sábado, octubre 04, 2025

La última mirada al campamento de un guerrero lakota



Imagina retroceder a noviembre de 1880 en el río Tongue, Montana. Esta famosa fotografía de L.A. Huffman captura el campamento del jefe Águila Moteada, un momento conmovedor en la historia.
El jefe Águila Moteada fue una figura legendaria. Lideró a unos 180 intrépidos guerreros lakota (sioux) durante la gran batalla de Little Bighorn cuatro años antes.
Una forma de vida a punto de desaparecer
La imagen muestra la vida tradicional de los sioux. Eran auténticos habitantes de las llanuras, en constante movimiento para seguir y cazar al búfalo. El búfalo les proporcionaba todo: carne para alimentarse, pieles para construir sus tipis (tiendas de campaña) y cueros para abrigarse. Para ellos, la idea de poseer tierras privadas era completamente desconocida.
Este pueblo fue uno de los últimos lugares donde se verían muchos tipis hechos con pieles de búfalo.
El Fin de su Libertad
Más de 1700 sioux, incluyendo la banda de Spotted Eagle, se alojaban cerca de Fort Keogh. Durante un breve periodo, tuvieron mucha libertad para moverse y estar juntos.
Pero esa libertad no duró. Apenas unos meses después, en junio de 1881, todo el grupo fue obligado a subir a cinco barcos de vapor y llevado lejos, a la Reserva Standing Rock, en el Territorio Dakota.
Esta fotografía, tomada justo antes de su reubicación forzosa, es como una cápsula del tiempo: captura un último vistazo a un estilo de vida orgulloso y libre antes de que cambiara trágicamente para siempre. Mitakuye Oyasin !
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Váyanse ustedes, que tienen hijos. Yo me quedo” gritó Oscar Ismael Poltronieri mientras disparaba contra más de 600 ingleses

 



Váyanse ustedes, que tienen hijos. Yo me quedo” gritó Oscar Ismael Poltronieri mientras disparaba contra más de 600 ingleses desde el Monte Dos Hermanas en las Islas Malvinas hace 37 años.

Oscar Ismael Poltronieri con 18 años y siendo analfabeto, por sus acciones de combate durante la batalla del "Cerro Dos Hermanas" en la Guerra de Malvinas, quien era operador de una ametralladora, y desoyendo la orden de retirada y quedándose combatiendo él solo, permitió el repliegue de todos sus compañeros (más de 150 soldados incluidos sus superiores) a zonas seguras y disparando al enemigo con su única boca de fuego. Impidió el avance de todo el dispositivo ofensivo británico durante más de 10 horas.
No podía moverse por estar herido. Prefirió quedarse cubriendo la retirada de sus compañeros, consciente de que, herido como estaba, los iba a retrasar . Solito, herido y de noche, se bancó enfrentar a los soldados más profesionales del mundo.
Por este acto recibió la medalla "La Cruz de la Nación Argentina al Heroico Valor en Combate". Es el único soldado conscripto vivo en recibir la máxima condecoración que otorga nuestra Nación.
Luego de la Guerra, Oscar, intento suicidarse, vendió baratijas en los colectivos y trabajó de remisero.
Pero lo más importante fue que soldados y oficiales ingleses lo buscaron para expresar su admiración por él y fue condecorado en Inglaterra con "La Cruz de Hierro al Valor".
En los colegios de nuestro país los alumnos "no" lo conocen, "no" saben quién es.
La historia es contar, narrar los acontecimientos, hechos, junto a sus personajes los verdaderos protagonistas. Al contar y compartirlo colaboramos con el maravilloso proceso de construcción de la memoria y el honor de un pueblo, de una Nación "Argentina" y su transmisión a las generaciones.
"...Los únicos héroes que se mueren son los que se olvidan..."

Para que la cabeza me lleve más lejos que los pies

 



Cada tarde, cuando el sol aflojaba y los motores de los camiones empezaban a enfriarse, un niño pequeño se deslizaba bajo el chasis de uno de ellos, en una estación de servicio a las afueras de Tucumán.

