jueves, noviembre 20, 2025

7 grandes poetas de República Dominicana

 

7 grandes poetas de República Dominicana

Portada: Franklin Mieses Burgos.

Este viernes, dentro de la sección No son todos los que están, presentamos la lista de siete grandes poetas de República Dominicana cuya obra bien podría ser considerada como clásica o influyente en las generaciones actuales de poetas de su país. Pasen y lean. Estos son los que están esta semana, y los que no, ya llegarán.

***

AÍDA CARTAGENA

Aída Cartagena fue una poeta, narradora y ensayista nacida en Moca en 1918. Estudió en la Universidad de Santo Domingo, donde obtuvo el doctorado en Humanidades. Realizó estudios de postgrado en historia de la civilización, museografía y teoría de las artes plásticas en París, Francia. Dirigió la revista literaria Brigadas Dominicanas y la revista de la Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Y también fue una de las figuras principales del movimiento literario dominicano La Poesía Sorprendida. A mediados de los 1960 representó al país en la UNESCO. Su producción tuvo que sobreponerse a la cultura literaria masculina de la época y también a los rigores de la falta de libertad de expresión durante la época trujillista. Su novela experimental Escalera para Electra ha sido considerada como una de las obras más importantes publicadas en el país en los años setenta. Murió en Santo Domingo en 1994. 

Una mujer está sola

Una mujer está sola. Sola con su estatura.
Con los ojos abiertos. Con los brazos abiertos.
Con el corazón abierto como un silencio ancho.
Espera en la desesperada y desesperante noche
sin perder la esperanza.
Piensa que está en el bajel almirante
con la luz más triste de la creación
Ya izó velas y se dejó llevar por el viento del Norte
con la figura acelerada ante los ojos del amor.
Una mujer está sola. Sujetando con sus sueños sus sueños,
los sueños que le restan y todo el cielo de Antillas.

Seria y callada frente al mundo que es una piedra humana,
móvil, a la deriva, perdido el sentido
de la palabra propia, de su palabra inútil.
Una mujer está sola. Piensa que ahora todo es nada
y nadie dice nada de la fiesta o el luto
de la sangre que salta, de la sangre que corre,
de la sangre que gesta o muere en la muerte.
Nadie se adelanta ofreciéndole un traje
para vestir una voz que desnuda solloza deletreándose.
Una mujer está sola. Siente, y su verdad se ahoga
en pensamientos que traducen lo hermoso de la rosa,
de la estrella, del amor, del hombre y de Dios.

Aída Cartagena.

FREDDY GATÓN ARCE

Freddy Gatón Arce fue un escritor e importante miembro del grupo “La poesía sorprendida” nacido en San Pedro de Macorís en 1920. Su obra tiene fuertes influencias surrealistas y místicas. Fue ganador del Premio Nacional de Poesía, en 1980. Su principal libro, Vlía (1944), fue publicado, bilingüe, la primera vez fuera de su país, en Brasil, con edición y traducción del poeta Floriano Martins. Otros de sus libros son Son guerras y amores (1980), El poniente (1982) y Mirando el lagarto verde (1985). Murió en Santo Domingo en 1994.

Además, son

Además, son muchos los humildes de mi pueblo.
Yo escribí sus nombres sobre los muros, pero no los recuerdo.
Yo rescaté su corazón de la carcoma y del olvido, pero no sé dónde
quedó la sangre coagulada, ni si vino familiar alguno
a limpiar la mancha que había sobre el duro tapiz de la noche.
Yo los besé, y mi ósculo fue como tilde sonora impar
sobre su frente. Porque aun después del amor
ellos estaban solos sobre la tierra.
Son muchos los hombres humildes, las mujeres humildes.
Yo vi surgir sus rostros como bayonetas al sol de octubre.
Yo palpé sus torsos morenos y relucientes
cuando emergían de los ríos. Yo vi, por una vez,
pero volví la cara atrás, los senos de las doncellas.
Yo conocí los niños desnudos, niños despiertos y virginales como
la primavera,
y sentí cómo se hinchaba el hambre en sus cuerpos plebeyos,
lo mismo, casi lo mismo que siento elevarse la madurez
al morder un fruto.
Yo escribí los nombres
de los humildes sobre los muros, pero no los recuerdo.
Yo sólo sé que muchos murieron alzando los brazos
para atrapar el cielo, pero cayeron sin nombre,
cayeron sin piernas, cayeron sin sexo ni esperanza. Cayeron.
No tenían siquiera una flor o una lanza. Solos rodaron
con sus tumbas desconocidas, con sus huesos anónimos.
Pero dejaron sus almas mondas flotando por los aires.
Las almas que se agolpan en las sangres de las generaciones, y
corren.
Corren a ratos, porque la noche está ahí. Se atisban a ratos,
porque la noche está ahí. Desaparecen luego,
desaparecen como esas lágrimas de abuelo
secadas al descuido con el dorso de la mano.
Son muchos los humildes de mi pueblo.
Yo escribí sus nombres en las tablas de palma de los bohíos
y en las vigas alabeadas de las mansiones. Pero yo no recuerdo
en qué savia encendida y dura de los artesonados
se demoró la inicial de aquél, el apellido de éste, o la letra
que hace inteligible la epopeya. Tal vez las sílabas
vagan por los cimientos profundos, ennegrecidos cual raíces
en las que ya la tierra ha perdido su íntima frescura,
en las que ya el corazón no tiene su latido jocundo.
Ahora no hay promesa en la casa de campo,
porque se ha ido el viento de las enredaderas.
Ahora ya no hay huella del vuelo de los pájaros,
porque se ha ido el viento. Pero yo no estoy solo
en mi hogar de maderas. Aquí están los humildes,
dulces y potentes como los brotes. Aquí no hay
un solo extranjero a estos testimonios estantes,
a estas puertas y a estas ventanas que se echan sobre nosotros.
Aquí estamos todos, y están los nombres que escribí sobre los muros.
Aquí está su obligante vida buscándonos el corazón paso a paso,
como un diente de fuego que crece bajo la lengua.
Son muchos los humildes de todas las razas y de todos los credos.
Son muchos los que abandonaron el silencio y la soledad
para no estar horadados y fríos en medio de los hombres.
Porque todos saben que por su boca hablará la tierra
que mordieron al nacer. Porque todos saben que no se puede morir
sin dejar una brasa como un palpo bravío en el lomo de un potro.
Y yo escribí sus nombres sobre los muros, pero no los recuerdo.
Además, son muchos los humildes de mi pueblo.

