lunes, enero 26, 2026

No fue un santo de estampita ni un busto para discursos: Juan Pablo Duarte y Díez fue una incomodidad viva… y sigue siéndolo.





Juan Pablo Duarte y Díez nació en Santo Domingo el 26 de enero de 1813. Pensador, conspirador, organizador y, cuando hizo falta, hombre de acción. Fundó La Trinitaria con una idea radical para su tiempo: una República Dominicana libre e independiente de toda potencia extranjera, sin atajos, sin protectorados, sin “bajaderos”.
Formado en ideas liberales, creyó en la soberanía popular, en la ética pública y en la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Esa coherencia fue su mayor virtud… y su mayor condena.
Duarte no fue un teórico cómodo. Financió la causa con recursos familiares, rindió cuentas con una honestidad que hoy todavía incomoda y se negó a negociar principios por poder. Por eso fue marginado, exiliado y borrado de las decisiones cuando su presencia estorbaba a los intereses de turno.
Duarte nos quedó grande. No porque fuera perfecto, sino porque fue consecuente. En un país donde muchas veces se confunde astucia con virtud, él apostó por la rectitud. Y eso, históricamente, se paga caro.
Su grandeza no está en frases sueltas, sino en una vida donde pensamiento y acción caminaron juntos. Hoy sigue siendo incómodo porque nos recuerda lo que no somos… todavía.
Reconocimiento, al día de hoy
Se le honra en fechas patrias, monumentos y discursos. Pero el reconocimiento real —el que se expresa en instituciones decentes, en transparencia, en soberanía sin disfraces— sigue pendiente. Duarte es citado, pero poco imitado.
Orgullo nacional
Sí, Duarte es orgullo nacional. No como consigna, sino como estándar moral. Es el espejo donde la nación se mira cuando quiere recordar que pudo ser mejor y aún puede serlo.
La deuda con Venezuela
El exilio de Duarte en Venezuela no fue turístico ni voluntario: fue refugio. Allí vivió con dignidad austera, lejos de la patria que ayudó a fundar. Venezuela fue tierra de acogida para un dominicano que nunca dejó de pensar en su país. Esa hospitalidad histórica merece memoria y gratitud.
Duarte no sirve para adornar el pasado si no interpela el presente. Su legado no es repetir su nombre, sino preguntarnos:
¿qué haría Duarte frente a la corrupción normalizada?
¿qué diría ante la soberanía negociada?
¿cómo juzgaría la política sin ética?
Fuentes y referencias confirmadas
– Escritos y cartas de Juan Pablo Duarte
– Archivo General de la Nación (República Dominicana)
– Roberto Cassá
Cierre que invita a pensar
Duarte no necesita defensores: necesita lectores honestos y ciudadanos valientes.

Tomado de la red.

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