miércoles, enero 21, 2026

10 cuentistas latinoamericanos del siglo XX

 


Latinoamérica tiene una vasta y distinguida tradición cuentista que se refleja en una larga lista de grandes escritores y textos entrañables. Por eso aprovechamos esta ocasión para recomendarles algunos de nuestros cuentistas latinoamericanos favoritos que fueron contemporáneos a Salarrué, y así ir calentando motores para cuando llegue Cuentos de barro a sus estanterías.

1. Felisberto Hernández (Uruguay, 1902-1964)

Carlos Onetti lo describió como uno de los escritores más importantes de su país. aunque su obra no es extensa, cuenta con gran calidad literaria y reconocimiento por parte de otros grandes escritores como Julio Cortázar. En sus relatos es común encontrar hilos de su biografía y de sus vivencias como pianista.

2. Elena Garro (México, 1916-1998)

Además de cuentista fue dramaturga, novelista e incluso coreógrafa y actriz. Su trabajo literario es reconocido por reflejar la cosmovisión de los pueblos campesinos e indígenas de México. Su estilo juega con lo fantástico e incluso se le suele reconocer como una de las fundadoras del realismo mágico, género que ella consideraba una etiqueta de mercado.

3. Julio Ramón Ribeyro (Perú, 1929-1994)

Escritor peruano reconocido principalmente por ser un excelente cuentista, aunque también incursionó en otros géneros como ensayo, teatro y novela. Su obra llega casi a los 100 cuentos publicados, su compilación más completa se encuentra reunida en la última edición de su libro La palabra del mundo de la editorial Seix Barral. Sin duda, su cuento más famoso es Los gallinazos sin plumas.

4. Salvador Reyes (Chile, 1899-1970)

Hablar de los cuentos de Salvador Reyes es hablar del mar, de los puertos de Valparaíso, de capitanes y marineros. Considerado el máximo exponente de la literatura marítima de Chile, este cuentista y poeta tiene alrededor de 30 obras publicadas.

5. Juan Bosch (República Dominicana, 1909-2001)

Este gran cuentista también fue un destacado político, que incluso llegó a ser presidente de la República Dominicana por un breve tiempo. Su legado literario ha servido de inspiración para otros escritores como Gabriel García Márquez, amigo suyo. Sus textos destacan por retratar la realidad sociocultural de los campesinos dominicanos.

6. Clarice Lispector (Brasil, 1920-1977)

El estilo de Clarice Lispector es difícil de catalogar, pues es tremendamente libre, lírico y atrevido. En numerosas ocasiones la autora dejo claro que no escribía para agradar a nadie y que no le importaba que sus obras se entendieran, lo que le permitió crear ese estilo tan autentico. De ascendencia ucraniana, creció en Brasil y es considerada una de las figuras más importantes de la literatura brasileña.

7. Yolanda Oreamuno (Costa Rica, 1916-1956)

Marcada por una vida convulsa, Yolanda Oremuro encontró refugió en las letras y así fue como llegó a convertirse en una de las escritoras más importantes de su país. Murió a los 40 años y casi toda su obra se publicó póstumamente, por lo que se cree que la mayoría de sus trabajos están perdidos o inéditos. La lagartija de la panza dorada fue su primer cuento en ser publicado.

8. Silvina Ocampo (Argentina, 1903-1993)

Una escritora que empezó a ser realmente valorada por la crítica hasta después de su muerte. Hermana menor de Victoria Ocampo y esposa de Bioy Casares, fue una mujer que prefirió mantener un perfil bajo y a la que no le gustaba hablar públicamente sobre literatura. Su libro La furia contiene 34 cuentos y es conocido por ser su obra más destacada según la crítica.

9. Elisa Mújica (Colombia, 1918-2003)

Aunque es oriunda de Bucaramanga, vivió la mayor parte de su vida en Bogotá, escenario recurrente en sus obras. Hoy en día es considerada una de las figuras femeninas más importantes de las letras colombianas del siglo XX. Entre sus obras como cuentista destacan también su narrativa infantil y su reescritura de cuentos populares.

10. Pablo Palacio (Ecuador, 1906-1947)

Mientras sus compatriotas literatos se inclinaban por el realismo social, Pablo Palacio escribía sobre lo anormal y lo absurdo con un estilo humorístico, ácido. Ridiculizaba a sus personajes y reinventaba la realidad. Esto lo convirtió en un personaje muy discutido en su época entre los que admiraban y los que lo criticaban. Paso sus últimos años de vida en un manicomio.

El magnicidio de Minnesota.