***

FRANKLIN MIESES BURGOS

Franklin Mieses Burgos fue un poeta nacido en la ciudad de Santo Domingo en 1907. Fue autor de una breve e intensa producción poética. Resalta por su exactitud a la técnica, su profundo lirismo y conceptos filosóficos de tinte existencial. Mieses Burgos fue uno de los iniciadores del movimiento literario en su país llamado “Poesía Sorprendida”. Se determina por el acendrado Surrealismo y por su posición antidictatorial contra el gobierno del dictador Rafael Trujillo. Otros poetas que formaron parte de este grupo fueron: Freddy Gastón Arce, Aída Cartagena y Gilberto Hernández Ortega. Anteriormente a la Poesía Sorprendida pertenecía a un grupo llamado “La Cueva” donde también se publicaba literatura de los escritores de la época. Entre sus obras destacan Torre de voces (1929 –1936), Trópico íntimo (1930 –1946), Propiedad del recuerdo (1940 – 1942), Seis cantos para una sola muerte (1947 – 1948), El ángel destruido (1950 –1952) o Al oído de Dios (1954 – 1960). Murió en Santo Domingo en 1976. 

Esta canción estaba tirada por el suelo

Esta canción estaba tirada por el suelo,
como una hoja muerta, sin palabras;
la hallaron unos hombres que luego me la dieron
porque tuvieron miedo de aprender a cantarla.

Yo entonces ignoraba que también las canciones,
como las hojas muertas caían de los árboles;
no sabía que la luna se enredaba en las ramas
náufragas que sueñan bajo el cristal del agua,
ni que comían los peces pedacitos de estrellas
en el silencio de las noches claras.

Yo entonces ignoraba muchas cosas iguales
que eran todas posibles en la tierra del viento,
en donde la leyenda no es una hierba mala
crecida en sus riberas, sino un árbol de voces
con las cuales dialogan las sombras y las piedras.

Yo entonces ignoraba muchas cosas iguales
cuando aún no era mía
esta canción que estaba tirada por el suelo,
como una hoja muerta, sin palabras;
pero ahora ya sé de las formas distintas
que preceden al ojo de la carne que mira,
y hasta puedo decir por qué caen de rodillas,
en las ojeras largas que circundan la noche,
las diluidas sombras de los pájaros.

*** 

PEDRO MIR

Pedro Julio Mir Valentín fue un poeta nacido en San Pedro de Macorís en 1913. Perteneciente a la generación de los Independientes del 40, fue declarado Poeta Nacional de la República Dominicana por el Congreso Nacional en 1984. Se le conoce como uno de los poetas dominicanos más destacados. Escribió también varias novelas y numerosos ensayos, tanto de tipo literario como de tipo científico. Desarrolló además a lo largo de su vida una intensa actividad política de oposición al trujillismo, lo que le valió largas temporadas de exilio, y tuvo también reflejo en ensayos de corte histórico-social. Murió en Santo Domingo en el año 2000.

Hay un país en el mundo

Hay un país en el mundo
colocado
en el mismo trayecto del sol.
Oriundo de la noche.
Colocado
en un inverosímil archipiélago
de azúcar y de alcohol.

Sencillamente
liviano,
como un ala de murciélago
apoyado en la brisa.

Sencillamente
claro,
como el rastro del beso en las solteronas antiguas
o el día en los tejados.

