LA GRAN SIMULACIÓN: El día que la dinastía del Furrial cayó ante los Hermanos Siniestros
La traición no se improvisa; se cultiva en el frío de la sombra. Durante años, Delcy Rodríguez masticó el resentimiento. Desde sus inicios en la política, sintió el rechazo sistemático del entonces presidente Hugo Chávez Frías, quien jamás le dio una oportunidad real en su gabinete. Chávez, con su astucia llanera, la despachó en más de una ocasión con frialdad; intuía que en las venas de los hermanos corría el gen de la deslealtad. Al lado de Delcy, su hermano Jorge —el estratega del cinismo— tejía los hilos de un plan macabro.
El 3 de enero el plan se consumó. Mientras Nicolás Maduro y Cilia Flores ponían una resistencia estéril a su arresto, Delcy ya sostenía una llamada crucial con Donald Trump. Su justificación ante los suyos fue un calmante retórico: "Es una cooperación necesaria para mantener el poder, una retirada táctica para luego ripostar con fuerza".
Mentiras. Cinco meses bastaron para desmantelar un sistema entero y revelar la verdadera realidad: el legado de Chávez fue pisoteado.
En un abrir y cerrar de ojos, la iconografía del PSUV fue borrada de las calles. Los ojos de Chávez y el rostro de Maduro desaparecieron, sustituidos de la noche a la mañana por el color azul. La purga interna fue implacable:
Destitución fulminante de Vladimir Padrino López y Tarek William Saab.
Extradición inmediata de Alex Saab y la expulsión de toda su familia del territorio nacional.
Cancelación de la concesión a Mario Silva y el silenciamiento de los principales influenciadores del régimen.
Neutralización sistemática de los jefes de los colectivos armados.
Expulsión silenciosa de los asesores e intereses cubanos, rusos y chinos.
El último bastión, el "Monstruo del Furrial", observa su propio final. En su reciente transmisión de Con el Mazo Dando, la prepotencia habitual dio paso a una tristeza abrumadora, la mirada fija de quien se sabe acorralado en sus últimos días.
La última pieza en caer fue el influenciador Michelo, quien tras recibir una paliza monumental, fue extraditado a Argentina. Hoy, nadie está a salvo la desconfianza es a todos los niveles, mientras los Estados Unidos despliegan sus maniobras bélicas en suelo venezolano, queda claro que la entrega fue total: los hermanos Rodríguez entregaron a Nicolás Maduro a cambio de salvar sus propios patrimonios y asegurar un retiro dorado.
Mientras tanto, un sector del pueblo chavista sigue sumido en la ingenuidad, creyendo en retóricas baratas de un falso retorno de Maduro. Atrás quedaron las promesas de la milicia, la lealtad de la Fuerza Armada y los discursos incendiarios contra el imperio.
El panorama político se reconfigura de cara a unas elecciones inminentes que pondrán fin a este gobierno en las sombras. El pacto final ya se redacta: los hermanos siniestros negocian el país de su exilio, mientras preparan un "alacranato" a la medida para enfrentar a la líder María Corina Machado; un candidato prefabricado que cuenta con el respaldo de un Rodríguez Zapatero hoy cercado por la justicia en su propia patria.
Al final, los hermanos Rodríguez lograron hacerle honor a su herencia de sangre. Replicaron con exactitud la historia de su padre, aquel que lideró el secuestro del empresario estadounidense William Frank Niehous (cometiendo el error de pasearlo por el estado Sucre), movido por supuestas utopías de izquierda que terminaron convirtiéndose en la más baja de las codicias.
Aquel hombre traicionó a sus propios compañeros de armas al quedarse con el dinero del rescate.
Y la historia, que es cíclica y cruel, no olvida los nombres.
Hoy, Delcy y Jorge creen haber ganado la partida perfecta: entregaron las llaves del palacio, vendieron a sus antiguos camaradas y aseguraron sus cuentas bancarias en un paraíso extranjero.
Sin embargo, olvidaron la regla de oro del submundo que tanto dominan. En el código de las mafias, la traición se paga con la misma moneda. Al igual que le ocurrió a su padre cuando decidió no repartir el botín con sus cómplices, a los hermanos siniestros les espera el mismo destino de los que juegan a la doble cara.
Disfrutarán de su riqueza en el exilio con el cuello rígido, mirando siempre sobre el hombro, sabiendo que en cualquier esquina, en cualquier restaurante de lujo o en la cubierta de cualquier yate, la factura de la traición tocará a su puerta. Porque cuando no se reparte la cochina, el final siempre es el mismo.
Tomado de la red.