Guadi Calvo.
Cuando en 2024 se conoció el film del británico Alex Garland, Civil War, en la que tres periodistas atraviesan los Estados Unidos, desde California a Washington, en el contexto de una insurgencia generalizada contra el gobierno federal, en un futuro extremadamente próximo, la historia de Civil War, a pocos años de la toma del Capitolio en 2020 (ver: Estados Unidos: El aullido de Pedro Picapiedra), la idea no parecía ni tan loca ni tan remota, aunque el ritmo que le está imprimiendo Donald Trump a la descomposición de los Estados Unidos va mucho más allá de lo que cualquier productor de Hollywood pueda digerir.
Poniendo las cosas en dimensión y contexto, para quien conozca mínimamente la historia de la relación entre Estados Unidos y América Latina, no se puede sorprender de que haya bombardeado Venezuela, capturado a su presidente, al que hoy están enjuiciando en Nueva York por narcotráfico y no por inútil e inepto para el cargo, los que sí han sido, hasta ahora, sus dos peores crímenes. (Ver: Venezuela, la mirada del Che Guevara). La larga historia de intervenciones directas o por lacayos locales en las que no se ha privado de nada. Desde asesinatos de presidentes (Allende, Torrijos, Roldós o Chávez, entre otros), de dirigentes populares, de golpes de Estado con genocidios incluidos, apropiaciones territoriales, generación de guerras civiles, bloqueos, golpes de mercado, saqueo de recursos naturales, culturales y arqueológicos (alguna vez habrá que escribir largo sobre el Summer Institute of Linguistics (Instituto Lingüístico de Verano)) y hasta infiltración de virus en siembras y animales; de esto sabe mucho Cuba. La panoplia es tan amplia como intensa, por lo que ya aburre seguir.
Tampoco jamás a nadie se le hubiere ocurrido pensar en una confrontación directa entre la Unión Europea, la ¿OTAN? y los Estados Unidos, y cuyo territorio de guerra de confrontación fuera Groenlandia, porque Trump la quiere “por las buenas o por las malas”. Pensar que Dinamarca envíe militares a la isla da risa, al tiempo que espeluzna las pretensiones del déspota de Washington; demasiado pareció al de la ucronia de Garland.
Que Trump anatematice a Emmanuel Macron y a su banda amenazándolos con más y más sanciones, como si solo fuera el príncipe de una tribu zulú, joder, divierte, en un mundo donde ya no hay lugar para semejantes lujos. Nadie conoce las conversaciones cifradas entre Vladímir Putin y Xi Jinping, pero no cabe duda de que en ellas también debe haber lugar para risas y regodeos, más allá de la gravedad general del asunto.
Los berrinches de Trump ya no tienen límites; casi podríamos entender en su paranoia la defensa desesperada de su Lebensraum, para lo que no solo requiere de Groenlandia, sino también Canadá, y pobrecito México, siempre tan lejos de Dios..., pero el episodio de la medalla del Premio Nobel de la Paz, que le acaba de arrebatar a su dueña original, María Corina Machado, a la que encima obligó a practicarle una fellation simbólica, mucho más publicitada que la de la señorita Mónica Lewinsky.
Sin duda que a Trump ese reconocimiento, como cualquier otro de esa calaña, le importa un pimiento, pero semejante despliegue no es para humillar a esa pobre mujer, sino para mostrarle al mundo, a su mundo, que consigue todo lo que quiere por “las buenas o por las malas”.
Y bien lo sabrán señoras infinitamente más dignas que la Machado, como Renee Nicole Good, la ciudadana estadounidense, “una terrorista doméstica” según Trump, que solo con su dignidad y su vergüenza enfrentó a los sicarios de Washington, que bajo la cubierta del ICE (United States Immigration and Customs Enforcement), organismo dependiente del Departamento de Seguridad Nacional, le dispararon a quemarropa, con lo que no solo la asesinaron a ella, sino que también masacraron la infancia de sus tres hijos. En vivo y en directo para los siete mil millones de ¿humanos? que estupefactos observamos, quizás ya definitivamente robotizados, sin entender el magnicidio, porque qué dudas quedan de que el asesinato de la señora Good, en la ciudad Minneapolis (Minnesota) el pasado siete de enero, es un verdadero magnicidio, porque con él han atentado contra la condición humana.
