No fue casualidad ni destino. Tampoco un infortunio aislado.
Lo que vas a leer es la historia concreta —a veces silenciada, otras edulcorada— de lo que vivieron todos los argentinos que estuvieron en la zona de combate en la Guerra de Malvinas: soldados, suboficiales y oficiales por igual.
Jóvenes de 18 y 19 años enviados al borde del mundo, muchos sin preparación suficiente, casi todos sin el equipo adecuado, enfrentando no solo a un enemigo militar poderoso, sino también a un clima salvaje y a un suelo que parecía tener voluntad propia.
La mayoría eran soldados jóvenes, recién salidos de sus casas y de sus barrios, con trabajos modestos o estudios inconclusos.
Junto a ellos estaban los suboficiales curtidos por años de servicio y oficiales jóvenes que enfrentaban, con la misma precariedad material, un clima despiadado y un enemigo poderoso.
Nunca imaginaron que un día estarían cavando con las manos en un terreno que les devolvía más agua que tierra, ni que se jugarían la vida en una guerra moderna, contra tropas profesionales y bajo temperaturas que mordían la piel.
Dormían en pozos anegados, sin ropa impermeable, cubiertos apenas por lo que el Ejército les había dado... o lo que la suerte les había dejado. Las medias, empapadas desde el amanecer, se endurecían con el frío, volviéndose cuchillas heladas contra la piel hasta que los dedos comenzaban a gangrenarse. El agua, cuando había, se sacaba de charcos sucios o de una lata oxidada. La lluvia era un regalo y una trampa: mojaba todo y apenas alcanzaba para llenar una cantimplora.
Las botas no eran de combate: eran de uso ceremonial, hechas para lucir en desfiles, no para enfrentar barro, turba, humedad y noches que parecían inventadas por un dios caprichoso. La urgencia del despliegue dejó huecos que después pagarían ellos, uno por uno. Los que tenían guantes muchas veces debían quitárselos para disparar. El contacto con el metal helado del fusil era una sentencia silenciosa: entumecimiento, dolor, quemaduras por frío. Algunos comían una vez cada dos días. Y aun así, nadie se movía de su puesto. Había un deber que no entendían del todo, pero que les latía adentro: resistir.
Uno de los enemigos más implacables no vestía uniforme británico ni volaba en Harrier: era el suelo mismo. Malvinas está hecha de turba, esa esponja oscura que parece tierra firme pero se hunde como un secreto mal guardado. Al cavarla, escupe agua. No gotea: brota. Lo que debía ser refugio se convertía en una tumba húmeda. Bastaba cavar quince centímetros para que el pozo fuera un pantano. Botas rellenas de barro, medias chorreando, ropa interior mojada. Y el frío, ese frío húmedo y obstinado, era el verdugo que no descansaba.
La turba retenía el agua como si disfrutara del tormento. Cada paso era un pacto con el barro: si hundías demasiado el pie, la turba te lo abrazaba hasta casi quitártelo. El viento —siempre el viento— barría la piel como una navaja transparente. El cuerpo mojado se volvía un campo de batalla silencioso. La hipotermia se arrastraba como un ladrón entre las líneas, sin aviso.
No había impermeables. No había abrigo suficiente. Algunos envolvían los pies en bolsas plásticas; otros seguían caminando con los zapatos mojados durante días. Según el coronel médico Tomás O’Donnell, más del 60% de los soldados volvió con congelamiento o infecciones por exposición prolongada al frío y al agua. El cuerpo era un diario escrito en heridas.
Cada pozo que cavaban era una lucha contra lo inevitable. Algunos se llenaban de agua durante la noche. Los soldados, rendidos por el cansancio, intentaban sacarla con latas o simplemente la soportaban. Dormían sentados, con el fusil entre las piernas, los ojos entrecerrados. Y cuando dormían, soñaban con algo simple: estar secos. A veces la trinchera amanecía congelada, convertida en una cuna de hielo.
Los que estaban en zonas altas peleaban contra el viento. Los que estaban abajo, contra la humedad. Nadie tenía descanso. Pero desde esos pozos inundados, en esa geografía casi irreal, respondieron al enemigo. Allí, en ese barro que parecía querer tragárselos, dispararon, sobrevivieron, esperaron. Porque en esa turba quedó grabado algo que ni la tierra, ni el frío, ni la historia pueden borrar: el coraje de una juventud que, aun sin entender completamente el porqué, entendía el para qué.
A veces la guerra era un silencio largo. Días sin disparos, con el frío como única conversación. Otras veces era el infierno: obuses estallando, ráfagas cortando la noche, gritos que se perdían en el viento. Aprendieron a distinguir los sonidos: una ráfaga lejana, el zumbido de un Harrier, el silbido previo a un impacto.
Y aunque estuvieran en el borde del mundo, no estaban solos. En las cartas aparecían madres, novias, amigos. Dibujaban corazones en los sobres, guardaban fotos en la pechera, ponían estampitas en los bolsillos. Un soldado escribió en su casco: “No me olviden”. Otro guardó un dibujo infantil en una bolsita de nylon para que no se mojara. Las cartas llegaban con olor a perfume barato, a cocina de domingo, a tinta corrida. Eran voces que cruzaban el mar para dar abrigo donde el abrigo no existía.
Muchos las conservan todavía. Amarillas por el tiempo. Con las esquinas comidas por la humedad. Otros aún sueñan con la trinchera que goteaba. Y todos, absolutamente todos, llevan a Malvinas tatuada en un lugar donde la piel no llega: en un rincón que arde cuando sopla el viento del sur, cuando ven flamear una bandera en el borde del mar.
Porque hay guerras que terminan en el campo de batalla. Y hay otras que siguen viviendo en quienes las pelearon.
Y esta, para ellos, nunca terminó del todo.
Foto del escritor: Roberto Arnaiz
Por
Roberto Arnaiz
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