Sencillamente
frutal. Fluvial. Y material. Y sin embargo
sencillamente tórrido y pateado
como una adolescente en las caderas.

Sencillamente triste y oprimido.

Sencillamente agreste y despoblado

En verdad.
Con tres millones
suma de la vida
y entre tanto
cuatro cordilleras cardinales
y una inmensa bahía y otra inmensa bahía,
tres penínsulas con islas adyacentes
y un asombro de ríos verticales
y tierra bajo los árboles y tierra
bajo los ríos y en la falda del monte
y al pie de la colina y detrás del horizonte
y tierra desde el canto de los gallos
y tierra bajo el galope de los caballos
y tierra sobre el día, bajo el mapa, alrededor
y debajo de todas las huellas y en medio del amor.

Entonces
es lo que he declarado.

Hay
un país en el mundo
sencillamente agreste y despoblado.

Algún amor creerá
que en este fluvial país en que la tierra brota,
y se derrama y cruje como una vena rota,
donde el día tiene su triunfo verdadero,
irán los campesinos con asombro y apero
a cultivar
cantando
su franja propietaria.

Este amor
quebrará su inocencia solitaria.
Pero no.

Y creerá
que en medio de esta tierra recrecida,
donde quiera, donde ruedan montañas por los valles
como frescas monedas azules, donde duerme
un bosque en cada flor y en cada flor la vida,
irán los campesinos por la loma dormida
a gozar
forcejeando
con su propia cosecha.

Este amor
doblará su luminosa flecha.
Pero no.
Y creerá
de donde el viento asalta el íntimo terrón
y lo convierte en tropas de cumbres y praderas,
donde cada colina parece un corazón,
en cada campesino irán las primaveras cantando
entre los surcos
su propiedad.

Este amor
alcanzará su floreciente edad.
Pero no.

Hay
un país en el mundo
donde un campesino breve,
seco y agrio
muere y muerde
descalzo
su polvo derruido,
y la tierra no alcanza para su bronca muerte.

¡Oídlo bien! No alcanza para quedar dormido.
Es un país pequeño y agredido. Sencillamente triste,
triste y torvo, triste y acre. Ya lo dije:
sencillamente triste y oprimido.

Procedente del fondo de la noche
vengo a hablar de un país.
Precisamente
pobre de población.
Pero
no es eso solamente.
Natural de la noche soy producto de un viaje.
Dadme tiempo
coraje
para hacer la canción.

Plumón de nido nivel de luna
salud del oro guitarra abierta
final de viaje donde una isla
los campesinos no tienen tierra.

Decid al viento los apellidos
de los ladrones y las cavernas
y abrid los ojos donde un desastre
los campesinos no tienen tierra.

El aire brusco de un breve puño
que se detiene junto a una piedra
abre una herida donde unos ojos
los campesinos no tienen tierra.

Los que la roban no tienen ángeles
no tienen órbita entre las piernas
no tienen sexo donde una patria
los campesinos no tienen tierra.

No tienen paz entre las pestañas
no tienen tierra no tienen tierra.

……..

Miro un brusco tropel de raíles
son del ingenio
sus soportes de verde aborigen
son del ingenio
y las mansas montañas de origen
son del ingenio
y la caña y la yerba y el mimbre
son del ingenio
y los muelles y el agua y el liquen
son del ingenio
y el camino y sus dos cicatrices
son del ingenio
y los pueblos pequeños y vírgenes
son del ingenio.

Es verdad que en el tránsito del río,
cordilleras de miel, desfiladeros
de azúcar y cristales marineros
disfrutan de un metálico albedrío,
y que al pie del esfuerzo solidario
aparece el instinto proletario.

Pero ebrio de orégano y de anís,
y mártir de los tórridos paisajes
hay un hombre de pie en los engranajes.
Desterrado en su tierra. y un país,
en el mundo,
fragrante,
colocado
en el mismo trayecto de la guerra.
Traficante de tierras y sin tierra.
Material. Matinal. Y desterrado.

………..

Quiero ver su amargura necesaria
donde el hombre y la res y el surco duermen
y adelgazan los sueños en el germen
de quietud que eterniza la plegaria.

Donde un ángel respira.
donde arde
una súplica pálida y secreta
y siguiendo el carril de la carrera
un boyero se extingue con la tarde.

Después
no quiero más que paz.
Un nido
de constructiva paz en cada palma.
Y quizás a propósito del alma
el enjambre de besos
y el olvido.

Manuel Rueda.