Quien escribe estas líneas es simplemente un periodista, con nulos conocimientos en psiquiatría, antropología y sociología, por lo que ignora todo acerca del manejo profundo del inconsciente colectivo, si esto existiera, y nada tampoco sabe sobre la manipulación de la opinión pública, pero me permito una reflexión: Crímenes como el de la señora Good se admiten porque ya la opinión pública mundial ha sido domesticada por el genocidio a cielo abierto de Gaza o el exterminio de Gaza que se sigue ejecutando. Comenzó como un plan maestro para que asesinatos como los de la señora Good, los otros treinta y cinco asesinados desde enero del 2025 y los que vendrán, nos resulten pasmosamente naturales.
La invasión a los Estados Unidos
Es una tentación para el lugar común comparar al ICE con las Schutzstaffel, las famosas S.S. nazis, aunque quizás con los tiempos que corren sería más acorde compararlas con las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI), tan ocupadas en estos últimos veintiocho meses en exterminar gazatíes, porque tanto las ICE como las FDI son fuerzas de ocupación y exterminio, utilizadas por tiranos para exterminar la razón.
Desde la llegada por segunda vez a la Casa Blanca de Donald Trump hace exactamente un año, el día veinte,
Los efectivos del ICE, integrados por unos veinte mil hombres de calle, fuertemente armados, con tácticas militares y en toda oportunidad sin identificación y con los rostros ocultos por pasamontañas, apuntaban; su misión es controlar a los indocumentados. Se han convertido en una fuerza de ocupación del gobierno federal, que desconoce incluso la autoridad de los gobernadores y las policías estaduales. Con el guiño de los más altos niveles de la Casa Blanca. Como la sentencia del vicepresidente respecto al agente que asesinó a la señora Renne Good les ha dado todavía más ánimo y mayor certeza de que son inmunes a cualquier ley: “Está protegido por inmunidad absoluta”, al tiempo que, refiriéndose a la señora Good, dijo que ella “era víctima de ideología de izquierda”.
Mientras Trump, que calificó a Good de “terrorista doméstico”, afirmó que intentaba atropellar al agente del ICE con su camioneta. Fiel a su estilo, Trump no solo no se replantea el accionar de su fuerza de ocupación en territorio norteamericano, sino que incentiva la promoción de más agentes, incrementando la plantilla, disponiendo de más de cien millones para nuevas contrataciones, que se buscan en nichos como ferias de armas y sitios por donde transitan elementos ultraderechistas. Además de haber disminuido el periodo de entrenamiento de los nuevos agentes de ciento diez días a cuarenta y siete días, en coincidencia con que Trump es el cuadragésimo séptimo presidente de los Estados Unidos.
E en este contexto de constante agresión de los ICE, ya no solo contra las comunidades latinas, el principal punto de búsqueda de inmigrantes indocumentados o no, de los que han conseguido expulsar de los Estados Unidos a unos doscientos mil, algunos enviados a las cárceles de Nayib Bukele en El Salvador o repatriados a sus países de origen, no respetando en su cacería ni hospitales ni iglesias. Esa ola represiva también se ha extendido a la población negra, y a cualquier otra persona que se indigne por sus arbitrariedades, lo que fue el caso de la señora Good.
Algunos sectores de la sociedad utilizan la Segunda Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos, que garantiza el derecho a la posesión y portación de armas según la necesidad de una milicia para la seguridad de un estado libre. Aunque su interpretación es objeto de controversias y decisiones judiciales, algunos sectores han decidido armarse y organizarse como medida de autodefensa frente a la agresión trumpista.
Esto ha dado como resultado la aparición del Black Panther Party, un remedo de la organización que tanto dio que hablar hace cincuenta años. La nueva organización ya ha desfilado con armas largas por las calles de Filadelfia, mientras se espera que nuevos grupos se les sumen a lo largo del país.
Rápidamente, Donald Trump ha anunciado que pondría en funcionamiento una ley del siglo XIX que fue raramente utilizada, que le permitió desplegar al ejército en la ciudad de Mineápolis (Minnesota), donde las protestas por la ejecución de la señora Good, lejos de acallarse, se van incrementando, junto a las exigencias para el repliegue de los agentes del ICE. Situación que podría convertir en documental el film de Alex Garland.

