lunes, enero 19, 2026

Justicia para Milagros Salas.





a Justicia de clases "cómo encarcelaron a Milagros Sala 10 años por ser pobre, mujer y organizar a los excluidos"

Milagro Sala no está presa por un delito: está detenida para dar un mensaje. Ese es el núcleo duro de esta historia y también la clave para entender por qué, una década después, su caso sigue incomodando al poder.
Desde 2016, Jujuy funciona como un laboratorio político donde la ley dejó de ser un límite y pasó a ser un instrumento. No se trata solo de una dirigente social encarcelada, sino de un experimento disciplinador: demostrar que quien desborde el orden social establecido puede ser neutralizado con expedientes, jueces dóciles y condena mediática previa. La prisión de Milagro Sala es el síntoma visible de un sistema que decidió invertir sus prioridades.
El primer punto es estructural. Milagro encarna una anomalía intolerable para el poder real: una mujer indígena, pobre y plebeya que construyó poder de GESTIÓN. No discurso. Poder concreto. Viviendas, trabajo, salud, educación. La Tupac Amaru fue un hecho político en el sentido más profundo: mostró que los excluidos podían organizarse sin pedir permiso. En una Argentina acostumbrada a la pobreza administrada, eso fue visto como una amenaza.
El segundo punto es judicial. El llamado lawfare no es una consigna vacía, sino una tecnología de poder. Consiste en judicializar la política para vaciarla de contenido democrático. En Jujuy, esta lógica se aplicó con crudeza: causas múltiples, prisiones preventivas eternas, cambios de reglas a medida del acusado. La Justicia dejó de ser árbitro para convertirse en brazo ejecutor. Cuando eso ocurre, el Estado de derecho se vuelve una cáscara.
El tercer punto es político-cultural. El castigo a Milagro no busca solo su aislamiento físico, sino su deslegitimación simbólica. Se la construyó como “ejemplo negativo”. Como advertencia. La metáfora es clara: el poder levantó una jaula en el centro de la plaza para que nadie olvide qué pasa cuando los de abajo se organizan demasiado bien. No es casual que este método se haya replicado en América Latina contra líderes populares: Lula, Correa, Evo. Cambian los nombres, no la lógica.
El cuarto punto es democrático. Una democracia que naturaliza presos políticos se degrada lentamente. No colapsa de un día para otro: se oxida. Se acostumbra. Mira para otro lado. La prisión prolongada de Milagro Sala no es solo una injusticia individual, es una herida institucional que compromete a todo el sistema político argentino, incluso a quienes prefieren el silencio cómodo.
La metáfora que resume esta década es simple: la Justicia argentina, en este caso, no fue un martillo imparcial, sino un bozal. No para callar delitos, sino para callar experiencias populares exitosas.
Diez años después, la pregunta ya no es solo por Milagro Sala. Es por el país que estamos dispuestos a aceptar. O naturalizamos que el poder castigue a quien organiza dignidad, o reconstruimos una democracia donde la ley vuelva a servir al pueblo y no al revés.
La libertad de Milagro no es un gesto humanitario. Es una condición política. Porque ningún proyecto nacional puede sostenerse sobre una presa política convertida en advertencia permanente. Y porque, tarde o temprano, las jaulas que se construyen para disciplinar a otros terminan cerrándose sobre toda la sociedad.

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