MANUEL RUEDA

Manuel Antonio Rueda González fue un escritor y pianista nacido en Montecristi, en 1921. Estudió música en Santiago de Chile, donde vivió catorce años. Conoció a figuras claves de la poesía latinoamericana del momento, entre ellos Pablo Neruda, Vicente Huidobro y Gabriela Mistral. La revista Atenea, de la Universidad de Concepción, publicó sus primeros poemas, en 1949. En la República Dominicana ingresó como docente al Conservatorio Nacional de Música y fue su director por veinte años. Dirigió el Instituto de Investigaciones Folklóricas de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña. Rueda fue un integrante tardío de “La poesía sorprendida”, compartiendo espacio con Franklin Mieses Burgos, Antonio Fernández Spéncer y Mariano Lebrón Saviñón entre otros. Creó el Movimiento Pluralista en el 1974 con sus textos Claves para una poesía plural y Con el Tambor de las Islas. Esa forma pluralista consistía en introducir el pentagrama musical, el grafismo y otros elementos en la poesía. Recopiló canciones del folklore dominicano que ejecutó en conciertos y recitales de piano. Obtuvo seis premios nacionales en diferentes géneros. Entre sus obras de poesía destacan Por los mares de la dama (1976) o Las edades del viento (1979). También es autor de la novela Bienvenida la noche (1994), del libro de cuentos Papeles de Sara y otros relatos (1985) y de varias obras de teatro como La trinitaria blanca (1957) o El rey Clinejas (1979). Su libro de sonetos Las noches, se considera un clásico de la literatura dominicana. Murió en Santo Domingo en 1999.

Me levanto, me afeito, me acomodo

Me levanto, me afeito, me acomodo
a la vida y doy bajo la ducha
a la piel de mis sueños tanta lucha
que al sumidero van, vueltos ya lodo.
Retomo mi lugar, mi voz, mi apodo
salgo al día: la luz ahora es mucha.
Hago ruido, me muevo: nadie escucha.
Vuelvo a mi soledad, después de todo.
Cada hora a mis ritos de hombre sano.
Sonreír al que pasa. Dar la mano
al amigo, al malvado, al pordiosero.
Pero al fin a mi cuarto nuevamente,
a encontrarme conmigo frente a frente
sin saber si es que vivo o es que muero.

***

JUAN SÁNCHEZ LAMOUTH

Juan Sánchez Lamouth fue un poeta nacido en Santo Domingo en 1929. Considerado como una de las primeras voces de la negritud, recuperó e introdujo alientos esenciales en la poesía dominicana, como los de Whitman, Eliot y Vallejo. Se le considera un “poeta maldito” por su vida tan radical y excepcional. Entre sus libros de poemas destacan Brumas (1954), Elegía de las hojas caídas19 poemas sin importancia200 versos para una sola rosa o Memorial de los bosques. En 1964 y 1966 obtuvo el premio nacional de poesía. Lamouth, manifestó además en su vida y obra inquietudes sociales, vio la contradicción de la sociedad dominicana, muchas veces más relacionadas con los problemas raciales que con problemas políticos. La discriminación de que fue víctima, racial y socialmente, marco gran parte de su obra. Murió en 1968 a causa de trastornos de salud provocados por el alcohol.

Tarjeta de presentación

Mi nombre:
Juan.
Color:
Negro Latino.
Residencia:
La Aldea:
Ocupación:
Poeta:
Bienes:
La Poesía.
Seña Particular:
Una herida profunda
que me supo abrir
la Oligarquía.

***

SALOMÉ UREÑA

Salomé Ureña de Henríquez fue una poeta y educadora nacida en Santo Domingo, República Dominicana, en 1850. Fue una de las figuras centrales de la poesía lírica del siglo XIX e innovadora en la educación de las mujeres en su país, influenciada por la escuela positivista y la educación normalista de Eugenio María de Hostos. Comenzó a publicar poemas con el seudónimo de Herminia, que usó hasta 1884. Ese mismo año, diez de sus poemas fueron incluidos en la lira de Quisqueya, primera antología de poetas dominicanos. En 1877, le fue otorgada una medalla, en acto público organizado por la Sociedad Literaria “Amigos del País”, institución cultural que patrocinó, en 1880, la publicación de su obra Poesías. Fundó en 1881 el “Instituto de Señoritas”, primer centro femenino de enseñanza superior en el país y en 1887 celebró la investidura de las seis primeras maestras normales que tuvo la República. Murió en 1897 en su ciudad natal.

El ave y el nido

¿Por qué te asustas, ave sencilla?
¿Por qué tus ojos fijas en mí?
Yo no pretendo, pobre avecilla,
llevar tu nido lejos de aquí.

Aquí, en el hueco de piedra dura,
tranquila y sola te vi al pasar,
y traigo flores de la llanura
para que adornes tu libre hogar.

Pero me miras y te estremeces,
y el ala bates con inquietud,
y te adelantas, resuelta, a veces,
con amorosa solicitud.

Porque no sabes hasta qué grado
yo la inocencia sé respetar,
que es, para el alma tierna, sagrado
de tus amores el libre hogar.

¡Pobre avecilla! Vuelve a tu nido
mientras del prado me alejo yo;
en él mi mano lecho mullido
de hojas y flores te preparó.

Mas si tu tierna prole futura
en duro lecho miro al pasar,
con flores y hojas de la llanura
deja que adorne tu libre hogar.

