David Dalaithngu nació hacia 1953 en Arnhem Land, Australia, aunque nadie conocía con exactitud la fecha.
Los misioneros estimaron un año de nacimiento, escribieron algo en un papel y siguieron su camino. David mismo nunca supo su edad precisa. Pero había otras cosas de las que estaba absolutamente seguro.
Conocía su tierra.
Conocía su lengua, su Tiempo del Sueño, su danza.
Criado en el clan Mandhalpuyngu del pueblo yolŋu, David creció en el corazón de una de las culturas continuas más antiguas del planeta. No vio a una persona blanca por primera vez hasta aproximadamente los ocho años. Antes de aprender inglés, ya hablaba varias lenguas y dialectos aborígenes.
Y desde el principio, sabía bailar.
En 1969, el director británico Nicolas Roeg llegó a Maningrida buscando a un joven intérprete aborigen para una nueva película. Se fijó en David, entonces un adolescente de gran talento como bailarín ceremonial.
Roeg lo eligió para Walkabout, estrenada en 1971. La película alcanzó reconocimiento internacional, y aquel muchacho que nunca había actuado se convirtió de pronto en una presencia inolvidable en el cine mundial.
Años después, cuando le preguntaban por qué su actuación parecía tan natural, la respuesta estaba en algo más profundo que la técnica.
David no parecía estar interpretando la tierra.
Pertenecía a ella.
Ese sentido de pertenencia se convirtió en el alma de toda su carrera.
Después de Walkabout, David viajó por el mundo. Conoció reinas, músicos, artistas y leyendas. Caminó por alfombras rojas en París y Nueva York.
Luego regresó a casa.
A una casa sencilla. A su tierra. Con los suyos.
Había visto el mundo, pero nunca dejó de saber de dónde venía.
Con el paso de las décadas, su filmografía se volvió inseparable del cine australiano: Storm Boy, La última ola, Cocodrilo Dundee, Generación robada, The Tracker y, más tarde, Ten Canoes, una película histórica por su vínculo profundo con la lengua y la cultura aborigen.
Pero tal vez ninguna obra lo mostró de forma tan completa como Charlie’s Country, estrenada en 2013.
David coescribió la película con el director Rolf de Heer e interpretó a un hombre aborigen envejecido, atrapado entre las tradiciones ancestrales y unos sistemas modernos que ya no sabían escucharlo. La actuación parecía dolorosamente personal.
En el Festival de Cannes de 2014, ganó el premio al mejor actor en la sección Una Cierta Mirada.
El mundo alcanzaba por fin lo que su pueblo sabía desde siempre.
Pero la vida de David nunca fue solo un triunfo.
La fama trajo consigo adicciones, alcohol, prisión y años de lucha. Habló abiertamente de su dolor. Lloró en tribunales. Reconoció sus errores sin esconderlos.
Y aun así, siempre volvía.
Una y otra vez.
En 2019, cuando ya luchaba contra un cáncer de pulmón, recibió un premio a la trayectoria en los reconocimientos NAIDOC.
“No me olviden nunca”, dijo con suavidad. Incluso cuando ya no estuviera, su memoria seguiría allí.
Su última película, Me llamo Gulpilil, se estrenó poco antes de su muerte. No fue solo un documental. Fue una despedida directa al mundo.
David Dalaithngu murió el 29 de noviembre de 2021, a los 68 años.
Pero los premios, los murales y los homenajes solo cuentan una parte de la historia.
Antes de David, los pueblos aborígenes fueron ignorados, borrados o representados muchas veces desde miradas ajenas en el cine australiano. Luego él apareció en pantalla y cambió algo para siempre.
No necesitó aprender a actuar como otros.
Mostró al mundo cómo se ve una persona que pertenece verdaderamente a su tierra.
Fuente: National Film and Sound Archive of Australia ("David Gulpilil AM", sin fecha disponible)
