“ANATOMÍA DE LA SANGRE”, DE DOMINGO ACEVEDO

Por José González Rossi (Poeta).
El día de hoy nos reúne un libro que no se limita a exhibir un conjunto de poemas: nos convoca una obra que se asume a sí misma como testimonio, como instrumento y como territorio. Me refiero a Anatomía de la sangre, del poeta Domingo Acevedo, un autor cuya voz habita —sin pedir tregua— en la zona donde la poesía, la historia y la conciencia humana se entrelazan.

Domingo, permíteme decirte de frente y con el corazón abierto: esta noche no estamos lanzando solo un libro. Estamos lanzando un acto de resistencia poética.
Porque Anatomía de la sangre no es un título cualquiera. Es una declaración. La sangre es lo que nos mantiene vivos, lo que nos une a los ancestros, lo que se derrama en las contiendas, lo que late en el amor y lo que grita en la denuncia. Y Domingo Acevedo, en cada verso de este libro, nos abre las venas de esa sangre para que veamos qué hay dentro: compromiso, ternura, rabia, esperanza y una profunda raíz revolucionaria.
Domingo Acevedo es un poeta en guardia

Y por eso, y antes de entrar en la materia de este libro que a partir de hoy comenzará a circular por el universo poético, me permitiré leerles un fragmento crítico que escribí hace unos cinco años, cuando tuve la oportunidad de leer Antología del asombro, uno de los cinco libros que forman el ecosistema literario de nuestro autor. En aquel entonces dije:
“Al leer a Domingo, me advierto de que su poética posee suficiente fuerza para estar inscrita en la enciclopedia que da a la palabra su carácter sublime.
En la obra Antología del asombro, este autor recurre a los insumos del verbo para edificar en los cimientos de la metáfora la efigie que perfila el rostro de la poesía. Esa es la principal aspiración que embarga a quien escribe. La voz que se escucha cuando lo leemos se caracteriza por poseer el matiz épico que utilizaban los narradores de contiendas milenarias.
Tiene los influjos que atraen la mirada, que cosquillean el oído y que abren las rendijas que transportan hacia los espacios de la cultura. Entonces puedo decir que es un poeta orgánico y que para fluir no requiere utilizar una retroexcavadora, pues abre surcos en la mente recurriendo a su solidaridad, a sus sufrimientos atávicos y a su particular concepción sobre el amor”.
Así me expresé hace cinco años, pero hoy les expongo mi análisis sobre el libro actual, Anatomía de la sangre, y para hacer esto conviene situar al autor.

Domingo Acevedo no es un escritor que observa desde un balcón distante: su palabra nace directamente desde el cuerpo social. Su escritura es, a la vez, fruto de su experiencia vital y de su compromiso histórico.
El prólogo lo define con claridad cuando señala que su obra “se arma con estética en el compromiso, la denuncia, la esperanza, los ensueños y la resistencia”.
Esta afirmación es clave, porque en la tradición poética dominicana no siempre ha sido sencillo equilibrar poética y praxis sin caer en la estridencia panfletaria o en la complacencia académica.
Acevedo logra ese equilibrio mediante un lenguaje donde conviven la imagen sensorial, la referencia histórica y la emoción inmediata. Su poesía es el espejo donde se refleja una sensibilidad social que no es prestada, ni teórica ni epidérmica: es vivida.
II. Una arquitectura literaria con respiración propia

Anatomía de la sangre se organiza en seis capítulos, cada uno con una respiración distinta, como si el autor fuera un anatomista que abre capas sucesivas de la experiencia humana:
- Eco de eternidad
El ojo metafísico, el paisaje interior, la contemplación. - Noche póstuma
La angustia, el caos, la guerra, la polis. - Rastro de eternidad
La ternura filial, la memoria personal, la infancia. - A pesar de los pesares
La ciudad, el amor, la derrota y el deseo. - Septiembre de luto azul
La historia política, los mártires, la rebeldía. y - La insignificante grandeza La ciudad interior y la ciudad histórica.
Cada capítulo se comporta como un órgano del cuerpo: uno bombea afecto, otro bombea memoria, otro bombea rabia y otro bombea reflexión.
El lector atento percibirá que no hay versos al azar. La estructura interna es coherente: comienza con una poesía cósmica y existencial y culmina en el territorio político-social de la memoria dominicana y latinoamericana.
III. La sangre como símbolo total
El título del libro ya no es solo un código: es una tesis.
¿Qué es la sangre aquí? No es únicamente lo biológico; es también:
- genealogía
- conciencia histórica
- lucha colectiva
- dolor de los cuerpos
- linaje afectivo
- memoria política
- evidencia del sacrificio

