Corría el año 1970, y en una expedición hacia las regiones remotas de Papúa Nueva Guinea, antropólogos occidentales se encontraron con miembros de una comunidad que había vivido durante generaciones casi aislada del mundo exterior.
La fotografía ha sido presentada como el instante de ese primer contacto.
Lo que se ve en el rostro de aquel hombre no es solo miedo. Es asombro absoluto. Es la reacción de alguien que, de pronto, tiene frente a sí algo que no encaja con nada de lo que conoce: hombres de piel clara, ropa extraña, cámaras, objetos metálicos, sonidos desconocidos y una forma de presencia que podía parecer imposible de explicar.
Para algunas comunidades aisladas, la llegada de expedicionarios occidentales no era simplemente la aparición de otros seres humanos. Podía interpretarse como la llegada de espíritus, presagios o seres pertenecientes a otro plano. El mundo conocido, hasta entonces limitado por montañas, selvas, clanes y tradiciones propias, se abría de golpe hacia una realidad inmensa y desconocida.
Papúa Nueva Guinea fue durante mucho tiempo uno de los territorios más difíciles de explorar para los extranjeros. Sus montañas, selvas densas y valles aislados permitieron que muchas comunidades conservaran formas de vida, lenguas y creencias propias hasta bien entrado el siglo XX. En algunos casos, el contacto con el exterior fue gradual. En otros, llegó como una ruptura repentina.
Y ahí está la parte más profunda de esta imagen.
Para los antropólogos, pudo haber sido un descubrimiento. Para quienes estaban allí, fue una interrupción irreversible. Después del primer contacto llegaron caminos, comercio, misiones, enfermedades, objetos nuevos y una mirada externa que empezó a transformar su vida para siempre.
Esta fotografía no muestra solo el encuentro entre dos personas.
Muestra el choque entre dos mundos.
Uno que llegaba creyendo descubrir.
Y otro que, sin haberlo pedido, empezaba a cambiar para siempre.
Tomado de la red.