4.5/5 (38 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)

Los tres superhéroes de Chernóbyl.



Es una de las historias más conocidas de nuestro tiempo: el día 26 de abril de 1986, el reactor nº 4 de la central nuclear de Chernóbyl estalló durante el transcurso de una prueba de seguridad mal ejecutada, a consecuencia de 24 horas de manipulaciones insensatas y más de doscientas violaciones del Reglamento de Seguridad Nuclear de la Unión Soviética. Estas acciones condujeron al envenenamiento por xenón del núcleo, llevándolo a un embalamiento neutrónico seguido por una excursión de energía que culminó en dos grandes explosiones a las 01:24 de la madrugada.
Sobre Chernóbyl se han contado muchas mentiras. Y las han contado todos, desde las autoridades soviéticas de su tiempo hasta la industria nuclear occidental, pasando por los propagandistas de todos los signos y la colección de conspiranoicos habituales. Hay una de ellas que me molesta de modo particular, y es esa de que los liquidadores –el casi millón de personas que acudieron a encargarse del problema– eran una horda de pobres ignorantes llevados allí sin saber la clase de monstruo que tenían delante. Y me molesta porque constituye un desprecio a su heroísmo.
Y porque es radicalmente falso. Una turba ignorante no sirve para nada en un accidente tecnológico tan complejo. Los equipos de liquidadores estaban compuestos, sobre todo, por bomberos, científicos y especialistas de la industria nuclear; tropas terrestres y aéreas preparadas para la guerra atómica; e ingenieros de minas, geólogos y mineros del uranio, debido a su amplia experiencia en la manipulación de estas sustancias. Es necio suponer que esta clase de personas ignoraban los peligros de un reactor nuclear destripado cuyos contenidos ves brillar ante tus ojos en un enorme agujero.
Los liquidadores acudieron, sabían lo que tenían ante sí, y a pesar de ello realizaron su trabajo con enorme valor y responsabilidad. Cientos, miles de ellos, de manera heroica hasta el escalofrío. Los bomberos que se turnaban entre vómitos y diarreas radiológicas para subir al mítico tejado de Chernóbyl, donde había más de 40.000 roentgens/hora, para apagar desde allí los incendios (la radiación ambiental normal son unos 20 microrroentgens/hora). Los pilotos que detenían sus helicópteros justo encima del reactor abierto y refulgente para vaciar sobre él los buckets de arena y arcilla con plomo y boro. Los técnicos y soldados que corrían a toda velocidad por las galerías devastadas cantándose a gritos las lecturas de los contadores Geiger y los cronómetros para romper paredes, restablecer conexiones y bloquear canalizaciones en turnos de cuarenta o sesenta segundos alrededor de la sala de turbinas (20.000 roentgens/hora).
Los mineros e ingenieros que trabajaban en túneles subterráneos, inundándose constantemente con agua de siniestro brillo azul, para instalar las tuberías de un cambiador de calor que le robase algo de temperatura al núcleo fundido y radiante a escasos metros de distancia. Los miles de trabajadores y arquitectos que levantaban el sarcófago a su alrededor, retiraban del entorno los escombros furiosamente radioactivos y evacuaban a la población. Salvo a los soldados, sometidos a disciplina militar, a nadie se le prohibía coger el petate e irse si no quería seguir allí; casi nadie lo hizo. Es más: muchos de ellos llegaron como voluntarios desde toda la URSS, especialmente muchos estudiantes y posgraduados de las facultades de física e ingeniería nuclear. Esta fue la clase de hombres y no pocas mujeres que algunos creen o quieren creer una turba ignorante y patética. Esto fueron los liquidadores.
Les llamaban, y se llamaban a sí mismos, los bio-robots, que seguían funcionando cuando el acero cedía y las máquinas fallaban. No lo hicieron por el dinero, ni por la fama, de lo que tuvieron bien poco. Lo hicieron por responsabilidad, por humanidad y porque alguien tenía que hacer el maldito trabajo.
Recordaremos a tres de ellos, que hicieron algo aún más extraordinario en un lugar donde el heroísmo era cosa corriente. Por eso, sólo se me ocurre denominarlos los tres superhéroes de Chernóbyl.
El monstruo del agua que brilla en azul.
