y los derechos de Venezuela. Defendiéndolos contra la España ha desaparecido una gran parte de nuestra población y el resto que queda ansía por merecer igual suerte. Lo mismo es para Venezuela combatir contra España que contra el mundo entero, si todo el mundo la ofende".
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Hoy, quienes justifican estas demostraciones y simulacros militares se escudan en la falsa promesa del bienestar económico, una burda fachada para entregar los recursos estratégicos y el petróleo a la nación más saqueadora del planeta. Frente a esto, el espíritu de Bolívar, encarnado en su pueblo, se llena de legítima indignación. Este evento no es una actividad aislada; es un sistema probado, afinado y ejecutado con precisión cruel en naciones como Irak, Siria, Libia, Afganistán y Vietnam, hoy sumidas en la inestabilidad, la división y la miseria en nombre de un sueño americano que todo lo corroe.
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Esto nos invita a un riguroso autoexamen, especialmente a aquellos sectores que, arrastrados por la diatriba política, adoptan posturas antibolivarianas y rechazan lo propio. Cabe preguntarles con total franqueza: ¿es más grande el odio político que el amor por el suelo donde nacieron? ¿Acaso Irak está mejor? ¿Acaso Libia encontró la paz? La historia demuestra lo contrario. Solo queda apelar a la reflexión profunda, a la sensatez y a la memoria histórica de este pueblo indómito. Que la gallardía, el orgullo y la valentía guíen nuestras acciones, antes de que el fuego del odio doméstico termine por arrasarnos a todos y deje el camino libre a la dominación extranjera.