Se llamaba Benjamín. Tenía 10 años, una camiseta dos tallas más grande y una mochila con más polvo que útiles escolares.
No iba a la escuela todos los días. Su madre trabajaba limpiando baños públicos y él la esperaba ahí, en la estación, mientras terminaba su turno. Los camioneros lo conocían. Le daban galletas, naranjas, agua fresca.
Pero él no pedía comida.
Pedía libros.
—¿Tenés algo que leer? —preguntaba, con una mezcla de timidez y osadía.
La mayoría se reía.
—¿Vos? ¿Un libro? ¿Pa’ qué?
—Para que la cabeza me lleve más lejos que los pies —respondía, bajando la mirada.
Una tarde, un chofer de Córdoba, alto y con barba blanca, le regaló un libro de tapas amarillas: “El Principito”. Estaba roto, sin portada, pero tenía todas las páginas.
—Lo encontré en una estación en Brasil. Capaz te sirve —le dijo.
Benjamín lo recibió como quien recibe una brújula.
A partir de ese día, se metía debajo del camión más grande, apoyaba la mochila como almohada y leía a la luz de un farolito que él mismo había armado con una linterna rota y cinta aislante.
Los ruidos del mundo quedaban afuera. Solo quedaban él y las palabras.
Una noche, un camionero nuevo lo descubrió.
—¡Ey, pibe! ¿Qué hacés ahí? ¿Jugás a los mecánicos?
—No, leo.
—¿Y no te da miedo estar ahí abajo?
—No. Ahí nadie me molesta. Y además, los camiones tienen algo… hacen sombra, pero no oscuridad.
El hombre se quedó en silencio. Le dejó una historieta vieja antes de irse.
Con el tiempo, la estación se volvió una biblioteca improvisada. Los camioneros comenzaron a dejarle libros en una caja al lado de la máquina de café.
Alguien escribió con marcador:
“Para Benja. Que su motor sea la lectura.”
Pasaron meses.
Un día, su madre lo encontró dormido con el libro abierto sobre el pecho, y lágrimas secas en las mejillas.
—¿Qué pasó, hijo?
—No quiero dejar de leer, mamá. Pero me duelen los ojos. Me cuesta ver.
Lo llevaron al hospital. Diagnóstico: miopía avanzada.
Le recetaron gafas, pero no podían pagarlas.
A los pocos días, llegó un camionero desde Salta. Tenía una caja envuelta en papel de diario. Era un par de lentes nuevos.
—Entre todos los choferes juntamos plata. Queremos que sigas leyendo, pibe. Sos nuestra historia favorita.
Benjamín no dijo nada. Solo se los puso… y sonrió.
Esa tarde, volvió a meterse debajo de un camión. Pero esta vez, con una nueva linterna, su libro amarillo… y el corazón más liviano.
Hoy, Benjamín tiene 25 años. Es bibliotecario itinerante. Viaja por pueblos del norte argentino con una camioneta vieja, pintada a mano con frases de sus libros favoritos.
Y en la parte trasera lleva una caja de metal oxidado.
Arriba, en letras firmes:
“Donde no llegue el asfalto, llegará un cuento.”
Porque si un niño puede leer bajo un camión, entonces el mundo aún tiene esperanza.

Tomado de la red.

La asombrosa historia de María Teresa Mora Iturralde, la alumna más brillante de Capablanca.



La cubana ′′Maria Teresa Mora Iturralde′′ fue una mujer que "destruyó" a todos sus competidores masculinos durante el Campeonato Nacional Cubano en 1922, pero nunca se le permitió competir con hombres a nivel mundial durante esos años.
María Teresa es un emblema de una mujer brillante perdida en un deporte de hombre, carente de cualquier desarrollo profesional, o competiciones internacionales que podrían haberle permitido alcanzar su potencial.
Tal vez, en un mundo perfecto, María Teresa habría derrotado a Bobby Fischer y a los campeones rusos del mundo, si ella hubiera tenido la oportunidad, consideremos que también fue la única mujer que golpeó a José Raúl Capablanca, uno de los mejores del mundo, y fundador del ajedrez moderno.
En 1917 American Chess Bulletin publicó un artículo titulado "La Habana tiene otro prodigio" y en 1922, superó todas las expectativas, convirtiéndose en la única mujer que compite y gana el campeonato cubano. Luego solo se le permitió competir en el Campeonato Cubano Femenino de Ajedrez, que dominó entre 1938 a 1960, cuando se retiró.
En 1950, María Teresa fue nombrada la primera mujer latinoamericana en recibir el título de Maestro Internacional de Mujeres. Cuando Capablanca y María Teresa finalmente compitieron entre sí, fue una serie de tres juegos. Ella ganó dos y tuvo un empate para el tercer partido. Fue recordada por haber dicho:′′Ay qué pena, le he ganado!"