Lo único que hay de cierto en estas suposiciones sobre la ignorancia de los liquidadores es que, en las primeras horas, no sabían que había estallado el reactor. Pero no lo sabían porque nadie lo sabía. La misma lógica errónea de los responsables de la instalación que provocó el accidente les hizo creer que había estallado el intercambiador de calor, no el reactor; y así lo informaron tanto al personal que acudía como a sus superiores. Hay una historia un tanto chusca sobre cómo los aviones que llevaban al lugar a destacados miembros de la Academia de Ciencias de la URSS se dieron la vuelta en el aire por órdenes del KGB cuando éste descubrió, a través de su equipo de protección de la central, que había explotado el reactor (además de sus atribuciones de espionaje por el que es tan conocido, el KGB "uniformado" desempeñaba en la Unión Soviética la seguridad de las instalaciones radiológicas).
Debido a este motivo, en un primer momento se echaron sobre el agujero millones de litros de agua y nitrógeno líquido, con el propósito de mantener frío y proteger así el reactor que creían a salvo y sellado más allá de las llamas y el denso humo negro. Esto contribuyó a empeorar las consecuencias del siniestro, pues el agua se vaporizaba instantáneamente al tocar el núcleo fundido a más de 2.000 ºC; y salía disparada hacia la estratosfera en forma de grandes nubes de vapor que el viento arrastraría en todas direcciones.
De todos modos, tenía poco arreglo: era preciso apagar los enormes incendios. Cuando el fuego quedó extinguido por fin, no sólo había pasado la contaminación al aire, sino que ahora tenían una gran cantidad de agua acumulada en las piscinas de seguridad bajo el reactor. Estas piscinas de seguridad, conocidas como piscinas de burbujas, se hallaban en dos niveles inferiores y tenían por función contener agua por si fuese preciso enfriar de emergencia el reactor. También servían para condensar vapor y reducir la presión en caso de que se rompiera alguna tubería del circuito primario (de ahí su nombre), junto a un tercer nivel que actuaba de conducción, inmediatamente debajo del reactor. Así, en caso de ruptura de alguna canalización, el vapor se vería obligado a circular por este nivel de conducción y escapar a través de una capa de agua, lo que reduciría su peligrosidad.
Ahora, después de la aniquilación, estas piscinas inferiores estaban llenas a rebosar con agua procedente de las tuberías reventadas del circuito primario y de la utilizada por los bomberos para apagar el incendio y en el vano intento de mantener frío el reactor. Y sobre ellas se encontraba el reactor abierto, fundiéndose lentamente en forma de lava de corio a 1.660 ºC. En cualquier momento podían empezar a caer grandes goterones de esta lava poderosamente radioactiva, o incluso el conjunto completo, provocando así una o varias explosiones de vapor que proyectasen a la atmósfera cientos de toneladas de este corio. Eso habría multiplicado a gran escala la contaminación provocada por el accidente, destruyendo el lugar y afectando gravemente a toda Europa. Además, la mezcla de agua y corio radioactivos escaparían y se infiltrarían al subsuelo, contaminando las aguas subterráneas y poniendo en grave peligro el suministro a la cercana ciudad de Kiev, con dos millones y medio de habitantes, en una especie de síndrome de China.
Se tomó, pues, la decisión de vaciar estas piscinas de manera controlada. En condiciones normales, esto habría sido una tarea fácil: bastaba con abrir sus esclusas mediante una sencilla orden al ordenador SKALA que gestionaba la central, y el agua fluiría con seguridad a un reservorio exterior. Pero con los sistemas de control electrónico destruidos, esto no resultaba posible. De hecho, la única manera de hacerlo ahora era actuando manualmente las válvulas. El problema es que las válvulas estaban bajo el agua, dentro de la piscina, cerca del fondo lleno de escombros altamente radioactivos que la hacían brillar tenuemente en color azul por radiación de Cherenkov. Justo debajo del reactor que se fundía, emitiendo un siniestro brillo rojizo.
Así pues, como las máquinas ya no podían, era trabajo para los Bio-robots. Alguien tendría que caminar, un paso detrás del otro, hacia el reactor reventado y ardiente a lo largo de un grisáceo campo de destrucción donde la radioactividad era tan intensa que provocaba un sabor metálico en la boca, confusión en la cabeza y como agujas en la piel. Viendo cómo tus manos se broncean por segundos, como después de semanas bajo el sol. Y luego sumergirse en el agua oleaginosa y de brillo tenuemente azul, con el inestable monstruo radioactivo encima de las cabezas, para abrir las válvulas a mano: una operación difícil y peligrosa incluso en circunstancias normales.
Ese era un viaje sólo de ida.
Al parecer, la decisión sobre quién lo haría se tomó de manera muy simple; con aquella vieja frase que, a lo largo de la historia de la humanidad, siempre bastó a los héroes:
–Yo iré.
Los tres hombres que fueron.
