domingo, noviembre 30, 2025

LUCKY FLOWERS Y MAGDALENA: AMOR, DESTIERRO Y REDENCIÓN EN LAS MALVINAS.



A veces, la historia no se escribe en los libros ni se inmortaliza en mármol. Se murmura entre el viento y la sal de las islas. Así fue la historia de Lucky Flowers y Magdalena Sholl, dos almas desterradas que se encontraron en la soledad más austral del Imperio Británico: las Islas Malvinas. Una criada expulsada y un indio fugitivo terminaron protagonizando una de las más singulares historias de amor del siglo XIX.
Thomas Edward Laws Moore, el quinto gobernador británico de las Islas Malvinas, llegó a Puerto Stanley en 1855. Junto con su familia y un grupo de criados, entre ellos, una pelirroja de 30 años llamada Magdalena Sholl. Soltera y poco hablada, la joven formaba parte del engranaje doméstico sin levantar sospechas, hasta que un día, simplemente, desapareció. Fue un domingo.
Su ausencia generó alarma en el caserío. Pasaron los días y no hubo noticias. Algunos temieron lo peor. Pero entonces, reapareció. Sin drama. Sin llanto. Dijo que había salido a pasear con Douglas Rennie, capitán de un buque recién llegado. Que el paseo se había extendido, nada más. Pero para los preceptos morales del gobernador Moore, aquello era escandaloso. La despidió sin titubear. Magdalena, de la noche a la mañana, se convirtió en una proscripta. Una mujer sin casa, sin reputación y sin futuro en una colonia tan cerrada como Stanley.
La soledad de Magdalena no era única. En el otro extremo de la isla, en las zonas inhóspitas de la Isla Soledad, sobrevivía otro marginado: Luciano Flores, un indio que cargaba un pasado tan cargado como su silencio. Había llegado a las islas junto al gobernador criollo Luis Vernet en 1829. Fue uno de los peones que integraban la mano de obra criolla en la colonia argentina. Pero todo cambió en 1833, cuando el Reino Unido invadió el archipiélago y desplazó a las autoridades argentinas.
Sin rumbo, sin salario y sin futuro, Flores terminó sumándose a la famosa rebelión encabezada por el gaucho Antonio Rivero. El 26 de agosto de ese año, ocho hombres tomaron las armas, irrumpieron en las casas de la colonia y asesinaron a cinco personas. Aún hoy los historiadores discuten si fue un acto heroico o un crimen brutal. Julius Goebel, en The Struggle for the Falkland Islands (Yale University Press, 1927), describe la acción como "la primera reacción criolla organizada frente a la usurpación británica".
Tras la matanza, Rivero, Flores y los otros escaparon hacia el interior de la isla. Uno de ellos fue asesinado por sus compañeros en una pelea interna. Los demás se entregaron meses después. Todos, menos Luciano Flores. El indio desapareció. Y comenzó el mito.
Durante años, los isleños hablaban de un fantasma que recorría las noches a caballo. Atacaba ganado. Dejaba huellas. Algunos lo vieron, otros lo inventaron. Pero era él. Luciano Flores, el hombre que se había hecho invisible para sobrevivir.
En sus vagabundeos se cruzó con loberos furtivos norteamericanos. A cambio de alimentos, Flores les ayudaba a reparar sus barcos. Lo llamaban "Mister Lucky". En 1846, colaboró con el capitán Charlie Barrow, que había naufragado. Barrow decidió quedarse en la isla y contrató al indio como baquiano. Ahí nació su nueva identidad: Lucky Flowers. Ya hablaba inglés con fluidez.
En 1849, Barrow y Flowers comenzaron a visitar Stanley con regularidad para abastecerse. En esas visitas, conocieron al pastor anglicano Henry Faulkner, quien desarrolló un especial interés por el pasado del indio. Al enterarse de su identidad, no lo denunció. Le ofreció palabra. Redención.
