domingo, mayo 24, 2026

Los Aché.




Los Aché no fueron perseguidos por ser enemigos de nadie. Fueron perseguidos porque su existencia estorbaba a quienes querían quedarse con el bosque.


Durante generaciones, este pueblo indígena vivió en las selvas orientales de Paraguay, con una forma de vida cazadora recolectora profundamente unida al territorio. El bosque no era solo alimento. Era refugio, memoria, medicina, camino, hogar y mundo espiritual. Allí estaban sus rutas, sus historias, sus vínculos y su manera de entender la vida.


Pero en el siglo XX, ese mundo empezó a cerrarse sobre ellos.


A partir de la expansión agrícola, ganadera y maderera, los territorios Aché se convirtieron en objetivo de colonos, terratenientes y empresas que veían la selva como tierra disponible. Para quienes llegaban desde fuera, el bosque era un obstáculo que debía abrirse. Para los Aché, era la vida misma.


La violencia llegó con una lógica brutal: expulsarlos, capturarlos o hacerlos desaparecer del territorio.


Durante las décadas de 1950, 1960 y 1970, muchos Aché fueron perseguidos en expediciones organizadas. Hubo ataques contra grupos familiares, separaciones forzadas, niños entregados como sirvientes, mujeres sometidas a abusos y comunidades arrancadas de la selva para ser llevadas a asentamientos donde ya no podían vivir como antes.


Uno de los nombres más señalados en esta historia fue Manuel Jesús Pereira, un terrateniente local cuya propiedad fue usada como lugar de concentración para Aché capturados. Aquello fue presentado por las autoridades como una forma de “protección” o “pacificación”, pero para muchos sobrevivientes significó hambre, enfermedad, encierro y pérdida de libertad.


La tragedia no ocurrió en secreto absoluto.


Antropólogos paraguayos y extranjeros denunciaron lo que estaba pasando. Miguel Chase-Sardi, Bartomeu Melià, Mark Münzel y otros investigadores intentaron documentar la persecución mientras el régimen de Alfredo Stroessner mantenía un control férreo sobre el país. Algunos pagaron un precio alto por hablar: perdieron trabajos, fueron presionados o expulsados.


El informe de Mark Münzel, difundido en los años setenta, sacó el caso Aché al escenario internacional. Luego Richard Arens reunió denuncias y testimonios que ayudaron a convertir esta historia en uno de los casos más discutidos de violencia contra pueblos indígenas en América Latina.


Pero incluso entonces, la verdad encontró resistencia.


Gobiernos, instituciones y sectores académicos debatieron si lo ocurrido debía llamarse genocidio, etnocidio, complicidad estatal o violencia colonial extrema. Esa discusión no fue menor. Nombrar el crimen significaba reconocer responsabilidades. Negarlo o suavizarlo permitía que el mundo siguiera mirando hacia otro lado.


Mientras se discutían las palabras, los Aché contaban sus muertos, sus niños perdidos y sus bosques destruidos.


El caso llegó a ser tan incómodo que incluso organizaciones internacionales revisaron sus propias posturas. Cultural Survival, que en los años setenta había cuestionado la idea de una política oficial de genocidio, reconoció décadas después la gravedad de los ataques y apoyó la lucha Aché por justicia, derechos y autodeterminación.


Hoy, los sobrevivientes y sus descendientes siguen buscando reconocimiento. En 2014, representantes Aché se sumaron en Argentina a una causa basada en el principio de jurisdicción universal, que permite investigar crímenes graves como genocidio y crímenes contra la humanidad cuando las víctimas no encuentran justicia en su propio país.


Esa búsqueda no es solo legal.


Es una forma de decir que los Aché no fueron una nota al margen de la historia paraguaya. Fueron un pueblo perseguido mientras el mundo hablaba de progreso, desarrollo y frontera agrícola. Fueron obligados a pagar con su vida y su cultura el avance de un modelo que veía más valor en la tierra que en quienes la habitaban.


La frase atribuida al abogado Juan Maira resume la dureza de esa memoria: los Aché fueron perseguidos como animales porque se buscaba confinarlos, apartarlos y quebrar su forma de vida. Se estima que una parte enorme de su población desapareció durante ese período, entre ataques, enfermedades, hambre, cautiverio y desplazamiento.


Y aun así, el pueblo Aché no desapareció.


Sus bosques fueron reducidos, sus territorios ocupados y su historia muchas veces negada. Pero su población volvió a crecer. Sus comunidades siguen reclamando tierra, memoria y respeto. Su existencia actual es una respuesta viva contra quienes pensaron que podían borrar a un pueblo entero.


La historia de los Aché no debe recordarse solo como una tragedia.


Debe recordarse como una advertencia.


Cuando una sociedad llama progreso al despojo, cuando convierte a un pueblo en obstáculo y cuando decide que una cultura vale menos que una plantación o un rancho, la historia entra en uno de sus territorios más oscuros.


Los Aché sobrevivieron a la persecución.


Y su memoria sigue diciendo algo que nadie debería ignorar: un pueblo puede ser herido profundamente, pero mientras conserve su voz, todavía puede reclamar justicia frente al mundo.

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