Los dos primeros en ofrecerse voluntarios fueron Alexei Ananenko y Valeriy Bezpalov. Alexei Ananenko era un prestigioso tecnólogo de la industria nuclear soviética, que había participado extensivamente en el desarrollo y construcción del complejo electronuclear de Chernóbyl: cooperó en el diseño de las esclusas y sabía dónde estaban ubicadas exactamente las válvulas. Casado, tenía un hijo.
Valeriy Bezpalov era uno de los ingenieros que trabajaban en la central, ocupando un puesto de responsabilidad en el departamento de explotación. Estaba también casado, con una niña y dos niños de corta edad.
Los dos eran ingenieros nucleares. Los dos comprendían más allá de toda duda que se disponían a caminar de cara hacia la muerte.
Mientras se ponían sus trajes de submarinismo sentados en un banco, observaron que necesitarían un ayudante para sujetarles la lámpara subacuática desde el borde de la piscina mientras ellos trabajaban en las profundidades. Y miraron a los ojos a los hombres que tenían alrededor. Entonces uno de ellos, un joven trabajador de la central sin familia llamado Boris Baranov, se alzó de hombros y dijo aquella otra frase que casi siempre ha seguido a la anterior:
–Yo iré con ustedes.
Era media mañana cuando los héroes Alexei Ananenko, Valeriy Bezpalov y Boris Baranov se tomaron un chupito de vodka para darse valor, agarraron las cajas de herramientas y echaron a andar hacia la lava radioactiva en que se había convertido el reactor número 4 del complejo electronuclear de Chernóbyl. Así, sin más.
Ante los ojos encogidos de quienes quedaron atrás, los tres camaradas caminaron los mil doscientos metros que había hasta el nivel –0,5, dicen que conversando apaciblemente entre sí. Qué tal, cuánto tiempo sin verte, qué tal tus hijos, a ti no te conocía, yo es que no soy de por aquí. O parece que hoy vamos a trabajar un poco juntos, igual podemos acceder mejor por ahí, yo voy a la válvula de la derecha y tú a la de la izquierda, tú ilumínanos desde allá, parece que va a llover, ¿no?, pues me parece que este año el Dinamo de Moscú no gana la liga. Esas cosas de las que hablan los bio-robots mientras ven cómo su piel se oscurece lentamente, se les va un poquito la cabeza debido a la ionización de las neuronas y la boca les sabe a uranio cada vez más, conteniendo la náusea, sacudiéndose incómodamente porque es como si un millón de duendes maléficos te estuvieran clavando agujas en la piel. Cinco mil roentgens/hora, llaman a eso.
Y bajo aquel cielo gris y los restos fulgurantes de un reactor nuclear, los héroes Alexei Ananenko y Valeriy Bezpalov se sumergieron en la piscina de burbujas del nivel –0,5, con una radioactividad tan sólida que se podía sentir, mientras su camarada Boris Baranov les sujetaba la lámpara subacuática. Ésta estaba dañada y falló poco después. Desde el exterior, ya nadie les oía ni les veía.
Pero, de pronto, las esclusas comenzaron a abrirse, y un millón de metros cúbicos de agua radioactiva escaparon en dirección al reservorio seguro preparado a tal efecto. Lo habían logrado. Alguien murmuró que los héroes Ananenko, Bezpalov y Baranov acababan de salvar a Europa. Resulta difícil determinar hasta qué punto tenía razón.
Hay versiones contradictorias sobre lo que sucedió después.
La más tradicional dice que jamás regresaron, y siguen sepultados allí.
La más probable asegura que llegaron a salir de la piscina y celebrar su victoria riendo y abrazándose a los mismísimos pies del monstruo, en el borde de la piscina; e incluso lograron regresar sus cuerpos, aunque no sus vidas. Murieron poco después, de síndrome radioactivo extremo, en hospitales de Kiev y Moscú. Aún otra más, sugiere que Ananenko y Bezpalov perecieron, pero el joven trabajador Baranov pudo sobrevivir y anda o anduvo un tiempo por ahí.
Esta es la historia de Alexei Ananenko, Valeriy Bezpalov y Boris Baranov, los tres superhéroes de Chernóbyl, de quienes se dice que salvaron a Europa o al menos a algún que otro millón de personas en miles de kilómetros a la redonda un frío día de abril. Fueron a la muerte conscientemente, deliberadamente, por responsabilidad y humanidad y sentido del honor, para que los demás pudiésemos vivir. Cuando alguien piense que este género humano nuestro no tiene salvación, siempre puede recordar a hombres como estos y otros cientos o miles por el estilo que también estuvieron por allí. No circulan fotos de ellos, ni han hecho superproducciones de Hollywood, y hasta sus nombres son difíciles de encontrar. Pero hoy, después de tantos años se les recuerda y se les nombra para que si nombre no se borre de la historia, mil veces gracias Por ir.