En sus memorias (Archivo Parroquial de Stanley, ref. HF.1855), Faulkner escribe: "no era un criminal; era una oveja que se había perdido del rebaño". Henry Faulkner fue uno de los primeros pastores anglicanos en Puerto Stanley. Llegado desde Escocia a mediados del siglo XIX, era conocido por su carácter sobrio y su inclinación por la labor misionera en territorios apartados. Según registros del Archivo Parroquial, fue él quien ofició más de la mitad de las bodas registradas entre 1854 y 1861, y quien mantuvo correspondencia con clérigos de América del Sur, dejando en sus cartas menciones a varios casos sociales fuera de lo común.
Cuando Barrow abandonó las islas, Lucky quedó bajo el cuidado espiritual del pastor. Fue entonces cuando el destino le preparó una jugada inesperada.
Al ser echada por Moore, Magdalena también acudió a Faulkner en busca de refugio. La comunidad la rechazaba. Sabía que entre los marginados también podían nacer nuevas formas de familia. Por eso, en lugar de juzgarla, Faulkner decidió unir dos soledades. Organizó un almuerzo con dos invitados. Magdalena y Lucky.
Lo que nació como un gesto caritativo terminó en romance. Nadie sabe si fue la mirada de ella o la historia de él, pero algo sucedió en esa mesa. Días después, Faulkner los instó a casarse. Y lo hicieron. La boda se celebró en la iglesia local, presidida por el propio pastor. Incluso el gobernador Moore y su esposa asistieron. La comunidad entera fue testigo del milagro.
La pelirroja de 30 y el indio de 47 años se tomaron de la mano ante el altar. Recibieron regalos, comida, herramientas y dos caballos. Y en una postal inolvidable, Lucky montó su caballo, cargó a Magdalena en las ancas, y partieron al galope hacia el oeste de la isla, rumbo a su luna de miel.
Se establecieron en una bahía al oeste del archipiélago. Aún hoy, los colonos llaman a ese paraje Port Flowers o Flores. Hoy, Port Flowers no figura oficialmente en los mapas británicos, pero los isleños de más edad lo recuerdan como un rincón cargado de leyenda y ternura, donde la historia le dio tregua al olvido. Se ubica frente al litoral escarpado que mira hacia el sudoeste, donde el mar rompe sin tregua. Vivieron en paz, aislados pero libres. Algunos isleños los visitaban de vez en cuando. Otros preferían no hablar del asunto. Pero todos sabían dónde vivían. Y lo que había pasado.
Allí pasaron sus días. Entre la tierra, el mar y el amor que supieron construirse cuando el mundo les había cerrado todas las puertas. No dejaron descendencia conocida, pero dejaron un legado invisible: el recuerdo de que, incluso en los rincones más olvidados del mapa, el amor puede desafiar al prejuicio y escribir su propia historia.
Nota del autor:
Esta historia es real. Está documentada. Y, sin embargo, casi nadie la recuerda. Fue contada al margen, entre silencios, por parroquianos, marinos y pastores. Pero basta nombrarlos para que regresen. Magdalena y Lucky. Dos exiliados del mundo que se inventaron un hogar en la punta del mapa. Allí donde el viento no perdona, pero el amor —cuando encuentra tierra— echa raíces para siempre.
Gran parte de esta historia se ha reconstruido a partir de registros parroquiales, testimonios orales conservados en Stanley y referencias cruzadas en archivos. Aunque no aparece en los tratados académicos clásicos, su persistencia en la memoria colectiva de los isleños le otorga un valor testimonial innegable. Una historia de los que nunca son protagonistas. Hasta que alguien los nombra.
Bibliografía:
· Ministerio de Relaciones Exteriores de la República Argentina. "Gobernadores británicos de las Islas Malvinas". www.argentina.gob.ar/islas-malvinas
· Goebel, Julius. The Struggle for the Falkland Islands. Yale University Press, 1927.
· Archivo Parroquial de Stanley. Registros del pastor Henry Faulkner. Ref. HF.1855–1860.
· Caillet-Bois, Ricardo. La Cuestión de las Islas Malvinas. Ediciones Peuser, 1966.
· Entrevistas orales recopiladas por John Smith. Falkland Islands Oral History Project (2002–2005).
· Comisión Nacional sobre la Cuestión Malvinas. Archivos históricos y relatos orales en Puerto Stanley. Fondo documental 1982–2005.
Foto del escritor: Roberto Arnaiz
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Roberto Arnaiz
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