martes, enero 20, 2026

Esta mujer se llama Tillie Martinussen, es groenlandesa, miembro del Partido de la Cooperación que contribuyó a fundar.





Y en estas horas pronunció un discurso memorable -literalmente memorable- que es quizás la mejor respuesta jamás dada a Donald Trump y a su idea de América.
Un acto de resistencia cultural y de dignidad, antes que político, que todos los nuevos trumpistas, las animadoras trumpianas de nuestro país, deberían leer y memorizar.
Creo que Trump no conoce en absoluto al pueblo groenlandés. No le damos especial valor al dinero, a los labios Kardashian y a ese tipo de cosas. En Groenlandia, entre otras cosas, ni siquiera se puede poseer la tierra: Puedes obtener un lote para construir tu casa y ser dueño de la casa sobre el terreno, pero no de la tierra en sí.
Porque los groenlandeses no creen que la tierra pertenezca a una sola persona: pertenece a todos. Y lo mismo ocurre con el mar y las riquezas que contiene.
Por eso es un enorme error de cálculo pensar que los groenlandeses pueden ser comprados con dinero. No es así.
E incluso si nos dijeran: "100.000 dólares por persona", nunca renunciaríamos a la sanidad gratuita, nunca renunciaríamos a la educación gratuita, nunca renunciaríamos a formar parte de Europa, nunca renunciaríamos a nuestra soberanía, que tarde o temprano es nuestro objetivo.
No queremos ser ricos como los estadounidenses. Basta ver lo codiciosos que son: Llegaron incluso a disparar contra sus amigos o a invadir a sus amigos por pura codicia. Sabemos que en nuestro subsuelo podría haber minerales y petróleo, y que valen enormemente más que cualquier cifra. Pero incluso si no los hubiera, de todos modos no nos dejaríamos comprar.
Aquí todos conocen la historia de los inuit en Alaska y de todas las poblaciones nativas, los pueblos indígenas, los indios americanos. Sus tierras les fueron arrebatadas y no fueron bien tratados en Estados Unidos. Y sabemos que Trump se rodea en gran medida de personas vinculadas al supremacismo blanco.
No somos blancos, como pueden ver.
Y entonces sabemos que probablemente nos quitarían nuestros derechos.
También sabemos que, junto con Dinamarca, estamos bien tal como estamos. Como decía antes, tenemos sanidad gratuita, educación gratuita: Cualquier cosa que quieras estudiar, puedes hacerlo sin pagar nada y, de hecho, el gobierno incluso te da una beca, dinero mientras estudias.
Todo esto nunca lo cambiaríamos: el Estado de bienestar, el welfare. No lo cambiaríamos por nada que venga de América.
(...) No importa lo que haya pasado en el pasado entre Dinamarca y Groenlandia: lo resolveremos entre nosotros. Así como estamos ahora, está bien. Y si un día queremos la independencia, serán los groenlandeses quienes lo decidan, no una superpotencia que presiona desde lejos.
Sabemos muy bien que, si nos independizáramos mañana, él nos invadiría de inmediato, porque no tendría problemas ni con la OTAN ni con Europa. Por eso creo que está apostando de manera profundamente insultante por la idea de que los groenlandeses son personas estúpidas, sin educación, que no siguen las noticias del mundo. Pero no es así. Es exactamente lo contrario.
Estaremos aquí por cientos de años después de Donald Trump. Aunque nos invadiera, creo que simplemente lo esperaríamos como se espera el mal tiempo. Aquí todos saben que es el clima quien decide: Si llega una tormenta, nos refugiamos por un día o dos.
Podríamos refugiarnos durante un año, dos años, o incluso diez o veinte años, y luego regresaríamos a Dinamarca tan pronto como Trump y los que son como él se hayan ido".
Noventa minutos de aplausos.

No querían morir como héroes, querían que su gente viviera.



Durante la Segunda Guerra Mundial, muchos lucharon contra los nazis empuñando armas en las calles.




Los hermanos Bielski eligieron otra forma de resistencia.
No querían morir como héroes.
Querían que su gente viviera.
En 1941, cuando los ejércitos alemanes avanzaban y las comunidades judías eran aniquiladas una tras otra, Tuvia, Zus, Asael y Aron Bielski huyeron a los densos bosques de Bielorrusia. La mayoría de los grupos partisanos solo aceptaban hombres jóvenes y armados. Tuvia se negó a eso desde el primer día.
“Es mejor salvar a una anciana que matar a cien soldados”, decía.
Y cumplió su palabra.
En lugar de formar solo una célula de combate, abrió el bosque a todos los que nadie más quería proteger: ancianos que ya no podían luchar,
mujeres,
niños aterrados y solos,
enfermos y heridos.
Lo que construyeron allí parece una leyenda, pero fue real.
Bajo los árboles levantaron una ciudad escondida. No solo sobrevivían, vivían.
Había escuelas donde los niños seguían aprendiendo a leer.
Un hospital improvisado para curar heridas y enfermedades.
Molinos, panaderías, talleres.
Una comunidad entera funcionando en secreto mientras el mundo ardía.
No eran pasivos. Conocían el bosque mejor que cualquier mapa nazi.
Sabotearon más de veinte puentes.
Volaron vías férreas para cortar suministros.
Desaparecían como fantasmas entre los árboles.
Miles de soldados fueron enviados a cazarlos.
Nunca lograron destruirlos.
Cuando la guerra terminó, ocurrió algo que nadie esperaba.
De los bosques salieron más de 1.200 personas.
Delgadas, exhaustas, marcadas por el hambre… pero vivas.
Mientras muchos levantamientos urbanos fueron aplastados y exterminados, el grupo Bielski sobrevivió gracias a algo que los nazis nunca entendieron: la fuerza de cuidarse unos a otros.
Los hermanos Bielski demostraron que la resistencia no siempre se mide por cuántos enemigos caen, sino por cuántas vidas se logran salvar.
Su victoria no fue militar.
Fue humana.
Y por eso, fue total.

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