Leonardo da vinci



A los veintipocos años, los vigilantes de la moral pública, los Oficiales de la Noche, arrancaron a Leonardo del taller del maestro Verrocchio y lo arrojaron a una celda. Dos meses estuvo allí, sin dormir, sin respirar, aterrorizado por la amenaza de la hoguera. La homosexualidad se pagaba con fuego, y una denuncia anónima lo había acusado de cometer sodomía en la persona de Jacopo Saltrelli.
Fue absuelto, por falta de pruebas, y volvió a la vida.
Y pintó obras maestras, casi todas inconclusas, que en la historia del arte
inauguraron el esfumado y el claroscuro; escribió fábulas, leyendas y recetas de cocina; dibujó a la perfección, por primera vez, los órganos humanos, estudiando anatomía en los cadáveres; confirmó que el mundo giraba; inventó el helicóptero, el avión, la bicicleta, el submarino, el paracaídas, la ametralladora, la granada, el mortero, el tanque, la grúa móvil, la excavadora flotante, la máquina de hacer espaguetis, el rallador de pan... y los domingos compraba pájaros en
el mercado y les abría las jaulas.
Quienes lo conocieron dijeron que jamás abrazó a una mujer, pero de su
mano nació el retrato más famoso de todos los tiempos. Y fue un retrato de mujer.
"Espejos"
Eduardo Galeano

Jeanne Louise Calment




 Jeanne Louise Calment nació en Arlés, Francia, en 1875. Vivió 122 años y 164 días, un récord nunca igualado, pero su legado no está solo en la cifra: está en el modo en que habitó cada uno de esos días.


De niña, vendió lápices en la tienda de su padre a un cliente extraño y desaliñado llamado Vincent van Gogh. «Estaba sucio, mal vestido y muy desagradable», recordaría después, con esa franqueza encantadora que la acompañó toda la vida.

El tiempo la convirtió en un testigo viviente de la historia. Fue contemporánea del nacimiento del automóvil, atravesó dos guerras mundiales, escuchó las primeras llamadas telefónicas, vio al hombre pisar la Luna y la llegada de internet. Ella era un puente entre el siglo XIX y el XXI.

A los 110 años aún vivía sola, concediendo entrevistas en las que mostraba un humor chispeante. Decía que su secreto era simple: aceite de oliva, chocolate, vino tinto… y reírse de la vida. Cuando le preguntaron por qué había llegado tan lejos, encogió los hombros y dijo: «Nunca he estado enferma. Nunca. Nunca».

Falleció en 1997, en el mismo lugar donde había nacido. Su historia no es la de una mujer que acumuló años, sino la de alguien que supo habitarlos con luz.

Porque Jeanne Calment no fue solo la más anciana del mundo: fue la prueba viviente de que envejecer no es contar días, sino elegir cómo vivirlos.

Mary McLeod Bethune no vivió para ver muchas de las victorias que sembró

 



El viento arrastraba polvo sobre los campos de algodón de Mayesville, Carolina del Sur, en el verano de 1885. Mary McLeod, con apenas diez años, volvía a casa con las manos callosas del trabajo diario. En su mente, llevaba algo distinto a las semillas caídas: un libro que había robado un minuto de su día.

