En 2019, la revista Time —propiedad de la fracción financiera de la burguesía estadounidense— puso a Greta Thunberg en su portada como Persona del Año. Una adolescente con trenzas, síndrome de Asperger y un cartel de "Skolstrejk för klimatet" era el rostro perfecto para el capitalismo verde: emocional, individual, moralizante. Pedía a los líderes mundiales que "escucharan a la ciencia", como si el problema fuera de sordera y no de relaciones sociales de producción. La burguesía la aplaudió porque su discurso no tocaba la propiedad privada, no mencionaba al imperialismo, no señalaba a las transnacionales por su nombre. Era inofensiva. Era funcional. Era mercancía.
La superestructura ideológica no premia virtudes, premia utilidad. Y Greta, en 2019, era útil.
El punto de inflexión: cuando la contradicción se volvió insostenible
Aquí entra el materialismo dialéctico. No fue que Greta "se volviera radical" por iluminación subjetiva. Fue que las contradicciones objetivas del capitalismo la empujaron a una posición de clase. El greenwashing funciona mientras la crisis climática puede presentarse como un problema técnico: más renovables, menos plásticos, consumidores responsables. Pero el capitalismo es incapaz de detener la destrucción de las condiciones materiales de la vida en el planeta. Esa es su contradicción irresoluble.
Ella lo entendió y lo dijo: "El sistema es la crisis." No los líderes, no la falta de voluntad política: el sistema. El modo de producción basado en la extracción infinita, la acumulación por desposesión y la destrucción de ecosistemas enteros. Dejó de pedir y empezó a señalar. Dejó de ser la niña del "listen to the science" y se volvió una voz anticapitalista.
El capital la tolera mientras sea reformista. Cuando se vuelve anticapitalista, se vuelve peligrosa. Pero aún no la metían en listas de antisemitas. Eso vino con el siguiente salto cualitativo.
Gaza: la palabra prohibida
Porque Greta no se quedó en el anticapitalismo abstracto. Dio el paso que el imperialismo no perdona: conectó la crisis climática con el colonialismo. Denunció el genocidio en Gaza. Usó las palabras "genocidio", "asedio", "hambruna masiva". Las mismas que la ONU, Amnistía Internacional y Human Rights Watch han documentado con pruebas materiales.
Ahí la contradicción se volvió antagonismo abierto. El Estado de Israel no es un Estado cualquiera: es un proyecto colonial de colonos, punta de lanza del imperialismo estadounidense en Medio Oriente, garante de los intereses petroleros y geopolíticos de la burguesía transnacional. Denunciar el genocidio palestino no es una opinión moral: es señalar una pieza clave del engranaje imperialista.
Y entonces llegó la lista, una necesidad material
En abril de 2026, el Ministerio de Asuntos de la Diáspora y Lucha contra el Antisemitismo del gobierno israelí publicó su lista de las diez figuras más antisemitas del mundo. Greta Thunberg aparece en el segundo lugar, por encima del supremacista blanco Nick Fuentes, quien ha pedido una "victoria aria total".
Esto no es una torpeza burocrática. Es un cálculo político. La lista es una herramienta de guerra ideológica con objetivos materiales concretos: aislar diplomáticamente a quienes denuncian el genocidio, presionar a gobiernos europeos para que retiren financiamiento a movimientos solidarios, deslegitimar el Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS), y criminalizar preventivamente cualquier voz con alcance global que se atreva a llamar genocidio al genocidio.
Que pongan a una activista climática anticapitalista por encima de un nazi confeso no es un bug, es una feature. Revela la función real de la lista: no combatir el antisemitismo —lucha justa y necesaria contra una ideología reaccionaria que el capitalismo produce una y otra vez—, sino proteger los intereses materiales del colonialismo israelí. Quien denuncia el genocidio palestino es más peligroso para sus intereses de clase que un fascista que habla para unos miles de seguidores en foros marginales.
Síntesis dialéctica: de la cooptación a la represión
Aquí se cierra el movimiento:
· Tesis: Greta es cooptada por el capitalismo verde. Su imagen vende revistas, su discurso no toca la propiedad.
· Antítesis: La crisis climática se agudiza. El genocidio en Gaza estalla. Greta conecta ambas cosas bajo un análisis anticolonial. La misma estructura que la aplaudía ahora la repudia.
· Síntesis: La burguesía revela su verdadera naturaleza. Cuando la superestructura ya no puede absorber las contradicciones, recurre a la criminalización. La portada de Time y la lista de antisemitas son dos caras de la misma moneda: el capital aplaude lo que le sirve y reprime lo que lo amenaza.
Greta pasó de ser una mercancía simbólica a una enemiga política. La variable no fue ella, fue el contenido de clase de su discurso.
Para ir cerrando... ni aplausos individuales ni culto a la personalidad
Entender esto desde el marxismo-leninismo no significa hacerle un altar a Greta Thunberg. Ella no es revolucionaria, no tiene proyecto de clase, no organiza al proletariado. Es un síntoma de las contradicciones del capitalismo tardío. Pero su trayectoria es pedagógica: muestra con nitidez cómo funciona la maquinaria ideológica del imperialismo.
Cuando el sistema te aplaude, pregúntate para quién estás siendo útil. Cuando el sistema te reprime, pregúntate a quién estás amenazando.
Y si una lista del Estado colonial te pone por encima de un nazi, puedes estar seguro de que algo estás haciendo bien. No por tus cualidades personales, sino porque tocaste el nervio material de un proyecto colonial que no tolera que llamen a sus crímenes por su nombre.
La lucha es colectiva, anticapitalista y anticolonial. O no es.



