viernes, enero 16, 2026

LOS VEDDA Y EL ARCO QUE SOLO DISPARA CUANDO EL BOSQUE ASIENTE





En las selvas secas y colinas de Sri Lanka viven los vedda, uno de los pueblos más antiguos de la isla. No construyeron templos de piedra ni dejaron crónicas escritas. Dejaron algo más difícil de rastrear: una ética de caza donde el silencio decide.
Kiri tenía doce años cuando su padre le entregó el arco por primera vez. No fue un gesto solemne. No hubo palabras grandes. El arco estaba gastado, suave por el uso. Antes de tensarlo, el padre apoyó la mano en el tronco de un árbol y cerró los ojos.
—Espera —dijo.
Esperaron.
No a que apareciera un animal, sino a que el lugar respondiera. Entre los vedda, disparar sin sentir esa respuesta es un error grave. No porque el tiro falle, sino porque rompe la relación.
Kiri no entendía qué esperaba su padre. El bosque parecía igual. Los insectos seguían. El viento apenas se movía. El tiempo se alargó.
—Ahora no —susurró el padre—. Hoy no quiere.
Volvieron a casa sin cazar. Nadie se quejó. Nadie se sintió menos hábil. Para los vedda, regresar con las manos vacías no es fracaso; es lectura correcta.
Los vedda creen que los ancestros —los nae yaka— habitan el territorio y actúan como mediadores entre humanos y animales. No son dioses que conceden permisos arbitrarios. Son memoria del lugar. Si el bosque “no asiente”, cazar ese día traerá consecuencias: no como castigo, sino como desequilibrio.
Al día siguiente, regresaron al mismo claro. El padre volvió a apoyar la mano en el árbol. Esta vez, el viento cambió apenas. Un ave calló. El padre abrió los ojos.
—Ahora sí.
El disparo fue limpio. Rápido. Sin celebración. El animal fue agradecido con palabras breves y precisas. La carne se repartió. Nada se desperdició. La historia terminó ahí.
Con el tiempo, Kiri aprendió que la caza vedda no es técnica, sino tempo. No se trata de puntería, sino de saber cuándo no insistir. Esa misma lógica gobierna sus decisiones cotidianas: moverse, quedarse, hablar, callar.
Cuando llegaron los parques nacionales y las prohibiciones, muchos vedda fueron expulsados de sus territorios tradicionales. Les dijeron que cazar era ilegal. Les ofrecieron trabajos fijos y raciones. Algunos aceptaron. Otros se perdieron en un orden que no entendía el “espera”.
Kiri creció viendo cómo la prisa entraba en su pueblo. La caza se volvió escasa no solo por las leyes, sino por el ruido. Los jóvenes ya no sabían leer el asentimiento. Disparaban cuando podían, no cuando debían. Los accidentes aumentaron. Las discusiones también.
Un funcionario preguntó a Kiri por qué insistían en prácticas “irracionales” en tiempos modernos.
Kiri pensó un momento y respondió:
—Porque ustedes deciden con el papel. Nosotros decidimos con el cuerpo.
No era romanticismo. Era método.
Los vedda no separan ética y supervivencia. Saben que cuando una decisión se toma sin escuchar, el costo aparece después, en formas que no siempre se pueden corregir. Por eso su ley más fuerte no está escrita: si dudas, no dispares.
Años más tarde, Kiri se convirtió en uno de los pocos que enseñan a los niños a sostener el arco sin tensarlo. Les pide que caminen, que respiren, que sientan si el lugar está “abierto” o “cerrado”. No les promete comida. Les promete no romper.
—El bosque no siempre dice sí —les dice—. Y aprender a aceptar el no te salva más veces de las que imaginas.
En un mundo que mide el éxito por resultados inmediatos, los vedda guardan una lección incómoda y precisa: que la habilidad verdadera incluye la renuncia. Que la fuerza sin escucha se vuelve torpe. Y que hay decisiones que solo funcionan cuando el entorno también participa.
El arco de Kiri sigue colgado en la pared. No dispara todos los días. No hace falta. Para los vedda, sobrevivir no es ganar siempre.
Es saber esperar hasta que el bosque asienta.

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