En el capítulo Eco de eternidad, la sangre aparece como huella metafísica del tiempo. En Noche póstuma, aparece como derramamiento bélico. En Rastro de eternidad, la sangre es maternidad, paternidad e infancia. En Septiembre de luto azul, la sangre es mártir, héroe, desaparecido.
No es casual, por ejemplo, que en el poema Pesada es la oscuridad el yo poético afirme:
“Pesada es la oscuridad de esta noche
en que el canto inefable de los grillos
enciende todas las estrellas de un cielo
que se apaga entre mis ojos”.
Ese verso opera como radiografía del mundo contemporáneo: un paisaje donde la luz existe, pero agoniza; donde la belleza está, pero se oscurece.
IV. La ternura como resistencia
Sería injusto reducir este libro a su dimensión política. Aquí hay un poeta del amor y del cuidado humano, y eso —hoy— es igualmente político.
Cuando Acevedo escribe sobre la madre como “ciguapa” que habita “a la sombra de los flamboyanes dormidos en el viento”, está activando un imaginario donde lo materno no es solo biológico, sino mítico, paisajístico y hasta telúrico.
Y cuando le dice al hijo:
“pon una flor en su pecho
haz florecer en su mejilla
el candor de la aurora”,
Anatomía de la sangre abre una puerta que la poesía social pocas veces se ha permitido: la puerta de la ternura como resistencia. Porque el cuidado —en sociedades violentas— también es un acto revolucionario.
V. Historia, mártires y desobediencia
Allí donde el libro conmueve por lo íntimo, conmueve también por lo histórico. El capítulo Septiembre de luto azul no es un conjunto de poemas: es una galería de nombres que la República Dominicana, América Latina y el mundo están obligados a recordar.
Aquí desfilan:
- Lemba
- Enriquillo
- Fidel Castro
- Ernesto Che Guevara
- Narciso González
- Manolo Tavárez Justo
- Orlando Martínez
- Barbarín Mojica
- Mártires estudiantiles de la UNER
- Víctimas de Palestina
- Víctimas de Nanjing
- Lucas Villa
En el poema sobre Narciso González leemos:
“Ellos quisieron matar al viento
pero tu sonrisa inocente y tibia
detuvo la espada asesina”.
Y más adelante, como un acto de restitución simbólica:
“y te hiciste pueblo
lo que siempre quisiste ser
un canto de amor y libertad”.
Esta poesía no cuelga cuadros en la pared: restituye memoria en la voz. Y cuando la poesía hace eso, no está hablando del pasado, sino del futuro.
VI. Valor literario: estilo y riesgos
Domingo Acevedo trabaja con imágenes densas, a veces al borde del surrealismo, donde:
- la luz “ruge”
- la lluvia “galopa”
- los ángeles “esconden sus alas”
- la ciudad “se suicida”
- el niño “tiene alas en la espalda”.
Ese arsenal imagístico produce un efecto interesante: el lector no puede ser pasivo. Tiene que procesar, decodificar y relacionar.
Eso exige algo que la lectura contemporánea tiende a evitar: esfuerzo. Y ese esfuerzo es premiado.
La otra virtud es el riesgo. Este libro no pide permiso para mezclar religiosidad, misticismo, violencia, infancia, política, sensualidad y naturaleza. Podría haber salido mal —y sin embargo— sale bien, porque la voz es orgánica, no impostada.
VII. ¿Qué aporta este libro al presente?
Esta es la pregunta clave, porque presentar libros no es describirlos: es justificar su existencia.
Desde mi lectura, Anatomía de la sangre aporta al presente:
- Memoria, en tiempos de amnesia histórica.
- Sensibilidad, en tiempos de cinismo emocional.
- Complejidad, en tiempos de consumo rápido.
- Humanismo, en tiempos de deshumanización digital.
Y, sobre todo, aporta una certeza: la poesía sigue siendo necesaria no por lo que describe, sino por lo que repara.
VIII. Palabras finales
Presentar este libro es un homenaje a la palabra que no se rinde, a la memoria que no se apaga y a la sangre que no olvida. Es, en cierta medida, un gesto de gratitud hacia la literatura que todavía se atreve a decir, a denunciar, a nombrar y a salvar, incluso en medio de la tormenta.
Domingo Acevedo nos recuerda que la sangre no es solo el fluido que corre en nuestras venas: es también aquello que nos une, nos marca y nos sobrevive. Es genealogía, es historia, es duelo, es linaje y es futuro; es el registro íntimo y colectivo de todo lo que hemos sido y de todo lo que aún nos falta ser.

En un mundo donde la indiferencia pretende convertirse en norma, este poeta nos convoca a sentir; y en un tiempo donde el olvido avanza como una maquinaria pesada, este libro nos obliga a recordar y a conservar lo esencial. Leerlo es hacer un alto en la prisa y permitir que la sensibilidad vuelva a formar parte de lo cotidiano.
Por eso, esta noche celebramos no solo la publicación de Anatomía de la sangre, sino también la vigencia del espíritu humano que late detrás de cada una de sus páginas: ese espíritu que se rehúsa al silencio, que se aferra a la dignidad y que, aun herido, sigue andando.
Muchas gracias.