Su madre, Patsy, la esperaba junto a la cabaña de tablas.
—Mary, hija —dijo con voz cansada pero firme—, ¿te enseñaron algo nuevo hoy?
Mary asintió, sin mirar a sus pies.
—Aprendí una palabra que no conocía: dignidad.
La madre la abrazó fuerte.
—Esa palabra te va a servir. No la olvides.
Años después, ya como maestra, Mary caminaba kilómetros para llegar a las aulas del sur segregado. Dejó un zapato en la mano para que no se desgastara. Enseñaba en mesas improvisadas, con tizas rotas y cuadernos prestados.
Una de sus estudiantes, Sarah, levantó la mano tras una clase:
—Maestra, ¿usted cree que alguien como yo puede llegar a la universidad?
Mary sonrió pausadamente.
—No lo creo. Lo sé. Porque tú eres luz, y la luz viaja donde debe ir.
En 1904, con apenas 28 años y escasos recursos, Mary alquiló una pequeña casa en Daytona, Florida. Con $1,50 y cinco estudiantes, fundó la Escuela Educativa e Industrial para Niñas Negras. No tenía pupitres, ni libros suficientes, pero tenía fe.
Un alba del primer día de clases, un vecino la vio trabajando sobre cajones convertidos en escritorios.
—Señora —le dijo con curiosidad—, ¿su escuela no parece escuela?
Mary le respondió sin vacilar:
—Niños que aprenden con fe son más escuela que todos los ladrillos del mundo.
Poco a poco, con donaciones, voluntades y trabajo incansable, su escuela creció. Se convirtió en Bethune-Cookman College. Miles de jóvenes pasaron por sus aulas, se graduaron, lideraron comunidades.
Su nombre cruzó puertas que antes tenían cerrojos. En 1935 fundó el National Council of Negro Women. Fue una de las pocas mujeres afroamericanas en participar en la fundación de las Naciones Unidas. También se convirtió en asesora de Roosevelt, liderando la División de Asuntos Negros de la National Youth Administration. Fue la primera mujer negra en dirigir una agencia federal. 
Un día de invierno, escuchó que la comunidad negra luchaba por la igualdad de votación. Mary reunió mujeres y jóvenes.
—No esperes permiso —les dijo—. Sal, registra tu nombre. Si alguien te dice que no puedes, le contestas que aprenderás a leer antes que obedecer.
En 1945, Maryland la envió como delegada para la fundación de la ONU. Fue la única mujer negra presente en ese acto histórico. 
Cuando Mary enfermó en 1955, sus alumnos, colegas y amigos enfilaban hacia Daytona para despedirla. En su lecho, escuchó susurros:
—“Doctor, ¿cómo está ella?”
—“En paz. Su fuerza sigue aquí.”
Murió el 18 de mayo de 1955, pero su luz no se apagó. En su testamento moral dejó:
“Les dejo la sed de educación, la fe, el orgullo racial… les dejo mis palabras para que construyan un mundo mejor.”
Hoy, surgen estatuas, memoriales, escuelas que llevan su nombre. En el Capitolio de EE. UU., una estatua suya reemplazó a la de un general confederado: la primera mujer afroamericana en estar representada allí. 
Pero su verdadero legado no está en monumentos. Está en cada niña que leyó su primer párrafo porque alguien creyó que podía. En cada mujer que alzó la voz porque alguien le enseñó a pensar. En cada líder que pasó por sus aulas.
Mary McLeod Bethune no vivió para ver muchas de las victorias que sembró. Pero plantó semillas tan profundas que hoy florecen como justicia, esperanza y memoria.

"LA PREDICCIÓN MÁS ESCALOFRIANTE DE TODAS"



El 2 de febrero de 1905 nació en San Petersburgo la filósofa y escritora estadounidense (nacida rusa) Alissa Zinovievna, más conocida en el mundo de las letras como Ayn Rand.
Y dijo...
"Cuando adviertas que para producir necesitas obtener autorización de quienes no producen nada; cuando compruebes que el dinero fluye hacia quienes no trafican con bienes sino con favores; cuando percibas que muchos se hacen ricos por el soborno y por influencias más que por su trabajo y que las leyes no te protegen contra ellos sino, por el contrario, son ellos los que están protegidos contra ti ; cuando descubras que la corrupción es recompensada y la honradez se convierte en un auto -sacrificio, entonces podrás afirmar, sin temor a equivocarte, que tu sociedad está condenada".

Tomado de la red.

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