CIPRIÁN BENCOSME COMPRÉS




ERA ASESINADO EL GENERAL CIPRIÁN BENCOSME COMPRÉS, DIGNO REPRESENTANTE DE LA ESTIRPE DE LA FAMILIA BENCOSME. DE LOS GUAPOS DE MOCA.

General Cipriano Bencosme, nació el 26 de septiembre de 1868, fue un digno exponente del patriotismo y del valor, al desafiar abiertamente a Trujillo, alzándose en una guerrilla con unos 500 hombres en su finca de El Mogote, de Moca, poco antes de que el incipiente dictador se juramentara como Presidente.
La historiografía de la resistencia contra la sangrienta tiranía, encabezada por Rafael Leónidas Trujillo, ha resaltado las ofensivas de varias figuras heroicas, pero hubo un batallador, Cipriano Bencosme Comprés, que no ha encontrado el justo reconocimiento en la galería de los titanes de la época.
Bencosme Comprés, hijo de Donato Bencosme y Nemesia Comprés, rehusó sumarse al movimiento encaminado a llevar a Trujillo al poder, que encabezaba Rafael Estrella Ureña, con el argumento de que no podía confiar en el militar, al que rechazaba por ser traidor, ladrón y violador de mujeres.
Ciprián, hacendado mocano, guerrillero, general, gobernador de Moca en 1912, se enfrentó a la invasión americana (1916-1924) y se alzó contra la naciente dictadura Trujillista al igual que muchos de sus descendiente.
Entre las 31 familias que en enero de 1737 llegaron desde Tenerife, Islas Canarias, a cargo del sargento Santiago Gallegos para re-fundar y poblar Puerto Plata, destruida y despoblada durante las funestas “devastaciones” del gobernador Antonio Osorio entre 1605 y 1606, se encontraba la de Eusebio Bencomo, quien llegó acompañado de su mujer, Francisca Vizcaína, y sus hijos Nicolás, Rosa Francisca, Juana y María Bencomo.
En una memoria del 8 de julio de 1737 sobre esos inmigrantes canarios que habían muerto en Puerto Plata, se indica, entre otros tantos, que “la mujer de Eusebio Bencomo, Francisca Vizcaína murió en junio 22. Sus dos hijas, Juana Bencomo en abril 22 y Rosa Bencomo, en junio 22”.
Es la historia trágica y repetitiva de nuestros antepasados canarios, que en lugar de venir a la conquista del indio y del oro, vinieron a conquistar y labrar la tierra dominicana.
Las desapariciones de los registros de la iglesia de Moca a causa de su quema y el degüello que sufrió ese poblado a manos de las tropas haitianas del bárbaro Jean Jacques Dessalines en 1805 no han permitido enlazar adecuadamente los Bencosme Mocanos con sus progenitores que arribaron a Puerto Plata en 1737.
Los Bencosme más viejos indican que sus ascendientes vinieron de Tenerife a través de Puerto Plata, y en eso coincide el desaparecido Dr. Julio Jaime Julia Guzmán, “Promotor de la Mocanidad”.
De esta estirpe isleña asentada predominantemente en Juan López, Moca, señalaremos los siguientes personajes:
Cipriano Bencosme Comprés (1864-18 de noviembre de 1930): Casó con su prima hermana Juana Bencosme Jiménez (hija de su tío Hipólito Bencosme). De este noble patriota descienden los Bencosme-Bencosme, Bencosme-Gabriel, Bencosme-Hernández, Bencosme-Guzmán, Bencosme-Ruiz, Bencosme-Rojas, Bencosme-Ureña, Bencosme-Angeles, Bencosme-Lulo y Michel-Bencosme, entre otras familias.
Sergio Bencosme Bencosme (Moca, 1890-1935): hijo del anterior. Gran intelectual y ministro durante Horacio Vásquez. Se opuso a Trujillo y se refugió en Nueva York, donde fue asesinado frente a la puerta de su apartamento por un esbirro del régimen. Casó con Floralba Ruiz, teniendo entre sus hijos al destacado galeno Sergio Arturo Bencosme Ruiz, quién fue Director del Departamento de Patología del Queen's University, en Kingston, Ontario, Canadá.
El Dr. Bencosme Ruiz casó a su vez con su prima hermana Berta Rojas Bencosme, con la que ha tenido cinco hijos, algunos de ellos casados a su vez con primos apellidados Bencosme.
Ramón Donato Bencosme Bencosme (17 de mayo de 1908-17 de febrero de 1957): hijo menor del general Cipriano, hacendado, diplomático y gobernador de la provincia Espaillat. Casó con Juana de Arco (Jeannette) García León el 1 de abril de 1931, con quien tuvo 5 hijos y otros 27 con varias atractivas compueblanas. Por ser desafecto a Trujillo murió en un supuesto “accidente” en La Cumbre de Puerto Plata.
Toribio Bencosme García (Moca, 16 de abril de 1913-Maimón, 15 de junio de 1959): Sobrino de Cipriano, Doctor en Medicina. Huyendo de Trujillo llegó a Venezuela en 1935, donde alcanzó gran prestigio profesional. Renunció a todo y se unió como jefe médico de la expedición del 14 de junio de 1959 para derrocar la dictadura. Terminó ofrendando su vida por la libertad del pueblo dominicano conjuntamente con su primo Ercilio García Bencosme. El hospital provincial de Moca lleva su nombre.
Al producirse en 1930 el golpe de Estado que llevó al poder a Rafael Leonidas Trujillo Molina, buscó la manera de desviar el curso de los acontecimientos y se fue al monte en actitud hostil con algunos de sus seguidores, pero finalmente se quedó solo. Alguién delató donde estaba y una patrulla le dio muerte el 17 de Noviembre del 1930.

Archivo del blog